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Dossier

2004-03-20

VATICANO - “La sangre de los misioneros mártires, esperanza de paz para el mundo” Entrevista al Card. Crescencio Sepe, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Con ocasión de la XII Jornada de oración y ayuno por los Misioneros Mártires, que por iniciativa del Movimiento Juvenil Misionero de las Obras Misionales Pontificias se celebra cada año el 24 de marzo, aniversario de la muerte de Mons. Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, la Agencia Fides ha realizado alguna una entrevista al Card. Crescencio Sepe, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Eminencia, también en este año que acaba de finalizar ha sido elevado el número de misioneros, religiosos y religiosas y laicos que han muerto por el Evangelio. Al inicio del tercer milenio aparecen nubes cada vez más amenazantes en su horizonte, como dice el Santo Padre. El mundo se ve ensangrentado por miles de victimas de las guerras, luchas tribales, generadas por el odio y la intolerancia. La sangre de los misioneros es esperanza de paz para el mundo...
La sangre de los misioneros y de los mártires cristianos desciende directamente de la cruz del Gólgota, fluye del cuerpo de Cristo calvado en la cruz hace dos mil años. Es la sangre de quien no ha tenido en la tierra otra protección que el amor, de quien no ha considerado su propio interés o supervivencia como valores superiores al Evangelio. Estos han preferido perder la vida de forma consciente, como el Buen Pastor, que no duda en dar la vida para defender la propia grey, en vez de abandonar a las ovejas que le han sido confiadas. Han muerto porque permanecieron fieles a un compromiso de fe y de amor: sabían bien que abandonando los lugares en los que se encontraban habrían podido salvar la vida, pero su testimonio habría disminuido y con ello la posibilidad de evangelizar a otras personas.

¿Por qué se mata a un misionero? ¿En qué medida son conscientes de la posibilidad del sacrifico supremo de su vida?
Si el Hijo de Dios murió en la cruz por la salvación del mundo, no es pues raro que también los misioneros sufran una muerte violenta por el hecho de haber vivido como El: han amado al prójimo como El, se han comprometido a ayudarlo como El, han hecho de su propia vida una ofrenda total al Padre y a los hermanos. No han buscado el martirio por fanatismo o por exaltación personal, porque Dios no pide esto, pero lo han considerado como una eventualidad posible y, casi diría normal, de su propia vocación misionera. El misionero de hecho, es un testigo del amor, de la caridad y del Evangelio, su elección es siempre por la vida, no por la muerte. Los misioneros son conscientes de que su caridad, vivida en condiciones particulares, como puede ser en territorios de primera evangelización o en contextos de particular tensión, degradación social o pobreza extrema, puede ser peligrosa y puede llevar a la muerte. En esta perspectiva, se acepta la muerte de forma consciente por amor, es expresión de amor a Cristo y a los hermanos más pobres, a los oprimidos y a cuantos son despreciados y abandonados de todos, pero no del amor del Padre.

El Martirologio de la Iglesia no conoce fronteras. ¿Hay elementos diferenciales de un continente a otro?
En el año que acaba de finalizar, según la información recogida por la Agencia Fides, el mayor número de víctimas se ha registrado en el continente africano, en particular en Sudan y en Uganda, donde los rebeldes continúan combatiendo contra el gobierno constituido; en la Republica Democrática del Congo, teatro desde hace años de enfrentamientos entre diversos grupos de guerrilla, en una lucha que parece no tener fin y a la que la Iglesia ha pagado, desde hace años, un tributo notable. Como no recordar después el asesinato del Arzobispo Michael Courtney, Nuncio Apostólico en Burundi, otro país que trabaja por la reconciliación nacional de la que el Nuncio era un gran defensor, en estrecha colaboración con el Episcopado local. Pero Africa es “un continente de mártires” desde el inicio de la difusión del Cristianismo en aquellas tierras; pienso en la noble dama Perpetua y en su sierva Felicita, en el Obispo de Cartagien, Ciprinano y en tiempos más recientes, en Clementina Anuarite y en Isidoro Bakanja, en el ex Zaire, todos asesinados por su fe. Pero el elenco de los mártires africanos es larguísimo y en gran parte desconocido. Un continente martirizado probablemente a causa de las grandes riquezas que Dios ha dado a esta tierra de las que muchos quieren adueñarse abiertamente o escondiéndose detrás de conflictos locales. La obra desinteresada y pacificadora de la Iglesia ha molestado con frecuencia a aquellos que conseguían beneficios con los conflictos, por ello, el martirologio de África es tan grande, signo de una tierra que continua siendo tan atormentada y tan rica.
Después de África, resalta el número de mártires de la Iglesia de América Latina y en particular de Colombia, otra verdadera “Iglesia mártir”. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, aún cuando no están incluidos entre los misioneros “ad gentes” en sentido estricto, ya que la mayor parte de ellos son locales, están también pagando desde hace tiempo una elevada contribución de sangre, víctimas de la violencia y de la intolerancia que tan duramente aflige a este pueblo. La Iglesia, aún siendo tan probada por el asesinato de tantos de sus miembros, no puede sino seguir invocado la reconciliación y el perdón como condición imprescindible para establecer una paz duradera. Los cristianos que intentan poner en practica el Evangelio de Jesucristo, pidiendo el respeto de los derechos de los pobres y los marginados, son con frecuencia secuestrados, torturados, asesinados o desparecen. En el mes de noviembre, presidí como Enviado Especial del Santo Padre, el Segundo Congreso Misionero Americano, en la Ciudad de Guatemala. En aquel maravilloso encuentro de fe y alegría, pude palpar como el camino de la Iglesia está marcado por el testimonio de los mártires, ya que este testimonio, en vez de ser motivo de tristeza o abatimiento, es fuente de fuerza, de energía, de esperanza y estímulo para continuar en el camino sin otra defensa que el Evangelio de Jesucristo. Los mártires han sido verdaderamente, y continúan siéndolo hoy, el grano de trigo que muere para dar fruto, para producir otros cristianos que continúen el camino.
Por último, mirando hacia Asia, el número de mártires es sin duda inferior a los otros continentes ya que la comunidad católica es muy pequeña. Cuna de las grandes religiones, Asia ve como tantos de sus hijos son todavía víctimas de las injusticias sociales, de las discriminaciones, de las opresiones, de las guerras. También la Iglesia de Asia ha pagado abundantemente en años lejanos, su contribución de sangre por permanecer fiel a Cristo y defender los derechos inalienables del hombre, independiente de la pertenencia religiosa o social. Todavía hoy en algunos países asiáticos se producen dolorosos capítulos que recuerdan como muchos cristianos sufren persecución. En estas naciones, Iglesias enteras y grupos de fieles sufrieron ya en el pasado por motivo de su fidelidad a Cristo al Evangelio y a la Iglesia en contextos donde, antes de matar el cuerpo se intentó matar el alma.

