Introducción
Al iniciar nuestra reflexión hemos de decir que, en cierto
modo, toda la NMI rezuma misión, está toda ella
penetrada de matiz misionero. Creemos que toda la NMI está
escrita en óptica misionera, es decir, trata de anunciar
a Jesucristo salvador, para que todos los hombres alcancen su
amor y misericordia, llegue el Reino de Dios lo más presto
posible y la humanidad encuentre su plenitud en Cristo.
Los puntos que el Papa propone en su Carta como fundamentales
para la acción pastoral de la Iglesia son totalmente válidos,
aplicables y necesarios para toda acción misionera dentro
(nueva evangelización y trabajo pastoral interno) o fuera
de la Iglesia (misión ad gentes). Hoy día, ante
la situación de descristianización y secularismo,
el mensaje de Cristo necesita ser propuesto a la mayor parte de
los hombres, estén o no bautizados. En otros términos,
lo que propone el Papa Juan Pablo II en la NMI tiene una finalidad
misionera válida para nuestras comunidades cristianas y
para las personas y grupos que aún no conocen a Jesucristo.
Nosotros lógicamente subrayaremos este segundo aspecto
de la misión "ad gentes", pero, en el contexto
histórico actual, -insistimos- lo que se diga en un sentido
tiene validez para el otro, máxime teniendo en cuenta la
naturaleza misionera de la Iglesia.
La NMI va en la línea de la Redemptoris Missio. Los puntos
fundamentales de la RM vuelven a aparecer en la NMI, aportando
ciertos matices de acuerdo a la situación actual de la
Iglesia y de la humanidad. Estamos en unas circunstancias muy
especiales y bien conviene escuchar lo que decía Pablo
VI: “La Iglesia tiene necesidad de un perenne Pentecostés,
necesita fuego en el corazón, palabra en los labios, profecía
en la mirada”.
1. LA IGLESIA ES INVITADA A REMAR MAR ADENTRO EN SU ACCIÓN
MISIONERA.
La esperanza de los cristianos es el motor del futuro. La esperanza
teologal, que crece como confianza en las promesas de Dios, a
veces se purifica en la espera. Según Juan Pablo II la
misión sigue siendo una tarea actual de la Iglesia. Los
hombres necesitan el amor y la misericordia de Dios. El hombre
sin Dios no es hombre. Evangelizar a la humanidad es el mejor
servicio que se le puede prestar. La misión está
casi por estrenar. El Reino de Dios ha de implantarse en todo
el mundo para que los hombres alcancen la felicidad en la amistad
con Dios.
En la NMI Juan Pablo II subraya que los hombres desean ver a Jesús,
tienen hambre y sed de Dios, como tierra reseca, agostada, sin
agua (cf. salmo 60). La Iglesia ha de darles a este Cristo, plenitud
de la verdad.
"«Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Esta
petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos
que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación
pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros
oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos
de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás
no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo
« hablar » de Cristo, sino en cierto modo hacérselo
«ver». ¿Y no es quizá cometido de la
Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia
y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones
del nuevo milenio? " (NMI 16)
Este aspecto evangelizador estaba ya en los objetivos del Concilio
y recientemente del Jubileo. La Iglesia era llamada a renovarse
para asumir con nuevo impulso su misión evangelizadora,
porque, antes de evangelizar, se requiere estar evangelizados,
haber sido convertidos por la palabra, los sacramentos, el Espíritu,
la fe. Sólo entonces damos testimonio auténtico
de lo que "hemos visto y oído". Hay que tener,
antes de todo, experiencia de Dios, de su amor manifestado en
Cristo. Y también hay que mirar adelante: no quedarse con
lo pasado, con lo vivido, por muy hermoso que haya sido. Dios
nunca se detiene.
El Concilio y luego el Jubileo pretendieron renovar a la Iglesia
para que asumiera con muevo impulso su misión evangelizadora.
Tenían en el fondo una finalidad evangelizadora.
Así, pues, de acuerdo a los fines del Concilio y del Jubileo,
la NMI pretende recordar a la Iglesia, a cada uno de nosotros,
que es nuestro deber llevar a los hombres a Dios o a Dios a los
hombres, que la misión sigue en pie, que se han logrado
unos objetivos, pero queda mucho terreno por roturar y cultivar
y no hay que desistir en la tarea.
