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por Victor Gaetan*
Caracas/Panamá (Agencia Fides) – La operación militar estadounidense en Venezuela de la semana pasada contra el presidente Nicolás Maduro Moros trae a la memoria una maniobra similar llevada a cabo por Estados Unidos hace 36 años, que puso dramáticamente de relieve la diplomacia vaticana y la manera en que el proceso de toma de decisiones de la Iglesia difiere de los cálculos puramente seculares.
Objetivo: un solo hombre.
El 20 de diciembre de 1989, el presidente de Estados Unidos George H. W. Bush ordenó a 27.500 soldados invadir Panamá, derrocar al gobierno y arrestar a Manuel Noriega, un dictador militar (y ex agente de la CIA) acusado de tráfico de cocaína, blanqueo de dinero y prácticas antidemocráticas. Acusaciones similares a las que hoy pesan sobre Maduro y su esposa, Cilia Flores.
Según cifras oficiales, en 1989 murieron entre 500 y 560 panameños (soldados y civiles) y 23 soldados estadounidenses. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos y testigos panameños sostienen que el número de civiles muertos fue muy superior, con estimaciones que llegan hasta los 4.000.
Los daños materiales ascendieron a 2.000 millones de dólares.
Noriega logró escapar por poco a la captura, pero sobre su cabeza pesaba una recompensa de un millón de dólares. Mientras las tropas estadounidenses rastreaban la capital en su búsqueda y su familia permanecía escondida, ¿a dónde acudió el dictador? En la víspera de Navidad llamó al nuncio apostólico, el arzobispo José Sebastián Laboa, para pedir asilo inmediato en la embajada de la Santa Sede. Aunque Noriega no era amigo de la Iglesia -e incluso había hostigado personalmente a Laboa-, el nuncio actuó con rapidez para evitar un baño de sangre. Dio refugio al dictador y a varios miembros de su entorno.
Las tropas estadounidenses rodearon pronto la nunciatura y helicópteros sobrevolaron la zona, pero la inmunidad diplomática protegió a todos los que se encontraban en su interior, incluidos los fugitivos.
La Santa Sede no se dejó impresionar por la demostración de fuerza estadounidense y consideró la invasión de Panamá como una violación del derecho internacional.
Soberanía.
La soberanía territorial es un concepto fundamental del sistema interestatal. La Iglesia no habría entregado a Noriega a lo que sus altos diplomáticos definían como la «potencia ocupante» sin el consentimiento del propio Noriega.
El nuncio aseguró haberle dicho: «Hasta el último momento le repetí: puedes quedarte aquí. Nunca te expulsaremos». En un primer momento, el secretario de Estado estadounidense intentó presionar al Vaticano para que entregara a Noriega, alegando que, como criminal, no tenía derecho al asilo. Pero la postura de la Santa Sede -según la cual Estados Unidos había violado el derecho internacional al invadir Panamá- sostenía que Noriega no podía ser entregado contra su voluntad.
De manera similar, cuando el Papa León XIV evocó la situación de Venezuela en el Ángelus del 4 de enero, subrayó la importancia de «la salvaguarda de la soberanía del país». La Santa Sede, soberana ella misma e integrada en el sistema internacional de los Estados nacionales, defiende este orden mundial, que Estados Unidos ha vulnerado en Panamá en 1989, en Irak en 2003 y ahora en Venezuela en 2026.
La soberanía de la Santa Sede quedó explícitamente reconocida en los Pactos de Letrán de 1929, como garantía de su independencia. Por ello, el Papa y sus diplomáticos son firmes defensores de la legalidad internacional.
Neutralidad y cuidado pastoral.
Otro valor que la Iglesia sostuvo durante la crisis de Panamá fue la imparcialidad.
La Santa Sede no toma partido en controversias políticas o militares y se esfuerza por preservar su neutralidad. El nuncio mantuvo una posición equidistante frente a todos sus interlocutores: Manuel Noriega y su reducido entorno, las nuevas autoridades panameñas y el gobierno de Estados Unidos.
