VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - Sólo Dios libra de todo temor

miércoles, 25 junio 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – “El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde pequeños experimentamos formas de miedo que se revelan luego imaginarias y desaparecen; sucesivamente surgen otras, que tienen fundamentos precisos en la realidad: estas deben ser enfrentadas y superadas con el esfuerzo humano y con la confianza en Dios. Pero existe también, hoy sobre todo, una forma de miedo más profunda, de tipo existencial, que a veces limita con la angustia: esta nace de un sentido de vacío, vinculado a una cierta cultura impregnada por un difundido nihilismo teórico y práctico. Frente al amplio y diversificado panorama de los miedos humanos, la Palabra de Dios es calara: quien ‘teme’ a Dios ‘no tiene miedo’. El temor de Dios, que las Escrituras definen como ‘el principio de la verdadera sabiduría’, coincide con la fe en Él, con el sagrado respeto por su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. Vivir ‘sin temor de Dios’ significa ponerse a su altura, sentirse dueños del bien y del mal, de la vida y de la muerte. En cambio, quien teme a Dios advierte en sí la seguridad que tiene el niño en brazos de su madre (cf Sal 130,2): quien teme a Dios está tranquilo incluso en medio a las tormentas, porque Dios, como Jesús nos reveló, es un Padre lleno de misericordia y de bondad. Quien lo ama no tiene miedo…” (Benedicto XVI, Ángelus del 22 de junio de 2008).
Con estas palabras el Santo Padre quiso comentar el pasaje del Evangelio del Domingo pasado, que iniciaba justamente con esta invitación de Jesús: “no tengáis miedo”. Una invitación que la Iglesia ha lanzado de nuevo a lo largo de la historia y, especialmente, en el paso de Milenio, a través de la voz de Juan Pablo II, que hizo de ella uno de los temas dominantes de su largo Pontificado: “¡No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo!” (Juan Pablo II, homilía del 22 de octubre de 1978).
Benedicto XVI, recordando estas palabras, en la homilía para la Misa de inauguración de su Pontificado, el 25 de abril de 2005, afirmaba: “Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida” (Benedicto XVI, 25 de abril de 2005).
La Providencia Divina nos exhorta una y otra vez, a través de los Sumos Pastores, a dejar de lado todo miedo en nuestra vida, a través del abandono en Dios, porque nuestros tiempos están particularmente marcados por un miedo “de tipo existencial” que toca al hombre en lo profundo de su ser. Cada vez más frecuentemente, a lo largo de los últimos decenios, la Iglesia ha denunciado una “cultura de muerte”, una vida bajo el signo del “sinsentido”, que no puede sino generar desesperación y angustia en quien es víctima de ella. La dinámica del miedo es clara: normalmente entra a través de la puerta de la emotividad, de los sentidos superficiales del hombre, de lo irracional y, poco a poco, baja hacia el “corazón” de la persona, hacia su mente, para deformar el pensamiento y la visión de la vida, yendo a paralizar las fuerzas vivas que Dios ha puesto allí dentro. Por este motivo en vez de amar al prójimo, se le tiene miedo: se tiene miedo del vecino de casa, del colega del trabajo, del superior, del hermano de comunidad, de la hermana de comunidad… Se tiene miedo de todo: del pasado, del presente y del futuro. Se llega incluso a tener miedo de la propia sombra.
El miedo es como un déspota: toma para sí todos los espacios, ocupa el conjunto y no se contenta con una parte. Éste es el reino del mal, que se opone infatigablemente al Reino del Bien, es decir al Reino de Dios. Se caracteriza por el “miedo existencial”, que se convierte en régimen de vida. Se podría decir que el infierno es el lugar del dominio absoluto del miedo sobre todos los que allí habitan; es un miedo elevado a la extrema potencia, que hace incapaces de amar y sólo capaces de odiar todo y a todos. Se comprende, entonces, la absoluta necesidad para nosotros redimidos de acoger con brazos abiertos la Presencia de Jesús, su gracia santificante que es la única capaz de alejar de nosotros el Mal. “Líbranos del mal”, nos hace rezar el Señor al final de cada “Padre nuestro”. La Iglesia está completamente lanzada a anunciar y a llevar al mundo la Palabra de Dios, que es el antídoto contra todo miedo. La Palabra de Dios tiene el poder de obrar aquello que afirma. Ninguna otra palabra puede hacerlo, sino sólo la de Dios. He aquí que se puede, entonces, hablar de un auténtico poder de sanación, podríamos decir “terapéutico”, de la Palabra de Dios, como aquella contenida en los salmos.
¡Cuánto es liberador rezar con auténtica confianza los Salmos! Se puede decir que existe uno para cada “miedo existencial”. Jesús amaba y rezaba los salmos. Incluso sus últimas palabras sobre la cruz, “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46), están inspiradas en el salmo 30: “el Salmo del afligido que prevé su liberación y da gracias a Dios que la va a realizar: ‘A tus manos encomiendo mi espíritu, tú el Dios leal me librarás’ (Sal 31,6). Jesús, en su lúcida agonía, recuerda y balbucea también algún versículo de ese Salmo, recitado muchas veces durante su vida” (Juan Pablo II, Audiencia general del 7 de diciembre de1988).
Si aprendemos a recitar los Salmos entenderemos cuánta serenidad podrán dar a la vida de cada día. Frente a los miedos inevitables que la existencia humana no nos ahorra, sabremos sacar fuerzas y liberación de los himnos y de los cánticos espirituales contenidos en el salterio. Para los sacerdotes y para los fieles laicos la oración de los Salmos llega a ser, de este modo, un antídoto para mil miedos, porque es aliento continuo a poner la propia vida en las manos de Dios y a reconocer, siempre, incluso en medio de las oscuridades, la luz de Su Amor por cada uno de nosotros: “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre. Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza (…) Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida…” (salmo 22). (Agencia Fides 25/6/2008; líneas 71 palabras 1143)


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