El padre Costa: la Iglesia en Mongolia es también “laboratorio” de sinodalidad e inculturación

martes, 19 mayo 2026 iglesias locales   misión   sinodalidad   inculturación  

Ulaanbaatar (Agencia Fides) - En el corazón de una Iglesia numéricamente muy reducida (menos del 0,1% de la población del país) pero sorprendentemente creativa, la reciente “semana pastoral” vivida por la Prefectura apostólica de Ulán Bator ha ofrecido un auténtico laboratorio de sinodalidad e inculturación. El encuentro ha estado marcado por la presencia del padre Giacomo Costa, consultor de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos.

Entre los momentos más destacados de la semana figura la inauguración, el 5 de mayo, del Studium, un nuevo Centro de investigación sobre la lengua y la cultura mongolas. Este proyecto pone de relieve el esfuerzo sostenido de la Iglesia católica en Mongolia por enraizarse de manera profunda en el tejido cultural del país.

Promovido por la Prefectura apostólica, el proyecto es, según ha explicado a la Agencia Fides el Prefecto apostólico, el cardenal Giorgio Marengo, «un centro para la investigación cultural, un lugar físico, pero sobre todo un equipo de personas».

Ubicado junto a la catedral, el Studium contará con una biblioteca actualmente en construcción, además de una oficina y una sala de encuentros, «donde las personas, en particular los miembros de nuestro equipo, podrán encontrarse con actores del mundo de la cultura y profesores universitarios». En el mismo complejo se encuentra también una amplia sala de conferencias, donde se ha realizado la inauguración.

Sin embargo, el cardenal insiste en que el núcleo del proyecto no es la infraestructura: «Trabajamos en dos frentes: el primero es ofrecer una conferencia mensual, dirigida sobre todo a los misioneros, sobre temas relacionados con la identidad cultural mongola, para proponer un itinerario de formación permanente que permita comprender mejor la cultura y la identidad mongola desde el punto de vista cultural, histórico, político, religioso y lingüístico».

El segundo frente se centra en el ámbito lingüístico: «Deseamos proporcionar traducciones cada vez más adecuadas, verificar y revisar los materiales que ya tenemos para ofrecer apoyo lingüístico en la traducción de textos útiles para la Iglesia», añade el cardenal. Con este doble enfoque, formación y trabajo lingüístico, el Studium se sitúa al centro de un proceso prolongado de inculturación.

Es en este contexto, en la intersección entre inculturación y sinodalidad, se inscribe la participación en la semana pastoral del padre Giacomo Costa. Jesuita y teólogo implicado en el proceso sinodal impulsado por la Iglesia universal, el padre Costa acompaña en Mongolia un camino teológico-pastoral que toma en serio la realidad de una Iglesia joven, compuesta por fieles provenientes de una cultura moldeada por tradiciones religiosas diversas.

- Padre Costa: Usted está acompañando un proceso teológico-pastoral sinodal en Mongolia. ¿Cómo percibe esta realidad eclesial? ¿Qué es lo que más le ha llamado la atención?

- Al llegar a Mongolia se tiene realmente la impresión de entrar en otra gramática eclesial. Allí el cristianismo no es solo una minoría: no forma parte de una memoria cultural compartida ni del paisaje simbólico habitual de la sociedad. Me han contado el caso de un niño que, al entrar por primera vez en una capilla, se asustó ante el crucifijo y se puso a llorar. Es un episodio muy sencillo, pero dice mucho: allí la cruz todavía no ha sido “domesticada” por la costumbre. Recupera toda su extrañeza y también toda su fuerza. Y, de algún modo, obliga a mirarla de nuevo.
Esto tiene una consecuencia muy concreta para la vida de la Iglesia. En Mongolia no se puede dar nada por supuesto. No existe un léxico cristiano ya disponible, ni una familiaridad espontánea con el Evangelio, ni siquiera ese conjunto de estructuras culturales que en Europa siguen sosteniendo, al menos en parte, la experiencia eclesial incluso cuando la práctica religiosa disminuye. Por eso, la pregunta misionera recobra una radicalidad originaria: ¿qué significa anunciar a Cristo a personas que no tienen ninguna imagen previa del cristianismo? ¿Por dónde se empieza realmente?
Además, muchas regiones del país siguen siendo todavía desconocidas desde el punto de vista eclesial. Se percibe con claridad que la evangelización no consiste, ante todo, en la expansión de una presencia institucional, sino en la capacidad de generar relaciones fiables, humanas y gratuitas. En Mongolia, el Evangelio vuelve a mostrarse sobre todo como una forma de vida antes que como un discurso religioso. Y quizá sea precisamente este uno de sus rasgos más evangélicos y más interpelantes.

