Un año
más la Jornada de la Infancia Misionera: siempre con
nuevo empuje, con nuevo entusiasmo, con nuevo lema. El de este
año es: "COMPARTE LOS FRUTOS DE LA PAZ", es
decir, comunica a los demás los frutos de la paz que
tú tienes. Y ¿cuáles son esos frutos? La
paz lleva consigo alegría, esperanza, fraternidad, entusiasmo,
optimismo, amor, deseos de hacer el bien, cultura, progreso...
La paz, en efecto, es uno de los mayores dones que Dios puede
dar a la humanidad. Se comprende mejor lo que es la paz cuando
falta. La paz produce frutos en abundancia, tanto espirituales
como materiales.
¿Pero es que faltan en nuestro mundo esos frutos de la
paz? Ciertamente. Basta leer o ver las noticias que nos ofrecen
los Medios de Comunicación para deducir inmediatamente
que no estamos en el mejor de los mundos, y que falta la paz
en muchos lugares de la tierra. Guerras, deportaciones, actos
terroristas, cárceles, injusticias, desconfianzas, emigración,
hambre, sufrimientos, incultura, niños soldados, retroceso
económico... son signos que manifiestan claramente que
no hay paz. Y siempre los que más sufren son los débiles,
los pequeños, los niños, los ancianos, los enfermos,
los pobres...
¿Qué hacer ante estos tristes hechos indignos
de seres racionales, de personas que tienen como lo más
constitutivo amar, hacer el bien, vivir en paz? ¿Qué
es lo que el Espíritu nos sugiere a los cristianos y
a tantos hombres de buena voluntad? Aquí habría
que recordar el lema de la Jornada: "Comparte los frutos
de la paz", haz a los demás partícipes de
los dones que se te han entregado, comunica a los demás
la paz, el amor, la cultura, la alegría, los avances
tecnológicos y sanitarios que poseas... El Concilio Vaticano
II, al tratar de la auténtica noción de la paz,
después de condenar la crueldad de la guerra, hace "un
ardiente llamamiento a los cristianos para que con el auxilio
de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos los hombres a
cimentar la paz en la justicia y el amor y a aportar los medios
de la paz" (GS 73).
La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es principalmente
llevar la paz a todos los hombres. Cuando vino el Señor
al mundo los ángeles cantaban: "Gloria a Dios en
las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor"
(Lc 2,14). Y, al enviar a los apóstoles a evangelizar
les dice Jesús: "En la casa en que entréis,
decid primero: "Paz a esta casa"" (Lc 10,5).
Y, momentos antes de ser glorificado, dirá solemnemente
a los suyos: "Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy
como la da el mundo" (Jn 14,27). En efecto, Cristo ha venido
al mundo para que todos gocemos del bien inefable de la paz,
de la paz verdadera que procede de Dios. En estas frases de
evangelio podemos encontrar un estilo nuevo de vida y bueno
será que nos las recordemos.
La misión de la Iglesia es llevar la paz, pero, para
ello, ha de fijarse en Cristo, ya que sembrar la paz siempre
lleva consigo esfuerzo y negación, desprecios, incomprensiones,
incluso la misma muerte. Los cristianos han de trabajar y colaborar
con los demás hombres en la recta ordenación de
los asuntos económicos y sociales, cuidando especialmente
la educación de los niños y de los adolescentes
por medio de las escuelas de todo género, que hay que
considerar no sólo como medio excelente para formar y
atender a la juventud cristiana, sino como servicio de gran
valor a los hombres, sobre todo de las naciones en vías
de desarrollo, para elevar la dignidad humana y para preparar
unas condiciones de vida más favorables.
Los fieles cristianos y entre ellos también los niños
han de tomar parte en los esfuerzos de aquellos pueblos que,
luchando contra el hambre, la ignorancia y las enfermedades,
se esfuerzan en conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar
la paz en el mundo. Vosotros niños sois los que mejor
nos lo podéis recordar puesto que en vuestra inocencia
nos mostráis lo más hermoso que hay en el corazón
de los seres humanos. La Infancia Misionera os propone un camino
que nace del mismo amor que nos trajo Jesucristo. Es bueno que
os asociéis en vuestras parroquias, en vuestros colegios,
en vuestras pandillas para promover como hacía aquel
niño -de un pueblo- que todos los días se reunía
con otros amigos y se comprometían para vivir la Palabra
de Jesús: "Mi paz os dejo, mi paz os doy".
Durante el día se lo recordaban y así en ellos
fue creciendo la amistad, la ayuda mutua, estudiar con ilusión,
escuchar con atención a los profesores, preocuparse de
los niños inmigrantes y pobres, vivir con alegría
el encuentro con Jesús en la Misa dominical, solidarizarse
económicamente con los más pobres (para ello hacían
una tómbola en la parroquia y otros en el colegio).
