Asamblea de las OMP, el arzobispo Lhernould: la misión de la Iglesia es para el mundo

lunes, 8 junio 2026 misión   iglesias locales   papa león xiv  

Por Gianni Valente

Túnez (Agencia Fides) – La Asamblea General anual de las Obras Misionales Pontificias (OMP) acaba de celebrarse en Roma, y Nicolas Lhernould regresa con el corazón y la mente llenos de experiencias, reflexiones y encuentros -entre ellos, el mantenido con el Papa León XIV- que han dado nuevo impulso a los días de trabajo compartidos durante la asamblea.
El arzobispo de Túnez ha participado también este año en la Asamblea en calidad de Director nacional de las OMP en Túnez, junto a más de un centenar de directores nacionales llegados a Roma desde los cinco continentes.
Su experiencia como obispo en la tierra de San Agustín, como queda patente en la entrevista que sigue, le permite además ofrecer y compartir importantes reflexiones sobre la naturaleza propia de la misión confiada por Cristo a su Iglesia, una misión orientada a la salvación de todos.

– Arzobispo Lhernould, usted repite desde hace tiempo que la Iglesia, por su naturaleza y su misión, no puede estar centrada en sí misma. ¿Qué quiere decir con eso?
– La Iglesia es un medio instituido por Cristo al servicio de su misión, la misión de Cristo, que consiste en entrar en relación de amor con todos los seres humanos y en revelar ese amor a todos. La Iglesia no tiene su centro de gravedad en sí misma: su centro está en la relación de amor de Dios con el mundo. A lo largo de la historia, cada vez que la Iglesia se desplaza y se pone a girar en torno a sí misma, pierde su vitalidad, porque pierde el horizonte fundamental para el cual fue instituida por Jesús.

– Ya en los primeros días de su pontificado, el Papa León XIV había advertido: no le quitemos a Cristo la misión…
– Al final del Evangelio de Mateo, Jesús pide a los once apóstoles que hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolas “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Existe una tarea misionera, un “mandato” confiado por Jesús a los suyos, pero no hay una transferencia de autoridad. La autoridad permanece en el único misionero, que es el mismo Jesús. Nosotros podemos ser sus colaboradores. Colaboradores del único misionero que es Cristo en persona.

– ¿Todo esto ha aflorado también durante los trabajos de la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias, celebrada recientemente en Roma?
– Cuando participo en la semana de la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias, esto siempre lo tengo claro. Las OMP son un aspecto del “instrumento Iglesia” al servicio de la relación entre Dios y el mundo, que es el corazón de la misión. Cuando la Asamblea termina, después de haber hablado de proyectos, de estatutos y de tantas cosas importantes que hacer, siempre me viene a la mente volver a las palabras de san Pablo: “Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios”.

– ¿Qué puede preservar de la autorreferencialidad incluso en encuentros como la Asamblea de las OMP?
– Hay dos datos complementarios que, en mi opinión, no debemos nunca contraponer de forma dialéctica. El primero es la vivacidad y la alegría propias del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Para vivir y compartir esta alegría contamos con todos los instrumentos humanos, espirituales e incluso teológicos a nuestra disposición, sobre todo después del Concilio Vaticano II, que retomó la teología de la comunión de los Padres de la Iglesia para describir y compartir esta comunión, la comunión propia del Cuerpo de Cristo.
Luego hay otro dato, que ha sido subrayado con fuerza en el magisterio del Papa Francisco: todo lo que se refiere e implica la relación de la Iglesia con aquello que le es exterior, con aquello que la Iglesia no es. Es en este ámbito donde se toca el tema de la fraternidad.
Los Padres de la Iglesia, en el contexto de su época, no estaban llamados a desarrollar lo que hoy podríamos definir como una “eclesiología de la fraternidad”, porque entonces esta relación con todas las realidades que no eran Iglesia se vivía de un modo distinto al de hoy. Y hoy podemos percibir con más intensidad que precisamente el encuentro con quien no es “nosotros” nos revela a nosotros mismos. Nos ayuda a reconocer nuestra identidad propia, nuestra naturaleza propia.

