Renacer en Chiclayo

martes, 31 marzo 2026 papa león xiv   iglesias locales   dependencias   obras de misericordia  




por Domitia Caramazza

Chiclayo (Agencia Fides) - La “querida diócesis” del obispo Robert Francis Prevost se ha convertido hoy en la “ciudad del Papa León XIV”. Desde el 8 de mayo de 2025, día de su elección, Chiclayo ha dejado de ser solo una periferia geográfica y existencial. Sin embargo, no ha sido únicamente este acontecimiento el que ha propiciado su renacimiento. Más bien, ha servido para señalar, subrayar y reavivar una historia de renovación y liberación que se ha ido gestando progresivamente en la región de Lambayeque, en el norte del Perú. No se trata de la historia que hunde sus raíces en la antigua civilización preincaica Moche, visible en las esculturas monumentales del Paseo Yortuque, avenida de acceso a la ciudad, o narrada en el Museo de las Tumbas Reales de Sipán, sino de una historia cristiana, encarnada en el camino de fe de una comunidad junto a su obispo, hoy Papa. Desde su nombramiento al solio pontificio, ha aumentado la participación a las celebraciones litúrgicas, las catequesis y los eventos eclesiales.
En la diócesis donde, desde septiembre de 2015 hasta enero de 2023, fue obispo “el padre Roberto” -como lo llaman con afecto las personas del lugar-, he visto entrelazarse nuevos hilos en la compleja trama peruana: aquellos que dibujan los sorprendentes matices de la “presencia existencial de Jesús en las barriadas marginales, entre los marginados, los enfermos, los inmigrantes y las personas con dependencia a las drogas” (cf. La iglesia y los pobres n.º 22, 1994. Comisión de la pastoral social de la Conferencia Episcopal Española).

Renacer en la ‘Comunidad In Dialogo’

En el norte del Perú, entre periferias marcadas por la pobreza, las migraciones y las nuevas adicciones, la ‘Comunidad In Dialogo’ desarrolla una misión que se resume en la frase escrita a su entrada: «Amar a una persona significa decirle: “Tú no morirás”. Amarla en Cristo es darle una resurrección completa». Son palabras que acogen a todos en cada uno de los centros de esta comunidad, fundada hace treinta y cinco años en Italia por el padre Matteo Tagliaferri y presente desde 2004 también en Chiclayo-Reque.
Todo comenzó con la petición de ayuda de una madre peruana por su hijo Jesús, que sufría de adicción. El padre Matteo respondió acogiendo a aquel joven, como había hecho con el primer chico de la Comunidad, en Italia. “Empecé porque un padre me dejó a su hijo, Danilo, en el coche, cerca de la casa parroquial de Casamaina (L’Aquila), donde yo era párroco”, recuerda: “no pensé que estaba acogiendo a un toxicómano, sino a una persona. Acogí a Danilo. En ese momento se me dio la oportunidad de devolver el gran amor recibido de Dios Padre, descubierto cuando era un adolescente asustado, cerrado y desorientado. Yo soy el primer chico de la Comunidad”. Nos saluda mediante una videollamada desde la sede central de Trivigliano. Su enfoque y su mirada, en un contexto como el peruano, distan mucho de ser algo evidente.
Mons. Jesús Moliné Labarta, obispo emérito de Chiclayo y “alguien de casa” en la Comunidad In Dialogo -donde ofrece apoyo espiritual-, define como “audaz” el método del amigo vicenciano, porque “la gente espera otras cosas, pero en definitiva es el Evangelio. Es así como quien es acogido puede emprender un proceso de conversión y experimentar el encuentro con Jesucristo”.
El sistema de los centros de rehabilitación, por su parte, está marcado por profundas carencias: existe una amplia red de centros sin una regulación efectiva, donde la adicción se afronta con lógicas punitivas. Ambientes cerrados, similares a “cárceles”, ingresos forzosos y prácticas coercitivas han sido también objeto de denuncias internacionales. En este contexto, la experiencia de la Comunidad In Dialogo se distingue por un enfoque radicalmente distinto: no aislar a la persona, sino salir a su encuentro; no reprimir el comportamiento, sino comprender sus causas y sanar las heridas; no encerrar ni marginar, sino acompañar en un camino de libertad y responsabilidad. Se trata de un lugar de renacimiento para quienes afrontan adicciones, alcoholismo, soledad y desorientación. Es, además, una primera línea frente a la reciente amenaza de la “droga ‘tusi’” (una mezcla de sustancias sintéticas baratas, elaborada incluso en casa mediante tutoriales accesibles en internet), a menudo vendida como “cocaína rosa” en las escuelas peruanas, donde está causando graves estragos entre los menores, como me explica Sandro, quien me recibió en el aeropuerto y compartió su testimonio de renacimiento tras haber conocido la “muerte” a causa de la cocaína.