Si queremos conseguir los frutos de la paz hemos de unirnos
todos para cooperar prudentemente con los trabajos emprendidos
por instituciones privadas y públicas, por los gobiernos,
por los organismos internacionales, por diversas comunidades
cristianas y por las religiones no cristianas. Todos estamos
llamados a ser promotores de paz y dejar que crezcan los frutos
de la paz.
Poner en práctica el Amor fraterno
Por Monseñor Francisco Pérez
Obispo de Osma-Soria y Director de OMP
Sabemos bien que el odio sólo se vence con el amor y
que la mejor forma de comunicarse con los otros es el amor.
El amor todo lo vence. Estas palabras que son válidas
para cada uno de nosotros y para cada hombre de buena voluntad:
"No devolváis a nadie mal por mal; procurando el
bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de vosotros
dependa, estad en paz con todos los hombres. (Rom 12, 17-21).
El respeto a la cultura, religión e ideología
de los demás
Enseña el Concilio Vaticano II que es absolutamente
necesario respetar a los demás hombres y pueblos, tanto
en su dignidad como en ejercicio de la fraternidad en orden
a construir la paz. Así, la paz es fruto del amor, que
sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar... La paz sobre
la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto
de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. Por lo cual,
se llama insistentemente la atención de todos los cristianos
para que, viviendo con sinceridad en la caridad, se unan con
los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer
la paz.
Buscar la Justicia
El Concilio Vaticano II que trató tan profundamente este
tema, enseñó solemnemente que la paz no es la
mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio
de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía
despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se
llama obra de la justicia. Es el fruto del orden plantado en
la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres,
sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de
llevar a cabo.
Necesidad de ser solidarios
Para que la paz y sus frutos lleguen a todos los hombres se
precisa tener un espíritu de solidaridad, de comunicación
de los propios dones, de pensar en los demás. Encerrarse
en sí mismos es la forma más manifiesta de empobrecerse
a uno mismo. Solidarizarnos con los demás es todo lo
contrario a instrumentalizar al ser humano, porque sólo
con la solidaridad mundial se pueden afrontar y resolver los
enormes y dramáticos problemas de la justicia en el mundo,
de la libertad de los pueblos y de la paz de la humanidad.
Fomentar el diálogo y la comunicación entre los
hombres
Compartir los frutos de la paz exige fomentar el diálogo
y la comunicación entre los hombres. La Iglesia, en virtud
de la misión que tiene de iluminar a todo el mundo con
el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu
a todos los hombres, se convierte en señal de la fraternidad
que permite y consolida el diálogo sincero.
Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno
de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo
todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad
siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran
el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los
demás fieles. Los lazos de unión de los fieles
son mucho más fuertes que los motivos de división
entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso,
caridad en todo. Y esto provocará mayor unidad con los
demás. Para que el mundo tenga fe se requiere que aquellos
que creen estén unidos. Aquí es donde se fragua
el verdadero diálogo y la auténtica comunicación
entre los seres humanos.
Necesidad de la oración como compromiso prioritario
Pero para que la paz llegue y produzca abundantes frutos necesitamos
de la oración al Señor. Hay que pedir con insistencia
a Dios que nos dé fuerzas para perseverar en este nobilísimo
intento y llevemos a cabo con fortaleza esta tarea de sumo amor
a los hombres. Por las meras fuerzas naturales muy poco podemos,
somos débiles y estamos marcados de egoísmo. "Nadie
por sus propias fuerzas se libra del pecado; nadie se ve libre
de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre, sino que
todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, liberador,
salvador y vivificador. En realidad, el Evangelio fue el fermento
de la libertad y del progreso en la historia humana, incluso
temporal, y se presenta como germen de fraternidad, unidad y
paz. No carece, pues, de motivo el que los fieles celebren a
Cristo como esperanza de las gentes y salvador de ellas"
(AG 8).
En el pasado mes de octubre de 2002 el Papa Juan Pablo II escribió
una Carta sobre el Santo Rosario. En ella pide que se rece por
la paz. Del rezo del Santo Rosario depende en gran modo que
venga la paz y produzca sus frutos en el mundo (cf. n.6).
Necesidad de testigos de la paz
No son suficientes las teorías o las buenas intenciones:
son necesarios los testigos de la paz, personas inundadas del
Espíritu Santo y portadoras de paz y de sus frutos, que,
superando egoísmos y razonamientos, marquen sendas de
paz y amor. El Papa Juan Pablo II se lo pidió a los jóvenes
recientemente: "En la historia han existido y existen hombres
y mujeres que, precisamente en cuanto creyentes, se han distinguido
como testigos de paz. Con su ejemplo, nos han enseñado
que es posible construir puentes para encontrarse y caminar
juntos por los senderos de la paz. En ellos queremos inspirarnos
con vistas a nuestro compromiso al servicio de la humanidad".
Todos estamos llamados a ser testigos y portadores de esa paz.
Y hemos de hacerlo con responsabilidad en el lugar y ambiente
donde nos encontremos. Comunicar los frutos de la paz nos llenará
de alegría. Jesús nos prometió: "Dichosos
los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados
hijos de Dios" (Mt 5,9).