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Nota de Prensa - Conferencia Episcopal
Española
Ante la discusión parlamentaria de una Ley injusta
sobre el matrimonio
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Madrid, 21 de abril de 2005
El Congreso de los Diputados ha puesto hoy a discusión
una Ley que desfigura la institución del matrimonio en algo
tan elemental como es su constitución por un hombre y una
mujer. Se trataría por tanto de una Ley radicalmente injusta
y perjudicial para el bien común. Se recuerda la Nota emitida
en su día por el Comité Ejecutivo de la Conferencia
Episcopal a este respecto bajo el título de En favor del
verdadero matrimonio.
2. Las personas homosexuales, como todos, están
dotadas de la dignidad inalienable que corresponde a cada ser humano.
No es en modo alguno aceptable que se las menosprecie, maltrate
o discrimine. Es evidente que, en cuanto personas, tienen en la
sociedad los mismos derechos que cualquier ciudadano y, en cuanto
cristianos, están llamados a participar en la vida y en la
misión de la Iglesia. Condenamos una vez más las expresiones
o los comportamientos que lesionan la dignidad de estas personas
y sus derechos; y llamamos de nuevo a los católicos a respetarlas
y a acogerlas como corresponde a una caridad verdadera y coherente.
3. Con todo, ante la inusitada innovación
legal anunciada, tenemos el deber de recordar también algo
tan obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído
más que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón.
A dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho
a contraer matrimonio entre ellas. El Estado, por su parte, no puede
reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo
arbitrario que excede sus capacidades y que dañará,
sin duda muy seriamente, el bien común. Las razones que avalan
estas proposiciones son de orden antropológico, social y
jurídico.
4. a) Los significados unitivo y procreativo de
la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica
de la diferencia sexual y de la vocación al amor que nace
de ella, abierta a la fecundidad. Este conjunto de significados
personales hace de la unión corporal del varón y de
la mujer en el matrimonio la expresión de un amor por el
que se entregan mutuamente de tal modo, que esa donación
recíproca llega a constituir una auténtica comunión
de personas, la cual, al tiempo que plenifica sus existencias, es
el lugar digno para la acogida de nuevas vidas personales. En cambio,
las relaciones homosexuales, al no expresar el valor antropológico
de la diferencia sexual, no realizan la complementariedad de los
sexos, ni pueden engendrar nuevos hijos. (…)
El bien superior de los niños exige, por supuesto, que no
sean encargados a los laboratorios, pero tampoco adoptados por uniones
de personas del mismo sexo. No podrán encontrar en estas
uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio,
el único ámbito donde, como Juan Pablo II recordó
al Embajador de España ante la Santa Sede, las palabras padre
y madre pueden “decirse con gozo y sin engaño”.
No hay razones antropológicas ni éticas que permitan
hacer experimentos con algo tan fundamental como es el derecho de
los niños a conocer a su padre y a su madre y a vivir con
ellos, o, en su caso, a contar al menos con un padre y una madre
adoptivos, capaces de representar la polaridad sexual conyugal.
La figura del padre y de la madre es fundamental para la neta identificación
sexual de la persona. Ningún estudio ha puesto fehacientemente
en cuestión estas evidencias.
b) La relevancia del único verdadero matrimonio
para la vida de los pueblos es tal, que difícilmente se pueden
encontrar razones sociales más poderosas que las que obligan
al Estado a su reconocimiento, tutela y promoción. Se trata,
en efecto, de una institución más primordial que el
Estado mismo, inscrita en la naturaleza de la persona como ser social.
La historia universal lo confirma: ninguna sociedad ha dado a las
relaciones homosexuales el reconocimiento jurídico de la
institución matrimonial.
El matrimonio, en cuanto expresión institucional
del amor de los cónyuges, que se realizan a sí mismos
como personas y que engendran y educan a sus hijos, es la base insustituible
del crecimiento y de la estabilidad de la sociedad. No puede haber
verdadera justicia y solidaridad si las familias, basadas en el
matrimonio, se debilitan como hogar de ciudadanos de humanidad bien
formada.