– Precisamente los primeros cristianos vivían en un mundo en el que los demás, todos los demás, no eran cristianos…
– Hay un pasaje de los Hechos de los Apóstoles que habla de los discípulos de Jesús en Antioquía, donde se dice que precisamente allí los que seguían a Jesús recibieron el nombre de cristianos (cf. Hch 11,26). Esto significa que ese nombre no se lo dieron ellos mismos. Lo recibieron, y lo recibieron en un ámbito que no era cristiano. Fueron los otros quienes los llamaron cristianos. No se llamaron cristianos a sí mismos.

– ¿Y esto qué sugiere hoy?
– Es una especie de ley espiritual y también, quizá, teológica: una parte de nuestra identidad cristiana se revela gracias al encuentro con los otros, con quienes no son cristianos.

– ¿Y vuestra condición en los países del norte de África ayuda y contribuye de algún modo a experimentar esta dinámica?
– Ya en 1979 los obispos del norte de África escribieron una hermosa carta pastoral común que titularon “El sentido de nuestros encuentros”. Evidentemente, la Revelación se ha concluido con la muerte del último apóstol, pero el rostro de Cristo se revela a través del encuentro real de sus discípulos con las culturas y los pueblos. Y hay algo del rostro de Cristo que no podría salir a la luz, que no podría revelarse a nosotros si no existiera este proceso de encarnación en los pueblos y en las culturas, que se prolongará hasta la parusía, la manifestación gloriosa de Jesucristo al final de los tiempos.

– ¿Y qué caminos puede tomar en Túnez y en otros países del norte de África esta misión, la que Cristo ha confiado a su Iglesia?
– Me gusta mucho la definición de la misión dada por Christian de Chergé. El prior de la comunidad monástica de Tibhirine, los monjes asesinados en 1996 en Argelia y beatificados en 2018, decía que la misión no es conquista, la misión es perfume.
“Hay más alegría en el dar que en recibir” (Hch 20,35). El don recibido lo compartimos con los demás. Y este es el dinamismo elemental de todo impulso misionero. Pero si nos detenemos un momento y damos también a los otros la posibilidad de experimentar esta alegría, la alegría de dar, también nosotros podemos recibir lo que los otros quieren compartir. Así se puede abrir el camino a una alegría de la que puede surgir una curiosidad, la curiosidad de tocar la fuente de esa alegría, incluso sin nombrarla, sin llamarla por su nombre.
Podemos y debemos dejar a Cristo mismo la posibilidad de tocar los corazones. Y también permanecer abiertos a la experiencia de recibir, de recibir incluso lo mejor de la cultura del otro, su pregunta ante el Misterio y ante Dios, sus alegrías. Y no es pasividad: es un acto misionero. Forma parte de la obra de acercarse a la fuente de la alegría.

– ¿En la Sagrada Escritura qué imágenes y qué historias sugieren esta manera de vivir la misión?
– Como pertenecientes a las Iglesias del norte de África, nos interpela mucho lo que podríamos llamar el icono paradigmático de la Epifanía. En el Evangelio de la Epifanía, Jesús acaba de nacer, no habla, no hace nada. También María guarda silencio. Solo abre la puerta. Llegan los Reyes Magos, tres desconocidos, y el único hecho de la disponibilidad para acogerlos hace que ellos, a su manera, con su cultura, después de su camino, ofrezcan lo mejor de lo que tienen y de lo que son, con sus dones y su adoración.
Los Reyes Magos son una alteridad, y siguen siendo alteridad. Después de haber adorado al Niño Jesús, regresan a su país, a sus cosas, a su realidad. Pero ha habido también una revelación para ellos. La revelación es para todos. Así, en los otros, en quienes no son “nosotros”, hay algo constitutivo de la manifestación de nuestra propia identidad, y este aspecto, en mi opinión, debe tenerse en cuenta; es un elemento importante cuando se habla de la misión.

