Alocución del cardenal arzobispo de Madrid,
monseñor Antonio María Rouco Varela - 12/06/2005
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La Familia sí importa, en
la hora más crítica de su historia
Mis queridos hermanos y amigos:
La familia sí importa. Importa tanto que de su estabilidad
y prosperidad depende decisivamente el bien y la salvación
de la persona y de toda la sociedad. La verdad de esta afirmación,
que se encuentra en el centro mismo de la visión cristiana
del hombre y de su destino, se puede comprobar una y otra vez a
través de la experiencia de la vida. No hay en toda la historia
de la humanidad ninguna civilización ni ninguna cultura pensadas
y construidas socialmente al margen de la familia, nacida y estructurada
en torno a la unión firme y estable del hombre y la mujer.
Ni se da tampoco una opción real de poder vivir la propia
condición personal del ser humano ¡de nacer, de ser
criado y educado dignamente! al margen del padre y de la madre y
de ese ámbito primero y fundante de relación y comunidad
que se establece entre ellos y con ellos. Todos lo sabemos por las
vivencias más hondas y entrañables que han ido configurando
lo más valioso, irrenunciable y determinante de nuestra propia
existencia. Nuestros padres nos han dado la vida en un sentido que
va mucho más allá de lo puramente biológico;
nos han enseñado las primeras lecciones del amor gratuito...
¡del verdadero amor! Nos han integrado en esa fórmula
originaria y básica de sociedad y de comunión que
se entreteje con las relaciones de la paternidad y maternidad, de
la filiación y la fraternidad, absolutamente imprescindibles
para que luego la gran sociedad y la comunidad política puedan
constituirse y desarrollarse en justicia, solidaridad y paz. Y,
cuando por causas, achacables o no a la responsabilidad de los padres
y/o de los hijos, queda perturbada con mayor o menor gravedad la
situación normal de la familia, y aunque sea mucho el dolor
y los sufrimientos que de estas quiebras familiares o de las crisis
matrimoniales puedan derivarse, a nadie se le ocurre pensar que
pueda haber otras alternativas para enderezar de nuevo el camino
de la vida por las sendas del verdadero bien de la persona y de
los suyos que las de la recuperación de una sana relación
familiar.
No nos puede extrañar que sea así. El matrimonio
y la familia son realidades que están enraizadas en la misma
naturaleza del hombre: pertenecen a la esencia y estructura fundamental
de su ser. No pueden, por tanto, ser modificadas, cambiadas a su
arbitrio o manipuladas por ningún poder humano. Es más,
tienen como autor a Dios. El Concilio Vaticano II expresaba esta
verdad con nueva e iluminadora claridad: “El mismo Dios es
el autor del matrimonio, al que ha dotado con varios bienes y fines,
todo lo cual es sumamente importante para la continuación
del género humano, para el provecho personal y la suerte
eterna de cada miembro de la familia, para la dignidad, estabilidad,
paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana.
Por su propio carácter natural, la institución misma
del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación
y educación de la prole y con ellas ser coronados como su
culminación” (GS 48). Ciertamente la realización
de la forma propia del matrimonio y de la familia como fue establecida
desde “el principio” y en “el principio”
de su ser y de su historia por Dios está afectada por la
herida del pecado y la fragilidad consiguiente de la libertad humana.
El Evangelio muestra inequívocamente cómo el Señor
restablece la plenitud de la vigencia de la Ley de Dios sobre el
matrimonio y la familia, acogiéndola sacramentalmente en
el Misterio inefable de su amor esponsal a la Iglesia. Pero, en
cualquier caso, se haya llegado o no a alcanzar el umbral de la
fe, lo que no pude aceptarse es la pretensión de querer reducir
el matrimonio y la familia a un mero “producto cultural”
susceptible de ser vivido y regulado como se le antoje a cada uno
o a las corrientes y poderes más influyentes de la sociedad,
prescindiendo e, incluso, yendo en contra de lo que está
marcado por la estructura fundamental del ser humano. Si es la misma
autoridad pública, el Estado, el que se dispone a establecer
en el ordenamiento jurídico una fórmula que niega
la esencia misma del matrimonio, el daño que se causaría
al bien de la verdadera familia, a los hijos y a toda la sociedad
sería incalculable: ¡el bien común en lo más
esencial de si mismo quedaría gravísimamente herido!
¿Cómo no va pues a reaccionar la conciencia cristiana
y la de toda persona de buen criterio con los recursos propios de
una sociedad libre y democrática ante intentos legislativos
de esta naturaleza como los que están tramitándose
en estos momentos en España? Se trata en el fondo de asumir
el deber de la responsable participación ciudadana en la
formación de la opinión pública y en la toma
de decisiones que importan y comprometen gravemente el bien de todos.
Sí, la familia importa... y mucho. En ella, en su bien y
prosperidad material y espiritual, nos va el futuro: el futuro de
la sociedad española y de Europa. ¿O es que no se
quieren ver los estragos ya cansados en las últimas décadas
en el tejido social ?sobre todo, en el mundo juvenil? de las sociedades
europeas por las legislaciones divorcistas, abortistas y antifamiliares?
Al cuidado maternal de la Virgen Santísima, nuestra Señora
de La Almudena, encomendamos a todas las familias de Madrid y de
España, especialmente a los jóvenes matrimonios. Nuestra
oración y nuestro aliento acompañan también
a todos aquellos grupos e instituciones entregados lúcida
y generosamente a la defensa y promoción pública del
verdadero matrimonio y de la familia en España en unas circunstancias
tan críticas y decisivas para su futuro. Su esfuerzo y sacrificio
no serán en vano.
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