Sandro, nacido en Arequipa, hijo de migrantes italianos y criado hasta los veinte años en Milán, donde conoció la cocaína, es hoy, a sus sesenta años, operador de la Comunidad In Dialogo de Chiclayo. “La droga era solo la consecuencia de un mal más profundo. Un mal del alma. Pero antes no lo entendía”. Durante años, ese vacío permaneció sin nombre. Un mal que hundía sus raíces en su historia personal: un padre ausente, una madre distante y una infancia marcada por el sentimiento de exclusión.
“Al principio intenté simplemente llenar ese vacío con el tabaco, luego con otras cosas. Y, sin darme cuenta, me encontré dentro de un torbellino que me arrastraba. Mi madre, sin saber ya qué hacer conmigo, decidió apartarme de ese entorno y enviarme a Perú”. Sin embargo, en Lima su adicción a la cocaína adoptó una forma distinta, menos visible y marginal. “Tuve una toxicodependencia un poco diferente a la de otros. No me faltaba el dinero, tenía coches bonitos, llevaba una buena vida”. Esa aparente “buena vida”, no obstante, terminó convirtiéndose en una trampa silenciosa que prolongó el problema en el tiempo. “Por un lado, creo que fue algo positivo, porque no tuve que hacer ciertas cosas… Pero, por otro, alargó mi toxicodependencia”.
El punto de inflexión llegó en torno a los cincuenta años. Tras quince años de relación, su compañera lo puso ante una elección definitiva: “Sandro, haz algo por tu vida; si no, se acabó”. Fue entonces cuando comenzó a buscar ayuda. La encontró gracias a un tío empresario, nacionalizado peruano, que conocía la Comunidad In Dialogo de Chiclayo. “Fue la comunidad la que lo cambió todo. Tenía 52 años -cuenta con total franqueza-. Los primeros meses fueron difíciles: no entendía lo que estaba pasando. Se hablaba de amor, de acogida… y no lograba comprenderlo”. Aun así, decidió quedarse. El camino no fue lineal: intentó varias veces volver a su vida anterior, y en cada ocasión fracasó. “A la tercera vez entendí que tenía que parar”. Con el tiempo, ese ambiente que al principio le resultaba incomprensible se convirtió en su hogar. Hoy, Sandro es un operador y un referente para los jóvenes que recorren un camino similar al suyo. “Hoy tengo una paz interior que nunca había experimentado. Intento ponerla al servicio de los demás. La Comunidad me ha dado la posibilidad de releer mi vida con otros ojos, a través de una mirada de amor. Ahí comenzó mi renacimiento. Antes, sin sustancias, no sabía vivir. Hoy, sí”.