2. CAMINOS POR LOS QUE HA DE DISCURRIR LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
La NMI muestra también los caminos por los que debe realizarse
actualmente la misión de la Iglesia. No es lo mismo una
cosa que otra. La Iglesia no es una ONG. No se trata de evangelizar
como una institución benéfica. El Papa Juan Pablo
II insiste en ciertos elementos que deseamos subrayar, algunos
de los cuales tienen cierta novedad.
a) Necesidad de la contemplación del rostro de Cristo
La evangelización ha de apoyarse en la contemplación
de Cristo: la evangelización no puede olvidar el aspecto
"cristológico". El misionero -y todo cristiano
responsable- es un contemplativo, alguien que no puede menos de
comunicar lo que ha visto y oído. Tiene en cuenta el rostro
de Cristo muerto y resucitado, sabiduría y fuerza de Dios,
sobre el cual ha meditado solícitamente y cuya misión
ha asumido y en cuyo nombre es enviado.
"Nuestro testimonio sería, además, enormemente
deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores
de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más
profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos
el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias
vividas durante este período singular, la mirada se queda
más que nunca fija en el rostro del Señor"
(NMI 16)
El 1 de junio de 2001, en un discurso a cuarenta y cinco participantes
en el XII capítulo general del Pontificio Instituto para
las Misiones Extranjeras (PIME), con motivo de la clausura del
Capítulo y de las celebraciones del 150 aniversario de
la fundación de su Instituto, Juan Pablo les dijo:
"Los días y los siglos transcurren, Cristo es siempre
el mismo, ayer, hoy y siempre. Es el centro de la vida individual
y comunitaria de cuantos a él pertenecen. (...) Si vuestra
intención es replantear el carisma propio de vuestro Instituto
para revitalizarlo, es indispensable (...) partir de la centralidad
de Cristo en la vida comunitaria y en el testimonio personal.
Si se insinuase una 'debilidad cristológica' en vuestra
acción, vuestra obra de evangelización podría
correr el peligro de reducirse a una actividad eminentemente social,
caritativa o de organización pastoral".
b) Necesidad de la santidad y de la espiritualidad: vivencia y
anuncio de la palabra de Dios, la oración y la Eucaristía
La NMI insiste en que la acción pastoral de la Iglesia,
dentro o fuera de sí misma, ha de estar apoyada en la santidad
mediante la práctica de la oración, la Eucaristía,
el sacramento de la Penitencia (la liturgia) y la escucha y obediencia
a la palabra. Se requiere volver al espíritu de los orígenes
de la Iglesia.
"No cabe duda de que esta primacía de la santidad
y de la oración sólo se puede concebir a partir
de una renovada escucha de la palabra de Dios. Desde que el Concilio
Vaticano II ha subrayado el papel preeminente de la palabra de
Dios en la vida de la Iglesia, ciertamente se ha avanzado mucho
en la asidua escucha y en la lectura atenta de la Sagrada Escritura.
Ella ha recibido el honor que le corresponde en la oración
pública de la Iglesia. Tanto las personas individualmente
como las comunidades recurren ya en gran número a la Escritura,
y entre los laicos mismos son muchos quienes se dedican a ella
con la valiosa ayuda de estudios teológicos y bíblicos.
Precisamente con esta atención a la palabra de Dios se
está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización
y la catequesis. Hace falta, queridos hermanos y hermanas, consolidar
y profundizar esta orientación, incluso a través
de la difusión de la Biblia en las familias. Es necesario,
en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un
encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición
de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico
la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia"
(NMI 39).
Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción
misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «
especialistas », sino que acabará por implicar la
responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien
ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo
para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso
apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de
las comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto
debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto
de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que
ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen
los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados
y llevados a su plenitud" (NMI 40).
c) Necesidad de la comunión: espiritualidad de comunión
No se puede evangelizar a la deriva, desconectados de la Iglesia
o de una comunidad de hermanos: el evangelizador no es un francotirador.
La Iglesia es una comunidad reunida por el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo (Cf. LG 4). Por tanto todos los cristianos
formamos parte de esa gran familia: "un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre" (Ef
4,5) y tenemos una única e idéntica misión.
Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión:
éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros
en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio
de Dios y responder también a las profundas esperanzas
del mundo. Es el principio educativo de todo misionero y evangelizador,
sin ella nada tiene sentido y fuera de ella todo es una quimera
y una mentira. De ahí que la identificación se ha
de ha de sustentar en la experiencia de la vida Trinitaria que
no sólo nos enseña sino que nos modela para que
seamos ‘signos vivos’ de comunión. La Iglesia
es imagen de la Trinidad y esta es su gran suerte. La comunión
deja siempre espacio al hermano.
“Los espacios de comunión han de ser cultivados y
ampliados día a día, a todos los niveles, en el
entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión
ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros
y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre
clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales
" (NMI 45).
d) La evangelización y la misión ha de resplandecer
por la caridad y servicio hacia los necesitados
En la misión evangelizadora de la Iglesia el lenguaje
que mejor se capta es el testimonial, el de la caridad, el servicio
desinteresado. Ya dijo el Señor: "en esto conocerán
que sois discípulos míos: en que os amáis
los unos a los otros" (Jn 13,35). La caridad es el alma de
la Iglesia y de cada uno de sus miembros y estructuras pastorales.
“La caridad es verdaderamente el «corazón»
de la Iglesia, como bien intuyó santa Teresa de Lisieux,
a la que he querido proclamar Doctora de la Iglesia, precisamente
como experta en la scientia amoris: « Comprendí que
la Iglesia tenía un Corazón y que este Corazón
ardía de amor. Entendí que sólo el amor movía
a los miembros de la Iglesia [...]. Entendí que el amor
comprendía todas las vocaciones, que el Amor era todo»
(NMI 42).
Los campos de pobreza e indigencia en el mundo son abundantes
y variados. Sobre ellos hemos de ejercer los cristianos nuestra
influencia, tratando de poner en práctica lo que el Papa
Juan Pablo II denomina una nueva « imaginación de
la caridad», de suerte que los pobres lleguen a sentirse
en la Iglesia como en su propia casa.
“Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres,
en cada comunidad cristiana, se sientan como « en su casa
». ¿No sería este estilo la más grande
y eficaz presentación de la buena nueva del Reino? Sin
esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la
caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del
Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser
incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual
sociedad de la comunicación nos somete cada día.
La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras."(NMI
50).
e) Necesidad del seguimiento radical a Cristo
Evangelizar con autenticidad es seguir con radicalidad a Cristo
crucificado. Es aquí donde se funda la garantía
de la fecundidad eclesial. Ya Jesús dijo: "si el grano
de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo, pero
si muere da mucho fruto" (Jn 12,24). "La sangre de los
mártires es semilla de cristianos" (Tertuliano). El
camino del amor hasta la muerte es el que han seguido a lo largo
de la historia numerosos mártires, testigos de la fe, tanto
antiguos como actuales.
"Que nos ayude y oriente, en esta acción misionera
confiada, emprendedora y creativa, el ejemplo esplendoroso de
tantos testigos de la fe que el Jubileo nos ha hecho recordar.
La Iglesia ha encontrado siempre, en sus mártires, una
semilla de vida. Sanguis martyrum - semen christianorum. Esta
célebre « ley » enunciada por Tertuliano, se
ha demostrado siempre verdadera ante la prueba de la historia.
¿No será así también para el siglo
y para el milenio que estamos iniciando? Quizás estábamos
demasiado acostumbrados a pensar en los mártires en términos
un poco lejanos, como si se tratase de un grupo del pasado, vinculado
sobre todo a los primeros siglos de la era cristiana. La memoria
jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente, mostrándonos
nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una manera
u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad
y persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como
prueba suprema. En ellos la palabra de Dios, sembrada en terreno
fértil, ha fructificado el céntuplo (cf. Mt 13,8.23).
Con su ejemplo nos han señalado y casi «allanado
» el camino del futuro. A nosotros nos toca, con la gracia
de Dios, seguir sus huellas" (NMI 41).
f) Evangelizar desde la confianza y el optimismo que nos da la
presencia constante y operante del Espíritu Santo.
El Espíritu empuja a la iglesia a remar mar adentro. El
estancamiento no es propio del Espíritu de Cristo ni del
auténtico cristiano. Siempre ha habido en la Iglesia esa
tendencia a detenerse, a examinar demasiado las dificultades,
las propias posibilidades, a mirar atrás después
de haber puesto la mano en el arado.
