VATICANO - "LAS PIEDRAS, LOS SONIDOS, LOS COLORES DE LA CASA DE DIOS" a cargo de Su Exc. Mons. Mauro Piacenza - El centro del espacio litúrgico y el corazón del carácter sagrado humano: Presbiterio y Crucifijo (IV)

martes, 3 octubre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - 9. En la actualidad se utiliza a menudo un término, en mi opinión feliz, de la "iconicidad espacial", para indicar la capacidad del espacio litúrgico dispuesto arquitectónicamente y de las mismas decoraciones, de ser "iconos" o bien elementos arquitectónicos no sólo funcionales para el desarrollo de un rito, sino también significativos de una realidad espiritual y mistérica: tal realidad, hecha actual en la celebración litúrgica, constituiría una especie de iconologia de la que los elementos arquitectónicos y las imágenes serían los signos reveladores, la iconografía. En otras palabras, el altar - pero también, el ambón, el baptisterio etcétera - gracias a las materiales usados, a su forma y disposición, deberían ser en si mismos portadores de un sentido que les transciende (celebración del Sacrificio y del banquete eucarístico, anuncio de la Palabra, inmersión en la muerte y resurrección de Cristo) y lo mismo se debería decir para el espacio en su relación con la luz y la asamblea que lo habita. En este sentido, se debe evitar que el altar tenga la forma de mesa; debe más bien tener las características de ara del sacrificio.
En todo caso, según una costumbre que se remonta a la antigüedad, se usa también loablemente decorar el altar por medio de la aplicación de frontales o tallando directamente la materia. Respecto a la iconografía - para tallar, cincelar, pintar, bordar - se proponen los misterios de la vida del Señor desde la encarnación a la Parusía, celebrados en la Misa; o bien los misterios de la Pasión y Muerte del Señor o la Última Cena o las "figuras" bíblicas del sacrificio de Cristo; o también se introducen elementos simbólicos como el cordero inmolado, del Apocalipsis y referido al misterio pascual de Cristo; se pueden utilizar también alegorías, pelícano o elementos naturales, (trigo y uva) u otros (cáliz), pero teniendo cuidado de la inmediata comprensibilidad.
10. Precisamente a propósito de este discurso sobre las imágenes, que acabamos de hacer, retomamos en consideración el libro ya citado del Cardenal Joseph Ratzinger (El espíritu de la liturgia, ed. alemana 1999, ed. italiana 2001) que precisamente en una imagen, la del crucifijo, encuentra la solución a la cuestión planteada sobre la dirección de la oración litúrgica "convergieron ad Dominum". Con una intuición en mi opinión muy feliz, escribe: "La dirección hacia oriente se encuentra en estrecha relación con la 'señal del Hijo del hombre' (cfr Mt 24, 27), con la cruz, que anuncia la vuelta del Señor" (p. 79).
Con eso se encomienda el cumplimiento del sentido de una decoración esencial a la liturgia como el altar, a una imagen, que se califica por tanto como imagen "litúrgica". Me parece muy oportuno hablar hoy de imágenes litúrgicas en un tiempo en el que el arte cristiano, con grave perjuicio para todos, es en su mayoría arte sencillamente "religioso", en cuanto únicamente expresivo de la experiencia espiritual personal del artista. El arte litúrgico (en mi opinión el término es preferible al aquel más controvertido y ambiguo de arte "sagrado") une por el contrario, al anterior aspecto, el servicio a la Iglesia al menos en una tríplice modalidad: culto, catequesis y devoción. En particular en el ámbito del culto el arte litúrgico - al igual que el rito, el canto, las vestiduras vestidos y los adornos - concurren a hacer participes a los fieles de los santos misterios pascuales de la salvación que están celebrando.
