el portal congregación o.m.p. colegio urbano urbaniana fides santa sede
testata banner mongolia
 
 HOME ITALIANO ESPAÑOL ENGLISH FRANÇAIS PORTUGUÉS DEUTSCH CHINESE
Evangelio
Santos
Magisterio
Congregación
Obras Misionales Pontificias
Univ. Urbaniana
Material didáctico
Animación
Estadísticas
Desde la Sede de Pedro
Testigos
Martirologio
Jubileo 2000
Vida de la Iglesia
Misioneros
Institutos Religiosos
Movimientos y Asociaciones
Universida-
des Católicas
Cultura
Historia
Arte
Cine y fotos
Radio y TV
Música
Poesía
Sanidad
Tecnología
Geografía
360° News
Dossier
Profundi-
zaciones
Entrevistas
Relatos
Reseñas
Para los más pequeños
“LA MISIÒN Y LOS MISIONEROS EN LA IGLESIA DE HOY”
- En el marco de la ‘Novo Millennio Ineunte’-

Mons. Francisco Pérez González
Arzobispo Castrense y Director de las Obras Misionales Pontíficias en España

Introducción

Al iniciar nuestra reflexión hemos de decir que, en cierto modo, toda la NMI rezuma misión, está toda ella penetrada de matiz misionero. Creemos que toda la NMI está escrita en óptica misionera, es decir, trata de anunciar a Jesucristo salvador, para que todos los hombres alcancen su amor y misericordia, llegue el Reino de Dios lo más presto posible y la humanidad encuentre su plenitud en Cristo.
Los puntos que el Papa propone en su Carta como fundamentales para la acción pastoral de la Iglesia son totalmente válidos, aplicables y necesarios para toda acción misionera dentro (nueva evangelización y trabajo pastoral interno) o fuera de la Iglesia (misión ad gentes). Hoy día, ante la situación de descristianización y secularismo, el mensaje de Cristo necesita ser propuesto a la mayor parte de los hombres, estén o no bautizados. En otros términos, lo que propone el Papa Juan Pablo II en la NMI tiene una finalidad misionera válida para nuestras comunidades cristianas y para las personas y grupos que aún no conocen a Jesucristo.
Nosotros lógicamente subrayaremos este segundo aspecto de la misión "ad gentes", pero, en el contexto histórico actual, -insistimos- lo que se diga en un sentido tiene validez para el otro, máxime teniendo en cuenta la naturaleza misionera de la Iglesia.
La NMI va en la línea de la Redemptoris Missio. Los puntos fundamentales de la RM vuelven a aparecer en la NMI, aportando ciertos matices de acuerdo a la situación actual de la Iglesia y de la humanidad. Estamos en unas circunstancias muy especiales y bien conviene escuchar lo que decía Pablo VI: “La Iglesia tiene necesidad de un perenne Pentecostés, necesita fuego en el corazón, palabra en los labios, profecía en la mirada”.

1. LA IGLESIA ES INVITADA A REMAR MAR ADENTRO EN SU ACCIÓN MISIONERA.


La esperanza de los cristianos es el motor del futuro. La esperanza teologal, que crece como confianza en las promesas de Dios, a veces se purifica en la espera. Según Juan Pablo II la misión sigue siendo una tarea actual de la Iglesia. Los hombres necesitan el amor y la misericordia de Dios. El hombre sin Dios no es hombre. Evangelizar a la humanidad es el mejor servicio que se le puede prestar. La misión está casi por estrenar. El Reino de Dios ha de implantarse en todo el mundo para que los hombres alcancen la felicidad en la amistad con Dios.
En la NMI Juan Pablo II subraya que los hombres desean ver a Jesús, tienen hambre y sed de Dios, como tierra reseca, agostada, sin agua (cf. salmo 60). La Iglesia ha de darles a este Cristo, plenitud de la verdad.
"«Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo « hablar » de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? " (NMI 16)

