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1.- Jesús, el
Hijo de Dios, se identificó tanto con su pueblo que se dejó
llamar "Jesús de Nazaret". Y la triste situación
de su patria, le arrancó lágrimas.
A nosotros, los cristianos argentinos, también nos duele
la Argentina. Hoy está postrada, porque en vez de casa común
a construir con el esfuerzo de todos, ha sido convertida en presa
de rapiña para algunos.
2. Pero Dios, que nos habla desde sus maravillas, también
nos habla desde nuestros fracasos y nos exhorta a volvernos a Él
y convertirnos desde lo más hondo de nuestro corazón.
Este llamado a la conversión nos interpela a todos sin excepciones,
particularmente a nosotros los obispos, porque nuestra misión
nos exige una creciente identificación con Cristo y la constante
purificación de nuestros pecados. No le tenemos miedo a la
verdad. Le tememos a nuestra dureza de corazón.
3.- Con este espíritu, vista la gravedad de la crisis del
país, nos hemos reunido en la presencia de Jesucristo, "Señor
de la historia", con "la necesidad de impulsar en el pueblo
cristiano las actitudes propias de ciudadanos responsables"
(132ª Comisión Permanente, 22/08/02).
Lo hacemos como servidores del Pueblo de Dios que queremos cumplir
nuestra misión. Nuestras palabras y acciones no buscan reemplazar
a ningún actor ni responsable social o político, a
quienes respetamos en el ejercicio de su vocación al servicio
del bien común.
4.- Debemos pasar del deseo de ser Nación a construir la
Nación que queremos. Por eso es necesario buscar los medios
para que todos los ciudadanos del país determinen por consenso
qué Nación queremos ser. Esto exige realizar reformas
fundamentales en muchos órdenes de la vida político-social.
Si no se llevan adelante las reformas que pide la sociedad, estaremos
amenazados de caer en peores frustraciones.
5. Sabemos que una Nación es una comunidad de personas que
comparten muchos bienes, pero, sobre todo, una historia, una cultura
y un destino común. Por ello debemos volver a la raíz
del amor que teje la convivencia social, entendida como "un
llamado de Dios" (Iglesia y Comunidad Nacional 63). Los argentinos,
tanto los creyentes de diversos credos como todos los hombres de
buena voluntad, hemos de interrogarnos: ¿Queremos elegir
nuevamente ser argentinos? ¿Aceptamos asumir con responsabilidad
nuestra parte en la reconstrucción de la Nación?
6.- Necesitamos recrear "una nación cuya identidad sea
la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común"
(CEA, Oración por la Patria, 9/7/2001).
Tenemos que desarrollar algunos valores indispensables para la vida
social:
Frente a la cultura de la dádiva, promover la cultura del
trabajo, el espíritu de sacrificio, el empeño perseverante
y la creatividad.
Frente a la corrupción y la mentira, promover el sentido
de justicia, el respeto por la ley y la fidelidad a la palabra dada.
Frente a la fragmentación social, promover la reconciliación,
el diálogo y la amistad social.
Sólo buenos ciudadanos, que obren con inteligencia, amor
y responsabilidad, pueden edificar una sociedad y un Estado más
justos y solidarios.
Queremos transmitir estos valores y actitudes mediante una acción
pastoral renovada y actualizada, con una predicación y una
catequesis que comprometan la vida entera.
7.- Debemos estimular el sentido del bien común para lograr
el bien de todos. De un modo preferencial, el bien de las personas
más pobres y empobrecidas, sobre todo de los desocupados,
excluidos, indigentes y hambrientos. Para reencontrarnos como Nación
debemos atender a los que más sufren: los mayores sin salud,
los adultos sin trabajo, los jóvenes sin educación
y sin futuro, y los niños sin alimento.
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8.- Ni la llegada al país de nuevas sumas de dinero, ni
las reformas de las instituciones, ni el recambio político,
serán suficientes para construir una nueva Nación.
Estas soluciones serán estériles sin una fuerte
pasión por desarrollar en cada ciudadano las más
valiosas actitudes sociales. Sólo así se podrá
transformar la cultura nacional y entretejer un bien común
cargado de bondad, verdad y justicia que nos devuelva el gusto
de ser argentinos.
9.- Conocer los valores no es suficiente para reconstruir la Nación.
De hecho, no siempre cumplen la ley los que mejor la conocen.
Es más, quienes conocemos y predicamos los valores del
Evangelio no siempre los encarnamos en nuestro compromiso social.
Si la labor educativa de la sociedad y de la Iglesia no pudo hacer
surgir una Patria más digna es porque no ha logrado que
los valores se encarnen en compromisos cotidianos.
10.- En este momento de transformación nos alienta la esperanza,
que es la virtud del peregrino. Las personas y los pueblos, por
mal que estemos, siempre tenemos la oportunidad de estar mejor.
Pero el futuro se construye con la ayuda de Dios y el esfuerzo
arduo, frente al facilismo de propuestas demagógicas. Esta
entrega es parte esencial de la espiritualidad cristiana. Precisamente
es la conversión la que como principio de novedad genera
la esperanza.
11.- Desde comienzos de año los obispos prestamos el ámbito
espiritual para facilitar el diálogo entre toda la dirigencia
argentina. Como resultado de esos encuentros se elaboró
el documento Bases para las Reformas, aporte muy valioso que puede
iluminar la voluntad de recrear las instituciones de nuestra democracia.
Ahora el diálogo entra en una etapa nueva y distinta, para
que todos los ciudadanos, sin excepción, se sientan llamados
a participar de manera entusiasta y decidida en la reconstrucción
de nuestra sociedad.
12.- Nos comprometemos a ayudar a todos, a extender este diálogo
a cada rincón del país. Los obispos queremos animar,
alentar e iluminar este camino en el cual los laicos cumplirán
el importante papel que les corresponde. Ellos han dado ya significativas
pruebas de eficacia en el trabajo de las Mesas de Diálogo
sectoriales, como asimismo en tantas iniciativas en el campo de
la solidaridad a lo largo y ancho del país. Estamos convencidos
que con iniciativa y creatividad, vinculándose con las
diversas organizaciones que trabajan por el bien común,
concretarán las acciones necesarias para hacer eficaz esta
nueva etapa del diálogo que el país necesita.
13.- Ofrecemos humildemente estas reflexiones a nuestro pueblo.
Sabemos que es el mismo Dios quien fortalece el empeño
de todos los que trabajan para reconstruir la Patria: "Si
el Señor no edifica la casa en vano trabajan los albañiles"
(Salmo 127,1). María Santísima, Nuestra Señora
de Luján, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por
nosotros y por nuestra Patria.
Asamblea Plenaria Extraordinaria
de la Conferencia Episcopal Argentina
Pilar, 28 de septiembre de 2002
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Agradecemos su difusión....
Héctor Tito Garabal
Director de Prensa
Conferencia Episcopal Argentina
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