Si el Estado procede a dar curso legal a un supuesto
matrimonio entre personas del mismo sexo, la institución
matrimonial quedará seriamente afectada. Fabricar moneda
falsa es devaluar la moneda verdadera y poner en peligro todo el
sistema económico. De igual manera, equiparar las uniones
homosexuales a los verdaderos matrimonios, es introducir un peligroso
factor de disolución de la institución matrimonial
y, con ella, del justo orden social.
Se dice que el Estado tendría la obligación
de eliminar la secular discriminación que los homosexuales
han padecido por no poder acceder al matrimonio. Es, ciertamente,
necesario proteger a los ciudadanos contra toda discriminación
injusta. Pero es igualmente necesario proteger a la sociedad de
las pretensiones injustas de los grupos o de los individuos. No
es justo que dos personas del mismo sexo pretendan casarse. Que
las leyes lo impidan no supone discriminación alguna. En
cambio, sí sería injusto y discriminatorio que el
verdadero matrimonio fuera tratado igual que una unión de
personas del mismo sexo, que ni tiene ni puede tener el mismo significado
social. Conviene notar que, entre otras cosas, la discriminación
del matrimonio en nada ayudará a superar la honda crisis
demográfica que padecemos.
c) Se alegan también razones de tipo jurídico
para la creación de la ficción legal del matrimonio
entre personas del mismo sexo. Se dice que ésta sería
la única forma de evitar que no pudieran disfrutar de ciertos
derechos que les corresponden en cuanto ciudadanos. En realidad,
lo justo es que acudan al derecho común para obtener la tutela
de situaciones jurídicas de interés recíproco.
En cambio, se debe pensar en los efectos de una legislación
que abre la puerta a la idea de que el matrimonio entre un varón
y una mujer sería sólo uno de los matrimonios posibles,
en igualdad de derechos con otros tipos de matrimonio. La influencia
pedagógica sobre las mentes de las personas y las limitaciones,
incluso jurídicas, de sus libertades que podrán suscitarse
serán sin duda muy negativas. ¿Será posible
seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y educando a los hijos
de acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean conculcado
su derecho a hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario
a la razón? ¿No se acabará tratando de imponer
a todos por la pura fuerza de la ley una visión de las cosas
contraria a la verdad del matrimonio?
5. Pensamos, pues, que el reconocimiento jurídico
de las uniones homosexuales y, más aún, su equiparación
con el matrimonio, constituiría un error y una injusticia
de muy negativas consecuencias para el bien común y el futuro
de la sociedad. Naturalmente, sólo la autoridad legítima
tiene la potestad de establecer las normas para la regulación
de la vida social. Pero también es evidente que todos podemos
y debemos colaborar con la exposición de las ideas y con
el ejercicio de actuaciones razonables a que tales normas respondan
a los principios de la justicia y contribuyan realmente a la consecución
del bien común. Invitamos, pues, a todos, en especial a los
católicos, a hacer todo lo que legítimamente se encuentre
en sus manos en nuestro sistema democrático para que las
leyes de nuestro País resulten favorables al único
verdadero matrimonio. En particular, ante la situación en
la que nos encontramos, “el parlamentario católico
tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su
desacuerdo y votar contra el proyecto de ley” que pretenda
legalizar las uniones homosexuales.
6. La institución matrimonial, con toda
la belleza propia del verdadero amor humano, fuerte y fértil,
también en medio de sus fragilidades, es muy estimada por
todos los pueblos. Es una realidad humana que responde al plan creador
de Dios y que, para los bautizados, es sacramento de la gracia de
Cristo, el esposo fiel que ha dado su vida por la Iglesia, haciendo
de ella una madre feliz y fecunda de muchos hijos. Precisamente
por eso, la Iglesia reconoce el valor sagrado de todo matrimonio
verdadero, también del que contraen quienes no profesan nuestra
fe. Junto con muchas personas de ideologías y de culturas
muy diversas, estamos empeñados en fortalecer la institución
matrimonial, ante todo, ofreciendo a los jóvenes ejemplos
que seguir e impulsos que secundar. En este proyecto de una civilización
del amor las personas homosexuales serán respetadas y acogidas
con amor. |