VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - Jesús en Ti confío

miércoles, 8 octubre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – El acto de fe “Jesús en Ti confío”, que se encuentra en toda la espiritualidad de la Divina Misericordia y el culto a Jesús misericordioso difundido por S. Faustina Kowalska, debería animar cada vez más nuestra vida cristiana. En efecto, una vida es cristiana únicamente si, a la base y durante todo su recorrido se hace presente y se dilata la fe en el Señor Jesús. La confianza en el Señor Resucitado compendia perfectamente la respuesta del hombre a la Revelación de Dios, que se ha cumplido plenamente en Cristo Jesús.
A propósito del “Jesús en Ti confío”, siguiendo los pasos de su venerado Predecesor, Benedicto XVI dijo: “en estas palabras se resume la fe del cristiano, que es fe en la omnipotencia del amor misericordioso de Dios” (Benedicto XVI, Regina Caeli en el Domingo de la Divina Misericordia, 15 de abril de 2007).
A través del acto de fe en Jesús, que se puede expresar con el “Jesús en Ti confío”, el creyente en Cristo ve e interpreta toda la realidad que lo rodea. No deja nada fuera de la fe, todo entra en ella, para que la fe en Jesús penetre cada fibra de su ser y de sus acciones, renovando cada cosa “desde adentro”.
Esta fe en Jesús es totalizante, porque Él es el Verbo del Padre, el Hombre-Dios que, dirigiéndose a los hombres, puede decir: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre si no es por mí” (Jn 14, 6).
“Omnia nobis est Christus”, “Cristo es todo para nosotros”. Así San Ambrosio traduce perfectamente la centralidad y la totalidad que la Persona de Jesús debe ocupar en el corazón de todo verdadero discípulo. Para él, Jesús “no es todo sólo ahora, sino que es el principio de todo, desde el inicio, también de la creación”. Esto nos enseña la Iglesia, fiel Esposa de Cristo.
Toda la Palabra de Dios, revelada en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, encuentra en Jesús de Nazaret su centro y su realización, como testimonian los Evangelios: “de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,16-18). Así, cuando nos acercamos al Nuevo Testamento, que ilumina el Antiguo y es iluminado por él, nos acercamos al Jesús real, al Jesús histórico, al Jesús de nuestra fe, y no a una cierta “copia”, más o menos lograda. Los Evangelistas no son los autores de la historia de Jesús ni, mucho menos, los protagonistas, son testigos de ella y, en cuanto tales, han llegado a ser ministros, es decir siervos de la Palabra.
Esta Palabra no ha sido domesticada por ellos, sino simplemente entregada de nuevo y ello ha sido posible porque el Espíritu Santo, el Autor de las Escrituras, los ha inspirado (cf. Conc. Vat. II, “Dei Verbum”, n. 11) y les ha recordado todo, como Jesús lo había preanunciado (cf. Jn 14, 26). San Lucas se preocupa de poner en relieve, desde el inicio, las fuentes históricas de su Evangelio: “Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1, 1-4).
La Palabra de Jesús quiere iluminar nuestra vida, llenarnos de su luz, guiarnos por el recto camino; hoy, como ayer, como siempre, es Palabra de vida eterna, como reconoció, por inspiración divina, Simón Pedro: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69).
Como hijos de la Iglesia, hagamos nuestra la exhortación del Santo Padre, comprendiendo cada vez mejor que, tener fe, significa donarse a Jesús, sin reservas. “La palabra de Dios es como una escalera por la que podemos subir y, con Cristo, bajar a la profundidad de su amor. Es una escalera para llegar a la Palabra en las palabras. ‘Yo soy tuyo’. La parola tiene un rostro, es persona, Cristo… En el camino de la Palabra, entrando en el misterio de su Encarnación, de su ser con nosotros, queremos apropiarnos de su ser, queremos expropiarnos de nuestra existencia, entregándonos a Él que se ha entregado a nosotros. ‘Yo soy tuyo’. Oremos al Señor para que podamos aprender con toda nuestra existencia a decir esta palabra. Así estaremos en el corazón de la Palabra. Así estaremos salvados” (Benedicto XVI, Meditación en la apertura de los trabajos del Sínodo de los Obispos, 6 de octubre de 2008). (Agencia Fides 8/10/2008)


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