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Para los más pequeños
Llamados a compartir los Frutos de la paz
Por Monseñor Francisco Pérez
Obispo de Osma-Soria y Director de OMP

Un año más la Jornada de la Infancia Misionera: siempre con nuevo empuje, con nuevo entusiasmo, con nuevo lema. El de este año es: "COMPARTE LOS FRUTOS DE LA PAZ", es decir, comunica a los demás los frutos de la paz que tú tienes. Y ¿cuáles son esos frutos? La paz lleva consigo alegría, esperanza, fraternidad, entusiasmo, optimismo, amor, deseos de hacer el bien, cultura, progreso... La paz, en efecto, es uno de los mayores dones que Dios puede dar a la humanidad. Se comprende mejor lo que es la paz cuando falta. La paz produce frutos en abundancia, tanto espirituales como materiales.
¿Pero es que faltan en nuestro mundo esos frutos de la paz? Ciertamente. Basta leer o ver las noticias que nos ofrecen los Medios de Comunicación para deducir inmediatamente que no estamos en el mejor de los mundos, y que falta la paz en muchos lugares de la tierra. Guerras, deportaciones, actos terroristas, cárceles, injusticias, desconfianzas, emigración, hambre, sufrimientos, incultura, niños soldados, retroceso económico... son signos que manifiestan claramente que no hay paz. Y siempre los que más sufren son los débiles, los pequeños, los niños, los ancianos, los enfermos, los pobres...
¿Qué hacer ante estos tristes hechos indignos de seres racionales, de personas que tienen como lo más constitutivo amar, hacer el bien, vivir en paz? ¿Qué es lo que el Espíritu nos sugiere a los cristianos y a tantos hombres de buena voluntad? Aquí habría que recordar el lema de la Jornada: "Comparte los frutos de la paz", haz a los demás partícipes de los dones que se te han entregado, comunica a los demás la paz, el amor, la cultura, la alegría, los avances tecnológicos y sanitarios que poseas... El Concilio Vaticano II, al tratar de la auténtica noción de la paz, después de condenar la crueldad de la guerra, hace "un ardiente llamamiento a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor y a aportar los medios de la paz" (GS 73).
La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es principalmente llevar la paz a todos los hombres. Cuando vino el Señor al mundo los ángeles cantaban: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor" (Lc 2,14). Y, al enviar a los apóstoles a evangelizar les dice Jesús: "En la casa en que entréis, decid primero: "Paz a esta casa"" (Lc 10,5). Y, momentos antes de ser glorificado, dirá solemnemente a los suyos: "Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo" (Jn 14,27). En efecto, Cristo ha venido al mundo para que todos gocemos del bien inefable de la paz, de la paz verdadera que procede de Dios. En estas frases de evangelio podemos encontrar un estilo nuevo de vida y bueno será que nos las recordemos.
La misión de la Iglesia es llevar la paz, pero, para ello, ha de fijarse en Cristo, ya que sembrar la paz siempre lleva consigo esfuerzo y negación, desprecios, incomprensiones, incluso la misma muerte. Los cristianos han de trabajar y colaborar con los demás hombres en la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales, cuidando especialmente la educación de los niños y de los adolescentes por medio de las escuelas de todo género, que hay que considerar no sólo como medio excelente para formar y atender a la juventud cristiana, sino como servicio de gran valor a los hombres, sobre todo de las naciones en vías de desarrollo, para elevar la dignidad humana y para preparar unas condiciones de vida más favorables.
Los fieles cristianos y entre ellos también los niños han de tomar parte en los esfuerzos de aquellos pueblos que, luchando contra el hambre, la ignorancia y las enfermedades, se esfuerzan en conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar la paz en el mundo. Vosotros niños sois los que mejor nos lo podéis recordar puesto que en vuestra inocencia nos mostráis lo más hermoso que hay en el corazón de los seres humanos. La Infancia Misionera os propone un camino que nace del mismo amor que nos trajo Jesucristo. Es bueno que os asociéis en vuestras parroquias, en vuestros colegios, en vuestras pandillas para promover como hacía aquel niño -de un pueblo- que todos los días se reunía con otros amigos y se comprometían para vivir la Palabra de Jesús: "Mi paz os dejo, mi paz os doy". Durante el día se lo recordaban y así en ellos fue creciendo la amistad, la ayuda mutua, estudiar con ilusión, escuchar con atención a los profesores, preocuparse de los niños inmigrantes y pobres, vivir con alegría el encuentro con Jesús en la Misa dominical, solidarizarse económicamente con los más pobres (para ello hacían una tómbola en la parroquia y otros en el colegio).
Si queremos conseguir los frutos de la paz hemos de unirnos todos para cooperar prudentemente con los trabajos emprendidos por instituciones privadas y públicas, por los gobiernos, por los organismos internacionales, por diversas comunidades cristianas y por las religiones no cristianas. Todos estamos llamados a ser promotores de paz y dejar que crezcan los frutos de la paz.

