VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - La unidad de los cristianos en la sociedad

jueves, 14 febrero 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - En tiempos de renovados esfuerzos ecuménicos, se perfila la dificultad de los cristianos para estar unidos en los más importantes y actuales temas éticos: en particular modo los católicos y los protestantes se encuentran divididos en asuntos sobre la familia y la vida.
La pregunta es obligatoria: ¿de qué sirve buscar la unidad de los cristianos, si esta no se vuelve algo visible ante el mundo en aquellos aspectos que traducen la fe en vida? ¿o si más aún no existe coherencia entre fe y vida? La posición que sostiene que desde la fe no se pueden deducir aplicaciones éticas resulta más bien esquizofrénica en cuanto reduce la fe a un sentimiento fuera de la realidad y reduce la ética a un código fruto de acuerdos. Y pensar que la Epístola a Diogneto, texto de la antigüedad cristiana, en coherencia con los escritos apostólicos, toma posición sobre la conducta de los cristianos en el mundo pagano, indicando aquello que los debe distinguir: es célebre aquella frase que dice “tienen en común los alimentos mas no el tálamo” (alusión a las convivencias concubinarias de todo tipo).
La coherencia entre fe y vida no es una invención reciente, sino una que pertenece a la naturaleza misma del Cuerpo Eclesial del cual Cristo es la Cabeza; el Cuerpo Eclesial es todo uno con el Cuerpo Eucarístico.
¿Podría un católico, en cualquier situación en los diversos países del mundo, dividir, como diría san Pablo, al Cuerpo de Cristo: acercarse a la Comunión, reconocerlo como el Cuerpo al que pertenece, sin verificar, o por lo menos desear, el ser una sola cosa con todos los miembros de este cuerpo?
¡Una sola cosa! ¿Romanticismo idealista o reconocimiento de una unidad que es “dada” y viene desde lo Alto, junto al esfuerzo realista de construir cotidianamente relaciones de unidad con los hermanos en la fe? ¿No buscarán los cristianos, por lo tanto, el estar más unidos en el testimonio que deben dar en la sociedad? ¿Qué sentido tiene el privilegiar la propia interpretación, en vez de poner, en primer lugar, en práctica y obras las palabras de la doctrina de la Iglesia?
En estos tiempos hemos tenido más de un caso de católicos que tratan de ponerse en el lugar del Magisterio, “corrigiéndolo” y manipulándolo a favor de la propia, discutible, opinión. No se trata de una novedad, naturalmente, pero la historia debería enseñar algo sobre la vaga duración de tales aproximaciones.
Por lo tanto, la unidad de los cristianos en el mundo, la unidad de los católicos en la sociedad, es un bien precioso, como decía Juan Crisóstomo, justamente porque se documenta con una unidad visible de la conducta moral. ¿No se invoca, en estos tiempos de relativismo dominante, la urgencia de códigos éticos para sostener comportamientos compartidos? Nosotros los católicos comprendemos tal esfuerzo, y respondemos que ya existe un Decálogo, lleno de universal racionalidad, transmitido por Uno en un monte hace más de tres mil años atrás, al que Jesucristo no ha tocado ni siquiera una coma sino solo para realizarlo.
Se debe observar, en paralelo, la invocación -en realidad cada vez más débil- de ‘valores’ escogidos fortuitamente como remedio al derive ético de la sociedad por parte de los moralistas laicos, a los que no les falta el algunos “apoyos” católicos.
Frente al temor de la instrumentalización, por parte de políticos, de los temas éticos, viene a la mente un pensamiento del Card. John Henry Newman, conocido por su libertad interior: “Una de las características de un cierto pensamiento mundano es que la religiosidad, la espiritualidad y la cultura son siempre puras y buenas. Mientras la política es una cosa mala. En cambio, los católicos, con mucho más realismo, reconocen que, dado que el hombre está herido por el pecado original, toda actividad humana corre siempre el riesgo de corromperse y de producir efectos negativos […]. La Iglesia ha sido estructurada para el fin específico de ocuparse o (como dirían los no creyentes) para meterse en el mundo. Los miembros de esta no hacen nada más que el propio deber cuando se asocian entre ellos, y cuando tal cohesión interna es usada para combatir desde el exterior el espíritu del mal, sea en las cortes del rey o entre las varias multitudes” (Los Arrianos en el IV siglo). (Agencia Fides 14/2/2008; líneas 50, palabras 743)


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