Este aspecto evangelizador estaba ya en los objetivos del Concilio y recientemente del Jubileo. La Iglesia era llamada a renovarse para asumir con nuevo impulso su misión evangelizadora, porque, antes de evangelizar, se requiere estar evangelizados, haber sido convertidos por la palabra, los sacramentos, el Espíritu, la fe. Sólo entonces damos testimonio auténtico de lo que "hemos visto y oído". Hay que tener, antes de todo, experiencia de Dios, de su amor manifestado en Cristo. Y también hay que mirar adelante: no quedarse con lo pasado, con lo vivido, por muy hermoso que haya sido. Dios nunca se detiene.
El Concilio y luego el Jubileo pretendieron renovar a la Iglesia para que asumiera con muevo impulso su misión evangelizadora. Tenían en el fondo una finalidad evangelizadora.
Así, pues, de acuerdo a los fines del Concilio y del Jubileo, la NMI pretende recordar a la Iglesia, a cada uno de nosotros, que es nuestro deber llevar a los hombres a Dios o a Dios a los hombres, que la misión sigue en pie, que se han logrado unos objetivos, pero queda mucho terreno por roturar y cultivar y no hay que desistir en la tarea.


2. CAMINOS POR LOS QUE HA DE DISCURRIR LA MISIÓN DE LA IGLESIA

La NMI muestra también los caminos por los que debe realizarse actualmente la misión de la Iglesia. No es lo mismo una cosa que otra. La Iglesia no es una ONG. No se trata de evangelizar como una institución benéfica. El Papa Juan Pablo II insiste en ciertos elementos que deseamos subrayar, algunos de los cuales tienen cierta novedad.

a) Necesidad de la contemplación del rostro de Cristo

La evangelización ha de apoyarse en la contemplación de Cristo: la evangelización no puede olvidar el aspecto "cristológico". El misionero -y todo cristiano responsable- es un contemplativo, alguien que no puede menos de comunicar lo que ha visto y oído. Tiene en cuenta el rostro de Cristo muerto y resucitado, sabiduría y fuerza de Dios, sobre el cual ha meditado solícitamente y cuya misión ha asumido y en cuyo nombre es enviado.

"Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor" (NMI 16)
El 1 de junio de 2001, en un discurso a cuarenta y cinco participantes en el XII capítulo general del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras (PIME), con motivo de la clausura del Capítulo y de las celebraciones del 150 aniversario de la fundación de su Instituto, Juan Pablo les dijo:
"Los días y los siglos transcurren, Cristo es siempre el mismo, ayer, hoy y siempre. Es el centro de la vida individual y comunitaria de cuantos a él pertenecen. (...) Si vuestra intención es replantear el carisma propio de vuestro Instituto para revitalizarlo, es indispensable (...) partir de la centralidad de Cristo en la vida comunitaria y en el testimonio personal. Si se insinuase una 'debilidad cristológica' en vuestra acción, vuestra obra de evangelización podría correr el peligro de reducirse a una actividad eminentemente social, caritativa o de organización pastoral".


b) Necesidad de la santidad y de la espiritualidad: vivencia y anuncio de la palabra de Dios, la oración y la Eucaristía

La NMI insiste en que la acción pastoral de la Iglesia, dentro o fuera de sí misma, ha de estar apoyada en la santidad mediante la práctica de la oración, la Eucaristía, el sacramento de la Penitencia (la liturgia) y la escucha y obediencia a la palabra. Se requiere volver al espíritu de los orígenes de la Iglesia.
"No cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la palabra de Dios. Desde que el Concilio Vaticano II ha subrayado el papel preeminente de la palabra de Dios en la vida de la Iglesia, ciertamente se ha avanzado mucho en la asidua escucha y en la lectura atenta de la Sagrada Escritura. Ella ha recibido el honor que le corresponde en la oración pública de la Iglesia. Tanto las personas individualmente como las comunidades recurren ya en gran número a la Escritura, y entre los laicos mismos son muchos quienes se dedican a ella con la valiosa ayuda de estudios teológicos y bíblicos. Precisamente con esta atención a la palabra de Dios se está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización y la catequesis. Hace falta, queridos hermanos y hermanas, consolidar y profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión de la Biblia en las familias. Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia" (NMI 39).
Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos « especialistas », sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud" (NMI 40).


