photo:Christian Sieland
por Marie-Lucile Kubacki
Port Moresby (Agencia Fides) – El padre Christian Sieland, director de las Obras Misionales Pontificias en Papúa Nueva Guinea, es hijo de un misionero laico alemán que vivió su vocación apostólica durante más de dos décadas junto a sacerdotes y religiosos. Consciente, desde la gratitud, del inmenso valor que tuvo su primera experiencia como joven voluntario en Papúa Nueva Guinea y del contacto directo con misioneros procedentes de distintos países, el padre Cristian participa hoy en la misión de una Iglesia local inmersa en la transición de una “dependencia misionera” hacia una plena asunción de responsabilidades, promoviendo una renovada inculturación del Evangelio.
En este contexto, el reciente viaje que ha realizado para visitar a los misioneros ancianos que desarrollaron su labor en Papúa Nueva Guinea y que hoy residen en hogares para personas mayores de varios países europeos constituye, al mismo tiempo, un gesto de gratitud y una lección viva. Al rendir homenaje a quienes fueron los primeros en dar testimonio de la fe, invita a las nuevas generaciones a recordar sus raíces, preservar su patrimonio cultural y permitir que el Evangelio eche raíces cada vez más profundas en la vida de su pueblo.
- En las últimas semanas usted ha dedicado un tiempo a visitar a misioneros ancianos que sirvieron durante muchos años en Papúa Nueva Guinea. ¿Qué es lo que más le ha impresionado de la manera en que hoy contemplan su misión?
- Sí. Después de la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias viajé a los Países Bajos y a Alemania para visitar a algunos de nuestros misioneros neerlandeses y alemanes jubilados en las residencias donde viven actualmente. Estuve en Teteringen, en los Países Bajos, con los misioneros neerlandeses, y en Steyl, también en los Países Bajos, con los misioneros alemanes. Todos ellos pertenecen a la Sociedad del Verbo Divino (SVD) y a las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo (SSpS). Ambas congregaciones fueron fundadas por san Arnoldo Janssen y enviadas a la misión en distintos lugares del mundo. Sus primeros misioneros llegaron a Nueva Guinea en 1896 e iniciaron su labor evangelizadora en las zonas costeras, antes de adentrarse en las tierras altas del interior. La mayoría de los misioneros que he visitado tiene hoy están entre los ochenta y muchos y los más de noventa años. Mi obispo emérito, Henk Te Maarssen, SVD, se encontraba en Teteringen cuando lo visité; en septiembre cumplirá 93 años. Ha pasado casi 60 años en Papúa Nueva Guinea: más de 50 como sacerdote y ocho como obispo.
En general, estos misioneros habrían deseado permanecer en los países de misión y ser sepultados en la tierra a la que entregaron su vida. Sin embargo, el deterioro de su salud y la disponibilidad de servicios médicos especializados en sus países de origen los obligaron a regresar. Aun así, aunque físicamente se encuentran en Europa, su corazón y sus pensamientos siguen estando por completo en Papúa Nueva Guinea.
Al escuchar sus testimonios, resulta evidente que no albergan ningún arrepentimiento por haber elegido la vida misionera; si tuvieran la oportunidad, volverían a tomar exactamente la misma decisión, una y otra vez. De lo que con frecuencia no son plenamente conscientes es que, al evangelizar a nuestro pueblo, también sentaron las bases de la nación moderna de Papúa Nueva Guinea, cuya población es hoy cristiana en un 90 %. Lo que más me ha impresionado de ellos es su profunda humildad. En muchos casos llevaron a cabo una auténtica labor misionera pionera: predicaron el Evangelio, administraron el bautismo y levantaron una amplia red de infraestructuras, entre ellas parroquias, escuelas y hospitales al servicio de nuestra población. Sin embargo, nunca presumen de sus logros; todo lo hicieron únicamente para la gloria de Dios.
- Cuando estos misioneros ancianos hablan de las personas y de las comunidades a las que han acompañado, ¿qué palabras o imágenes aparecen con mayor frecuencia y qué revelan, en su opinión, sobre su manera de entender la misión?
- Lo primero que llama la atención al escucharlos es que se identifican plenamente con el pueblo y las comunidades de Papúa Nueva Guinea, a las que han servido, en algunos casos, durante más de medio siglo. En sus reflexiones y en los recuerdos que comparten apenas hay espacio para la negatividad. Por el contrario, sus palabras reflejan un profundo respeto y, me atrevería a decir, una auténtica veneración por las personas, sus tradiciones y su cultura.
La experiencia misionera los ha arraigado por completo en la realidad, la sencillez y la humildad. Muchos de ellos llegaron en las décadas de 1950 y 1960. En aquella época tuvieron que aprender desde cero las lenguas vernáculas locales, lo que les permitió adquirir un conocimiento muy profundo de las diversas culturas y tradiciones de nuestro país.
