VATICANO - AVE MARIA a cargo de don Luciano Alimandi - La Semana Santa del cristiano

miércoles, 4 abril 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - En el segundo aniversario del tránsito de Juan Pablo II, el pasado 2 de abril, el Evangelio del Lunes Santo nos detenía en Betania, lugar predilecto del Señor Jesús porque ahí vivía su amigo Lázaro con las hermanas María y Marta, que acogían las enseñanzas del Maestro sin pensar en los propios intereses.
Con emoción el Santo Padre Benedicto XVI comentó el intenso pasaje de Juan recordando la inolvidable figura del Siervo de Dios Juan Pablo II, en la Misa celebrada por su sufragio: “El segundo aniversario del tránsito de este amado Pontífice coincide en un contexto propicio para el recogimiento y la oración: … la Liturgia nos hace revivir los últimos días de la vida terrena del Señor Jesús. Hoy nos conduce a Betania, donde, “seis días antes de Pascua” - como anota el evangelista Juan- Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro… Hay un gesto en este pasaje evangélico, que llama nuestra atención y que también hoy día habla en modo particular a nuestros corazones: María de Betania, en un determinado momento, “tomando una libra de perfume de nardo puro, muy precioso, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos”. (Jn 12,3). Es uno de aquellos detalles de la vida de Jesús que san Juan recoge en la memoria de su corazón y que contiene una inacabable carga expresiva. Este habla del amor por Cristo, un amor sobreabundante, prodigio, como aquél perfume “muy precioso” derramado sobre sus pies. Un hecho que sintomáticamente escandalizó a Judas Iscariote: la lógica del amor que se encuentra con la del interés”.
Sobre este potente testimonio de fe y de amor de María, el Santo Padre hizo referencia al ejemplo de Juan Pablo II, afirmando que: «el “perfume” de su amor “llenó toda la casa” (Jn 12, 3), es decir toda la Iglesia… El intenso y fructuoso ministerio pastoral, el calvario de la agonía y la serena muerte del amado Papa, hicieron conocer a los hombres de nuestro tiempo que Jesucristo era verdaderamente su “todo”» (Benedicto XVI, 2 abril 2007).
Estas palabras del Santo Padre sobre su amado Predecesor, tan impregnadas de verdad, tocan el corazón y alientan a imitar el ejemplo de los testigos de Dios, que han hecho de su vida un don completo, sin reservas y desinteresado, al Salvador. Para poderse “derramar”, como el perfume de Betania, nuestro amor primero debe salgar la barrera del “ego”, salir de todo esquema de cálculo, de toda hipótesis de interés personal. Solo así el amor se convertirá en un amor desinteresado que no antepone nada al amor de Cristo. Amar a Dios por Dios es la lógica de Jesús y de sus auténticos discípulos que, para seguirlo, dejan todo para que solo Dios sea el “todo” de su vida. No es un camino fácil, sobre todo al inicio, cuando uno enfrente la lógica, tan enraizada en nosotros, del propio interés, lógica prioritaria del vivir de hoy.
María de Betania, como Juan Pablo II, muestran a todos que vale verdaderamente la pena dedicarse totalmente al Señor Jesús; no ceder a la trampa de los “cálculos” interesados, de la lógica humana, sino convertirse a la lógica de Dios. Nuestra vida debería desplegarse a la luz de la “Semana Santa”, no debería dejar el “horizonte salvífico” de este tiempo, en el cual el Señor se ofrece a nosotros y nosotros a Él. Demasiadas veces, lamentablemente, nuestra cotidianeidad nos deja tomar tantas cosas inútiles, olvidando que cada día nos es donado para la santidad, para ser “perfume” de Cristo. Solo si permanecemos en Él esto será posible.
Es una gran gracia poder vivir cada semana en modo “santo”, sin olvidar que este es el proyecto de Dios: “por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia” (Ef. 1, 4-7). Permanecer en la Semana Santa significa imitar a la Virgen María que siempre ha seguido a su Hijo. Juan Pablo II, totalmente consagrado a la Virgen, fue el “perfume de Cristo” para el mundo. Es esta la Madre que el Siervo de Dios miró constantemente, innumerables veces le suplicó y la alabó, sobre todo, la amó como se ama a una madre: “Madre mía desde siempre”, dijo el 13 de mayo de 1991 en Fátima, destacando justamente la relación que cada uno debe tener con Ella.
A María, Madre de los dolores, queremos confiar nuestra vida, nuestra “Semana Santa”, para aprender a derramar el aceite aún no derramado, para amar el Amor que no es amado, para decir desde lo profundo del alma “Totus tuus ego sum”. (Agencia Fides 4/4/2007; líneas 55, palabras 843)


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