c) Necesidad de la comunión: espiritualidad de comunión

No se puede evangelizar a la deriva, desconectados de la Iglesia o de una comunidad de hermanos: el evangelizador no es un francotirador. La Iglesia es una comunidad reunida por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Cf. LG 4). Por tanto todos los cristianos formamos parte de esa gran familia: "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre" (Ef 4,5) y tenemos una única e idéntica misión.
Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. Es el principio educativo de todo misionero y evangelizador, sin ella nada tiene sentido y fuera de ella todo es una quimera y una mentira. De ahí que la identificación se ha de ha de sustentar en la experiencia de la vida Trinitaria que no sólo nos enseña sino que nos modela para que seamos ‘signos vivos’ de comunión. La Iglesia es imagen de la Trinidad y esta es su gran suerte. La comunión deja siempre espacio al hermano.
“Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales " (NMI 45).

d) La evangelización y la misión ha de resplandecer por la caridad y servicio hacia los necesitados

En la misión evangelizadora de la Iglesia el lenguaje que mejor se capta es el testimonial, el de la caridad, el servicio desinteresado. Ya dijo el Señor: "en esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis los unos a los otros" (Jn 13,35). La caridad es el alma de la Iglesia y de cada uno de sus miembros y estructuras pastorales. “La caridad es verdaderamente el «corazón» de la Iglesia, como bien intuyó santa Teresa de Lisieux, a la que he querido proclamar Doctora de la Iglesia, precisamente como experta en la scientia amoris: « Comprendí que la Iglesia tenía un Corazón y que este Corazón ardía de amor. Entendí que sólo el amor movía a los miembros de la Iglesia [...]. Entendí que el amor comprendía todas las vocaciones, que el Amor era todo» (NMI 42).
Los campos de pobreza e indigencia en el mundo son abundantes y variados. Sobre ellos hemos de ejercer los cristianos nuestra influencia, tratando de poner en práctica lo que el Papa Juan Pablo II denomina una nueva « imaginación de la caridad», de suerte que los pobres lleguen a sentirse en la Iglesia como en su propia casa.
“Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como « en su casa ». ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras."(NMI 50).

e) Necesidad del seguimiento radical a Cristo

Evangelizar con autenticidad es seguir con radicalidad a Cristo crucificado. Es aquí donde se funda la garantía de la fecundidad eclesial. Ya Jesús dijo: "si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo, pero si muere da mucho fruto" (Jn 12,24). "La sangre de los mártires es semilla de cristianos" (Tertuliano). El camino del amor hasta la muerte es el que han seguido a lo largo de la historia numerosos mártires, testigos de la fe, tanto antiguos como actuales.

"Que nos ayude y oriente, en esta acción misionera confiada, emprendedora y creativa, el ejemplo esplendoroso de tantos testigos de la fe que el Jubileo nos ha hecho recordar. La Iglesia ha encontrado siempre, en sus mártires, una semilla de vida. Sanguis martyrum - semen christianorum. Esta célebre « ley » enunciada por Tertuliano, se ha demostrado siempre verdadera ante la prueba de la historia. ¿No será así también para el siglo y para el milenio que estamos iniciando? Quizás estábamos demasiado acostumbrados a pensar en los mártires en términos un poco lejanos, como si se tratase de un grupo del pasado, vinculado sobre todo a los primeros siglos de la era cristiana. La memoria jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una manera u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como prueba suprema. En ellos la palabra de Dios, sembrada en terreno fértil, ha fructificado el céntuplo (cf. Mt 13,8.23). Con su ejemplo nos han señalado y casi «allanado » el camino del futuro. A nosotros nos toca, con la gracia de Dios, seguir sus huellas" (NMI 41).

f) Evangelizar desde la confianza y el optimismo que nos da la presencia constante y operante del Espíritu Santo.

