Por Marie-Lucile Kubacki
Reims (Agencia Fides) – El 30 de junio el papa León XIV ha nombrado a Éric de Moulins-Beaufort, arzobispo de Reims en Francia, miembro del Dicasterio para la Evangelización (Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización en el mundo).
Ya presidente de la Conferencia de los obispos de Francia, hace seis años de Moulins-Beaufort puso en marcha en su diócesis un proyecto de conversión misionera, vinculado -como muchos otros- también a la urgencia de afrontar la disminución del número de sacerdotes.
Teólogo y especialista en Henri de Lubac, ha aceptado compartir con Fides su enfoque de la misión en un país no solo “secularizado”, sino, como él mismo afirma, marcado por la “voluntad de construirse al margen de Dios, e incluso al margen del Dios de Jesucristo”.
- Usted ha sido nombrado recientemente miembro del Dicasterio para la Evangelización, en vísperas del viaje del papa León XIV a Francia. Si tuviera que describirle en pocas palabras la Iglesia de Francia que encontrará, ¿qué le diría?
- Encontrará una Iglesia de Francia en plena transformación. Debemos acostumbrarnos a vivir con un número reducido de sacerdotes, aunque siempre cabe la esperanza de nuevas incorporaciones en los seminarios. La disminución del número de sacerdotes está lejos de haber terminado y ha afectado a numerosas generaciones, a causa de abandonos, jubilaciones de presbíteros… Esta Iglesia también ha soportado el impacto del escándalo de la revelación de violencias sexuales y espirituales, así como de engaños surgidos en algunas fundaciones y realidades eclesiales que podían parecer prometedoras.
Se trata, por tanto, de una Iglesia en proceso de transformación de su modelo pastoral, desde hace tiempo en búsqueda, con experiencias diversas y, creo, interesantes: hay celo, impulso, un deseo de dar a conocer el Evangelio. Se transforma para ser más lúcida, menos ingenua, más crítica consigo misma y con lo que su propia estructura puede generar. De este modo, se vuelve más capaz de acoger a quienes llegan y de servir realmente a Cristo. Por último, nos encontramos en un momento de la historia del mundo en el que predominan las inquietudes sobre las esperanzas de futuro. La novedad de los últimos dos o tres años es que aquello que antes podía parecer algo dado por supuesto -como el simple acto de fe, repetir el nombre de Cristo o contemplar la figura de Cristo- hoy es percibido y vivido como lo más interesante y luminoso para numerosos catecúmenos y confirmandos, especialmente entre las generaciones jóvenes.
- En esta transformación, ¿qué frutos se empiezan a ver en la Iglesia?
- Pienso en los catecúmenos, pero también en relaciones de fraternidad más reales en la organización de las diócesis y las parroquias, y en una búsqueda de formas renovadas y de una inteligencia de la fe.
Hoy ya no se puede contar con un “bagaje” cristiano recibido como si fuera el aire que se respira. Es necesario fortalecer interiormente a los cristianos para que sean realmente libres en la libertad espiritual de Cristo. Muchos cristianos, por ejemplo, experimentan la alegría de ver que pueden presidir oraciones: no para sustituir a los sacerdotes, sino para ejercer plenamente su sacerdocio común.
Esto permite también resaltar lo que es propio del ministerio ordenado -obispo, presbítero, diácono-, así como la cuestión de los ministerios instituidos. Se redescubre el sacerdocio bautismal, este sacerdocio común, como verdadero protagonista de la Iglesia. Me parece que en este tema ha habido una gran transformación en los últimos diez años, y es algo prometedor.
- ¿Cómo interpreta la paradoja de una Francia descrita como profundamente secularizada y, sin embargo, fascinada por lo religioso, que reaparece constantemente en el debate público?
- Es, como usted dice, una verdadera paradoja francesa. Francia está secularizada, pero lo que la caracteriza es que la Francia moderna se ha construido en una voluntad de autonomía respecto de Dios más fuerte que la simple secularización. Existe una voluntad de construirse al margen de Dios, y más concretamente al margen del Dios de Jesucristo, de un modo muy preciso.
Considero que esto forma parte de la revelación del Dios de Israel, que también se manifiesta suscitando contradicción: es un momento de la historia, no la palabra definitiva. No es sorprendente que esto vaya acompañado de mucho interés y atención. Se ha visto recientemente: la muerte del papa Francisco y la elección del papa León han suscitado un interés extraordinario en Francia.
Los franceses perciben bien que la fe cristiana es una escuela de libertad. Comprenden espontáneamente la libertad en términos de autonomía y emancipación, pero también se puede descubrir que es más grande en el consentimiento, en la acogida, en la hospitalidad y en una cierta dependencia de Dios, que libera más. En Francia todo esto entra en tensión: el deseo de emancipación y la conciencia de la riqueza de lo que la fe en Dios ha podido ofrecer y puede seguir ofreciendo.
- ¿Cómo lee el fenómeno de los catecúmenos: como un indicador de vitalidad misionera o como un signo que debe acogerse con prudencia?