También las primeras comunidades cristianas, como se desprende
de las advertencias del Apocalipsis, se cansaban y tendían
a la apatía y enfriamiento espiritual.
"Al Angel de la Iglesia de Efeso, escribe: Esto dice el que
tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que camina entre
los siete candeleros de oro. Conozco tu conducta: tus fatigas
y paciencia; y que no puedes soportar a los malvados y que pusiste
a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste
su engaño. Tienes paciencia: y has sufrido por mi nombre
sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido tu amor
de antes. Date cuenta, pues, de dónde has caído,
arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera. Si no, iré
donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero, si no te
arrepientes. Tienes en cambio a tu favor que detestas el proceder
de los nicolaítas, que yo también detesto. El que
tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las
Iglesias: al vencedor le daré a comer del árbol
de la vida, que está en el Paraíso de Dios"
(Ap 2,17).
Por eso, al final de la Carta NMI, el papa Juan Pablo II llama
a la esperanza y al entusiasmo navegando mar a dentro, apoyados
en el Espíritu Santo, en la promesa de Cristo que no nos
deja huérfanos sino que sigue a nuestro lado hasta el fin
de los tiempos (cf. Mt 28,20) y también en la presencia
de María, la Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva
evangelización. Lógicamente tenemos la fuerza de
la Eucaristía, sobre todo dominical, en la que podemos
encontrarnos con el Señor como los dos de Emaús:
Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse
más rápida al recorrer los senderos del mundo. Los
caminos, por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras
Iglesias camina, son muchos, pero no hay distancias entre quienes
están unidos por la única comunión, la comunión
que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico
y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo resucitado nos convoca
de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día
« primero de la semana » (Jn 20,19) se presentó
a los suyos para « exhalar » sobre de ellos el don
vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura
de la evangelización.
g) La nueva evangelizacion ha de cuidar con esmero la pastoral
vocacional, juvenil, familiar, laical
Todos somos enviados a la viña. No se puede entender la
misión como cosa de algunos "más audaces"
que son capaces de dejar casa, pueblo y país para irse
lejos. Es tarea de todos el anunciar el evangelio. En todos los
rincones del mundo debe instaurarse el Reino de Dios. Así,
pues, habrá que fomentar la vocación laical, los
movimientos, asociaciones, pastoral vocacional, pastoral familiar,
pastoral juvenil.
"Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse
a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la
propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el
ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos
o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad,
atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la
catequesis a la animación litúrgica, de la educación
de los jóvenes a las más diversas manifestaciones
de la caridad... Es necesario y urgente organizar una pastoral
de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias,
a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión
atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se
resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado
a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total
entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del
Reino. (NMI 46).
3. A LA ACCIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA SE LE
PRESENTAN ACTUALMENTE UNOS DESAFÍOS
Juan Pablo II es consciente de que nuestra época presenta
algunas particularidades o desafíos a los que habrá
que tener en cuenta a la hora de evangelizar, para darles una
respuesta adecuada desde el mensaje de Cristo. Entre otros cabe
destacar el diálogo interreligioso, la búsqueda
de la paz, el fenómeno de la globalización, la inculturación...
a) El diálogo interreligioso
No cabe duda que los tiempos actuales tienen sus desafíos.
El Espíritu no nos deja jamás inactivos y paralizados,
satisfechos con los logros obtenidos o apenados por los objetivos
no alcanzados. La vida siempre es nueva. Ha surgido todo el inmenso
y complejo campo del ecumenismo, del diálogo interreligioso
y de los contactos con exponentes de otras religiones, el pluralismo
cultural y religioso, los fundamentalismos, el trabajo por la
paz y acercamiento de culturas, razas, religiones...
En nuestras relaciones con los hermanos separados o con miembros
de otras religiones es preciso establecer un diálogo sincero,
que es escuchar y ser escuchados desde el respeto, el amor y la
fidelidad al mensaje evangélico, buscando más lo
que nos une que lo que nos separa. También aquí
hace falta tener confianza y esperanza en la actuación
de Dios, ya que se vislumbran tiempos muy hermosos, aun en medio
de dificultades y oscuridad. Se pide a la Iglesia fidelidad al
Espíritu y al mensaje de su Maestro, profunda oración
y conversión y un gran respeto por los valores de los demás
hermanos.
"Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de
Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso
y exigente cometido de ser su «reflejo»...Ésta
es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad
que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es
una tarea posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos
a su gracia que nos hace hombres nuevos" (NMI 54).
b) La inculturación
El cristiano como misionero del tercer milenio debe responder
cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo
plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico
y a la tradición eclesial, llevará consigo también
el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido
acogido y arraigado... La propuesta de Cristo se ha de hacer a
todos con confianza. “Se ha de dirigir a los adultos, a
las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder
nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico,
atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere
a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo
cuando decía: « Me he hecho todo a todos para salvar
a toda costa a algunos » (1 Co 9,22). Al recomendar todo
esto, pienso en particular en la pastoral juvenil. Precisamente
por lo que se refiere a los jóvenes, como antes he recordado,
el Jubileo nos ha ofrecido un testimonio consolador de generosa
disponibilidad. Hemos de saber valorizar aquella respuesta alentadora,
empleando aquel entusiasmo como un nuevo talento (cf. Mt 25,15)
que Dios ha puesto en nuestras manos para que los hagamos fructificar"
(NMI 40).
c) La ecología, la paz, los derechos humanos fundamentales,
la defensa de la vida
En la tarea misionera hay que tener en cuenta temas importantes
como la ecología, la paz, la transgresión de los
derechos humanos, la defensa de la vida... Se impone una espiritualidad
de encarnación, siendo capaces de superar una religión
oculta e individualista, siendo fieles a Cristo y al hombre, aunque
en algunos casos no seamos comprendidos o incluso menospreciados.
"¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas
de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y
enemigas del hombre vastas áreas del planeta? ¿O
ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla
de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio
de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente
de los niños? Muchas son las urgencias ante las cuales
el espíritu cristiano no puede permanecer insensible.
Se debe prestar especial atención a algunos aspectos de
la radicalidad evangélica que a menudo son menos comprendidos,
hasta el punto de hacer impopular la intervención de la
Iglesia, pero que no pueden por ello desaparecer de la agenda
eclesial de la caridad. Me refiero al deber de comprometerse en
la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción
hasta su ocaso natural. Del mismo modo, el servicio al hombre
nos obliga a proclamar, oportuna e importunamente, que cuantos
se valen de las nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente
en el terreno de las biotecnologías, nunca han de ignorar
las exigencias fundamentales de la ética, apelando tal
vez a una discutible solidaridad que acaba por discriminar entre
vida y vida, con el desprecio de la dignidad propia de cada ser
humano" (NMI 51).
d) La globalización, los grandes temas de la bioética,
la justicia social, la institución familiar y la vida conyugal
En este sentido podemos citar algunos otros desafíos
y dificultades, propuestos recientemente por el papa Juan Pablo
II en la homilía final del Consistorio 2001 y que vienen
a refrendar y ampliar lo que dijo en la NMI, como son la secularización,
la transformación general del horizonte cultural, dominado
por el primado de las ciencias experimentales inspiradas en los
criterios de la epistemología científica, el fenómeno
de la globalización, los grandes temas de la bioética,
la justicia social, la institución familiar y la vida conyugal...
Asimismo, hablando a los miembros del PIME (1-6-2001), el Santo
Padre reconoció que son muchos los problemas con que se
enfrenta la humanidad, y que influyen en la actividad misionera.
Concretamente citaba la globalización, el etnocentrismo,
la tentación de construirse una religión a medida
y "el cierre de no pocos países a la presencia de
misioneros y a la evangelización directa". También
del envejecimiento de los miembros que trabajan en la misión.
En Cristo, muerto y resucitado, estamos seguros que todos esos
desafíos son una gracia y servirán para bien de
la Iglesia y de la humanidad. Lo que hace falta es afrontarlos
de acuerdo a los principios anteriormente enumerados.
Resumiendo todo lo dicho hemos de afirmar que la "dimensión
misionera" de la Iglesia aparece constantemente en la NMI
o, si se quiere de otro modo, todo el contenido de la NMI tiene
sentido y orientación misionera, sea entendida como "nueva
evangelización" o como misión "ad gentes".