Roma (Agencia Fides) – «En la sociedad contemporánea hablar del final de la vida parece casi un tabú, como si nombrarlo pudiera hacerlo más real y cercano. Sin embargo, ignorarlo no lo hace menos real». Así, don Tullio Proserpio, en un reciente artículo en el que llama la atención sobre los procesos -inducidos o inconscientes- ha señalado que en muchas sociedades se tiende a eliminar este acontecimiento inevitable del horizonte cotidiano.
Don Tullio Proserpio, que ejerce su ministerio sacerdotal como capellán clínico en el Instituto Nacional de Tumores de Milán, experimenta cada día cómo, frente a la enfermedad, la fragilidad y las preguntas profundas de quienes se acercan al final de la vida, la esperanza no nace de fórmulas abstractas, sino que se hace concreta en gestos reales de cercanía y acompañamiento.
Esta experiencia ha quedado recogida en el libro «Para que nadie camine solo. Veinte reflexiones sobre la muerte» (Ediciones San Pablo). En el volumen, los capítulos se desarrollan a partir de veinte preguntas surgidas de la experiencia cotidiana de acompañar a personas enfermas en el último tramo de su existencia. Se trata de interrogantes que han surgido, por ejemplo, de la dificultad de cuidar en el tiempo el cuerpo enfermo de un ser querido, o de la incertidumbre de quienes se preguntan si existen realmente palabras adecuadas que puedan pronunciarse al acompañar a un enfermo en los momentos de oscuridad y desesperación.
El libro está enriquecido con un prólogo del arzobispo de Milán, Mario Delpini, y un epílogo del arzobispo Samuele Sangalli, secretario adjunto del Dicasterio para la Evangelización.
Don Proserpio y el arzobispo Sangalli compartirán algunos relatos y reflexiones sobre los temas abordados en el volumen el viernes 13 de febrero, a las 18:00 horas, en la Librería San Pablo de la Via della Conciliazione 16/20, en Roma.
El encuentro será una ocasión para testimoniar y redescubrir la fecundidad de la cercanía a quienes se encuentran al final de la vida, una cercanía que se expresa más a través de gestos concretos que de declaraciones formales: una proximidad silenciosa que acompaña al que sufre con humildad, sin juzgar ni pretender ofrecer respuestas definitivas, reconociendo que nadie puede afrontar en soledad la hora de la muerte.
En esa proximidad sencilla y discreta hacia quien se encamina hacia la muerte -que sigue siendo un misterio marcado por el sufrimiento- puede abrirse un espacio para el encuentro con Aquel que ha vencido la muerte.
(GV) (Agencia Fides 11/2/2026)