VATICANO - AVE MARIA por don Luciano Alimandi - Jesús, la única roca de la existencia humana

miércoles, 10 octubre 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - “Y todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica, será semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena; y cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa; y cayó, y grande fue su destrucción” (Mt 7, 26-27). Podemos decir que seguimos al Señor Jesús sólo cuando pongamos en práctica Su palabra. No basta la escucha, es necesaria la vida. Si, sosteniendo nuestras bellas palabras sobre Jesús, no está el resultado de una vida vivida conforme a esas mismas palabras, entonces el Evangelio declara que hemos construido nuestra existencia sobre la arena y que todo, antes o después, caerá.
La autorealización es, efectivamente, construir sobre la arena de nuestro pobre “yo”, que se cree capaz de edificar la propia existencia, convenciéndose de que la vida le pertenece, que es suya y que, por eso, la puede manejar como mejor cree. Cuando una existencia se deja atrapar por esta convicción y se da cuenta de un momento a otro de estar equivocada, de que la verdadera conversión no consiste solamente en cambiar algunos hábitos - hacerse un poco más bueno y un poco más honesto -, comprenderá que la única construcción capaz de resiste se llama: el Señor Jesús.
Cuando Jesús llamó a los primeros apóstoles a seguirlo, el Evangelio narra que “inmediatamente, dejando las redes, lo siguieron” (cfr. Mc 1, 18). ¿Habían, sin embargo, dejado verdaderamente también las redes que los ataban a sí mismos, a la propia retribución? Efectivamente, caminando descubrirán la triste realidad que encierra al hombre viejo, reconocerán las tantas redes que permanecen escondidas en la arena del propio “yo”, de las cuales el Señor, con infinita paciencia pero sin compromisos contra la verdad, los librará en la medida de su sinceridad y de su confianza en Él, la única roca de la existencia humana.
Entre los discípulos de Jesús hubo quien no lo hizo y simplemente se entusiasmó, comenzó a cambiar, pero sólo en la superficie, engañándose con que eso bastase, olvidando que todo se basaba sobre un falso fundamento: la autorealización. Quería quizás seguir a Cristo, pero no imitarlo, perdiéndose en Él. Cuando la vida, aparentemente nueva, comienza a vacilar ante las exigencias de la verdadera “sequela Christi”, faltó la valentía de comenzar en un nuevo modo.
También nosotros como los discípulos, siguiendo al Señor, a veces sentimos el miedo de perder nuestras seguridades, nuestras ventajas; nos dejamos engañar por las apariencias y quizás preferimos quedarnos atrapados en nuestras redes, en nuestro pequeño mundo, antes que gritar al Señor pidiéndole que nos haga nuevas criaturas: “el la angustia grité al Señor, Él me respondió, el Señor, que me puso a salvo” (Sal 117, 5). Quien tiene la valentía de hacer esto, quien ama al Señor más que a la propia vida y encuentra en Él la fuerza para olvidarse a sí mismo, experimentará ciertamente la liberación prometida por Jesús: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 36). Día tras días, mes tras mes, gustará cada vez más la libertad de los hijos de Dios, para dedicarse con todo el corazón no sólo a conquistarla para sí mismo, sino también a mostrar el camino a los demás. El camino tiene un nombre: el Señor Jesús, “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).
El único programa que el Señor nos da en cuanto al pecado, en cuanto a las redes, es el de liberarnos de ellas. En efecto, como nos enseña la teología mística, basta un sólo vicio para bloquear el crecimiento en las virtudes, el desarrollo de nuestra libertad interior y la conformación con Jesucristo. Basta un sólo escollo para hacer encallar una nave.
Libres de pensar a Dios, de pensar en Dios, lo somos solamente cuando en nuestra vida no hay ninguna fijación y dependencia de: poder, dinero, honor, placer, superioridad, tristeza, miedo, grandiosidad… En otras palabras, somos libres sólo si no somos dependientes de la lógica del pecado y del egoísmo, pero dependemos de la gracia santificante de Dios, que nos transforma cada vez más en criaturas nuevas, como lo describe admirablemente San Gregorio de Nisa: “Cuando un alma se convierte, odia el pecado, se dedica con todo empeño al bien, acoge en sí la gracia del Espíritu Santo y se hace un ser completamente nuevo. Se realiza entonces la palabra de la Escritura: ‘Echad fuera la levadura vieja para ser una masa nueva’ (1 Cor 5, 7) y también este dicho: ‘Celebramos la fiesta no con la levadura vieja, sino con los ázimos de sinceridad y de verdad’ (1 Cor 5, 8).”
Sólo quien es libre de todo aquello que puede encadenarlo al mundo es verdaderamente capaz de virtud, es decir capaz de Cristo. “Esta es la voluntad de Dios - nos dice San Pablo - vuestra santificación” (1 Ts 4, 3).
Este camino de libertad ha fascinado innumerables personas durante estos veinte siglos de cristianismo, ha elevado hasta el cielo a todos los corazones humildes y a las mentes dispuestas a abrirse a la más bella aventura que exista sobre la tierra, la de acoger a Dios en Su Hijo Jesús nacido de la Virgen María, quien nos Lo ofrece como Lo ofreció a José, Isabel, Juan Bautista y a Zacarías, a los pastores y magos, a los esposos de Caná y a los discípulos, que continúan reuniéndose alrededor de Ella, bajo la Cruz y en el Cenáculo eucarístico para acoger el Amor transformante de Dios. (Agencia Fides 10/10/2007; líneas 56, palabras 925)


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