- Lo leo, ante todo, como un don de Dios, como un aliento. No es el resultado de una acción pastoral que ha salido bien: no hemos encontrado una solución milagrosa. Creo que estos catecúmenos son un don que Dios nos hace para animarnos en el trabajo de transformación pastoral y de purificación de nuestra mirada.
Cuando leo sus cartas, me llaman la atención dos cosas. La primera es que el gran motor es el descubrimiento de una manera nueva de vivir, en el encuentro con Cristo: en la paz, en la apertura a los demás, abandonando el resentimiento y la ira, con esperanza. Muy pocos evocan el deseo de “recuperar la Francia de siempre”: lo que veo es el descubrimiento de otra forma de vida, a veces vislumbrada en personas cercanas, a veces en una prueba o en un encuentro inesperado.
El segundo elemento es que se apropian con mucha facilidad del vocabulario teológico de la Escritura y de la liturgia. Hablan del pecado no como una simple falta moral, sino como un “fallar el objetivo”, como un rechazo interior cuya vanidad se descubre de repente, con palabras tomadas de san Pablo y de la liturgia, por ejemplo la de la “esclavitud”. La fuerza de la experiencia espiritual que viven les lleva a redescubrir las palabras de los primeros cristianos: es algo sencillo y muy potente.
- ¿De qué modo influyen estas cartas en su manera de considerar la misión y el anuncio del Evangelio?
-Durante mucho tiempo entendí la misión como si se tratara de tener el valor de “colocar nuestro producto” ante personas que no lo conocen y no están interesadas en él. Poco a poco he comprendido que la misión es también ser enviados allí donde estamos, asumir el peso y llevar ante Dios el destino de toda la humanidad.
La eficacia de la misión no se mide solo por el número de “miembros” del “club” que es la Iglesia. Pertenece al misterio de la cruz: aceptamos estar unidos a Cristo para llevar el destino de la humanidad, y el Padre responde como quiere. Debemos comportarnos como cristianos allí donde estamos, con intensidad y verdad, confiando en que se realice la obra de Dios, que quiere conducir a los hombres a la plenitud de la vida.
El tema elegido para el viaje del Papa es «la vida en abundancia». Esto pasa por la libertad de decir cuál es la fuente que nos hace vivir, por la exigencia de reconocer lo que Jesús nos da -y lo único que Él nos da- y de dar testimonio de ese don que celebramos en los sacramentos y que estamos llamados a vivir en todos nuestros encuentros, también en la vida social.
- ¿Cómo se concretiza la reforma misionera llevada a cabo en Reims y cuáles son sus primeros frutos?
- Este año he comenzado una serie de visitas pastorales que hasta ahora no había podido realizar plenamente porque estaba comprometido con la Conferencia de los obispos y a menudo fuera de la diócesis.
He empezado a pasar tiempo en los distintos espacios misioneros: he visitado dos de once, aún estoy lejos de haber terminado, pero continuaré con mayor intensidad el próximo año. También queremos aprovechar el proceso sinodal al que estamos llamados para expresar, formular y evaluar lo que estamos viviendo. Tenemos la fortuna de que la Comunidad Saint-Martin ha aceptado hacerse cargo de un nuevo espacio misionero, creado a partir de uno que era demasiado grande, y venir expresamente para poner en marcha nuestro proyecto pastoral. Esto relanzará el proyecto. En términos generales, creo que las intuiciones de base están confirmadas. Nos permiten vivir sin quedar demasiado aplastados por el territorio y por el escaso número en relación con la extensión que debemos servir.
Evidentemente, nuestras fuerzas son más débiles de lo que habíamos imaginado: las fuerzas presbiterales y diaconales son inferiores a las que contábamos, incluso respecto a los objetivos que nos habíamos fijado.
- En Reims, ¿cómo ha velado para que la transformación misionera iniciada hace seis años no se redujera a una simple reforma de estructuras? ¿Y qué frutos ve de ello?
- La tentación de pensar que se pueden hacer evolucionar las cosas mediante reformas estructurales, técnicas de gestión o estrategias de comunicación es una enfermedad humana general. Son necesarias realizaciones concretas, pero hemos querido poner en orden los tres ‘munera’ del sacerdote: enseñar, santificar y gobernar.
Con demasiada frecuencia se dedica mucho tiempo a gobernar -es decir, a administrar-, luego se santifica porque se celebran los sacramentos, y a menudo se anuncia “cuando se puede”. Ahora bien, el orden teológico es el inverso: ante todo una palabra de promesa, de vida, de liberación, de consuelo; después santificar; y, finalmente, gobernar. Gobernar no consiste en administrar ni en dirigir, sino en sostener a los cristianos para ayudarles a vivir más plenamente en el camino de Dios. Es necesario seguir aligerando la gestión de nuestro aparato patrimonial y organizativo para estar más disponibles para la Palabra, los sacramentos y los encuentros en los que se crece juntos.
(Agencia Fides 6/7/2026)