- ¿Cuál es la especificidad del camino sinodal en una Iglesia tan joven y pequeña como la de Mongolia, con poco más de 1.400 bautizados?

- La fase de implementación del Sínodo en la que nos encontramos insiste mucho en que cada Iglesia está llamada a encarnar el camino sinodal dentro de su propia historia concreta. En Mongolia esto adquiere un significado particularmente intenso, porque se trata de una Iglesia nacida prácticamente desde cero después de 1992. Paradójicamente, una Iglesia tan joven corre el riesgo de configurarse rápidamente según modelos importados. Cuando una comunidad nace, es casi espontáneo reproducir estructuras, lenguajes y categorías pastorales que provienen de las Iglesias de origen de los misioneros. El problema no solo es organizativo. Afecta al modo mismo de imaginar la Iglesia. El riesgo es que la institución preceda a la experiencia eclesial, que la construcción de estructuras llegue antes de la escucha real de la vida de las personas y de la forma concreta en que el Evangelio puede enraizarse en esa cultura.
En cambio, la sinodalidad introduce una lógica distinta. Obliga a ralentizar el ritmo, a escuchar, a discernir juntos. Pregunta de forma constante: ¿qué es realmente necesario para que pueda nacer una comunidad cristiana aquí? ¿Qué formas ayudan a que el Evangelio se convierta en vida compartida? En este sentido, la sinodalidad protege a la joven Iglesia mongola de la tentación de convertirse en una copia reducida de modelos eclesiales extranjeros.
Además, existe otro elemento decisivo. La Iglesia mongola está compuesta por misioneros procedentes de casi treinta países distintos. Aquí la “unidad en la diversidad” no puede quedarse en una fórmula espiritual o diplomática: se convierte en una experiencia cotidiana muy concreta, que afecta al modo de tomar decisiones, de ejercer la autoridad, de construir relaciones entre misioneros y laicos mongoles, entre congregaciones religiosas diversas y entre culturas eclesiales a veces muy distantes. La sinodalidad ofrece un espacio en el que esta pluralidad puede transformarse en comunión sin ser reducida a uniformidad.

- ¿La semana pastoral ha tenido como tema “La Iglesia católica en Mongolia: don y misión”. ¿Cómo expresa este binomio la vocación sinodal de una Iglesia local?

- Más que un binomio, yo hablaría casi de una dinámica circular. En Mongolia se ve con muchísima claridad que la misión nace únicamente de la experiencia de haber recibido algo que, en el fondo, no nos pertenece. El Evangelio no es tanto un proyecto que haya que poner en marcha ni una identidad que haya que defender a toda costa. Es, ante todo, un don que precede a la misma Iglesia. Como decía el papa Francisco en Evangelii Gaudium, «los cristianos tienen el deber de anunciarlo […] como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable». También el papa León ha querido subrayar que la Iglesia evangeliza “por atracción”.
En contextos tan pequeños y frágiles, aparece enseguida otra cuestión de fondo. Una Iglesia misionera corre fácilmente el riesgo de quedar identificada con sus propias obras, con su capacidad organizativa o con los recursos económicos que consigue movilizar. Y, claro, todo eso tiene su peso y su valor real, especialmente en un país atravesado por tantas vulnerabilidades sociales. Sin embargo, el corazón de la misión se juega en otro nivel. Si la relación evangélica no permanece en el centro, la Iglesia acaba siendo percibida, a ojos de muchos, como una ONG más entre otras muchas presentes en el territorio.
En Mongolia se entiende entonces, con mucha más radicalidad, que el anuncio cristiano pasa por la calidad de las relaciones: el tiempo ofrecido sin prisas, la escucha atenta, la capacidad de compartir la vida sin ir invadiendo el espacio del otro. Aquí la Iglesia no puede “ir tirando” de estructuras ya hechas: tiene que nacer dentro de una lógica de gratuidad y de exposición. Y quizá aquí se toca uno de los núcleos más hondos de la sinodalidad: una Iglesia que se comprende como una red viva de relaciones, sostenidas, atravesadas y continuamente regeneradas por la presencia del Señor.

- El papa Francisco, hablando de Mongolia durante su viaje, había elogiado a los misioneros que se han “inculturado” para “predicar el Evangelio en estilo mongol”. ¿Cómo se conjuga este proceso de inculturación con la sinodalidad?

