Enero 2007: “Para que la Iglesia en África sea cada vez; más un autentico testimonio de la Buena Nueva de Cristo y se empeñe en todas las Naciones en la promoción de la reconciliación y de la paz.” Comentario de la intención misionera indicada por el Santo Padre a cargo del p. Vito Del Prete, P.I.M.E. Secretario General de la Pontificia Unión Misionera

jueves, 4 enero 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides)- En el discurso de apertura del Sínodo Africano de 1994, el Card. Arinze proclamó: “Ha llegado la Hora”; la hora en que Jesucristo llama a África; la hora en que los presentes deben escuchar la llamada del Señor y “lo que el Espíritu dice a las Iglesias”.
Con estas palabras, el Cardenal, buscaba dar tono y mayor fuerza a la cumbre de los obispos de África, continente en el cual parece que se concentran, como en un infierno, los males, las contradicciones y las tragedias de nuestra época. En la Iglesia de África se ha visto la esposa bronceada por el sol del Cantar de los Cantares, ahí donde es dicho: Negra soy, pero hermosa. “La esposa negra del Cantar de los Cantares grita de gozo, pero también de angustia cuando pierde a su esposo. En estos últimos años pareciera que el rostro gozoso de la esposa africana se ha transformado en ese rostro triste de la madre negra que llora sobre sus hijos, víctimas de la injusticia, de la explotación, de la opresión, muertos a causa del hambre, de las enfermedades, de las guerras entre hermanos”. (P. John Baur, Historia del Cristianismo en África, EMI, 1998).
Humanamente hablando, la situación del continente africano ha tocado al fondo de la tragedia humana, constituyendo casi un punto sin retorno. Ahí, más que en cualquier otro lugar, la humanidad ha sido ofendida y violada en su raíz más profunda y elemental. Ahí el colonialismo y la misma institución de la esclavitud han continuado existiendo bajo formas más modernas y sofisticadas.
Los estados africanos no encuentran la paz, y ni siquiera se consigue seguir el continuo cambio de su configuración geográfica, sujeta a divisiones, unificaciones, que duran a veces muy pocos meses, o algunos pocos años. Hay una fuerte inestabilidad política, debida sobre todo a los intereses hegemónicos de las potencias occidentales. Pero pesan aún más gravemente los conflictos entre las diversas etnias que constituyen los diversos estados africanos, las guerras y los conflictos originados por los fundamentalismos religiosos, y la locura de dictadores de turno que se establecen en el poder usando la violencia, convirtiéndose en dueños absolutos del territorio y de la gente. De este modo se alimenta ese sistema de corrupción talmente propagado, que supera los límites de guardia de la corrupción normal que arraiga por todas partes.
África es más pobre, y sufre más.
Es historia reciente aquella a la que hemos asistido. Etiopía, Eritrea, Sudán, las regiones de los Grandes Lagos, Burundi, Ruanda, Togo, Algeria, Guinea Bissau, Costa de Marfil, Camerún, Sierra Leona, Nigeria, Zimbabwe, Congo, se han convertido en sinónimos de violencia, pobreza, enfermedades, odio, conflictos, de genocidios. Millones de personas han sido sacrificadas por los intereses entrecruzados de las potencias económicas internacionales y por los señores de la guerra. Se han visto obligadas y aún hoy continúan sufriendo fugas exodales de sus tierras, por razones político-religiosas, y van formando largas reservas de exiliados que no tienen nada que envidiar a los campos de concentración. El odio explotado entre hutus y tutsis en Ruanda y Burundi fue tan dramático y crudo, que la radio no enseñaba como defenderse, sino como asesinar a los de la etnia opuesta. El grito de Josephine Uwamahoro, una chica tutsi salvada del genocidio la noche del 6 de abril de 1994 revela el abismo en el que se había precipitado el país. Tras de haberse salvado de la muerte fue atendida durante un mes por personas que la habían recogido, y pasando delante de una iglesia, suspiró: “No regresaré nunca jamás a esta iglesia. Es un cementerio. Los ángeles nos han abandonado”.
Esta es la nueva matanza de los inocentes, que esta sucediendo en diversos países de África. Es la causa por la que la esposa negra pero bella ha sido transformada en la imagen más real de la madre que llora por sus hijos, que le son arrancados entre atroces sufrimientos.
Especialmente para África resulta verdadero y triste cuanto Juan Pablo II escribía en la Novo Millennio Ineunte: “Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo donde cobijarse?” (NMI, n. 50)
En el Sínodo Africano los obispos descubrieron una nueva imagen de la Iglesia, la más adecuada para la cultura africana y hasta el punto de ponerla en el centro de la vida eclesial del continente: la Iglesia como Familia, la Familia de Dios en África. El Pueblo de Dios, entendido como familia, es adecuado para dar sentido de pertenencia, y al mismo tiempo para ser instrumento de comunión contra las barreras culturales y étnicas que trágicamente son la causa de tantos males. Es en esta lógica que los obispos africanos pidieron más justicia en las relaciones entre Norte y Sur, denunciando las condiciones inicuas en los tráficos comerciales, la venta de armas a las fracciones africanas beligerantes, y el peso insoportable de la deuda externa que atenazaba la mayor parte de países africanos.
