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Especial

2003-10-17

LA FUERZA DESBORDANTE Y MISIONERA DEL AMOR MISERICORDIOSO Del Cardenal Crescencio Sepe, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Juan Pablo II es testigo de esperanza para todos los Pueblos, culturas y Naciones porque es testigo de Cristo Resucitado, de su omnipotente misericordia: “No tengáis miedo” -fue su primer grito desde la Basílica de San Pedro en el día de su elección al pontificado en octubre de 1978 – “abrid las puertas a Cristo”. Que es como decir: ¡no tengáis miedo de la misericordia de Dios! No tengáis miedo del Único Hombre que puede perdonar que quiere perdonar y salvar al hombre pecador, allí donde se encuentre.
Juan Pablo II ha sembrado esta esperanza y continúa haciéndolo a manos llenas abriéndole par en par a todos la puerta que es la misericordia de Cristo e inclinándose como el buen samaritano, sobre la humanidad herida para curarla y restituirle la dignidad de criatura de Dios, hecha a su imagen y semejanza.
Para sembrar esta esperanza, Juan Pablo II se ha hecho todo a todos y bajo el ejemplo de San Pablo, se ha acercado, como misionero y testigo del Evangelio de Jesucristo, a muchísimas Naciones en todos los Continentes.
Estos 25 años de su Pontificado han sido, se podría decir, como una inmensa siembra de misericordia, un continuo ir a las gentes para predicar el Evangelio de Jesucristo, para anunciar que Dios nunca se cansa del hombre y que el cansancio y la indiferencia del hombre hacia Dios, encuentran en Dios tan sólo amor que perdona y que salva.
En realidad esta responsabilidad de anunciar a todo el mundo el amor misericordioso de Cristo, el Papa lo siente como un deber que afecta a todos. Si es verdad de hecho, como señala el mismo Papa en la “Novo Millennio Ineunte” que la misión ad gentes está todavía en sus inicios y que la acción misionera en los últimos tiempos se ha ido progresivamente debilitando, comprendemos entonces porque El se hace el primero de todos, misionero, guía y maestro para enseñar un nuevo método y un nuevo estilo de evangelización, todo centrado en la misericordia divina, en el amor que salva,
Pienso con frecuencia en este deber colectivo a la misión, condensado en el “duc in altum” con el que el Sumo Pontífice resume perfectamente no solo el sentido del año jubilar, superabundante de misericordia, sino el espíritu autentico misionero de todo su pontificado.
“Hoy- escribe el Santo Padre en el n. 40 de la NMI - ... debemos revivir en nosotros el sentimiento encendido del Pablo que exclamaba: ¡Ay de mi si no predico el Evangelio! (1 Cor. 9,16)².
El misionero más eficaz es el misionero que como Pablo se hace capacidad de Dios-Amor para derramar este Amor en el corazón de su prójimo. El Amor es la fuerza desbordante de la nueva Evangelización. No es por casualidad que Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz es la primera Patrona de las misiones y después , durante este Pontificado, también Doctora de la Iglesia. Ella, que había descubierto su vocación, la de “ser Amor” en el corazón de la Iglesia, explica que sin amor los misioneros no pueden anunciar el Evangelio, sin amor los mártires no podrían ofrecer su vida...En otras palabras ¡sin amor no se podría ser el anuncio eficaz.!

Hoy mas que nunca este ardor misionero y este amor misionero del Papa se ha intensificado, porque se ha impregnado de un amor que esta más probado por el sufrimiento y que ofrece a todos el testimonio más significativo, el de una vida ofrecida por Dios y por los hermanos; ¡este testimonio supera todas las otras formas de testimonio incluida la del mismo anuncio!

El Santo Padre vive hoy su sufrimiento con un dignidad cristiana altísima porque Cristo sufre en el cristiano que confía en El; y este testimonio del Santo Padre infunde en todos, creyentes y no creyentes, un respeto alto, como si se percibiera más claramente la presencia del misterio de Dios en la persona que sufre con Cristo!

Se podría decir ciertamente tanto sobre la acción y sobre las enseñanzas del Santo Padre a propósito de la Evangelización y de la misionariedad de estos 25 años de pontificado, pero mi reflexión quisiera centrarse en esta dimensión del amor oblativo y en este tiempo que estamos viviendo ahora, casi caminando día a día detrás del Santo Padre, para recoger su testimonio cristiano que sentimos mas cercano que nunca.

Permitidme terminar esta breve reflexión precisamente con la profecía de la esperanza que el n. 86 de la Redemptoris Missio el Papa pone casi a la conclusión y culmen de su Encíclica misionera:
”Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo. En efecto, tanto en el mundo no cristiano como en el de antigua tradición cristiana, existe un progresivo acercamiento de los pueblos a los ideales y a los valores evangélicos, que la Iglesia se esfuerza en favorecer. Hoy se manifiesta una nueva convergencia de los pueblos hacia estos valores: el rechazo de la violencia y de la guerra; el respeto de la persona humana y de sus derechos; el deseo de libertad, de justicia y de fraternidad; la tendencia a superar los racismos y nacionalismos; el afianzamiento de la dignidad y la valoración de la mujer.
La esperanza cristiana nos sostiene en nuestro compromiso a fondo para la nueva evangelización y para la misión universal, y nos lleva a pedir como Jesús nos ha enseñado: « Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo » (Mt 6, 10)”.
Esta es la oración del Papa, esta es la oración de todos nosotros para que la Iglesia bajo el ejemplo de Juan Pablo II continúe con alegría y esperanza firme anunciando el amor misericordioso y desbordante de Cristo a todas las gentes

Maria Madre de Misericordia y Estrella de la Evangelización nos asista y proteja. (Agencia Fides 15/10/2003)

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