- Si se toma en serio la perspectiva del Documento final del Sínodo, la relación entre inculturación y sinodalidad casi salta a la vista. La sinodalidad no es una técnica participativa ni una simple redistribución funcional de tareas eclesiales. Es el modo en que el Pueblo de Dios escucha, juntos, lo que el Espíritu va diciendo dentro de una historia concreta y de una cultura determinada.
En Mongolia esto se percibe con especial nitidez, porque el cristianismo está todavía en una fase muy inicial de enraizamiento, y los pasos dados tanto por los misioneros como por la comunidad local son realmente admirables. No se trata simplemente de traducir contenidos a la lengua local. La cuestión es mucho más de fondo: cómo el Evangelio puede habitar de verdad el imaginario, la manera de relacionarse, la relación con el tiempo, con la naturaleza, con la familia y con la hospitalidad propios de la cultura mongola.
Un proceso así no se puede imponer desde arriba ni cerrar en despachos. Necesita, más bien, espacios reales de discernimiento compartido. La “conversación en el Espíritu” adquiere aquí un valor muy concreto, porque permite a los nuevos bautizados mongoles decir con libertad qué sienten realmente en sintonía con el Evangelio y qué perciben todavía como algo extraño o venido de fuera. La inculturación auténtica siempre funciona en doble dirección: el Evangelio fecunda una cultura y, al mismo tiempo, la Iglesia se deja transformar por ese encuentro. La sinodalidad, en el fondo, cuida y hace posible precisamente ese ir y venir.

- ¿Cuál es el valor añadido de la metodología sinodal para una Iglesia que ya vive estructuras simples y flexibles?

- En realidad, las estructuras que he encontrado son más bien frágiles y sencillas, pero no necesariamente tan flexibles como podría parecer a primera vista. Incluso en Mongolia se corre con bastante facilidad el riesgo de ir construyendo dispositivos pastorales calcados de los hábitos eclesiales de los misioneros. Es comprensible: cada misionero, inevitablemente, trae consigo su propia manera de entender y “imaginar” la Iglesia.
La metodología sinodal, en cambio, pone el acento en la calidad de las relaciones. Y ayuda, sobre todo, a tomar conciencia de lo poco frecuente que es, también dentro de la Iglesia, un verdadero ejercicio de escucha, tanto de la Palabra de Dios como de los demás. Hay que decirlo con honestidad: muchas de las dinámicas que se ven en Mongolia no son tan distintas de las de otros lugares. Está la tendencia a reaccionar de inmediato sin detenerse a escuchar del todo lo que el otro está diciendo, la dificultad de dejarse interpelar en serio, o el cansancio de discernir juntos a la luz del Evangelio en lugar de hacerlo únicamente desde las propias convicciones pastorales.
La experiencia de estos días, con todo, ha supuesto un paso adelante muy significativo. Por ejemplo, algunos laicos mongoles han compartido su modo de entender la acogida. Y llama la atención el peso que dan al primer contacto, a la calidad de la presencia, a la delicadeza con la que uno entra en la vida del otro. Eso, de inmediato, plantea preguntas muy concretas: ¿nuestras parroquias, nuestras obras caritativas, nuestras escuelas, reflejan realmente esa sensibilidad? ¿Cómo acoger de verdad, sin condiciones, a quien llega movido por necesidades económicas y sin interés inicial por la fe? ¿Cómo vivir las relaciones inevitablemente asimétricas entre quien da y quien recibe sin perder la gratuidad? La sinodalidad permite precisamente quedarse en estas preguntas sin cerrarlas en falso, sosteniéndolas en una escucha más prolongada.
Por último, hay ya un fruto muy concreto del camino recorrido: la aparición de un pequeño grupo de facilitadores capaces de acompañar la “conversación en el Espíritu” y las dinámicas comunitarias. En una Iglesia que siente con fuerza la necesidad de madurar en lo espiritual, esto es un don nada menor. La casa de espiritualidad cercana a Ulán Bator apunta en esa dirección. Pero los espacios, por sí solos, no bastan. Una Iglesia crece de verdad cuando cuenta con personas capaces de custodiar procesos espirituales, acompañar el discernimiento y sostener relaciones eclesiales que vayan madurando con hondura.

- ¿La experiencia mongola puede ofrecer algo a la Iglesia universal tanto en la comprensión de la sinodalidad como en la relación entre evangelización e inculturación?