Poner en práctica el Amor fraterno
Por Monseñor Francisco Pérez
Obispo de Osma-Soria y Director de OMP

Sabemos bien que el odio sólo se vence con el amor y que la mejor forma de comunicarse con los otros es el amor. El amor todo lo vence. Estas palabras que son válidas para cada uno de nosotros y para cada hombre de buena voluntad: "No devolváis a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres. (Rom 12, 17-21).

El respeto a la cultura, religión e ideología de los demás

Enseña el Concilio Vaticano II que es absolutamente necesario respetar a los demás hombres y pueblos, tanto en su dignidad como en ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es fruto del amor, que sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar... La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad, se unan con los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.

Buscar la Justicia

El Concilio Vaticano II que trató tan profundamente este tema, enseñó solemnemente que la paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia. Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo.

Necesidad de ser solidarios

Para que la paz y sus frutos lleguen a todos los hombres se precisa tener un espíritu de solidaridad, de comunicación de los propios dones, de pensar en los demás. Encerrarse en sí mismos es la forma más manifiesta de empobrecerse a uno mismo. Solidarizarnos con los demás es todo lo contrario a instrumentalizar al ser humano, porque sólo con la solidaridad mundial se pueden afrontar y resolver los enormes y dramáticos problemas de la justicia en el mundo, de la libertad de los pueblos y de la paz de la humanidad.
Fomentar el diálogo y la comunicación entre los hombres

Compartir los frutos de la paz exige fomentar el diálogo y la comunicación entre los hombres. La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el mundo con el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres, se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero.
Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Los lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo. Y esto provocará mayor unidad con los demás. Para que el mundo tenga fe se requiere que aquellos que creen estén unidos. Aquí es donde se fragua el verdadero diálogo y la auténtica comunicación entre los seres humanos.

Necesidad de la oración como compromiso prioritario

Pero para que la paz llegue y produzca abundantes frutos necesitamos de la oración al Señor. Hay que pedir con insistencia a Dios que nos dé fuerzas para perseverar en este nobilísimo intento y llevemos a cabo con fortaleza esta tarea de sumo amor a los hombres. Por las meras fuerzas naturales muy poco podemos, somos débiles y estamos marcados de egoísmo. "Nadie por sus propias fuerzas se libra del pecado; nadie se ve libre de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre, sino que todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, liberador, salvador y vivificador. En realidad, el Evangelio fue el fermento de la libertad y del progreso en la historia humana, incluso temporal, y se presenta como germen de fraternidad, unidad y paz. No carece, pues, de motivo el que los fieles celebren a Cristo como esperanza de las gentes y salvador de ellas" (AG 8).
En el pasado mes de octubre de 2002 el Papa Juan Pablo II escribió una Carta sobre el Santo Rosario. En ella pide que se rece por la paz. Del rezo del Santo Rosario depende en gran modo que venga la paz y produzca sus frutos en el mundo (cf. n.6).

Necesidad de testigos de la paz

No son suficientes las teorías o las buenas intenciones: son necesarios los testigos de la paz, personas inundadas del Espíritu Santo y portadoras de paz y de sus frutos, que, superando egoísmos y razonamientos, marquen sendas de paz y amor. El Papa Juan Pablo II se lo pidió a los jóvenes recientemente: "En la historia han existido y existen hombres y mujeres que, precisamente en cuanto creyentes, se han distinguido como testigos de paz. Con su ejemplo, nos han enseñado que es posible construir puentes para encontrarse y caminar juntos por los senderos de la paz. En ellos queremos inspirarnos con vistas a nuestro compromiso al servicio de la humanidad".
Todos estamos llamados a ser testigos y portadores de esa paz. Y hemos de hacerlo con responsabilidad en el lugar y ambiente donde nos encontremos. Comunicar los frutos de la paz nos llenará de alegría. Jesús nos prometió: "Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9).

 
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