– En algunas situaciones no se pueden realizar actividades ni promover obras identificadas como misionarias. En esos contextos, ¿se puede decir que la misión coincide con la simple confesión de la fe, la Confessio fidei?
– Cuando se habla de confesión de la fe, enseguida se asocia esa expresión al compromiso de la palabra, a la necesidad de proclamar. La confesión absoluta del amor del Padre, como dice de otro modo el inicio de la Carta a los Hebreos, es Jesús. Ahora bien, en la Epifanía, Jesús no es capaz de decir nada. Jesús está allí, es un recién nacido, y no dice nada. Luego son treinta años de vida oculta, que también son una confesión. Jesús es el Verbo encarnado que ha venido a vivir entre nosotros. Por tanto, a revelar el amor no solo hablando, sino viviendo. Charles de Foucauld lo decía muy bien. Decía: yo quisiera vivir de tal manera que la gente, al verme vivir, se pregunte por el origen de este amor. Nosotros estamos llamados a la misma espera, a ponernos la misma pregunta.
Me gustan mucho esos pasajes del Evangelio en los que, cuando Jesús no puede hablar porque es un niño, o cuando a su alrededor no se dice nada, ocurre como con José, como con María en el acontecimiento de la Epifanía. No es el “todo” de la misión, pero nos llama a reconocer que la confesión es una encarnación del ser de Cristo Jesús entre nosotros.

– ¿Así se confiesa el amor de Jesucristo también para los musulmanes?
– Entre nosotros sabemos que los musulmanes no leerán nunca, o casi nunca, un Evangelio. Pero si la vida de una persona es una página de Evangelio abierta, incluso con sus fragilidades, incluso con debilidades y pecado, hay algo de Jesús que puede dejarse realmente tocar.

– Usted ha sido obispo de Hipona, donde el Papa Prevost se ha acercado siguiendo las huellas de san Agustín, tan querido para él…
– Fui obispo durante cuatro años y medio en la diócesis de Constantina e Hipona. Y es verdad que aprendí a ser obispo, por así decirlo, siguiendo las huellas de Agustín. En cierto sentido, por la percepción compartida y predominante, el obispo de Hipona sigue siendo él, sigue siendo Agustín, dieciséis siglos después. Sigue siendo muy amado y respetado también por los argelinos. Es hermoso que el pontificado del Papa León haya tenido también el efecto de reavivar no solo la memoria de Agustín, sino su actualidad espiritual y misionera.

– Como obispo y como Director nacional de las OMP, ¿qué es lo que más le ha impresionado y ayudado de san Agustín?
– A menudo me han preguntado cómo empezar a acercarse a Agustín. Muchos recomiendan leer sus Confesiones. Yo, en cambio, invito más bien a leer su tratado sobre la primera carta de san Juan. Porque allí encontramos el corazón del ser cristiano en misión con los demás: “en esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros” (Jn 13,35), dice Jesús en el Evangelio de Juan.

– ¿Qué sugiere san Agustín para la misión de la Iglesia en el tiempo presente?
– Lo que más me llama la atención quizá es el aspecto sobre el que menos escribió: su sentirse personalmente amado por Dios. La fuente de toda su obra es esta experiencia personal del encuentro íntimo con Jesús.
Para mí, los horizontes prioritarios de la misión son los interiores: son los de poder transmitir la alegría del ser llamados, y también la alegría vivida de este encuentro íntimo con Dios que luego se traduce en un estar en el mundo, en la familia, en la sociedad, incluso en las palabras que podemos compartir con los demás para expresar esta familiaridad.
Un encuentro verdadero con la persona de Jesús es lo único capaz de transformar en alegría la totalidad de la propia vida.
Por tanto, no es como una propuesta que se ofrece para ser seleccionada entre una variedad de opciones. Tampoco es una elección, una opción hacia la cual quisiéramos o pudiéramos nunca forzar a nadie. Solo podemos decir: esta alegría que se ofrece gratuitamente a todos me hace vivir y transforma mi vida. Y este testimonio, como diría santa Bernardita en Lourdes, yo no estoy aquí para “hacértelo creer”, sino para decírtelo.

