VATICANO - AVE MARÍA por Mons. Luciano Alimandi - Nosotros peregrinos a Lourdes

miércoles, 13 febrero 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Quien haya ido de peregrinación al Santuario de Lourdes, no ha podido faltar a la cita de oración ante la Gruta donde apareció la Virgen, el 11 de febrero de 1858. Un lugar místico que parece ser un “vientre” de madre que acoge, como una nueva fuente bautismal, en la que uno se sumerge para descubrir de nuevo la extraordinario e inigualable belleza de ser cristianos: ¡tener a Dios como Padre y a María como Madre!
Lourdes es uno de los más importantes “lugares de gracia” que la Iglesia conozca. Es como una inmensa cuenca de pureza, donde innumerables almas han abandonado sus vestidos pecaminosos y se han revestido de las blancas vestiduras del renacimiento espiritual. Algunos, como quien escribe, han encontrado la luz necesaria para abrazar el llamado al sacerdocio, otros han encontrado la fuerza para permanecer fieles a éste.
¿Cómo negar que es justamente la Madre que conoce más que nadie la Voluntad del Hijo y que, por lo tanto, ir hacia Ella significa descubrir más el misterioso proyecto de Dios para cada uno de nosotros? ¡Nadie mejor que Ella para convencernos a “hacer lo que Él nos diga”!
A Lourdes, también nosotros, como los siervos de Caná, abriendo sinceramente el corazón a la presencia de la Madre y escuchando sus palabras permanecemos como fascinados por el misterio del Hijo. Entonces su Voluntad se nos mostrará como lo que es verdaderamente: ¡el camino a nuestra felicidad!
Bernardette vio realmente a la Blanca Señora, nosotros en cambio la vemos no con los ojos, sino con la mirada del corazón que, en la fe, sabe adivinar su presencia en nuestro camino. Justamente ante la Gruta de Massabielle, la mirada interior del peregrino se ilumina con una luz que es típica de este lugar de gracia: es la luz de la maternidad espiritual de María que nos dona a Jesús, en una Navidad siempre renovada.
Es grande el apoyo que estas apariciones marianas han dado a innumerables almas, alentándolas en el camino de la conversión y de la santificación personal. De este modo su cambio de vida ha influido en la mejoría del mundo, porque es el mundo entero quien se beneficia de la conversión de cada uno.
Para nosotros, peregrinos a Lourdes, la maternidad universal de María es el misterio por descubrir y redescubrir, para que nos acompañe a lo largo de toda la vida. En Lourdes, esta luz mariana está presente por todos lados: tanto al bañarse en las aguas de las piscinas, cuanto al confundirse contentos entre las miles de personas que participan en la procesión “aux flambeaux”, en la tarde rezando el Rosario; o cuando se asiste, junto a tantos enfermos, a la procesión eucarística del atardecer…
La presencia de María es un misterio para gustar en el alma y así aprender, con María, a honrar a su Hijo, sobre todo en el Santo Sacrificio de la Misa y en el Sacramento de la Reconciliación.
La primera testigo de la venida de María a Lourdes ha sido la pequeña Bernardette Soubirous, que se convirtió en su intrépida mensajera. Aunque enterrada lejos, en el norte de Francia en Nevers, con el cuerpo totalmente incorrupto, como si todavía durmiese, en Lourdes uno “encuentra” a Santa Bernardette por todas partes.
Es hermoso recordarla, leyendo sus humildes palabras dirigidas a la Virgen: “Sí, tierna Madre, te has rebajado hasta la tierra para aparecerte a una débil niña… Tú, Reina del Cielo y de la Tierra, has querido servirte de lo más humilde que había, según el mundo” (del Diario dedicado a la Reina del Cielo, 1866).
En el Ángelus del primer Domingo de Cuaresma, el Santo Padre Benedicto XVI, recordando que “este año el inicio de la Cuaresma coincide providencialmente con el 150º aniversario de las apariciones de Lourdes”, afirmó que “el mensaje que la Virgen sigue difundiendo en Lourdes recuerda las palabras que Jesús pronunció justamente al inicio de su misión pública y que nosotros escuchamos tantas veces en estos días de Cuaresma: ‘Convertíos y creed en el Evangelio’, orad y haced penitencia. Acojamos la invitación de María que se hace eco de la invitación de Cristo y pidámosle que nos obtenga ‘entrar’ con fe en la Cuaresma, para vivir este tiempo de gracia con alegría interior y generoso compromiso” (Benedicto XVI, Ángelus del 10 de febrero de 2008). (Agencia Fides 13/2/2008; líneas 47, palabras 732)


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