El Papa Bergoglio y la luna

lunes, 20 abril 2026

VaticanMedia

por Gianni Valente

Roma (Agencia Fides) – El primer aniversario del fin de la vida terrenal del Papa Francisco se produce mientras el actual obispo de Roma se encuentra inmerso en un exigente y sorprendente viaje apostólico, rodeado de ese pueblo de Dios que también Bergoglio tanto amaba. Con etapas en cuatro países del continente africano, ha sido recibido y aún lo es, por pequeñas comunidades y multitudes festivas, en tierras donde el anuncio cristiano llegó ya en tiempos apostólicos, así como en otras donde las comunidades han florecido gracias a la labor de misioneros y misioneras en los últimos siglos.

Esta coincidencia, aunque fortuita, sirve para profundizar en la gratitud por el misterio de la Iglesia en camino en la historia, así como en la memoria agradecida hacia el Sucesor de Pedro que dejó este mundo el 21 de abril de 2025, lunes de la Octava de Pascua, después de haber bendecido al mundo el día anterior, Domingo de Resurrección, con sus últimas fuerzas desde la Logia central de la basílica de San Pedro.

En el misterio de la Iglesia, nada ocurre por azar. Y es que incluso de las circunstancias más ordinarias pueden brotar destellos de luz y consuelo.

A un año de su muerte terrenal, mientras se disipa la cortina de humo en la que detractores y elogios interesados envolvían las distintas etapas de su pontificado, la distancia histórica permite reconocer con mayor claridad los rasgos y acentos de las palabras esenciales que el Papa Bergoglio dejó en el corazón de la Iglesia durante su tiempo como obispo de Roma.

Como Sucesor de Pedro, el Papa Bergoglio recordó de múltiples formas que la fe no nace del corazón humano, sino que es un don gratuito de Cristo, capaz de atraer a hombres y mujeres de todos los tiempos y condiciones. Reiteró también que la Iglesia no vive de sí misma, sino únicamente de la gracia de Cristo. En su magisterio cotidiano, en homilías, catequesis y documentos, describió con detalle esta dependencia constitutiva de la gracia, que marca una especie de “impronta genética” del caminar eclesial en la historia.

Asimismo, insistió en que toda forma de introversión eclesial o auto-referencialidad representa una patología. Cristo, subrayaba, siempre puede rescatar a su Iglesia de la tentación de replegarse sobre sí misma, de los clericalismos antiguos y nuevos que la acechan, atrayéndola constantemente hacia Él y renovándola con su perdón.

Ya en su breve intervención ante las congregaciones generales de 2013, antes del cónclave que lo eligió obispo de Roma, Bergoglio evocó el “mysterium lunae”, una expresión que le era especialmente querida: la idea, desarrollada por los Padres griegos y latinos, según la cual la Iglesia no brilla con luz propia, sino que sería un cuerpo opaco y oscuro si Cristo no la iluminara con su gracia, como el sol ilumina a la luna.
Precisamente porque pertenece a Cristo y no a sí misma, la Iglesia es misionera. No puede encerrarse en sí misma, ni promocionarse a sí misma, ni anunciarse a sí misma: solo puede remitir a otro, a la gracia y a la obra de Cristo resucitado que la vivifica y la ilumina, como el sol a la luna.

La conversión misionera ha sido la nota de fondo del pontificado del papa Francisco.
El impulso hacia una renovada misión se convirtió en el latido constante de su magisterio, el hilo conductor de su ministerio petrino. Un hilo que continúa hoy en el magisterio del actual Sucesor de Pedro, en continuidad con Francisco, más allá de las diferencias de acentos o temperamentos y de las discusiones estériles sobre supuestas “discontinuidades” entre pontificados.

Cuando ya había despegado para su primer viaje a tierras africanas, el Papa León XIV hizo publicar una carta enviada el 12 de abril a los cardenales, retomando las reflexiones del consistorio de enero sobre las perspectivas misioneras propuestas por Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium. En ella, el pontífice subraya “la necesidad de relanzar Evangelii gaudium para comprobar con honestidad qué se ha recibido realmente con el paso de los años y qué permanece aún desconocido o sin aplicar”.

A un año del fin de su vida terrenal, se hace aún más evidente que el pontificado de Francisco, con su inquietud evangélica, siempre remitía a algo más allá de sí mismo. El “mysterium lunae” puede aplicarse también, por analogía, a su propia aventura cristiana y a su ministerio petrino.

Desde el inicio de su pontificado, Bergoglio afirmó que los milagros no los realizaba él “un pobre pecador al que Cristo ha mirado”, un hombre que nunca ocultó sus límites y que decidió no residir en el Palacio Apostólico no por un simple gesto de pobreza, sino, según explicó él mismo, por “motivos psicológicos”, prefiriendo un entorno de contacto cotidiano con otras personas. Durante años repitió que el cristianismo no conquista el mundo mediante estrategias humanas, sino por “delectatio”, como decía san Agustín, o “por atracción”, como también recordaba citando a Benedicto XVI.

Durante mucho tiempo, algunos comentaristas concentraron la atención exclusivamente en la figura del Papa, en sus rasgos personales, virtudes y límites, separándolo del cuerpo vivo de la Iglesia para convertirlo en una figura aislada, una estrella o un líder político, generando así fuertes polarizaciones.

Parafraseando un antiguo dicho oriental, cuando el Papa Bergoglio señalaba la luna, los necios miraban solo al dedo, fijándose en sus cualidades o errores. El pueblo de Dios, en cambio, siguiendo su sensus fidei, miraba la luna a la que él apuntaba. Por eso sigue guardando afecto al Papa Francisco.

Esta dinámica continúa hoy de manera singular e inesperada incluso junto a sus restos mortales. En la basílica de Santa María la Mayor, romanos y peregrinos recorren la nave lateral izquierda para detenerse en silencio ante su tumba. Pero no se quedan allí: pocos pasos después se dirigen a la capilla Paulina para rezar ante el icono de María, Salus Populi Romani, ante el cual el papa Bergoglio se detuvo en oración en 126 ocasiones durante su pontificado.

Así, la memoria agradecida hacia el papa Francisco no se detiene solo en su figura, sino que lo envuelve en un mismo abrazo de oración junto a las súplicas y agradecimientos dirigidos a la imagen mariana que le era tan querida, en el corazón de Roma.
(Agencia Fides 20/4/2026)


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