Omitiendo un discurso más complejo sobre las imágenes, en la liturgia latina la única imagen explícitamente requerida en la liturgia es la cruz: “Sobre el altar o junto a él debe haber una cruz, con la imagen de Cristo crucificado, de modo que resulte bien visible para el pueblo congregado. Conviene que esa cruz permanezca junto al altar también en los momentos en que no se celebran acciones litúrgicas, con el fin de traer a la mente de los fieles el recuerdo de la pasión salvífica del Señor." (IGMR n. 308). Y más ampliamente: "Entre las imágenes sagradas tiene el primer puesto "la figura de la preciosa Cruz fuente de nuestra salvación" como aquella que es símbolo que recapitula todo el misterio pascual. […] A través de la Santa Cruz es representada la pasión de Cristo y su triunfo sobre la muerte y, al mismo tiempo, […] se muestra su segunda venida" (Benedicional n. 1331). La Cruz es pues el icono figurativo que reúne los otros tres fuegos cristológicos, y debe llevar el Cristo, con ojos cerrados o abiertos.
La presencia de la cruz en la celebración de la Misa está certificada desde el siglo V, y es constante desde la Alta Edad Media la presencia de cruces suspendidas en los ‘ciborium’ o una cruz situada junto al altar. A partir del siglo X-XI, en concomitancia con el desplazamiento del altar hacia el fondo del ábside, se hizo habitual en occidente la cruz de altar, en forma de crucifijo, fijada o apoyada en la mesa en el borde posterior y rodeada por dos candeleros: certificada como praxis común en el siglo XIII, se hizo obligatoria con el Misal tridentino. También era común colocar un gran crucifijo sobre la cumbre de la puerta del ‘jubé’ detrás del altar precisamente "del crucifijo", o suspenderlo en el arco triunfal o sobre el altar.
La teología del alto medioevo entendió el crucifijo como signo de victoria, mediante la representación del cuerpo de Cristo conforme a una belleza ideal y sin signos de sufrimiento. Son ejemplo de ello los crucifijos del medievo con piedras preciosas análogos a las cruces pintadas sobre los ábsides paleocristianos, que recuerdan el signo de la vuelta del Hijo del hombre en la parusía (cfr. Mt 24, 4-31; 25, 31) y el Apocalipsis, dónde las gemas son prerrogativa de la Jerusalén celeste “morada de Dios con los hombres" (Ap 21, 3). Sólo sucesivamente, según los prototipos bizantinos, por influjo de la teología (Anselmo de Aosta), de la espiritualidad (mística franciscana, Devotio moderna) y por la difusión de la devoción a la humanidad doliente de Cristo, el Crucifijo comenzó a aparecer con los ojos cerrados y los signos de la pasión, mostrando de manera creciente los sufrimientos, según una tipología siempre muy querida a los fieles.
Parece precisamente que se pide hoy a la imagen del crucifijo de altar que sea algo más que una simple imagen devocional, que provoque una participación afectiva o que recuerde sencillamente el acontecimiento histórico del Gólgota: tiene que ser expresión de todo el misterio pascual. Debe saber resumir y hacer evidente el mismo misterio de Cristo muerto, resucitado, que ascendió al cielo, de quien se espera la vuelta. En otras palabras, el mismo misterio pascual que se celebra en la Misa, debería aparecer presentado en esta imagen litúrgica del crucifijo, cuya colocación debería ser tal que constituya el punto de orientación de la oración del sacerdote y de los fieles "conversi ad Dominum" (Ratzinger, pp. 79-80).
A la Cruz, por último, convergen otras imágenes, entre ellas el retablo, en el que habitualmente se presenta el título dedicatorio. Ella está en el ábside, porque la Iglesia es Cristo, por quien la Virgen, los ángeles y los santos interceden por el pueblo ante el Salvador. ¡Se debe poder percibir siempre el abrazo caluroso de la familia de Dios! + Mauro Piacenza, Presidente de la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia, Presidente de la Pontificia Comisión de Arqueología Sagrada. (Agencia Fides 3/10/2006 - Líneas: 84 palabras: 1270)


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