¿Desde cuando la Iglesia comenzó a tener particular consideración hacia los mártires?
El martirio es parte constitutiva de la Iglesia desde sus orígenes y marca el camino desde hace dos mil años. Cristo mismo es el mártir por excelencia y en El contemplamos las innumerables filas de todos los que le han seguido por el camino de la cruz. Por otra parte, el Señor mismo lo predijo a sus Apóstoles y Discípulos. No por casualidad el día siguiente a la Navidad, la liturgia celebra al primer mártir, San Esteban, y dos días después a los Mártires Inocentes: para recordarnos la perpetua actualidad de esta unión imprescindible con el “Dios hecho hombre” que ofrece su propia vida por la humanidad dándonos ejemplo para que también nosotros la ofrezcamos por los hermanos. Precisamente el año pasado dos circunstancias particulares nos han hecho recordar esta extraordinaria actualidad: el misionero Claretiano Anton Prost, fue asesinado en Camerún después de haber participado en la misa de Nochebuena. La tarde del domingo 5 de octubre, cuando la Iglesia estaba en fiesta por la canonización de los grandes misioneros Daniel Comboni, Arnold Janssen y José Freinademetz, fue asesinada en Somalia la voluntaria Annalena Tonelli, que vivió la radicalidad evangélica durante 35 años en tierras africanas y ese mismo domingo eran también asesinados en El Salvador Don William De Jesús Ortez con el joven secuestrado Jaime Noel Quintanilla.
Por lo demás, encontramos pruebas del culto de los mártires por parte de la comunidad cristiana, ya a mediado del siglo II, con una especial veneración hacía su restos y la reunión de la comunidad antes sus tumbas el día del aniversario de su muerte. La Iglesia llama de hecho el día del martirio el dies natalis, día del nacimiento, porque la muerte terrena del mártir es el día de su nacimiento al cielo, por la fuerza de la resurrección de Cristo. En un principio la Iglesia da culto solo a los mártires que alcanzaron una especial unión con Cristo, muerto y resucitado por medio del sacrifico de su vida. Quisiera recordar dos particularidades: este aniversario se celebraba en medio de la alegría y no era pues motivo de tristeza sino de animo y de alegría, además los cristianos evocan la gesta de los mártires para prepararse mejor para afrontar las pruebas que les esperan.
Otro testimonio del culto de los mártires lo encontramos en las celebración de las “estaciones cuaresmales” que han caracterizado desde los primeros siglos los cuarenta días de la Cuaresma en Roma. Cada día la comunidad cristiana se reúne en una iglesia dedicada a un mártir, donde tiene lugar la liturgia estacional, que es celebración de la cruz de Cristo y de nuestra salvación. De este modo se renueva la propia adhesión interior a Cristo que ha fortalecido a estos testigos de la fe hasta el ofrecimiento de su vida. Recuerdo, por último, que con ocasión del Gran Jubileo del año 2000, el Santo Padre insistió, de modo particular, para que esta memoria de los mártires no se pierda, sino que sea recogida como un valioso tesoro, custodiada y transmitida a las nuevas generaciones, para que encuentren alimento y fuerza para sostener su camino espiritual.

El mundo parece envuelto en un clima de violencia, de atropello, de muerte... Cada día nuevas víctimas.. ¿Para que recordar a más personas, los misioneros, que ha sido asesinados? ¿No se corre el riesgo de cerrar definitivamente la puerta de la esperanza?
Al contrario, los mártires son precisamente aquellos que nos dan la fuerza para seguir avanzando. Estos hombres y mujeres, siguiendo a Cristo, han mostrado que el perdón y el amor es más fuerte que el odio y la muerte; con su sacrificio nos dicen que el Señor continua siendo todavía hoy vencedor del mal. Sin su testimonio el mundo sería más pobre y árido, sería aun más difícil esperar. En la noche oscura que atraviesa el mundo, los mártires brillan como estrellas y con su testimonio iluminan el camino de la humanidad hacia la luz plena y eterna que es Cristo mismo. Por medio de la memoria del sacrificio de los misioneros muertos, se hace presente la pasión y muerte de Jesús, pero siempre con la esperanza de su gloriosa resurrección y del advenimiento de su Reino eterno de amor, justicia y paz. (SL) (Agencia Fides 20/3/2004 Líneas: 136 Palabras: 1.930)

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