– ¿La situación en algunos países del norte de África os facilita captar estos rasgos de la misión, interesantes para todos?
– A menudo, a la misión suele darse una definición algo reducida, que la identifica solo con la proclamación del kerygma. Sin embargo, la Buena Nueva no es solo el kerygma entendido como anuncio del misterio pascual, de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En el capítulo 5 del Evangelio según san Lucas, Jesús ya envía a los suyos a proclamar la Buena Nueva, y en ese momento él todavía no ha muerto ni ha resucitado.
Por tanto, la Buena Nueva implica todo un proceso que comienza al menos con la Encarnación, con el nacimiento de Jesús, y llega hasta Pentecostés. La revelación de la vida nueva en Jesús comienza con su nacimiento y continúa con el testimonio silencioso de sus primeros treinta años. Toda proclamación kerigmática no puede olvidar nunca la realidad de esta encarnación vivida en el silencio.

– Usted, en la Asamblea de las OMP, ha dado testimonio como obispo de una Iglesia poco numerosa y sin medios, repitiendo que cuanto más pobres somos, más podemos reconocer la fuente de la misión. ¿No existe el riesgo de caer en la retórica del “pocos pero buenos”?
– Lo que quería decir es que no hay menos experiencia de la catolicidad si somos 300 que si somos tres millones. Los apóstoles después de la resurrección de Jesús eran once. En una carta pastoral que escribí cuando estaba en Constantina ya aludía a esto, diciendo que no estamos llamados a la eficiencia, que cuantifica, sino a la fecundidad, que genera.
La catolicidad de la Iglesia no es una nota estática, sino que es misión. Es verdad que nos alegramos cuando somos muchos, pero la autenticidad y la eficacia de la acción misionera no se mide con las estadísticas. Brota de una fecundidad que ama.
Cuando faltan las estructuras, cuando faltan los medios y las obras que permiten hacer muchas cosas, también vivir y abrazar esta condición es misionero. Puede ayudar a reconocer que la misión tiene que ver con nuestra relación de amor con el Señor.

– ¿De qué manera se percibe esta fecundidad en los encuentros de las OMP?
– Me parece siempre hermoso que, durante la Asamblea de las Obras Misionales Pontificias, todo se ilumina a través de las experiencias y los testimonios que se comparten, provenientes de todas las regiones y de todos los contextos. Sin la ansiedad de reducirlo todo a categorías estándar. Existe una complementariedad de las distintas experiencias, propia del proceso misionero, que es el proceso de toda la Iglesia. Y también vivir la propia comunión en la diversidad, como ocurre en las Asambleas de las OMP, es en sí mismo un acto misionero fuerte.

– ¿Qué permite superar el riesgo de la fragmentación y la dispersión? ¿Son necesarios los cursos empresariales de “team building”?
– En la Asamblea de las OMP se experimenta que, en la fraternidad, la diversidad se vive como una riqueza. La diversidad permanece; no se afrontan las cosas del mismo modo. Pero si miramos al primer Colegio de los Apóstoles, humanamente, las cosas no podían funcionar. Había personalidades tan distintas, incluso opuestas entre sí. Sin embargo, el caminar con Cristo, acogiendo sus palabras y dejándose conducir paso a paso por la fuerza del Espíritu, fue lo que creó la comunión en la diversidad. Ya en Pentecostés, la Iglesia habla todas las lenguas de la tierra. Y san Agustín subraya que quien habla todas las lenguas no es el apóstol individual, sino la Iglesia entera, con sus diversidades.

– ¿Y de qué modo las palabras del Papa León XIV sostienen e incentivan este camino?
– En la audiencia del año pasado, León XIV había subrayado la comunión y la universalidad como rasgos distintivos de las Obras Misionales Pontificias. Entonces me vino enseguida a la mente que sus sugerencias y sus acentos eran muy “agustinianos”. También este año, el título de su mensaje para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones es “Uno en Cristo, unidos en la misión”, y remite directamente a su lema episcopal agustiniano. El Papa León XIV nos repite que la comunión no es el resultado de un esfuerzo nuestro, una arquitectura que tengamos que construir, sino el fruto del Espíritu Santo. Se experimenta la comunión entre personas diversas porque, de modos distintos, en el Espíritu se manifiesta el testimonio del mismo Cristo Jesús.
(Agencia Fides 8/6/2026)


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