VATICANO - “AVE MARÍA” por Mons. Luciano Alimandi - El Corazón de María

miércoles, 4 junio 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – El Santo Padre, para la conclusión del mes de mayo, comentando el Evangelio de la Fiesta de la Visitación que este año coincidía con la memoria del Corazón Inmaculado de María, luego de haber recordado la importancia de la oración del Santo Rosario en las familias y en las parroquias, nos regaló unas palabras intensas y profundas: «Hoy, en la fiesta de la Visitación, la liturgia nos propone el pasaje del Evangelio de Lucas que narra el viaje de María desde Nazareth hasta la casa de su prima anciana Isabel (...) Cuando llega a la casa de Isabel, sucede un hecho que ningún pintor podrá jamás representar en su verdadera belleza y profundidad. La luz interior del Espíritu Santo envuelve sus personas. E Isabel, iluminada desde lo alto, exclama: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno!; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,42-45). Estas palabras podrían parecernos desproporcionadas respecto del contexto real. Isabel es una de las tantas ancianas de Israel y María una desconocida doncella de una pequeña población de Galilea. ¿Qué pueden significar y qué efecto pueden tener en un mundo en el que sólo cuentan personas y poderes de otra índole? Sin embargo, María nos desconcierta una vez más; su corazón inmaculado está totalmente abierto a la luz de Dios; su alma no tiene pecado, no está sobrecargada por orgullos y egoísmos. Las palabras de Isabel encienden en su corazón un cántico de alabanza, que es una auténtica y profunda lectura “teológica” de la historia: una lectura que nosotros debemos aprender continuamente de Aquella cuya fe no tiene oscuridades ni fisuras. “Mi alma glorifica al Señor”. María reconoce la grandeza de Dios. Este es el primer e indispensable sentimiento de la fe; el sentimiento que da seguridad a la creatura humana y la libera del miedo, incluso en medio de las tempestades de la historia (...) Su Magnificat, a distancia de siglos y milenios, sigue siendo una verdadera y profunda interpretación de la historia, mientras tantas lecturas hechas por sabios de este mundo han sido repetidamente desmentidas por los hechos en el curso de los siglos.» (Benedicto XVI, 31 de mayo de 2008).
La devoción mariana, cuando es auténtica, lleva necesariamente al deseo de imitar las virtudes de María, sus disposiciones interiores, que se pueden observar en primer lugar en la Palabra de Dios. La Iglesia nos coloca a todos en la escuela de María, ya que de la Madre del Verbo Encarnado se puede aprender de la mejor manera posible cómo ser verdaderos discípulos de Jesús. Este es el sentido último de cada “ejercicio pío” dedicado a la Santa Madre de Dios.
Cuando el amor a la Virgen es auténtico, quien lo practica advierte la necesidad de seguir a Jesús “al modo” de María. Este “estilo mariano” se distingue por las dos virtudes fundamentales del corazón de Cristo y del corazón Inmaculado de María, que está unido al de su Hijo: la humildad y la mancedumbre (cf. Mt 11,29). Alguno ha escrito que cuando el Señor proclamó las Bienaventuranzas, su pensamiento estaba dirigido a la Madre, las vivía todas de manera perfecta. La primera bienaventuranza es precisamente aquella que tiene que ver con la humildad, es decir la pobreza. Como dice Jesús, “la pobreza de espíritu” introduce a la riqueza del Reino de los Cielos (cf. Mt 5,3).
La Virgen, en el canto del Magnificat, habla de su pobreza, de su humildad entendida como pequeñez, para explicar la razón de su elección: precisamente porque era tan pequeña, humilde, Dios se inclinó sobre ella (cf. Lc 1,48).
Lo que atrae el favor de Dios sobre sus criaturas no es la “grandeza” sino la “pequeñez” que ellas viven, tanto frente a Dios como frente a las otras criaturas. Como enseña el Papa: “María reconoce la grandeza de Dios. ¡Este es el primero e indispensable sentimiento de la fe!”
Se podría decir que el primer signo de la autenticidad de la fe es la humildad del corazón, similar a la de María, quien es siempre consciente de su propia pequeñez y de la infinita grandeza y poder divinos. Un corazón así no se deja engañar por el orgullo y, consecuentemente, por el diablo, que como dice Jesús, “era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). También quien es orgulloso “habla sólo desde sí mismo”, no logra ser “objetivo” porque está envuelto en sí mismo y encerrado en su “subjetivismo”, mientras quien es humilde se abre a la verdad que le transmite quien la posee. A los humildes el Señor les revela la verdad de sí mismos, porque son capaces de acogerla (cf. Mt 11,25). La Virgen es perfectamente humilde porque “su alma no tiene pecado, no está sobrecargada por orgullos y egoísmos “, por ello Dios puede donarse a Ella en una medida que la hace capaz de concebir en la carne a su Hijo Unigénito, el Verbo Encarnado.
Por ello, mientras más seamos pequeños confiándonos a María, más el Señor nos hará capaces de acogerlo: los espacios de luz ganados por el amor divino crecerán y progresivamente irán ahuyentando la oscuridad de nuestro egoísmo. Un corazón humilde está animado por la auténtica caridad que “no busca su propio interés” (1Cor 13,5). Un corazón humilde no actúa según la lógica del mundo, que todo lo centra en sí mismo, sino que “corre” hacia Dios y hacia su prójimo, como María que, llevando a Dios en su seno –“bajo su corazón” como dice un conmovedor canto alemán– va “de prisa” a ver a su anciana prima Isabel. La “Visitación” es la “caridad de Cristo actuada” en María, que nos es revelada en toda su belleza para que “corramos” hacia nuestro prójimo, llevando a Jesús. (Agencia Fides 4/6/2008 líneas 65 palabras 1032).


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