|
Nota de la Comisión Permanente
en el
XXV aniversario de la elección del Papa Juan Pablo
II
Madrid, 24 de septiembre de 2003
|
 |
El próximo 16 de octubre, D.m., se celebra
el XXV aniversario de la elección del Papa Juan Pablo II.
En la tarde del 16 de octubre de 1978, la Iglesia recibía
con gozo el anuncio de la elección del cardenal Karol Wojtyla,
Arzobispo de Cracovia, como nuevo sucesor de San Pedro en la sede
de Roma. Cuando el recién elegido se presentó en
la logia de la basílica Vaticana como un Pastor “venido
de lejos”, se dirigió al mundo con las mismas palabras
de Cristo resucitado: “No tengáis miedo”,1
y añadió: “Abrid, abrid de par en par las
puertas a Cristo”. Su solicitud por todas las Iglesias durante
estos veinticinco años ha sido, sin duda ninguna, un especial
don de Dios, que debemos y queremos agradecer.
Es imposible resumir en pocas palabras lo que el pontificado de
Juan Pablo II significa para la Iglesia y para el mundo. Él
sufrió bien pronto en su propia carne las heridas de la
irracional violencia que azota al mundo de hoy. Pero Dios ha querido
que su pontificado sea uno de los más largos de la milenaria
historia de la Iglesia, el tercero después del de San Pedro.
Así ha podido realizar su sueño de acompañar
a la Iglesia en el paso del segundo milenio cristiano al tercero,
en un cambio de siglo en el que se nos ha dado celebrar, con el
mismo Papa y bajo su impulso, el gran Jubileo de la Encarnación
de Jesucristo, el Hijo de Dios, en el año 2000.
El Santo Padre, con su enseñanza y con su ejemplo, nos
ha ayudado a poner con fe, esperanza y amor nuestra mirada y nuestro
corazón en Jesucristo, el Redentor del hombre y en el Padre
de las misericordias y en el Espíritu Santo vivificador,
Dios único y verdadero. A través de encíclicas,
exhortaciones y cartas; innumerables audiencias y más de
un centenar de viajes por todos los continentes, entre ellos,
los cinco realizados a España; las Jornadas mundiales de
la Juventud y, al tiempo, por su testimonio personal de vida,
desde la madurez hasta la ancianidad, Juan Pablo II nos alienta
a continuar y promover la misión que la Iglesia recibió
de Jesucristo, el único Salvador del hombre, para el bien
de toda la Humanidad. El magisterio del Papa en cuestiones morales,
tan iluminador, se arraiga siempre en la visión de Dios
y del hombre procedente de la revelación de Dios como el
Amor, la Trinidad Santa.
La proclamación en los areópagos del mundo de la
dignidad y de los derechos de la persona humana, del hombre y
de la mujer, de los niños nacidos y por nacer, de la familia,
así como de la fraternidad que ha de unir a todos los hijos
de Dios; la defensa de la vida, de la libertad, de la concordia
y la paz; la atención caritativa a los más necesitados
de cualquier raza y religión para el desarrollo de todos
los pueblos y la invitación constante a cuidar de la creación
han resultado una verificación ejemplar de la evangelización.
El mensaje de Juan Pablo II, propuesto siempre sin imposición
ni injerencia alguna, sino con el valor profético y explícito
del Evangelio y de la doctrina moral y social de la Iglesia que
de él se deduce, ha llegado a contribuir de modo decisivo
a la más justa configuración social de muchos países.2
El diálogo ecuménico con otras confesiones cristianas,
lleno de respeto y de amor a cada persona y simultáneamente
a la verdad, ha promovido una mayor cercanía, que prepara
los caminos de la unidad. Lo mismo se puede decir del diálogo
interreligioso, del que la convocatoria en Asís de los
líderes de todas las religiones del mundo en 1986, constituye
un ejemplo de gran relieve histórico.
“Con el Concilio se nos ha ofrecido la brújula segura
para orientarnos en el camino del siglo que comienza”.3
La aplicación del Concilio Vaticano II, el gran don que
el Espíritu Santo ha concedido a su Iglesia en el siglo
XX, como un “nuevo adviento”4, de modo particular
a través de las distintas asambleas del Sínodo de
los Obispos que él ha presidido personalmente, ha sido
y es una de las tareas más relevantes del Papa, plasmada
no sólo en la publicación del Catecismo de la Iglesia
Católica, sino también en la renovación legislativa
desde la mirada teológica y pastoral de su misión.
Al proclamar tantos santos y beatos, muchos de ellos contemporáneos
y compatriotas nuestros, y, significativamente, tantos mártires
del siglo XX de todas partes del mundo, Juan Pablo II nos ha recordado
a obispos, sacerdotes y diáconos, consagrados y laicos
que la santidad es posible para todos y que es necesario aspirar
a ella con determinación por los distintos caminos de seguimiento
del Señor en la fidelidad a las diversas vocaciones y misiones
que enriquecen a la Iglesia.