Tengo la impresión de que ese espíritu misionero de los comienzos se ha ido debilitando en algunos de los nuevos misioneros que llegan hoy, en parte porque gran parte del trabajo fundamental ya ha sido realizado. Los misioneros actuales siguen edificando sobre los cimientos que dejaron aquellos primeros pioneros, pero el impulso y la fuerza iniciales de aquellos exploradores eran verdaderamente únicos.
- Desde su experiencia sobre el terreno, a menudo en zonas muy remotas y difíciles, ¿qué lecciones sobre la paciencia, la perseverancia y la humildad le han impactado especialmente?
- Cuando hablo de los misioneros extranjeros que llegan a Papúa Nueva Guinea y permanecen allí desde unos pocos años hasta cinco décadas, suelo decir que han sido “contagiados por el virus de Nueva Guinea”. Este contacto profundo con el país transforma a una persona para siempre. Como auténticos pioneros, se adentraron en las zonas más remotas, donde no existían carreteras, escuelas ni centros sanitarios. Vivían en estrecho contacto con la población, dormían en las aldeas y compartían los alimentos que las comunidades les ofrecían. De este modo aprendieron que la definición occidental de “pobreza”, tal como aparece en los diccionarios, no tiene un verdadero significado en un país como Papúa Nueva Guinea.
Aunque no tenían dinero -y tampoco lo necesitaban para su supervivencia cotidiana-, la población en realidad lo tenía todo. Dios ha bendecido a este pueblo con una tierra capaz de satisfacer todas sus necesidades. Todavía hoy, el 90 % de la tierra pertenece tradicionalmente a las personas y a sus tribus; la tierra es el mayor bien que posee un habitante de Papúa Nueva Guinea. Al trabajar junto a la gente, los misioneros se adaptaron de manera natural a un estilo de vida sencillo y humilde. Esta forma de vivir estaba profundamente vinculada a los sistemas sociales tradicionales de Papúa Nueva Guinea, que ya contenían muchos de los valores evangélicos que los misioneros venían a anunciar.
Dios había preparado durante siglos a nuestro pueblo para este encuentro con la Palabra. Por eso el Evangelio fue acogido con tanta facilidad y rapidez: las personas reconocían sus propios valores reflejados en el mensaje cristiano, pero ahora podían comprenderlos y apreciarlos a la luz de la fe.
- ¿A qué se refiere en concreto?
- La paciencia, la perseverancia y la humildad son realmente las tres virtudes forjadas a lo largo de décadas de evangelización. Dejar el llamado “mundo civilizado” para adentrarse en una sociedad tribal con una estructura social compleja exige estas tres cualidades; sin ellas nunca se puede llegar verdaderamente al corazón de las personas. De la paciencia y la humildad nace una profunda apertura que permite al misionero valorar realmente aquello que tiene ante sí. No se trata de una “cultura primitiva de la Edad de Piedra”, como muchos occidentales de los primeros tiempos la describieron con desprecio, sino de una sociedad profundamente sofisticada, formada por miles de tribus y culturas diferentes. Los misioneros lo comprendieron. En mi camino junto a nuestro pueblo, la enseñanza más importante que me han transmitido es que la verdadera felicidad se encuentra en la sencillez. De esa sencillez nacen naturalmente la humildad y la paciencia, las claves últimas para abrir el corazón humano.
- Estos misioneros llegaron a un contexto cultural muy diferente del propio. ¿Cómo aprendieron a respetar y valorar las tradiciones locales y qué aspectos de su enfoque de la inculturación quisiera transmitir a las nuevas generaciones de misioneros y sacerdotes?
- La primera condición indispensable es tener una mentalidad abierta. No se puede ser un misionero eficaz si no se sabe apreciar la belleza oculta y la complejidad de otras culturas. Ninguna cultura es superior a otra; más bien, cada cultura tiene la capacidad de enriquecer a las demás. No se puede llegar a una tierra extranjera y condenar las tradiciones, los usos y las costumbres locales, ni antes ni durante el anuncio del Evangelio. Nuestros primeros misioneros merecen un gran reconocimiento por su actitud abierta. Dedicaron tiempo al estudio de las culturas y de las lenguas locales, llegando incluso a elaborar diccionarios y gramáticas de idiomas que hasta entonces se habían transmitido únicamente de forma oral. Pusieron de relieve los valores positivos ya presentes en esas culturas y, al mismo tiempo, tuvieron la valentía de señalar con delicadeza cuándo algunas prácticas tribales no eran compatibles con el Evangelio. Este proceso de inculturación se desarrolló a lo largo de muchas décadas. Considero que alcanzó sus frutos más maduros con el nacimiento de los catequistas formados localmente. Estos catequistas recibieron una sólida preparación, estaban bien instruidos en teología y conocían profundamente sus propias tradiciones. Por ello, fueron capaces de anunciar eficazmente el Evangelio a su propio pueblo y en sus propias lenguas. Con frecuencia eran enviados por los misioneros extranjeros como avanzadilla hacia territorios todavía inexplorados, donde realizaban el trabajo de base. Ellos han sido los mejores “traductores e intérpretes culturales” de la Iglesia. (Agencia Fides 8/7/2026)