Los residuos como nueva forma de colonialismo en África y Asia

miércoles, 11 febrero 2026 colonialismo   economía   geopolítica   contaminación   ambiente   sanidad  

Nigrizia (mmagine tratta dal documentario "Textile Mountain: The Hidden Burden of our Fashion Waste")

por Cosimo Graziani

La búsqueda de tierras raras necesarias para la transición energética suele considerarse una forma de neocolonialismo y hoy representa una de sus manifestaciones más evidentes, especialmente por sus implicaciones geopolíticas y económicas. Sin embargo, existen otras prácticas de matriz neocolonial, menos visibles pero con consecuencias igualmente graves a nivel local. Entre ellas, la exportación de residuos hacia África y Asia por parte de los países occidentales, sobre todo de plásticos, ropa usada y desechos electrónicos.
La exportación de residuos hacia el Sur global es un fenómeno que se ha prolongado durante décadas. En el pasado se ha intentado regular mediante la Convención de Basilea sobre el control del movimiento de desechos peligrosos (1989). Este documento tenía como objetivo no solo limitar el traslado de residuos, sino también ayudar a los países en desarrollo en su gestión y eliminación de forma ecológica.
A pesar de las buenas intenciones, la Convención no ha producido resultados concretos en la gestión internacional de los residuos. Por el contrario, la situación ha empeorado con el paso del tiempo. La exportación global de desechos ha recibido el nombre de waste colonialism (“colonialismo de los residuos”), ya que representa una forma de explotación por parte de países con pasado colonial hacia sus antiguas colonias.
La manifestación más común de este fenómeno es la exportación de plásticos, que inicialmente no estaba contemplada en la Convención de Basilea y solo fue incluida en 2019 mediante una enmienda específica.
Durante años, China ha sido uno de los principales destinos de los residuos exportados, pero desde 2018 ha dejado de importar plásticos y otros desechos. Como suele ocurrir en los mercados sometidos a restricciones, los flujos comerciales se han dirigido hacia otros países asiáticos, como Malasia, Vietnam e Indonesia, que entre 2021 y 2023 han recibido respectivamente 1.400 millones, 1.000 millones y 600 millones de kilogramos de residuos plásticos. Entre los nuevos destinos figura también India, aunque en cantidades menores. Tailandia ha seguido el ejemplo de China y ha prohibido la importación de plásticos a partir de 2025, tras haber recibido cerca de un millón de toneladas entre 2018 y 2021.
Un rasgo común entre estos países es que el origen de los residuos suele reflejar las relaciones coloniales del pasado: Malasia e India importan plásticos del Reino Unido, mientras que Vietnam los recibe de la Unión Europea.
La situación resulta aún más preocupante si se considera el aumento del valor total de las importaciones de residuos hacia Asia. Según datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), entre 2017 y 2019 el valor de las exportaciones de residuos desde la Unión Europea hacia los países de la ASEAN -que incluyen todos los Estados asiáticos mencionados, salvo China e India- ha aumentado un 153%.
Las consecuencias ambientales son evidentes. El incremento de las importaciones de plásticos en los países del sudeste asiático contribuye a la contaminación de los océanos, ya que una parte significativa del plástico presente en los mares procede de ríos asiáticos, especialmente del río Mekong en Indochina.
El colonialismo de los residuos también afecta a África. Además del plástico, el continente recibe grandes cantidades de ropa de segunda mano y residuos electrónicos. Estos materiales suelen acumularse en vertederos situados en las principales ciudades africanas, alrededor de los cuales han surgido barrios densamente poblados: Dandora en Nairobi (Kenia), Agbogbloshie en Accra (Ghana), Makoko en Lagos (Nigeria) y Tandale en Dar es Salaam (Tanzania).
Uno de los principales centros de recepción de ropa usada es Accra, capital de Ghana. El problema radica en que muchas de estas prendas son de material sintético y difíciles de reutilizar. Se trata de una consecuencia directa de la fast fashion, la industria de la moda desechable basada en el consumo rápido y en la escasa cultura del reciclaje. Este fenómeno, alimentado principalmente en los países occidentales, involucra hoy también a China, que en pocos años ha pasado de ser importador a exportador de residuos textiles.
Las prendas que llegan a África se revenden en mercados de segunda mano, pero muchas terminan en vertederos o son quemadas. Estas prácticas generan graves daños ambientales. Un estudio de Greenpeace de 2024 ha señalado que en Accra una parte significativa de la ropa es utilizada como combustible doméstico, lo que provoca la liberación en el aire de sustancias contaminantes y cancerígenas.
Además, la permanencia de tejidos sintéticos en los vertederos favorece la liberación de microplásticos que contaminan el suelo, el agua y el aire, afectando a los ecosistemas locales.
Otra forma especialmente preocupante de colonialismo de los residuos es la relacionada con los desechos electrónicos, uno de los tipos de residuos que más crece a nivel mundial. Según el último informe de la ONU publicado en 2024, en 2022 se generaron en el mundo 62.000 millones de kilogramos de residuos electrónicos. La exportación de estos materiales suele presentarse por parte de los países del Norte global como donaciones de equipos reciclables o reutilizables. Durante mucho tiempo, este flujo ha aprovechado una laguna normativa en la Convención de Basilea, que no regulaba de forma precisa los intercambios entre países exportadores e importadores. Solo recientemente se ha introducido una nueva enmienda, en vigor desde el 1 de enero de 2025, que regula estos movimientos. Entre sus promotores se encuentra Ghana, que junto con Nigeria es uno de los principales destinos de residuos electrónicos, a pesar de que África es el continente que menos produce este tipo de desechos.
En torno al reciclaje y la reutilización de los residuos electrónicos ha surgido un amplio mercado laboral informal. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo de 2019, en Nigeria cerca de 100.000 personas trabajan en este sector, con capacidad para procesar medio millón de toneladas de residuos al año. En Ghana, según la ONG catalana ‘Ciutats Defensores dels Drets Humans’, cada tonelada de residuos electrónicos implica a unos quince trabajadores en actividades de reciclaje y a doscientos en tareas de reparación. Existe además un importante interés económico que dificulta combatir el fenómeno: Ghana obtiene cada año alrededor de 100 millones de dólares en impuestos derivados de la importación de residuos electrónicos, una fuente de ingresos difícil de sustituir.
Sin embargo, todas las actividades relacionadas con el reciclaje y la reutilización de estos materiales implican graves riesgos para la salud y el medio ambiente. Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, la gestión de residuos electrónicos expone a la población a más de mil sustancias químicas potencialmente dañinas para el cerebro, los pulmones y el sistema nervioso. Al igual que ocurre con la contaminación por plásticos, los sectores más afectados suelen ser los grupos sociales más vulnerables, especialmente mujeres y menores.
(Agencia Fides 11/2/2026)


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