VATICANO - AVE MARIA de don Luciano Alimandi - ¡Dios quiere el hombre libre en la santidad!

miércoles, 31 octubre 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Estamos llamados a convertirnos en amigos de Dios, conformando nuestros deseos con los del Espíritu de Dios, como nos dice San Pablo: "Si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rom 8, 13-14). Vivir la amistad con Dios, a la que nos llama constantemente el Santo Padre Benedicto XVI, significa librar el corazón de los deseos de la carne para dejarlo que se llene de la gracia de la íntima comunión con Dios, que únicamente se puede realizar renunciando al propio yo y sus deseos de mundo. El Señor lo dice claramente a sus discípulos: "Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando" (Jn 15, 14). Lo que hace creíble nuestra fe en Jesús es la conformación de nuestra vida al Evangelio. No hay nada más eficaz, para llevar al prójimo a Cristo, que el ejemplo de una auténtica vida de testigos del Evangelio.
El entonces Cardenal Joseph Ratzinger, poco antes de su elección al solio de Pedro, en una conferencia tenida en Subiaco, el 1 de abril del 2005, afirmó: "Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que, gracias a una fe iluminada y experimentada, hagan a Dios creíble en este mundo. El testimonio negativo de cristianos que hablaban de Dios y vivían contra Él ha oscurecido la imagen de Dios y ha abierto las puertas a la incredulidad. Necesitamos hombres que tengan la mirada puesta en Dios, aprendiendo ahí la verdadera humanidad. Tenemos necesidad de hombres cuyo intelecto sea iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los otros y su corazón pueda abrir el corazón de los otros. Solamente por medio de hombres tocados por Dios, Dios puede hacerse presente entre los hombres."
Como no recordar aquí, una de las afirmaciones de las más famosas del Siervo de Dios Pablo VI: "el mundo hoy necesita más de testigos que de maestros" (cfr Evangelii nuntiandi, 41) Francisco de Asís no fue sacerdote porque se creía demasiado indigno de serlo, pero su vida hablaba por si sola y esa vida, en todo conforme al Señor Jesús, ha fascinado innumerables almas, en vida y después de su muerte, llevándolas a imitarlo en el seguimiento del Señor. Una de las tentaciones más frecuentes para todos nosotros cristianos es precisamente la de la "doble vida", es decir, llevar dos vidas paralelas: una que tiene apariencia de pertenencia a Cristo - a la que se aplica la advertencia de Jesús "no todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos"…, (Mt 7, 21)- y otra que, más o menos ocultamente, va por su cuenta, como si Dios no existiera.
Los apóstoles no se hacían ilusiones de que pudieran "engañar" al Señor con una devoción exterior o bien que se le pudiera "contentar" con un mero culto exterior. Jesús, en efecto, inculcó en la mente de sus discípulos la indeleble verdad de la exigencia de la conversión para ser capaces de seguirlo, viviendo una única vida, esa dirigida hacia santidad a "vivir para Él", y muriendo a la otra vida, dirigida al propio provecho: “vivir para si mismo”.
Entre las innumerables enseñanzas de Cristo, a este propósito, es digna de meditación la parábola del sembrador. Ella enseña que es el hombre quien decide si ser realmente terreno bueno, capaz de dejarse fecundar y transformar por el Señor; de otra manera será piedras y espinas que paralizan todo crecimiento espiritual y humano. Nosotros podemos trabajar sólo en nuestro terreno, entrando en nosotros mismos y echando de nuestro corazón, con la ayuda de la gracia, todo lo que es tiniebla; no podemos hacerlo en el terreno del otro: ninguna madre puede hacerlo con el propio hijo, ningún marido con su mujer y viceversa.
En esta obra fundamental de conversión a Cristo, de la que depende nuestra eternidad, estamos "tremendamente" solos con nuestra libertad ante Dios, que se queda a un lado para no condicionar nuestra libre elección. En la parábola de los talentos Jesús nos hace reflexionar sobre ese hombre que, antes de partir, confía sus talentos a sus siervos y "después de mucho tiempo" vuelve para "ajustar las cuentas" con ellos (cfr. 25, 14-30). También para nosotros es así: Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha dado talentos, entre ellos el don de la libertad; pero en el momento en que decidimos hacerlos fructificar con su gracia, entonces Él viene y nos ayuda a desbastar el terreno para convertirlo en un terreno acogedor. ¡Quien no quiere escuchar al Señor no experimentará la fuerza trasformadora de su gracia! He aquí porque no debemos infravalorar en absoluto el increíble espacio de libertad, que Él nos ha dejado, un espacio prácticamente ilimitado.
Si los dos discípulos de Emaús, "repescados" por Jesús a la verdadera vida, al llegar a su aldea no le hubieran dicho "quédate con nosotros porque atardece (Lc 24, 29), Él se habría ido. El evangelista Lucas expresa con una frase misteriosa pero clara, esta terrible verdad: "Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante" (Lc 24, 28). Esta palabra, que nos revela el actuar de Dios con nuestra libertad, merecería que la imprimiéramos en nuestro corazón, conscientes que el Señor camina a nuestro lado para formarnos, para purificarnos, para conducirnos… pero eso no ocurre de modo "automático", porque su Divino Espíritu actúa en nosotros en la medida en que nosotros se lo permitimos. Necesitamos siempre del concurso de nuestra libre decisión, renovando todos los días, junto a la Virgen, con el corazón y con la vida aquella súplica tan importante "¡quédate conmigo Señor! (Agencia Fides 31/10/2007; Líneas: 65 Palabras: 994)


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