El Espíritu empuja a la iglesia a remar mar adentro. El estancamiento no es propio del Espíritu de Cristo ni del auténtico cristiano. Siempre ha habido en la Iglesia esa tendencia a detenerse, a examinar demasiado las dificultades, las propias posibilidades, a mirar atrás después de haber puesto la mano en el arado.
También las primeras comunidades cristianas, como se desprende de las advertencias del Apocalipsis, se cansaban y tendían a la apatía y enfriamiento espiritual.
"Al Angel de la Iglesia de Efeso, escribe: Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que camina entre los siete candeleros de oro. Conozco tu conducta: tus fatigas y paciencia; y que no puedes soportar a los malvados y que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste su engaño. Tienes paciencia: y has sufrido por mi nombre sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes. Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera. Si no, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes. Tienes en cambio a tu favor que detestas el proceder de los nicolaítas, que yo también detesto. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios" (Ap 2,17).

Por eso, al final de la Carta NMI, el papa Juan Pablo II llama a la esperanza y al entusiasmo navegando mar a dentro, apoyados en el Espíritu Santo, en la promesa de Cristo que no nos deja huérfanos sino que sigue a nuestro lado hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28,20) y también en la presencia de María, la Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización. Lógicamente tenemos la fuerza de la Eucaristía, sobre todo dominical, en la que podemos encontrarnos con el Señor como los dos de Emaús:
Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día « primero de la semana » (Jn 20,19) se presentó a los suyos para « exhalar » sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización.

g) La nueva evangelizacion ha de cuidar con esmero la pastoral vocacional, juvenil, familiar, laical

Todos somos enviados a la viña. No se puede entender la misión como cosa de algunos "más audaces" que son capaces de dejar casa, pueblo y país para irse lejos. Es tarea de todos el anunciar el evangelio. En todos los rincones del mundo debe instaurarse el Reino de Dios. Así, pues, habrá que fomentar la vocación laical, los movimientos, asociaciones, pastoral vocacional, pastoral familiar, pastoral juvenil.

"Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de la educación de los jóvenes a las más diversas manifestaciones de la caridad... Es necesario y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino. (NMI 46).

3. A LA ACCIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA SE LE PRESENTAN ACTUALMENTE UNOS DESAFÍOS

Juan Pablo II es consciente de que nuestra época presenta algunas particularidades o desafíos a los que habrá que tener en cuenta a la hora de evangelizar, para darles una respuesta adecuada desde el mensaje de Cristo. Entre otros cabe destacar el diálogo interreligioso, la búsqueda de la paz, el fenómeno de la globalización, la inculturación...

a) El diálogo interreligioso

No cabe duda que los tiempos actuales tienen sus desafíos. El Espíritu no nos deja jamás inactivos y paralizados, satisfechos con los logros obtenidos o apenados por los objetivos no alcanzados. La vida siempre es nueva. Ha surgido todo el inmenso y complejo campo del ecumenismo, del diálogo interreligioso y de los contactos con exponentes de otras religiones, el pluralismo cultural y religioso, los fundamentalismos, el trabajo por la paz y acercamiento de culturas, razas, religiones...
En nuestras relaciones con los hermanos separados o con miembros de otras religiones es preciso establecer un diálogo sincero, que es escuchar y ser escuchados desde el respeto, el amor y la fidelidad al mensaje evangélico, buscando más lo que nos une que lo que nos separa. También aquí hace falta tener confianza y esperanza en la actuación de Dios, ya que se vislumbran tiempos muy hermosos, aun en medio de dificultades y oscuridad. Se pide a la Iglesia fidelidad al Espíritu y al mensaje de su Maestro, profunda oración y conversión y un gran respeto por los valores de los demás hermanos.

"Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su «reflejo»...Ésta es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es una tarea posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia que nos hace hombres nuevos" (NMI 54).

b) La inculturación

El cristiano como misionero del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado... La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. “Se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo cuando decía: « Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos » (1 Co 9,22). Al recomendar todo esto, pienso en particular en la pastoral juvenil. Precisamente por lo que se refiere a los jóvenes, como antes he recordado, el Jubileo nos ha ofrecido un testimonio consolador de generosa disponibilidad. Hemos de saber valorizar aquella respuesta alentadora, empleando aquel entusiasmo como un nuevo talento (cf. Mt 25,15) que Dios ha puesto en nuestras manos para que los hagamos fructificar" (NMI 40).


c) La ecología, la paz, los derechos humanos fundamentales, la defensa de la vida

En la tarea misionera hay que tener en cuenta temas importantes como la ecología, la paz, la transgresión de los derechos humanos, la defensa de la vida... Se impone una espiritualidad de encarnación, siendo capaces de superar una religión oculta e individualista, siendo fieles a Cristo y al hombre, aunque en algunos casos no seamos comprendidos o incluso menospreciados.

"¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas del planeta? ¿O ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los niños? Muchas son las urgencias ante las cuales el espíritu cristiano no puede permanecer insensible.
Se debe prestar especial atención a algunos aspectos de la radicalidad evangélica que a menudo son menos comprendidos, hasta el punto de hacer impopular la intervención de la Iglesia, pero que no pueden por ello desaparecer de la agenda eclesial de la caridad. Me refiero al deber de comprometerse en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural. Del mismo modo, el servicio al hombre nos obliga a proclamar, oportuna e importunamente, que cuantos se valen de las nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente en el terreno de las biotecnologías, nunca han de ignorar las exigencias fundamentales de la ética, apelando tal vez a una discutible solidaridad que acaba por discriminar entre vida y vida, con el desprecio de la dignidad propia de cada ser humano" (NMI 51).


d) La globalización, los grandes temas de la bioética, la justicia social, la institución familiar y la vida conyugal

En este sentido podemos citar algunos otros desafíos y dificultades, propuestos recientemente por el papa Juan Pablo II en la homilía final del Consistorio 2001 y que vienen a refrendar y ampliar lo que dijo en la NMI, como son la secularización, la transformación general del horizonte cultural, dominado por el primado de las ciencias experimentales inspiradas en los criterios de la epistemología científica, el fenómeno de la globalización, los grandes temas de la bioética, la justicia social, la institución familiar y la vida conyugal...

Asimismo, hablando a los miembros del PIME (1-6-2001), el Santo Padre reconoció que son muchos los problemas con que se enfrenta la humanidad, y que influyen en la actividad misionera. Concretamente citaba la globalización, el etnocentrismo, la tentación de construirse una religión a medida y "el cierre de no pocos países a la presencia de misioneros y a la evangelización directa". También del envejecimiento de los miembros que trabajan en la misión.

En Cristo, muerto y resucitado, estamos seguros que todos esos desafíos son una gracia y servirán para bien de la Iglesia y de la humanidad. Lo que hace falta es afrontarlos de acuerdo a los principios anteriormente enumerados.
Resumiendo todo lo dicho hemos de afirmar que la "dimensión misionera" de la Iglesia aparece constantemente en la NMI o, si se quiere de otro modo, todo el contenido de la NMI tiene sentido y orientación misionera, sea entendida como "nueva evangelización" o como misión "ad gentes".

 
Index
Palazzo "de Propaganda Fide" - 00120 - Città del Vaticano Tel. +39-06-69880115 - Fax. +39-06-69880107 - e-mail: fides@fides.va © AGENZIA FIDES