Durante 21 años, la Comunidad In Dialogo ha contado con un único centro masculino; desde el año pasado, se ha abierto también una casa femenina. Alicia, de 44 años, es la “primera piedra viva” de esa comunidad, quien explica con valentía el motivo: “Vivo en Chiclayo, es una ciudad donde muy pocas personas, pocas mujeres se atreven a pedir ayuda porque se sienten juzgadas. Aquí las mujeres no pueden ser alcohólicas, no pueden tener problemas de adicciones porque son señaladas. Solamente el hombre puede tener problemas, la mujer no. Debe quedarse en casa y ser correcta -explica Alicia-, que añade: “Pero en realidad el vacío y los problemas no afectan solo a un género. Todos nosotros, hombres y mujeres, estamos expuestos a los mismos riesgos”.
En una cultura donde la fragilidad femenina a menudo se niega o se estigmatiza, muchas mujeres permanecen invisibles. Sin embargo, el nacimiento de la comunidad femenina en Chiclayo representa un espacio nuevo, donde es posible reconocerse y volver a empezar. Precisamente para responder a la petición de ayuda de Alicia el padre Matteo Tagliaferri ha abierto la primera casa femenina de la Comunidad In Dialogo en Perú.
“Me acogieron. No vieron a una persona con un vicio o con una necesidad de alcohol, sino que vieron a un ser humano que necesitaba ayuda”. Sus palabras son una vibrante resonancia de las del fundador. Irrumpen, piden espacio, exigen ser escuchadas. “Me di cuenta de que mi problema venía desde mi raíz, desde una niñez de ausencia de amor, de la ausencia de un padre, de la ausencia de una madre que estaba y no estaba, de malos tratos…”, cuenta, como si estuviera recomponiendo los fragmentos de una vida.
No habla solo de dependencia: habla también de un vacío existencial. “Al principio pensaba que era solo un problema de adicciones, pero la comunidad me enseñado a abrir mis heridas, a decir lo que sentía, a quitarme muchas máscaras”. Es el relato de un desvelamiento, de un lento trabajo sobre sí misma que pasa por la honestidad, por la caída y por la posibilidad de levantarse. “Aquí me han enseñado a querer vivir”, añade, como si esa voluntad fuera una conquista reciente, frágil y al mismo tiempo poderosísima, después de cuatro intentos de suicidio…
A esta reconquista de sí misma y de la vida se entrelaza la sorprendente relación con sus hijos. “Una de las cosas que a mí me tocó mucho fue que mis hijos siempre me apoyaron en esto”. Su hija mayor, estudiante, nunca se ha alejado: seguía visitándola, hasta el punto de decirle que quería llevar a sus compañeros de universidad a conocer la comunidad. Una propuesta que al principio desconcertó a Alicia, obligándola a enfrentarse a la vergüenza y al estigma inter: “¿Cómo puede hacerlo, si yo, su madre, estoy aquí, en un centro de rehabilitación?”. Pero la hija rompió todo temor: “Mamá, sabes, yo no me siento mal, tengo tranquilidad, ahora sé dónde estás, sé que estás bien”. En esas palabras desconcertantes, Alicia reconoce algo que no esperaba: el amor extraordinario de una hija capaz de regenerarla también como madre. El suyo es un apasionado testimonio de “resurrección del corazón”, lleno de gratitud. “Aquí me han enseñado a amar la vida y cada vez que me levanto digo: gracias Dios por haberme salvado la vida, ¡mira qué hermosa es! Quiero decir a todos que la vida es hermosa, que Dios me ha enseñado a amar y a amarme a mí misma”. Alicia ya ha entrado en la fase de reinserción laboral. Nuestro encuentro termina con un abrazo.

Guardo también en el corazón la historia del joven César: “Soy alcohólico”, dice sin rodeos. Sus palabras tienen un tono distinto, más seco, casi contenido. “Si pienso en el pasado, creo que nunca he sido feliz. Nunca he sido feliz”. Retrocede en el tiempo, busca también él el origen de esa dependencia: la inseguridad, la falta de autoestima, una necesidad afectiva que no ha sabido reconocer. “Mis padres intentaron darme todo, pero quizá no entendí su manera de hacerlo”. A partir de ahí, una serie de decisiones equivocadas, hasta la casi autodestrucción.
Al hablar de la Comunidad, sin embargo, el relato cambia de dirección. “Aquí me están enseñando algo que durante 35 años de mi vida no supe: el amor”. Una experiencia concreta: valores, principios, normas, relaciones que preparan para volver al mundo “como hombre con responsabilidad, asumiendo las consecuencias de mis actos”. Lo que más le impresiona es la gratuidad: “Nunca había visto personas que realmente quieran darte la mano sin ningún interés”. Es en este descubrimiento donde César reconoce un paso decisivo: aprender a recibir para poder dar. “Día tras día, trato de dar un poco de lo que ellos me han ofrecido”.
Y en la frase que le han dirigido los responsables al decirle: “ya viviste la mitad de tu vida en las tinieblas. Es momento de comenzar a vivir esta segunda mitad de tu vida en la luz”, se condensa el sentido de un camino que no borra el pasado, sino que intenta reabrirlo; no ignora las heridas, sino que las convierte en rendijas de luz.
Esta obra misionera es posible también gracias a una red de personas que comparten una misma visión, que sitúa en el centro la dignidad de la persona y la posibilidad de redención. Entre ellas se encuentra Giorgio Batistini, empresario italiano emigrado a Perú en la posguerra, hoy nonagenario. Arraigado en el territorio de Chiclayo, Batistini ha acompañado su actividad empresarial con una atención constante al tejido social, apoyando iniciativas educativas y colaborando con realidades universitarias locales. Su encuentro y amistad con la Comunidad In Dialogo se traducen en un apoyo concreto a los procesos de acogida y reinserción.

