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Conclusiones del primer Congreso Eucarístico
Internacional Universitario
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1. Confesamos que en el Misterio de la Eucaristía,
que nos asombra, nos conmueve y nos invita a la acción de
gracias, se nos ofrece el don inmenso y gratuito del amor de la
Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo.
2. La Persona viva de Jesucristo, el Hijo de Dios Crucificado y
Resucitado, que dio su vida por nosotros, se hace real y verdaderamente
presente en la Eucaristía, con su Cuerpo y con su Sangre,
y se ofrece a nosotros para hacernos su Iglesia.
3. En la adoración de la Eucaristía reconocemos la
presencia de aquel que se entrega por nosotros, nos comunica su
vida y nos invita a identificarnos con sus mismos sentimientos.
Contemplando el rostro de Cristo en la Eucaristía aprendemos
a servirlo también en nuestros hermanos.
4. Para el hombre y la mujer de nuestro tiempo, hambrientos consciente
o inconscientemente de felicidad imperecedera, el Congreso ha destacado
que Jesucristo, en la Eucaristía, es Pan vivo bajado del
cielo que suscita y sacia nuestros deseos de verdad y de vida, de
belleza y de gozo.
5. Por eso, no podemos dejar de celebrar la Eucaristía,
Misterio por excelencia de nuestra fe, memorial de la Pascua del
Señor, banquete de comunión, sacramento de piedad,
signo de unidad y vínculo de caridad. El mandato del Señor
a los apóstoles «haced esto en conmemoración
mía» se realiza por medio de los obispos y de los presbíteros,
que actúan en el nombre y en la persona de Cristo. De ahí
que, en un momento en que la escasez de vocaciones al ministerio
sacerdotal hace sufrir a no pocas Iglesias, pedimos al Señor
de la mies mande obreros a ella y suscite en los jóvenes
la fidelidad a la vocación sacerdotal recibida.
6. Expresión elocuente de esta presencia eucarística
de Cristo en su Iglesia para la salvación del mundo es su
celebración en el domingo, día del Señor. La
Eucaristía, Pascua semanal, al asumir el trabajo, el sufrimiento,
el gozo y las esperanzas de cada día, los convierte en sacrificio
espiritual agradable al Padre.
7. La Eucaristía, Memorial del Paso del Señor de
la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, de la tristeza
a la alegría, es fuente y fuerza de transformación
de la vida de los cristianos, del mundo y de las realidades sociales.
8. Como este Congreso ha puesto de relieve, las tareas propias
de una Universidad Católica encuentran su centro iluminador
y propulsor en Cristo, Sabiduría del Padre, Alfa y Omega
de la Creación. La luz, la verdad y la vida que brotan de
la presencia real del Señor en la Eucaristía, sanan
y elevan la mente, el corazón y la actividad de los cristianos
que viven y trabajan en medio de las realidades temporales.
9. La Eucaristía, donación total, amorosa y gratuita
de Jesucristo, que destierra el odio, el egoísmo y la violencia,
origina una nueva cultura, una «cultura eucarística»,
que pone a Dios en el centro de la existencia y lo reconoce con
gratitud como principio y fin de todas las cosas. Esta cultura engendra
el respeto de la vida humana, el reconocimiento de la dignidad inalienable
de cada uno de nuestros prójimos y el cuidado de la creación.
Nuestra vida se torna así donación y entrega, manifestadas
en un sincero amor fraterno y en un serio compromiso por la paz,
la justicia y la reconciliación universal en Cristo.
10. El Congreso ha recordado una vez más que la santidad
de la Eucaristía exige previamente la reconciliación
con Dios y con los hermanos. Esta reconciliación se obtiene
de manera ordinaria en el sacramento de la Penitencia, que nos prepara
para recibir digna y fructuosamente la santa comunión.
11. La celebración de la Eucaristía, al hacernos
partícipes de la vida y de la misión de Cristo muerto
y resucitado, nos urge a todos, pastores y fieles, como a los discípulos
de Emaús, a ser sus testigos y apóstoles de su Reino.
12. Frente a un mundo cerrado sobre sí mismo, atento sólo
a lo inmediato y efímero, que fácilmente sucumbe ante
el sufrimiento y la muerte, la Eucaristía es promesa de resurrección
y prenda de felicidad plena y eterna. |