VATICANO - AVE MARÍA bajo la dirección Mons. Luciano Alimandi - El poder transformador del Espíritu

miércoles, 14 mayo 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Con la Solemnidad de Pentecostés termina el tiempo Pascual y la Liturgia nos sitúa en el tiempo Ordinario. En efecto, el paso de Pentecostés al tiempo Ordinario podría parecer un poco brusco, en el sentido de que, luego de una gran fiesta dedicada al Espíritu Santo, nos encontramos inmediatamente en “lo ordinario”. En muchos lugares se siente el deseo de un “retorno” de la Octava de Pentecostés en el calendario litúrgico de la Iglesia, que daría a todos la posibilidad de vivir, de manera más prolongada, la gran celebración de la Efusión del Espíritu Santo de la que hay tanta necesidad.
Cada día debería ser una ocasión para invocar, adorar y buscar al Espíritu, como quien busca el bien más preciado, pues el Espíritu Santo ¡es el mismo Amor divino! No existe día en que se pueda prescindir del Amor, así como no existe oración en la que pueda prescindirse del Espíritu. Como dice San Pablo: “ninguno puede decir ‘Jesús es Señor’ sino bajo la acción del Espíritu Santo” (1Cor 12,3). No existe obra buena, hecha en nombre de Dios, en la que pueda prescindirse del poder el Espíritu Santo, pues se convertiría en una obra puramente humana y no sería ya una obra suya.
En efecto, el Espíritu Santo es como el aire que respiramos: no lo vemos, pero está en todos lados y sin él no podemos vivir. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad es la vida y la luz de nuestras almas. El “dulce huésped del alma”, el “dulcísimo consuelo” está escondido a la mirada superficial. Para encontrarlo es necesario penetrar en la profundidad, entrar en nosotros mismos, pues Él vive “dentro” de nosotros; Él es nuestro verdadero Maestro interior, la guía espiritual del alma, “el alma de nuestra alma” Para encontrarnos a nosotros mismos necesitamos encontrarnos con Él y para encontrarnos con Él necesitamos rezar.
De una manera cada vez más frenética, en que el hombre se proyecta fuera de sí, identificándose con la apariencia, más que con la interioridad de su ser, el Espíritu Santo es frecuentemente minusvalorado, incluso por el creyente en Cristo, si se deja guiar por el activismo, el materialismo, el hedonismo, el relativismo... Para poder contrastar los ritmos estresantes de la vida hodierna que multiplica los quehaceres, es absolutamente necesario introducir, en la propia existencia, ritmos de oración, es decir espacios abiertos al soplo del Espíritu: para descansar en Él, para acoger su consuelo e inspiración, para amar y fortalecerse, para perdonar y ser verdaderamente libres. En todo tiempo podemos invocar al Espíritu sobre nosotros, sobre nuestro trabajo, sobre situaciones difíciles, sobre los pueblos y las ciudades, sobre los individuos y sus comunidades.
Podemos siempre recurrir a Él y, como nos prometió Jesús, nunca nos seremos defraudados: “pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá... Si pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11,9 ss).
La fuerza transformadora del Espíritu Santo es extraordinaria. Ello se ve claramente en la vida de los Apóstoles. Antes de encontrarse con el Señor eran gente común y, luego de Pentecostés, se convirtieron en Columnas de la Iglesia: hombres de Dios intrépidos, porque estaban enamorados del Señor Jesús, ¡hasta dar su propia vida por amor de su nombre!
San Cirilo de Alejandría, en su “Comentario sobre el Evangelio de Juan”, describe con extraordinaria eficacia la acción renovadora del Espíritu Santo en aquellos que, por medio de la fe, loa acogen en sus corazones: “que el Espíritu, en efecto, transforme en otra naturaleza a aquellos en los que habita y los renueve en su propia vida es fácil demostrarlo con testimonios tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Samuel, inspirado, dirigiendo la palabra a Saúl, dice: El Espíritu del Señor te invadirá y quedarás cambiado en otro hombre (cf. 1Sam 10,6). San Pablo por su parte señala: Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu (cf. 2Cor 3,17-18). ¿Ves cómo el Espíritu transforma, por decir así, en otra imagen a aquellos en los que habita? En efecto, hace pasar fácilmente del gusto por las cosas terrenas al gusto por las cosas celestes y de una débil timidez a una fuerza de ánimo llena de coraje y de gran generosidad” (cf. Segunda lectura del oficio de lecturas del jueves de la VII semana de Pascua)
También nosotros, si creemos y hacemos espacio en nuestra vida al poder del Espíritu Santo, experimentaremos, con el pasar de los años, esa transformación de la que habla San Cirilo, con la que nos convertimos en personas nuevas. Miremos todos con fe orante a la “Esposa del Espíritu Santo” y unámonos a la oración del Santo Padre: “pidamos a la Virgen María que obtenga también hoy a la Iglesia un renovado Pentecostés, que infunda en todos, y de manera especial entre los más jóvenes, la alegría de vivir y testimoniar el Evangelio” (Benedicto XVI, Regina Coeli del 11 de mayo de 2008; líneas 60, palabras 889)


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