¿Qué hizo Noriega durante la semana y media que permaneció en la nunciatura, mientras las fuerzas estadounidenses hacían sonar música rock a todo volumen y dirigían potentes focos hacia las ventanas? Durmió, leyó y asistió a misa.
El principal instrumento del nuncio con su huésped inesperado fue la persuasión verbal. Laboa mantuvo largas conversaciones con Noriega sobre sus opciones, analizó con él posibles escenarios y lo ayudó a discernir el mejor camino a seguir. También lo acompañó espiritualmente, predicando homilías y recordándole las virtudes cristianas.
En esencia, Laboa brindó asistencia espiritual al fugitivo, manteniéndose en contacto constante con Roma. Este es un aspecto clave para comprender cómo la Iglesia católica se relaciona con los líderes extranjeros: son considerados seres humanos, pecadores como todos nosotros y, como todos, capaces de redención. La persona y su dignidad están siempre en el centro del análisis. Un ser humano nunca es sacrificable.
El desenlace.
Finalmente, el general cedió. Ocurrió en un día en que miles de panameños contrarios a Noriega se manifestaban ante las puertas del recinto. Un escenario que, explicó el nuncio, podía provocar el asalto de la multitud y dar a los estadounidenses un pretexto para atacar.
Durante la misa matutina -con el general sentado en el último banco (católico solo por bautismo; según se decía, consultaba a un hechicero brasileño para orientación espiritual)- Laboa pronunció una homilía sobre cómo las lealtades cambian, pero Dios permanece fiel. Noriega recibió la Comunión.
Pocas horas después, el dictador se puso su uniforme y dijo al nuncio que estaba listo para marcharse. Pidió conservar su Biblia. Cruzó el patio de la nunciatura acompañado por tres sacerdotes hasta la puerta principal, donde se entregó. La rendición incruenta de Noriega puso fin a la crisis inmediata. A petición de la Santa Sede, Estados Unidos aceptó no imponerle la pena de muerte, una promesa que fue cumplida.
Laboa sirvió magistralmente a la persona y gestionó una situación de altísima tensión sin recurrir a la violencia, que la Iglesia rechaza de manera absoluta.
No a la violencia.
Estos mismos temas reaparecen en las palabras de León XIV durante el Ángelus, cuando ha rezado: «El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración y conducirnos a superar la violencia…».
Asimismo, la Conferencia Episcopal Venezolana ha llorado la pérdida de vidas humanas -unas 80 personas, entre ellas 32 agentes de seguridad, según los datos disponibles- durante la operación estadounidense que condujo a la captura de Maduro, un dolor que pocos otros han expresado públicamente. Los obispos han escrito: «Somos solidarios con los heridos y con las familias de los fallecidos. Perseveramos en la oración por la unidad de nuestro pueblo».
La Santa Sede cuenta con excelentes fuentes de información en Venezuela. El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, fue nuncio apostólico en Venezuela entre 2009 y 2013, antes de asumir la jefatura de la diplomacia vaticana.
El actual nuncio apostólico, el arzobispo español Alberto Ortega Martín, se encuentra en Venezuela desde hace más de un año. Es un diplomático experimentado, tras haber servido como nuncio en Jordania, Irak y Chile. El pasado mes de julio contribuyó a la liberación de un sacerdote estadounidense detenido por el gobierno. Es, por tanto, un hombre de acción, capaz de dialogar con los poderes aún en ejercicio.
Los diplomáticos de la Santa Sede, bajo la guía del Papa, actúan con discreción. Podemos confiar en que, como hizo el arzobispo Laboa hace 36 años, buscarán con perseverancia el camino de Dios en medio del complejo conflicto internacional que atraviesa hoy Venezuela.
*Victor Gaetan es corresponsal sénior del National Catholic Register, donde se ocupa de asuntos internacionales. También escribe para la revista Foreign Affairs y ha colaborado con Catholic News Service. Es autor del libro God's Diplomats: Pope Francis, Vatican Diplomacy, and America's Armageddon (Rowman & Littlefield, 2021), cuya segunda edición en rústica es de julio de 2023. Su sitio web es VictorGaetan.org.