En nuestro Viejo Continente, desde la interpelación lanzada
en 1982 en Santiago de Compostela: Europa, “vuelve a encontrarte.
Sé tú misma”5, pasando por la vigorosa ayuda
prestada a la superación de la división simbolizada
por el muro de Berlín, hasta los reiterados llamamientos
recientes, con ocasión de la redacción de una primera
Constitución europea, el Papa ha impulsado la verdadera
unión entre los pueblos de Europa, alimentada por las raíces
cristianas que están en el origen y que continúan
sosteniendo su cultura.
Para la Iglesia en España, los mensajes con ocasión
de las visitas “ad limina”, en las que nos ha acogido
a los obispos con benevolencia de padre y amor de hermano en el
episcopado, así como la palabra sembrada en sus visitas
apostólicas, expresión de la perspicacia y del corazón
del verdadero pastor, han conmovido nuestras iglesias particulares
para la conversión y la renovación exigidas por
la nueva evangelización.
Por todo ello, damos gracias a Dios, con el mismo Santo Padre,
por los beneficios recibidos. Invitamos a todos los fieles para
que, en nuestras respectivas diócesis, el mismo día
16 de octubre, con el esquema de la “Misa por el Papa”,
participemos en la celebración de la Eucaristía,
uniéndonos a la celebración que el mismo Juan Pablo
II presidirá en Roma, acompañado por muchos obispos,
sacerdotes y laicos de todo el mundo, pues “la liturgia
eucarística es por excelencia escuela de oración
cristiana para la comunidad”6, el mejor modo de dar gracias
a Dios. En la Eucaristía del domingo 19, además
de la intención misionera del “Domund”, podremos
hacer en la oración de los fieles una petición especial
por el Santo Padre, justamente en el día de la beatificación
de la Madre Teresa de Calcuta.
Proponemos, a la vez, que el magisterio y las acciones del ministerio
pastoral del Santo Padre, puedan ser estudiadas y presentadas
en distintos actos públicos o académicos, como conferencias,
diálogos en los ámbitos eclesiales y civiles, etc.
para agradecer también de este modo al mismo Papa su entrega
y su servicio a la Iglesia y al mundo.
Anunciamos que el día 18 de Noviembre, durante la Asamblea
Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, todos los
obispos concelebraremos la Eucaristía en la Catedral de
Santa María la Real de la Almudena para dar gracias a Dios
por el mismo motivo. Invitamos a los fieles a participar en ella.
Muchos de nosotros, como muchísimos hermanos en el episcopado,
hemos sido llamados por él durante estos veinticinco años
para desempeñar, “bajo su sombra”7, como la
de Pedro, el ministerio episcopal.
Mientras tanto, seguimos pidiendo al Señor para que conceda
al Papa los dones de la salud y de la fortaleza en el cumplimiento
de su misión apostólica, cuyo secreto ha sido expresado
tan bellamente por él: “Tú eres Pedro. Te
doy las llaves del Reino… Así fue en agosto y, luego,
en octubre del memorable año de los dos conclaves, y así
será de nuevo, cuando se presente la necesidad, después
de mi muerte...”.8
También pedimos que el Espíritu Santo nos asista
a todos con su fuerza, de modo que podamos ser en nuestro mundo
testigos fieles de Jesucristo. Sí, deseamos responder a
la llamada de Juan Pablo II en su última visita a España,
convirtiéndonos en misioneros del Evangelio y en artífices
de la paz.
A Santa María, la Madre de Jesucristo y de la Iglesia,
de quien el Papa ha querido ser siempre suyo y a la que invoca
continuamente al final de sus encíclicas y exhortaciones,
así como en su oración personal, confiamos su persona
con todo afecto, para que - según él mismo reza
- acoja su testimonio “como una ofrenda filial, para gloria
de la Santísima Trinidad. Que la haga fecunda en el corazón
de los hermanos en el sacerdocio y de tantos hijos de la Iglesia.
Que haga de ella una semilla de fraternidad también para
quienes, aun sin compartir la misma fe, me hacen con frecuencia
el don de su escucha y del diálogo sincero”.9
1 Cf. Mateo 28, 10.
2 CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La fidelidad de Dios
dura siempre, mirada de fe al siglo XX, Madrid, EDICE, 1999, 7.
3 JUAN PABLO II, Carta Apostólica, Novo millennio ineunte,
2001, 57.
4 Cf JUAN PABLO II, Carta apostólica, Tertio millennio
adveniente, 1994, 20.
5 JUAN PABLO II, La renovación espiritual y humana de Europa,
Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral
de Santiago de Compostela, 1982, 4.
6 JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes, Jueves Santo 1999.
7 Cf. Hechos 5,15.
8 JUAN PABLO II, Tríptico romano, Poemas, Murcia, Universidad
Católica de San Antonio, 2003, pg. 41.
9 JUAN PABLO II, Don y misterio, en el quincuagésimo aniversario
de mi sacerdocio, Madrid, BAC, 1996, pg. 117 |