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MENSAJE AL PUEBLO DE DIOS
"...Estén siempre dispuestos a dar respuesta
a todo el que les pida razón de su esperanza"
(1Pe 3, 15)
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Los Obispos, reunidos en la LXXV
Asamblea en un ambiente de reflexión y oración,
nos dirigimos al Pueblo de Dios en Bolivia, para compartir la
esperanza que nos anima y que nace de la promesa de Jesús:
"Yo estaré con ustedes todos los días hasta
el fin del mundo" (Mt 28,20).
Jesucristo fuente de la misericordia y de la esperanza
La liturgia del Adviento ya cercano, que nos prepara a la Navidad,
nos recuerda que la liberación prometida por los Profetas
en el Antiguo Testamento llegó en Jesús por unos
caminos muy distintos de los que esperaba Israel. Él inaugura
el Reino de Dios, que colma la esperanza del pueblo, anunciándolo
con sus palabras y cumpliéndolo en su vida: Reino en el
que Dios, su Padre, lo es todo en todos; y Reino en el que los
valores, que rigen las relaciones entre los hombres, quedan cambiados,
pues la identificación de Jesús con la voluntad
del Padre le hace imagen viviente de la misericordia, pidiendo
a sus hermanos sean misericordiosos como el Padre es misericordioso
(cfr. Lc 6, 36).
Jesús expresa la misericordia en la proclamación
de las bienaventuranzas y la vive en plenitud: Los pobres son
felices porque él es Buena Nueva para ellos. Sana a los
enfermos, limpia a los leprosos, levanta a los paralíticos,
perdona a los pecadores, come con ellos y se deja lavar los pies
por una mujer pecadora. Su misericordia le mueve a compadecerse
de las multitudes que andaban descarriadas como ovejas sin pastor,
dedicando tiempo a la enseñanza a pesar de su cansancio
e invitando a compartir aún de lo poco que se tiene, con
la lección de que la solidaridad es fuente de abundancia
para todos.
Los signos de esperanza que realiza Jesús autentifican
su misión: "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos
quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia
a los pobres la Buena Noticia" (Lc 7, 22).
La realidad que nos interpela
En diversas ocasiones nos hemos hecho eco de las angustias, sufrimientos
y opresiones que experimenta nuestro pueblo. Señalamos
algunos: la escandalosa desigualdad entre los que despilfarran
y aquellos que no tienen lo indispensable para vivir, el creciente
desempleo, la injusta distribución de la tierra, las graves
limitaciones de la educación, la falta de respeto a la
vida humana - violaciones, abortos, asesinatos, linchamientos...-,
la corrupción generalizada - despidos injustificados, contrataciones
sin calificación de méritos, aumento de la burocracia,
sueldos desmesurados, mala utilización de los recursos
de la condonación de la deuda externa, imposibilidad de
ejercer eficientemente el control social
-, la inseguridad
ciudadana, la violencia creciente y la disgregación familiar.
Las causas de los males que sufrimos son las mismas que en tiempos
de Jesús: Le decimos no a Dios, no queremos cumplir su
voluntad en nuestra vida personal y en la convivencia social.
Adoramos a los ídolos de todos los tiempos: poseer, placer
y poder. No reconocemos que Dios es el único dueño
del universo y nos apropiamos egoístamente de las cosas
de este mundo excluyendo injustamente a los demás.
Demos razón de nuestra esperanza
Frente a tal situación, a menudo nos dejamos llevar por
la desconfianza, la incomprensión, la intolerancia y el
desánimo, actitudes que paralizan toda iniciativa de solución
de los problemas.
En cambio, deberíamos asumir la actitud de la gente que
acudía a Juan el Bautista preguntando: "¿Qué
debemos hacer?" (Lc. 3,10). La Palabra de Dios nos da la
respuesta: "Cobren ánimo y levanten la cabeza, porque
se acerca su liberación" (Lc 21, 28) y "estén
siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón
de su esperanza" (1Pe 3, 15).
Elevando nuestra mirada a Cristo, sigamos su ejemplo y pongamos
en él nuestra esperanza para salir de la situación
de crisis y estancamiento actuales y demos razón de nuestra
esperanza viviendo la compasión, la misericordia y el amor.
Seamos solidarios con los pobres, los campesinos, los obreros,
las esposas abandonadas, las madres solteras y los niños
sin escuela y desamparados.
Construyamos una patria común con esfuerzo, trabajo, honradez,
sinceridad, justicia y espíritu de conciliación.
Comprometámonos en lograr escuelas fiscales con educación
de calidad, postas médicas que disminuyan los índices
de mortalidad en la población, salarios justos, mejoramiento
de las vías de comunicación, energía eléctrica
que llegue a los alejados, acceso equitativo a la tierra y al
agua y posibilidad de utilizar las manos, la inteligencia y los
recursos para producir bienes que respondan a las necesidades
propias y de la sociedad.
Que se cumplan las promesas electorales, la lucha eficaz contra
la pobreza y la erradicación de la corrupción.
Ante la realidad de la globalización y necesidad de integración
de los países de América, se busque que estos mecanismos
y acuerdos ayuden a superar la pobreza, vencer la corrupción
y servir a la dignidad de la persona humana y al bien común.
Que todos los que conformamos la Iglesia de Dios demos un testimonio
transparente y valiente del Evangelio de la Esperanza. Un signo
concreto de este empeño es asumir e impulsar con gozo y
valentía la puesta en marcha de la Carta Pastoral sobre:
- EL Agua: don de Dios y fuente de vida para todos -, que hemos
elaborado en estos días, tema importante y vital para nuestro
país y el mundo.
Que todos los bolivianos, sin exclusión alguna, pongamos
nuestra confianza en las personas y en las instituciones, seamos
partícipes, activa, confiada y corresponsablemente, del
esfuerzo conjunto por salir de la crisis, dejando a un lado los
partidismos e intereses de grupo y pensando en Bolivia como patria
y hogar común de todos.
A los desconfiados y desanimados, recordamos que Bolivia ha sido
bendecida por Dios con muchos dones. Sería pecado de ingratitud
y negligencia no hacer producir y compartir equitativamente entre
todos las riquezas encerradas en nuestra tierra y nuestro subsuelo,
en nuestros nevados y ríos, en nuestros animales, plantas
y bosques.
Que María, quien esperó con inefable amor de madre
el nacimiento de Jesús, interceda ante él para que
podamos ser testigos de esperanza y amor.
Cochabamba, 20 de Noviembre del 2002
Los Obispos de Bolivia
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