VATICANO - AVE MARIA a cargo de don Luciano Alimandi - “Y el nombre de la Virgen era María”

miércoles, 28 marzo 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - ¡La Virgen se llamaba María! El primer título que el Evangelio atribuye a María es: “la Virgen”, porque solo en una tierra virgen, inmaculada, Dios Padre pudo generar a su Hijo. El Verbo de Dios se ha Encarnado en el vientre de esta mujer, porque encontró la semejanza perfecta con Él. En María, el Señor se ha reflejado y ha encontrado sus rasgos, como un lago en lo alto de las montañas que reproduce perfectamente la imagen del Cielo sobre él, al punto de hacer confundir donde termina uno (el lago) y donde comienza el otro (el cielo), así el alma inmaculada de María reproduce la imagen de Dios.
Ciertamente Dios es infinitamente más grande que Ella, Él es el Creador, Ella es una criatura, ¡pero qué criatura! La Virgen María, como la Iglesia sabiamente enseña, era como un cristal sin mancha, absolutamente límpido, que reflejaba plenamente el rayo de luz de Dios que la atravesaba. Nada en María ha retenido para sí los dones de Dios: la libertad recibida del Creador fue siempre consagrada a Él, cada movimiento de esta estaba orientado a la gloria del Señor. Todo en María conduce a Dios, como en un espejo purísimo Él puede reflejarse en ella. La Encarnación se realizó porque un cristal así estaba finalmente listo, porque había un lago perfectamente manso y límpido al punto que la Imagen de Aquél que lo había creado podía ser reproducida sin la más mínima imperfección. Nada distorsionado en esta extraordinaria creatura, que fascina el mundo angélico y fascinó al Arcángel Gabriel, cuando, en el absoluto respeto de su libertad, se presento a la Elegida Madre del Redentor para acoger el “sí” esperado desde siglos por la entera creación. Solo aquel “sí” habría hecho descender al Hijo de Dios sobre la tierra, ningún otro lo hubiera traído, solo la Virgen lo podía hacer.
“Aquí estoy, soy la sierva del Señor, se cumpla en mí según tu Palabra”: la Virgen responde con su libertad al llamado de Dios, apenas comprende que es Él quien lo quiere, que no se trata de un proyecto humano: “no conozco varón”, dice al inicio, y, tras la explicación angélica, pronuncia el “aquí estoy” diciendo inmediatamente “soy la sierva del Señor”. No dice “soy la Madre del Señor”, sino “la sierva”, la esclava. ¡Ella es el cristal que se deja atravesar por el purísimo rayo de Luz de Dios, ella es el espejo de agua límpida que se ofrece a sí mismo para reflejar el Cielo, para el encanto de toda la creación!
La solemnidad de la Anunciación es, entonces, la realización de la Encarnación, el “sí” de María refleja y hace reflejar perfectamente el “sí” del Hijo de Dios, como el Santo Padre Benedicto XVI, en el reciente Ángelus, afirmó significativamente: «En realidad, el “sí” de María es el reflejo perfecto del “sí” de Cristo mismo, cuando entró en el mundo, como escribe la Carta a los Hebreos interpretando el Salmo 39: “¡Aquí estoy, vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad!” como está escrito en el rollo de libro” (Hb 10,7). La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la Madre y así, por el encuentro de ambos “sí”, Dios ha podido asumir un rostro de hombre. Es esta la razón por la cual la Anunciación es también una fiesta cristológica, porque celebra un misterio central de Cristo: su Encarnación» (Benedicto XVI, Ángelus del 25 marzo 2007).
El día 25 de marzo es escogido, para pequeños o grandes eventos eclesiales, como el día de consagración a María (piénsese en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María el 25 de marzo de 1984). Vivir la consagración significa entrar en la escuela de esta Madre, la Virgen, sobre todo para aprender a ser “puros de corazón”, porque solo los “puros” verán a Dios. Es necesario caminar con ella para dejarse purificar progresivamente la mente, el corazón, los labios, el cuerpo, la mirada… por la misma luz, que ha consagrado toda la existencia de la Virgen, la luz del Verbo encarnado: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue nunca andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).
En la historia de las apariciones marianas, basta pensar en Lourdes, clara manifestación del proyecto de Dios: ¡Enviar a la Madre para preparar el camino al Hijo! La Inmaculada refleja la luz de Jesús y, si la dejamos entrar en nuestras casas, en nuestro ambientes de trabajo, en nuestras comunidades y familias, la vida no será más la misma de antes, porque aquella luz se difundirá y el deseo de Cristo en nuestros corazones aumentará. (Agencia Fides 28/3/2007; líneas 49, palabras 781)


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