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La Iglesia no puede permanecer insensible ante la preocupación, a veces angustiosa, que experimenta el hombre cuando se pregunta por el sentido de su vida, de su actividad, de su dolor y de su muerte. Tampoco quiere desentenderse de la valoración que la sociedad hace sobre los homosexuales ni de las repercusiones sociales que produce la equiparación civil de sus uniones con el matrimonio. Al contrario, la Iglesia quiere salir al encuentro del hombre, cualesquiera sean sus situaciones, para darle una respuesta acorde con la verdad de su ser. Esta respuesta no es altanera ni pretenciosa, porque lo que ella ofrece no es una conquista de su talento y esfuerzo. Es un regalo que Dios mismo se la dado por medio en la revelación. Dios, en efecto, se ha hecho presente en la historia y ha manifestado, con hechos y palabras, que es el Creador del hombre, su fin, su destino y su meta final. Ha manifestado también que no es enemigo ni antagonista del hombre, puesto que le ha creado «a su imagen y semejanza» y le ha constituido señor del universo. Su deseo más ardiente es que el hombre sea feliz en esta vida y en la eternidad. Gracias a esta revelación, la Iglesia posee también la verdad sobre el matrimonio. En este sentido sabe que el Creador al principio los creó hombre y mujer. Es decir, no hizo al hombre un ser solitario sino una persona para la comunión. Eso explica que Dios no crease al hombre y a la mujer para que mutuamente se ignoraran sino para que formaran una comunidad estable y orientada a la procreación. El matrimonio es, por tanto, una institución que se inscribe en el orden de la creación y es anterior a cualquier religión. Por eso, la Iglesia no defiende el matrimonio de los cristianos cuando mantiene que no es matrimonio verdadero el que resulta de la unión de dos hombres o dos mujeres. Lo que ella defiende es la institución natural del matrimonio, el matrimonio de cualquier persona, sea cual sea su fe. De hecho, ella no deja de enseñar que Jesucristo asumió la realidad ya existente, aunque la elevó al plano sobrenatural y sacramental. La Iglesia no puede dejar que el hombre se desangre por el relativismo filosófico y ético. Al contrario, quiere acompañarle en el camino de la vida y ofertarle la luz de la verdad. De este modo, el hombre se hace un ser con sentido y recobra la esperanza y la ilusión de vivir. Porque nada hay más triste ni pesimista que recorrer un camino que no tiene meta o por el que vamos sin saber a dónde caminamos. La Iglesia prefiere ser samaritana y cargar sobre sus hombros al hombre maltratado y herido –sea o no homosexual- y llevarle hasta el único mesonero que tiene el aceite que cura y el amor que salva: Cristo. Efectivamente, la Iglesia no se preocupa sólo de quienes son sus hijos por el Bautismo. No. Quiere extender su acción samaritana a todos los hombres, con independencia de haber nacido en Jerusalén o en Samaria, en Oriente o en Occidente, en el mundo del desarrollo o en del subdesarrollo, en sociedades muy evolucionadas o en sociedades más primitivas. Donde hay un hombre, ahí se ofrece ella para salir a su encuentro. No quiere desertar de esta tarea, incluso a sabiendas de que va a ser incomprendida, malinterpretada, perseguida y maltratada. Sabe que si ella abandona al hombre, nadie podrá suplirla. Por eso, opta por las incomprensiones y no por los aplausos. Al fin y al cabo, un herido que se está muriendo, lo que necesita es un médico o un cirujano eficaz, aunque al aplicar la medicina o el bisturí encuentre como respuesta no una sonrisa sino un desprecio. Está en juego la vida. Está en juego el hombre. Todo lo demás es secundario. No puede sorprender, por tanto, que la Iglesia reaccione con tanta fuerza y contundencia a la hora de defender la sociedad matrimonial. Y que se oponga con absoluta radicalidad a que se considere matrimonio la unión de dos hombres o dos mujeres. Ella no desprecia a quienes tienen tendencias homosexuales, ni quiere que nadie les haga objeto de burla, menosprecio o discriminación. Tampoco se opone a que se protejan sus derechos civiles. Lo que la Iglesia defiende es que la base de la socialidad está en la comunión interpersonal de un hombre y una mujer, es decir, en el matrimonio. Cuando sigue esta pauta de comportamiento, la Iglesia está creando espacios de verdadera libertad para el hombre, especialmente para los jóvenes. ¿Qué sería de ellos si les abandonara en las manos de los poderes fácticos del dinero, de la ciencia o de la política? Un monigote zarandeado por los intereses económicos y el despotismo de esos poderes. Un ser aparentemente libre, pero en realidad esclavo de todos los manipuladores y dictadores, más o menos ilustrados. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo deberían tomar conciencia de que, detrás de los ataques a la Iglesia, son ellos quienes están siendo atacados. Quizás la inclinación al mal que todos llevamos dentro y la cooperación de nuestras pasiones pueda obnubilar la mente y considerar libertadores a quienes les están esclavizando. No obstante, pueden tener la certeza de que la Iglesia no lo consentirá. Aunque tenga que sufrir el acoso inmisericorde de los manipuladores y esclavizadores de estas tendencias. ¿Cómo podría hacerlo si Ella sabe que el hombre ha costado la Sangre de quien es su Esposo y también el Redentor del hombre? Francisco Gil Hellín Arzobispo de Burgos |
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