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Dossier

2004-08-03

NUEVAS ESCLAVITUDES DEL SIGLO XXI - Quinta parte: -La explotación sexual de la mujer y el problema de la prostitución en el Magisterio de la Iglesia

LA EXPLOTACIÓN SEXUAL DE LA MUJER Y EL PROBLEMA DE LA PROSTITUCIÓN EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

La Iglesia por supuesto, también ha alzado su voz ante un atropello de los derechos humanos tan alarmante como es el caso del tráfico de personas para su uso en el comercio sexual: “cuando ofende a la dignidad de la persona humana como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes.. sin respeto de la libertad y la responsabilidad de la persona humana; todas estas practicas son en si mismas infamantes, degradan la civilización humana deshonran mas a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador” (Gaudium et Spes n. 27)
Diversas conferencias Episcopales se han lanzado llamamientos ante este problemas haciendo eco de los continuos mensajes de Su Santidad Juan Pablo II para afrontar este drama humano.
El Santo Padre en su anual discurso a los representantes diplomáticos ante la Santa Sede, reveló en el 2001, que su preocupación más profunda a inicios del nuevo milenio es precisamente la constatación de que el hombre se ha convertido en un objeto que puede ser manipulado, comprado o vendido y la gran difusión de modelos culturales que han diseminado una ideología del consumismo y el hedonismo a cualquier precio y lanzo un llamamiento en este sentido a todos los hombres: “¡En este inicio de milenio, salvemos al hombre!. ¡Salvémoslo todos unidos! A los responsables de la sociedad toca proteger la especia humana, procurando que el hombre no sea ya un objeto para cortar, que se compra o se vende”.
En la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem habla también de este fenómeno al tratar sobre la mujer sorprendida en adulterio, haciendo una llamada a la responsabilidad de todos los que son causantes de este pecado, sobre todo del hombre que se encuentra detrás de este pecado y que suele quedar inmune a los ojos del mundo abandonando sola a la mujer : “Jesús entra en la situación histórica y concreta de la mujer, la cual lleva sobre sí la herencia del pecado. Esta herencia se manifiesta en aquellas costumbres que discriminan a la mujer en favor del hombre, y que está enraizada también en ella. Desde este punto de vista el episodio de la mujer «sorprendida en adulterio» (cf. Jn 8, 3-11) se presenta particularmente elocuente. Jesús, al final, le dice: «No peques más», pero antes él hace conscientes de su pecado a los hombres que la acusan para poder lapidarla, manifestando de esta manera su profunda capacidad de ver, según la verdad, las conciencias y las obras humanas. Jesús parece decir a los acusadores: esta mujer con todo su pecado ¿no es quizás también, y sobre todo, la confirmación de vuestras transgresiones, de vuestra injusticia «masculina», de vuestros abusos?”
“Esta es una verdad válida para todo el género humano. El hecho referido en el Evangelio de San Juan puede presentarse de nuevo en cada época histórica, en innumerables situaciones análogas. Una mujer es dejada sola con su pecado y es señalada ante la opinión pública, mientras detrás de este pecado «suyo» se oculta un hombre pecador, culpable del «pecado de otra persona», es más, corresponsable del mismo. Y sin embargo, su pecado escapa a la atención, pasa en silencio; aparece como no responsable del «pecado de la otra persona». A veces se convierte incluso en el acusador, como en el caso descrito en el Evangelio de San Juan, olvidando el propio pecado. Cuántas veces, en casos parecidos, la mujer paga por el propio pecado (puede suceder que sea ella, en ciertos casos, culpable por el pecado del hombre como «pecado del otro»), pero solamente paga ella, y paga sola. ¡Cuántas veces queda ella abandonada con su maternidad, cuando el hombre, padre del niño, no quiere aceptar su responsabilidad! Y junto a tantas «madres solteras» en nuestra sociedad, es necesario considerar además todas aquellas que muy a menudo, sufriendo presiones de dicho tipo, incluidas las del hombre culpable, «se libran» del niño antes de que nazca. «Se libran»; pero ¡a qué precio! La opinión pública actual intenta de modos diversos «anular» el mal de este pecado; pero normalmente la conciencia de la mujer no consigue olvidar el haber quitado la vida a su propio hijo, porque ella no logra cancelar su disponibilidad a acoger la vida, inscrita en su «ethos» desde el «principio»...Por tanto, cada hombre ha de mirar dentro de sí y ver si aquélla que le ha sido confiada como hermana en la humanidad común, como esposa, no se ha convertido en objeto de adulterio en su corazón; ha de ver si la que, por razones diversas, es el co-sujeto de su existencia en el mundo, no se ha convertido para él en un «objeto»: objeto de placer, de explotación”. (n.14)

En la Exhortación Ecclesia in Asia denuncia este fenómeno tan extendido en Asia sobre todo por el fenómeno del turismo sexual: “La realidad del turismo exige una atención particular. Aun tratándose de una industria legítima, con sus propios valores culturales y educativos, el turismo tiene en algunos casos un influjo devastador sobre la fisonomía moral y física de numerosos países asiáticos, que se manifiesta bajo forma de degradación de mujeres jóvenes y también de niños mediante la prostitución” (n. 7)
“Así mismo el Sínodo manifestó especial preocupación por la mujer, cuya situación sigue siendo un serio problema en Asia, donde la discriminación y la violencia contra ella frecuentemente se lleva a cabo dentro del hogar, en los lugares de trabajo o incluso en el sistema legal. El analfabetismo se halla especialmente difundido entre las mujeres, y muchas son tratadas simplemente como objetos en el ámbito de la prostitución, del turismo y de la industria de la diversión”.