Juan Carlos Reaño, laico de la Sociedad de San Vicente de Paúl y colaborador de la Comunidad In Dialogo desde hace más de catorce años, relata en cambio el vínculo con la Iglesia local y recuerda a Mons. Robert Francis Prevost, entonces obispo de la diócesis. “Pasó una mañana, conoció la realidad y el flagelo de la toxicodependencia y de la propuesta de nuestra comunidad para el servicio y la ayuda de estas. No nos animó a seguir trabajando, a compartir nuestro tiempo con aquellas personas que más lo necesitan, pero siempre dándonos ejemplo. Él siempre ha apoyado con fuerza las iniciativas de servicio”. La Comunidad In Dialogo es una de ellas, pero se inserta en un contexto misionero más amplio. Es el propio Juan Carlos quien amplía la mirada.

Renacer gracias a la Comisión para la Movilidad Humana y la Trata de Personas

Juan Carlos Reaño ha tenido también “la oportunidad de conocer bien a Mons. Prevost, trabajando dentro de la Comisión para la Movilidad Humana y la Trata de Personas, al servicio de las personas que se desplazaban a Chiclayo y no encontraban un lugar donde poder vivir. Personas obligadas a pasar la noche en la calle. Él mismo las visitaba, conocía toda la realidad y se implicaba en la solución de las necesidades que encontraba cada vez que visitaba estas comunidades”.

También da testimonio de ello la profesora venezolana Betania Rodríguez: “Llegué, como todos los migrantes, con mi familia, mi marido y mis dos hijos en 2019. En los meses siguientes, al no poder trabajar por carecer de documentos de residencia –cuenta-, me dediqué a dar clases de apoyo a niños migrantes que no podían acceder al sistema escolar. Mons. Prevost se preocupó por la comunidad migrante, en particular la venezolana, ya que en ese momento era la que parecía más afectada, y esa preocupación llevó a acercar a los laicos a la Iglesia católica y a apoyar a los migrantes en situación de vulnerabilidad. Ahí nace la Comisión para la Movilidad Humana y la Trata de Personas de la diócesis de Chiclayo, con el objetivo principal de marcar la diferencia a través de tres principios fundamentales: acoger, proteger y promover a la comunidad migrante. La misión pastoral de Mons. Prevost ha dejado una huella profunda en nuestros corazones. Su presencia ha sido un faro de esperanza, especialmente para los migrantes y refugiados llegados a Perú en busca de una vida digna. Ha construido puentes de solidaridad, recordando que la Iglesia está llamada a ser una casa para todos”.

Un estilo que se refleja en las palabras de Juan Carlos, que subraya su método y su legado: “Él siempre nos animaba a realizar un trabajo colaborativo, un trabajo en unidad, un trabajo que debe ser de todos, para poder hacer el servicio más cercano y eficaz. ‘Cuanto más unidos estemos –decía-, más formaremos una comunidad capaz de acoger y afrontar todas estas necesidades y todas estas dificultades’. Nos mueve un sentimiento de esperanza saber que pronto volverá a visitar su querido Chiclayo”.
(Agencia Fides 31/3/2026)


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