CONCLUSIONES DEL IV CONGRESO
INTERNACIONAL DE BIOÉTICA
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Delegación de medios de comunicación
Obispado de Córdoba
La FIBIP (Federación Inernacional de Bioética
Personalista) ha celebrado en Córdoba, España, su
IVº Congreso Internacional, los días 27 y 28 de octubre
de 2006. Los trabajos congresuales se han centrado en la relación
entre la dignidad de la persona humana y el bien común, desde
la perspectiva de la Bioética.
La humanidad ha ido progresando, con fatiga y contradicciones, en
la capacidad de reconocer y respetar la dignidad humana. Hemos superado
en buena parte la esclavitud y el racismo. Crece en todo el mundo
el rechazo de la pena de muerte, la tortura y la guerra. Aumenta
la sensibilidad en relación a la protección de los
niños, la igualdad de todos los seres humanos, la protección
del medio ambiente, etc.
Sin embargo, nos quedan todavía algunas tareas pendientes
y urgentes.
Reflexionando sobre el bien común, notamos que en nuestra
cultura parece cada vez más difícil saber qué
es el bien y más arduo comprometerse para que éste
sea común. El relativismo moral que trata de imponerse y
la actual incertidumbre sobre los fundamentos de la dignidad humana,
obscurecen la comprensión del bien verdaderamente humano.
El individualismo y el hedonismo encierran a cada uno en sus propios
intereses, dificultando la búsqueda generosa de los intereses
comunes.
La Bioética, en cuanto disciplina que se ocupa de los problemas
que atañen a la vida y la salud de las personas, puede y
debe ofrecer una contribución importante en el progreso humano.
Quienes cultivamos la “Bioética Personalista”
estamos convencidos de que este enfoque es fudamental para la promoción
del verdadero bien común.
En efecto, el bien común no es sino el conjunto de condiciones
sociales, culturales y estructurales que favorecen la realización
y el perfeccionamiento de cada una de las personas que forman parte
de la comunidad. Por lo tanto, no es posible favorecer, o siquiera
respetar, el bien común, sin poner en el centro de los intereses,
preocupaciones y decisiones de todos y especialmente de las autoridades
públicas, el valor y la dignidad sublimes de toda persona
humana.
El concepto de la dignidad humana fue el centro inspirador de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada
solemnemente por las Naciones Unidas en 1948. Ha sido también
central en muchas de las constituciones nacionales de las últimas
décadas y sigue siendo, almenos en teoría, el centro
inspirador de leyes, resoluciones, sentencias judiciales, etc. en
todo el mundo.
La persona humana es digna de respeto absoluto, por el mero hecho
de ser persona, es decir, por el hecho de ser un miembro de la familia
humana. La dignidad de la persona no se atribuye, se reconoce; no
se otorga, se respeta.
Está escrita en el interior mismo de todo ser humano: no
depende de su estado de desarrollo, de su salud, de sus cualidades
y capacidades, ni siquiera de sus comportamientos.
Todo ser humano, en cualquier estado y condición, es una
unidad indescrifrable de cuerpo y espíritu, abierto al horizonte
de lo infinito, capaz de interrogarse sobre el sentido último
de su existencia, de trascenderse a sí mismo y hasta de abrirse
al ser infinitamente trascendente de Dios.
Un largo proceso de paulatina “degradación” del
ser humano, ha llevado a muchos a la conclusión de que no
se trata más que de un mamífero algo superior a los
demás seres vivos. A fuerza de considerarnos solamente un
animal más complejo, nos está dando el complejo de
animal. En realidad, el ser humano, todo ser humano, creado a imagen
y semejanza del Creador, es más
parecido a Dios que al mono.
Una de las tareas todavía pendientes en el progresivo reconocimiento
de la dignidad humana es el rechazo de la distinción discriminatoria
entre los seres humanos ya nacidos y los todavía por nacer.
Se trata de una de las últimas fronteras en la conquista
progresiva del respeto de la dignidad humana.
Teniendo esto en cuenta, la promoción del bien común
en el ámbito específico de la bioética, significa
por ejemplo favorecer la investigación y el progreso biomédico,
respetando a todos los seres humanos implicados.
En la investigación y aplicación terapéutica
de las células troncales, se debe rechazar la instrumentalización
destructiva de seres humanos en estado embrional. El bien común
elemental exige también que no se falsifique la realidad
científica, haciendo creer a la opinión pública
que las “células troncales embrionales” pueden
ya curar enfermedades. No existe en la actualidad una
sola aplicación clínica con esas céluas, mientras
hay más de 60 aplicaciones terapéuticas con las “células
troncales adultas”, que no implican ningún daño
a seres humanos.
El bien común exige también que la investigación
biomédica y farmacéutica, tenga en cuenta sobre todo
las más graves y urgentes necesidades médicas de la
población.
El verdadero sentido del bien común ensancha sus horizontes
también más allá de las fronteras nacionales.
Se ha de favorecer el progreso médico en los países
en vías de desarrollo, sin imponerles políticas sanitaras
contrarias a sus culturas y a sus verdaderas necesidades.
La FIBIP renueva hoy su compromiso en favor del bien común,
centrado en el bien de cada persona humana, e invita a la comunidad
social y especialmente a los responsables de la cosa pública
a hacer propio este compromiso.
Córdoba, 28 de octubre de 2006
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