-En la Carta a las mujeres también muestra su preocupación ante este fenómeno de la explotación
sexual de la mujer: “Mirando también uno de los aspectos más delicados de la situación femenina en el mundo, ¿cómo no recordar la larga y humillante historia —a menudo « subterránea »— de abusos cometidos contra las mujeres en el campo de la sexualidad? A las puertas del tercer milenio no podemos permanecer impasibles y resignados ante este fenómeno. Es hora de condenar con determinación, empleando los medios legislativos apropiados de defensa, las formas de violencia sexual que con frecuencia tienen por objeto a las mujeres. En nombre del respeto de la persona no podemos además no denunciar la difundida cultura hedonística y comercial que promueve la explotación sistemática de la sexualidad, induciendo a chicas incluso de muy joven edad a caer en los ambientes de la corrupción y hacer un uso mercenario de su cuerpo”. (n.5)

-Destacamos también la carta que escribió el 15 de mayo al Arzobispo Jean-Louis Tauran, Secretario para las Relaciones con los Estados, con motivo del Convenio Internacional sobre el tema: “Esclavitudes del siglo XXI: la dimensión de los derechos humanos en la trata de personas”, que se celebró del 15 al 16 de mayo en la Universidad Pontifica Gregoriana, promovida por embajadores acreditados ante la Santa Sede y los Consejos Pontificios de Justicia y Paz y de Atención pastoral a los Emigrantes, en el que participaron representantes de 30 países:
“La trata de personas humanas constituye un ultraje vergonzoso a la dignidad humana y una grave violación de los derechos humanos fundamentales. Ya el Concilio Vaticano II había indicado que "la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes, así como las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables", son "oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador" (Gaudium et spes, 27). Estas situaciones son una afrenta a los valores fundamentales que comparten todas las culturas y todos los pueblos, valores arraigados en la misma naturaleza de la persona humana.
El alarmante aumento de la trata de seres humanos es uno de los problemas políticos, sociales y económicos urgentes vinculados al proceso de globalización; representa una seria amenaza a la seguridad de cada nación y es una cuestión de justicia internacional impostergable.
Esta conferencia refleja el creciente consenso internacional sobre el hecho de que la cuestión de la trata de seres humanos ha de afrontarse mediante la promoción de instrumentos jurídicos eficaces para detener ese comercio inicuo, castigar a los que se beneficien de él y contribuir a la rehabilitación de sus víctimas. Al mismo tiempo, la conferencia ofrece una significativa oportunidad para una reflexión seria sobre las complejas cuestiones relativas a los derechos humanos planteadas por esa trata. ¿Quién puede negar que las víctimas de ese crimen son a menudo los miembros más pobres e indefensos de la familia humana, los "últimos" de nuestros hermanos y hermanas?
En especial, la explotación sexual de mujeres y niños es un aspecto particularmente repugnante de este comercio y debe considerarse como una violación intrínseca de la dignidad y de los derechos humanos. La grave tendencia a ver la prostitución como un negocio o una industria no sólo contribuye a la trata de seres humanos, sino que, de por sí, es la prueba de una tendencia cada vez mayor a separar la libertad de la ley moral y a reducir el rico misterio de la sexualidad humana a mero producto de consumo.
Por esta razón, confío en que la conferencia, al abordar las importantes cuestiones políticas y jurídicas que entraña la respuesta a esta plaga moderna, analice también los profundos interrogantes éticos planteados por la trata de seres humanos. Es necesario prestar atención a las causas más profundas de la creciente "demanda" que alimenta el mercado de la esclavitud humana y tolera el costo humano que deriva de él. Un enfoque serio de las cuestiones que implica llevará también a un examen de los estilos de vida y de los modelos de comportamiento, particularmente con respecto a la imagen de la mujer, que generan lo que se ha convertido en una verdadera industria de la explotación sexual en los países desarrollados. De igual modo, en los países menos desarrollados, de los que procede la mayoría de las víctimas, es necesario activar mecanismos más eficaces para prevenir la trata de personas y la rehabilitación de sus víctimas.
Con aliento y esperanza, expreso mis mejores y más cordiales deseos para los trabajos de la conferencia. Sobre los organizadores y sobre todos los participantes invoco de buen grado la abundancia de las bendiciones divinas.
Vaticano, 15 de mayo de 2002

Con motivo de este Convenio Internacional, el Santo Padre se reunió en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia general del 15 de mayo del 2002, con 500 jóvenes que habían sido liberadas de esta esclavitud de la prostitución por la Comunidad Papa Juan XXIII. El Papa saludó personalmente a las jóvenes asegurándoles su cercanía espiritual y su oración y alentándoles “a continuar con confianza por el camino hacia la plena libertad que se funda en la dignidad humana”

El Catecismo de la Iglesia es bien claro en este punto: "La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, puesto que queda reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo. La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta" (n. 2355) (Agencia Fides 3/8/2004)

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