- Estoy convencido de que sí. Mongolia obliga a la Iglesia a volver a plantearse cuestiones que, en otros contextos, pueden quedar un tanto amortiguadas por la costumbre. En muchos países de antigua tradición cristiana se sigue pensando, casi sin darse cuenta, la Iglesia dentro de un horizonte cultural que, aunque debilitado, sigue estando de algún modo disponible: un lenguaje religioso compartido, cierta familiaridad simbólica, estructuras ya consolidadas y referencias morales y sociales sedimentadas a lo largo del tiempo. En Mongolia, en cambio, emerge con mucha más claridad lo que es esencial y lo que pertenece a capas históricas secundarias.
La experiencia mongola recuerda, una vez más, que la sinodalidad no nace de una necesidad puramente organizativa. Nace, más bien, de la urgencia de construir comunión real en una Iglesia frágil, dispersa, multicultural y minoritaria; de sostener el impulso misionero; y de cuidar a cada uno de los pocos bautizados que la componen. En un contexto así se ve con nitidez que la sinodalidad no se organiza alrededor de lógicas de confrontación o de reajuste interno, sino en torno a la responsabilidad compartida del anuncio del Evangelio y de la vida concreta de la comunidad.
También queda claro que la sinodalidad no se reduce a multiplicar consultas o reuniones. Tiene que ver con algo más profundo: aprender a vivir relaciones no dominantes, no clericales, no autorreferenciales. En ese sentido, la “conversión relacional” de la que habla el Documento final se vuelve en Mongolia algo muy tangible, casi visible en lo cotidiano.
Por otro lado, Mongolia ofrece también una lección muy valiosa a las Iglesias más antiguas: recuerda que el cristianismo nunca se identifica del todo con una civilización, ni con una cultura, ni con una forma histórica concreta que pueda considerarse definitiva. El Evangelio siempre desborda las estructuras y las culturas que lo acogen; nunca cabe del todo en ellas.

- ¿El papa León XIV, desde su primer discurso, ha subrayado la importancia de la sinodalidad para la Iglesia. ¿Cuál sería la especificidad del enfoque del Santo Padre en comparación con la sinodalidad definida como “misión, participación, comunión” en el Sínodo anterior?

- Cada Papa imprime inevitablemente su propio estilo espiritual, su lenguaje y su sensibilidad eclesial. Ahora bien, lo esencial del camino sinodal no se juega en la personalidad del Pontífice, sino en la recepción del Concilio Vaticano II. Tanto el papa Francisco como el papa León XIV han insistido con fuerza en esa continuidad. La sinodalidad es, en el fondo, uno de los modos en que la Iglesia está intentando encarnar de manera más plena la eclesiología conciliar en las condiciones concretas de nuestro tiempo.
Por eso, más que de ruptura entre un “Sínodo de Francisco” y una supuesta nueva etapa con León XIV, yo hablaría de un mismo proceso en desarrollo. Cambian los acentos, las prioridades, incluso el estilo de ejercer el ministerio petrino, pero se mantiene intacta la convicción de fondo: la Iglesia está llamada a caminar junta en la historia, bajo la guía del Espíritu.
Dicho esto, sí me parece que el contexto actual hace todavía más visible la dimensión profética de la sinodalidad, y tengo la impresión de que el papa León XIV la está recogiendo con mucha claridad. Vivimos en un mundo atravesado por polarizaciones cada vez más fuertes, por conflictos identitarios y por una creciente dificultad para convivir con la diferencia sin convertirla en confrontación. En este escenario, la sinodalidad aparece como una forma concreta de testimoniar que es posible una convivencia reconciliada. La comunión eclesial no borra las tensiones, pero evita que se transformen en dinámicas de exclusión mutua. Y esto, sin duda, tiene también un valor para la sociedad.
Las categorías de “comunión, participación y misión” siguen siendo plenamente vigentes en el enfoque del papa León XIV. En particular, la misión aparece cada vez más como el horizonte que da coherencia a todo lo demás. Una Iglesia verdaderamente misionera no puede permitirse dinámicas autorreferenciales, porque el Evangelio la saca continuamente de sí misma.
Y queda, además, una convicción muy honda que se ha ido consolidando a lo largo de todo el proceso sinodal: los documentos, por sí solos, no transforman la vida de la Iglesia. Pueden orientar, clarificar, abrir caminos, pero el verdadero fruto depende de la capacidad concreta de las Iglesias para dejarse convertir en las relaciones, en el ejercicio de la autoridad, en las prácticas pastorales y en las estructuras, siempre en función de la misión. En definitiva, el Sínodo no invita a la Iglesia a convertirse en algo distinto, sino a dejar aflorar con más hondura, también en las formas concretas de la vida cotidiana, ese modo de vivir, de relacionarse y de caminar juntos que tiene en Cristo y en su Evangelio su fuente y su criterio último.
(ML) (Agencia Fides 19/5/2026)


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