Por esto ellos han adoptado el modelo de la Iglesia-familia. “El misterio del amor de Dios uno y trino es el origen, el modelo y fin de la Iglesia, un misterio que se encuentra conforme a África en la imagen de la Iglesia como familia; esta confiere relieve a los conceptos de cuidado para el otro, solidariedad, calor de relación, acogida, diálogo y confianza. Esto, además, indica el modo en el cual la autoridad es ejercitada como servicio en el amor” (proa. N.8).
La reconciliación es precondición de todas las otras actividades de evangelización, del mismo fuerzo de desarrollo y de la misma ansia de justicia. Porque, antes que todo, es necesario convertirse y transformar el corazón.
El anuncio del Evangelio en África debe ser específicamente un anuncio para una conversión a la reconciliación. El fin de toda la economía de la salvación es en el fondo realizar la comunión de todos los pueblos en la única familia de Dios, que es Padre de todos. Él ha hecho de los dos, un solo pueblo, arrancando en la cruz el edicto de enemistad que regía. El Evangelio aquí debe mostrar su potencia salvadora, revistiéndose de los valores culturales del pueblo africano. ¿Cuáles son los elementos culturales evangélicos y africanos que pueden favorecer esta reconciliación? Para el Evangelio, estos son la misericordia-perdón, y para las culturas africanas el diálogo.
El encuentro del Evangelio con las culturas produce un bien no solo para la cultura que lo recibe, sino también para las otras culturas cercanas y también para el mismo cristianismo. Se enciende un fuego, que no quema sino los odios, las divisiones y los errores inevitables que las culturas y los pueblos se han inferido durante su historia. Pero calienta también los corazones de todas las culturas, abrazándolas con amor filial divino y con la fraternidad universal.
Pero la reconciliación, para ser verdaderamente tal, exige que se restablezca la justicia. Es aquí que la iglesia debe jugar fuertemente su rol profético de testimonio y anuncio. La evangelización está llamada a dar voz a quien no tiene voz (prop. n. 45), a ponerse de parte de los pobres, de los que sufren violencias, de los asesinados, a llevar la cruz con ellos, y a proclamar y vivir la justicia. No puede ser un proyecto humano, intramundano. Sería un fracaso ya solo el pensar que se puede confiar exclusivamente en la metodología y en los medios humanos. Pero debe estar en la línea de la misión mesiánica de Cristo en la potencia y en la unción del Espíritu. Solo se esta manera no se convierte en demagogia y proyecto político.
Antes que nada es necesario que las Iglesias africanas sean testimonios de la Buena Nueva. Porque solo de la coherencia con la fe, que se convierte en testimonio, es posible comenzar la resurrección de África.
“Evangelizar en África -decía Pablo VI- no es solamente anunciar la salvación, sino que es confrontar continuamente nuestra vida, nuestros comportamientos, nuestras mentalidades, nuestros proyectos con las Bienaventuranza, con las exigencias de amor que el Cristo pone a sus discípulos. Es una obra a largo plazo”, que exige dar toda la atención necesaria a la formación de las conciencias (Allocutions aux Evoques du Burundi en visitas Ad Limina, en “L’Osservatore Romano”, 7 de abril de 1978, p.1.).
Solo así las Iglesias en África pueden ser signos de reconciliación y de paz. Pero para crear la paz, es necesario crear la cultura de la justicia, con el restablecimiento de los valores genuinamente africanos.
La Iglesia en África está llamada cada vez más insistentemente a asumir un rol profético. “Se necesitan profetas para nuestra época, y toda la Iglesia debe hacerse profética. La educación al compromiso por el bien común y al respeto del pluralismo será la labor más importante de nuestra época”. Aún así, para que sea creíble su rol profético, es necesario que esta de un testimonio fuerte de justicia y de paz en sus mismas estructuras y en las relaciones entre sus miembros. “Quien osa hablar de injusticia a los otros deben también esforzarse por ser justo ante ellos. Es por lo tanto necesario examinar con cuidado los procedimientos, las propiedades y el estilo de vida de la Iglesia” (Proposiciones 43-44; Exhortaciones 106).
Estamos invitados a rezar para que las Iglesias en África sean efectivamente sacramentos de reconciliación y de paz. Mediante la obra de reconciliación de la Iglesia, esta tierra, que el poeta africano Abioseh Nicol denominó “un compendio del infinito”, se levantará de su situación y no será ya sólo un continente del Tercer Mundo en vías de desarrollo, sino una tercera potencia espiritual entre el Occidente y el Oriente, o también, como dijo el poeta africano Blyden, el depósito espiritual de la humanidad”. P. Vito Del Prete (Agencia Fides 5/1/2007).


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