VATICANO - “AVE MARÍA” por Mons. Luciano Alimandi - “La oración es el respiro del alma”

miércoles, 10 septiembre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - “La oración es la respiración del alma”: esta definición de la oración evidencia bien la importancia vital de la oración en la vida del hombre. ¿Cómo se le podría decir a la respiración, “hoy no tengo tiempo para ti”? Si no encontramos el tiempo para respirar cualquier otro esfuerzo sería completamente inútil, simplemente porque no tendríamos la fuerza para realizarlo. Sin respiración no hay vida humana. Lo mismo sucede con la oración. Todo depende de ella, en el sentido de que con la oración nos hacemos capaces, por la gracia de Dios, de afrontar cualquier prueba en la vida, de vencer cualquier tentación y de cumplir con las tareas que la Providencia Divina ha dispuesto para nosotros. Pero sin la oración no podemos ofrecer nada de verdaderamente bueno, nada que tenga un valor eterno, tanto para nosotros mismos como para los demás.
Toda crisis de fe esencialmente es una crisis de oración. De hecho es imposible confiar verdaderamente en Dios sino se está frecuentemente con Él. Sin su presencia familiar no es posible alimentar ese aliento del alma que sólo se logra rezando. Para poder acoger al Espíritu Santo, que como afirma el Señor Jesús es como un “viento” (cf. Jn 3,8), es necesario rezar, abriendo la propia voluntad, el intelecto y la memoria al Amor de Dios. Los Padres y los Doctores de la Iglesia, los grandes maestros de vida espiritual, afirman unánimemente que la oración es el corazón de la vida cristiana. Si el corazón no late la vida se apaga.
Se puede percibir con claridad, a la luz de la Verdad revelada, que no es posible una vida espiritual, alimentada día a día, sin el camino progresivo de la oración que, por ejemplo, San Juan de la Cruz, el gran doctor místico, llama “subida al Monte Carmelo”. Y es que el camino de la oración es en “subida” porque quién lo recorre siente el cansancio de la oración, tanto por los momentos de aridez y oscuridad por los que atraviesa como por la “lucha” que vive para superarlos. Pero si nos mantenemos fieles a las enseñanzas de Jesús sobre la oración – “es preciso orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1), “Estad en vela y orad en todo tiempo” (Lc 21,36)– se experimenta una creciente comunión personal con el Señor y con la Iglesia y la oración se convierte en un determinado momento en el “respiro” del alma, precisamente lo que está llamada a ser.
Dios se vale de todo, de tentaciones, pecados, pruebas, alegrías y dolores en la vida para “convencernos” y “conquistarnos” en la oración, hasta el punto de hacer que ésta se convierta en nosotros en algo “continuo”, como un riachuelo que lleva siempre agua fresca y vivificante a todo el ser. Quien reza con el corazón, haciendo de la oración el “centro” de su propia existencia, vive una relación no teórica sino efectiva con Jesús. Vive de Él, vive con Él, vive por Él. En un corazón orante se realiza perfectamente la promesa del Salvador: “Yo os digo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»” (Lc 11,9-13).
El “doctor de la oración”, San Alfonso María de Ligorio, en muchas de sus obras y en particular en el “Gran medio de la oración”, puso en evidencia las enseñanzas evangélicas, tesoro de toda la Iglesia, en relación a la oración, constatando que aquellos que debían trasmitirlas a los demás no se la tomaban lo suficientemente en serio: “lo que más me duele es ver predicadores y confesores poco atentos a hablarles de esto a sus dirigidos. Veo también que los libros espirituales más difundidos en la actualidad tampoco hablan lo suficiente del tema. Cuando en realidad los predicadores, los confesores y todos los libros no deberían sino hablar de la importancia de la oración” (del “Gran medio de la oración”). Este libro sobre la oración, escrito por San Alfonso con mucho esfuerzo y celo por la salvación de las almas, es realmente un best seller y una muy buena lectura espiritual para quien quiera profundizar, a la luz de la Revelación, de la Tradición y del Magisterio, en el grande y vital tema de la oración. Quien lea dicha obra con apertura de mente y de corazón podrá convencerse aún más de la urgente necesidad de la oración para la propia salvación y para la de los demás.
Así pues, ¡la vida de oración es fundamental para todo cristiano, para todo sacerdote y para todo religioso! El Santo Padre Benedicto XVI ha recordado en distintas ocasiones esta verdad. En el reciente encuentro con el Clero de la Diócesis de Bressanone afirmaba: “Una prioridad fundamental de la vida sacerdotal es estar con el Señor y, por tanto, dedicar tiempo a la oración. San Carlos Borromeo decía siempre: ‘No podrás cuidar el alma de los demás si descuidas la tuya. Al final, tampoco harás nada por los demás. Debes dedicar también tiempo a estar con Dios’. Por tanto, quiero subrayar lo siguiente: por más compromisos que podamos tener, es una prioridad encontrar cada día una hora de tiempo para estar en silencio para el Señor y con el Señor, como la Iglesia nos propone hacer con el Breviario, con las oraciones del día, para poder así enriquecernos siempre interiormente... al radio del soplo del Espíritu Santo. Con este punto de partida ya puedo ordenar las prioridades. Debo aprender a ver qué es verdaderamente esencial...” (Benedicto XVI, 6 de agosto 2008).
¡Quién mejor que la Madre nos podrá introducir y guiar en el misterio de la oración! ¡Quién mejor que Ella conoce perfectamente el camino de la oración que lleva directamente al Corazón del Hijo y, a través de Él, al Corazón del Padre! Que su maternal acción evite todo aquello que nos impida en nuestro camino vivir una auténtica vida de oración e ilumine nuestras mentes con la majestuosa e inigualable hermosura del Rostro de Jesús, que brilla en quienes lo adoran. (Agencia Fides 10/9/2008, líneas 70 palabras 1086)


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