ÁFRICA/CAMERÚN - El arzobispo de Duala denuncia: “Cárceles inhumanas y justicia corrupta”

viernes, 3 julio 2026

Yaundé (Agencia Fides) – Desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias y condiciones carcelarias inhumanas. Estos son algunos de los males denunciados por el arzobispo de Duala, mons. Samuel Kleda, en la carta pastoral sobre las condiciones penitenciarias publicada a finales de junio.

Recurriendo a la enseñanza de Jesús -“Estuve en la cárcel y vinisteis a visitarme” (Mt 25,36)-, mons. Kleda precisa: “Esta carta quiere ser un acto de verdad y de caridad pastoral, nacido no de un espíritu polémico, sino de un sentido del deber y de una compasión urgente. Su objetivo es denunciar la injusticia sistémica que rodea el arresto, la detención y el encarcelamiento de numerosos ciudadanos cameruneses”.

“Se trata de denunciar la intolerable práctica de los secuestros y de la detención en aislamiento, las condiciones degradantes y abusivas en comisarías y brigadas de gendarmería, el infierno del sistema penitenciario, la corrupción que afecta a todo el sistema judicial y unos procedimientos penales con frecuencia vulnerados”, afirma el arzobispo camerunés. Se trata -subraya mons. Kleda- de “un panorama grave que exige un cambio de perspectiva y de mentalidad por parte de todos nosotros, así como una transformación de nuestras estructuras”.

Antes incluso de abordar las condiciones de los detenidos en las cárceles, el arzobispo de Duala llama la atención sobre el drama de las personas desaparecidas. “Personas arrestadas y secuestradas, a menudo sin orden judicial, por agentes uniformados o de paisano, desaparecen sin dejar rastro para ser luego retenidas en lugares secretos. Sus teléfonos se apagan, su localización se borra. Sus familias, aterrorizadas, van de una comisaría a otra, del tribunal al cuartel, encontrando en la mayoría de los casos un muro de negación, indiferencia o amenazas”. “Esta práctica de detención secreta en lugares desconocidos, a veces no oficiales, constituye una clara violación de la ley”, subraya mons. Kleda.

Las condiciones de los presos en las cárceles “oficiales” son igualmente dramáticas, empezando por la situación higiénico-sanitaria. “El acceso a la asistencia sanitaria es un espejismo”, afirma el arzobispo. “Las enfermerías están mal equipadas y el personal está sobrecargado. Enfermedades contagiosas como la tuberculosis, la sarna y el tifus se propagan sin control. Los reclusos con VIH o diabetes ven deteriorarse rápidamente su salud por la falta de atención. La comida, pobre en vitaminas y calorías, es insuficiente para sostener las fuerzas ya debilitadas de los enfermos. Su supervivencia depende del apoyo de sus familias o del mercado negro carcelario”.

La situación de las mujeres y los menores es particularmente dramática. “Esta realidad es aún más cruel para las personas vulnerables. Las mujeres detenidas no tienen acceso a productos esenciales de higiene femenina. Algunas, encarceladas con sus bebés recién nacidos, ven crecer a sus hijos tras las rejas, con su futuro comprometido por la falta de condiciones favorables para su desarrollo normal. Los menores, que deberían estar separados de los adultos y beneficiarse de un itinerario educativo adecuado, a menudo son abandonados a su suerte, expuestos a la ley del más fuerte y a diversas formas de abuso y explotación”, informa mons. Kleda.

Todo esto es posible, denuncia el arzobispo, “por la corrupción y la perversión de la justicia”. En particular, “la prisión preventiva, concebida como una excepción, se convierte en la norma y se prolonga durante años, transformando a personas presuntamente inocentes en condenados de hecho. Esta negación de la justicia equivale a una doble pena: la privación de la libertad y la negación del derecho a un juicio justo en un plazo razonable”.

Tras recordar que la pena debería servir para “proteger a la sociedad y ofrecer al condenado un entorno en el que, respetando su dignidad, pueda reflexionar, arrepentirse y adquirir las competencias necesarias para una reinserción social efectiva una vez liberado de la cárcel”, la carta concluye con un llamamiento a la responsabilidad de todos: “La forma en que tratamos a los presos es un indicador de nuestra relación con Dios. Ignorar su sufrimiento significa ignorar a Cristo. Comprometerse en aliviar sus sufrimientos y restablecer la justicia significa servir a Cristo”.
(L.M.) (Agencia Fides 3/7/2026)


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