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LETTERA DELL'EM.MO CARD. ANGELO SODANO,
SEGRETARIO DI STATO, IN OCCASIONE DELL'ASSEMBLEA GENERALE
ORDINARIA DELL'ORGANIZZAZIONE DEGLI STATI AMERICANI, 10.06.2003
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Dall'8 al 10 giugno 2003, a Santiago del Cile, è in corso
di svolgimento la 33a Assemblea dell'Organizzazione degli Stati
Americani. Il Nunzio Apostolico in Cile, S.E. Mons. Aldo Cavalli,
che ha presieduto la Delegazione della Santa Sede, ha consegnato
al Presidente dell'Assemblea, la Sig.ra María Soledad Alvear
Valenzuela, Ministro degli Esteri del Paese ospite, una Lettera
dell'Em.mo Segretario di Stato, Cardinale Angelo Sodano, il cui
testo riportiamo di seguito:
LETTERA DELL'EM.MO CARD. ANGELO SODANO
Exc.ma Señora Doña María Soledad Alvear Valenzuela,
Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Chile
En ocasión de la 33a sesión de la Asamblea General
de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Su
Santidad el Papa Juan Pablo II me ha encargado de hacer llegar
un cordial saludo a Vuestra Excelencia, a los Exc.mos Señores
Ministros de Relaciones Exteriores de los Estados Americanos y
del Caribe, al Exc.mo Señor Secretario General de la OEA,
Doctor Cesar Gaviria y a los representantes de los países
observadores.
Leyendo los muchos e importantes argumentos del temario de la
Asamblea, el Santo Padre Juan Pablo II ha notado con satisfacción
el amplio abanico de problemas institucionales que hoy interesan
a la organización y la multiforme actividad que su tratamiento
genera.
En este último año, como siempre, la OEA ha desarrollado
una intensa actividad diplomática tanto en el campo de
consolidación de la democracia como en el de solución
de los conflictos. Por este motivo el Sumo Pontífice desea
expresar el particular reconocimiento de la Santa Sede.
Por mi parte, querría subrayar la coherencia de estos empeños
con los objetivos de la Carta Democrática Interamericana,
aprobada por la 31a Asamblea General.
El artículo 1 de esa Carta establece que "los pueblos
de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos
la obligación de promoverla y defenderla".
Los miembros de la OEA, sin embargo, son bien conscientes - como
lo afirman en el preámbulo de la Carta - que la promoción
y la consolidación de la democracia pasan a través
de la eliminación de la pobreza y de todo lo que es, al
mismo tiempo, su causa y consecuencia: el analfabetismo, la inseguridad
ciudadana, la criminalidad, el terrorismo, la corrupción,
el tráfico de armas y de drogas. Pasan también a
través de la solución de tantos otros problemas
sociales como la discriminación, el racismo, la intolerancia
y la falta de respeto de los derechos humanos. Justamente, la
presente Asamblea General volverá a reflexionar sobre estos
argumentos.
El trabajo de la OEA en este sentido es, por tanto, una preciosa
contribución para la erradicación de aquellas causas
que impiden que la democracia de funcione efectivamente allí
donde ya está formalmente instaurada.
"La democracia - prosigue el citado art. 2 de la Carta Democrática
- es esencial para el desarrollo social, político y económico
de los pueblos de las Américas". Se podría
también decir que es verdadera la afirmación contraria,
o sea que, sin desarrollo social, político y económico
los mismos instrumentos que deberían garantizar el buen
funcionamiento del sistema democrático - como ser el derecho
al voto, el sistema de partidos, la propaganda electoral, etc.
-, pueden convertirse fácilmente en objetos de manipulación
y clientelismo.
El mes pasado el Papa Juan Pablo II decía a los jóvenes
en España: "¡las ideas no se imponen, se proponen
!" (Madrid, 3 de mayo de 2003). Por el mismo motivo, también
en la construcción de una sociedad democrática es
esencial el recurso al diálogo, sin ceder al desaliento
en la ardua empresa de tejer pacientemente la trama de la reconciliación
y de la pacificación.
El diálogo, que es la fuerza de la democracia, de ser el
credo de los políticos. Por medio del diálogo las
riquezas de unos se convierten en patrimonio de todos y los errores
se pueden corregir antes que sea demasiado tarde.
Con el diálogo se ponen las bases de una sociedad mejor
y verdaderamente democrática.
Y aquí el pensamiento del Santo Padre va a la célula
base de la sociedad: la familia, en la que, justamente, el diálogo
entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos, es
garantía y señal de salud y de vida. A su vez, cuanto
más sana sea la familia, más sana será la
sociedad. Han transcurrido 20 años desde que la Santa Sede
publicó la Carta de los derechos de la familia, dirigida
a todas las personas, instituciones y autoridades que tienen que
ver con la misión de la familia en el mundo de hoy. La
Carta invitaba a hacer todo lo posible para asegurar que los derechos
de la familia fuesen protegidos y que la institución familiar
fuese reforzada per el bien de todo el género humano, ahora
y en el futuro. Me parece oportuno recordarla hoy y volver a presentarla
a la consideración de todos.
Han pasado también 20 años desde la última
Resolución de la Asamblea General de la OEA sobre el tema
de la familia, en el Año Interamericano de la Familia (AG/RES.
678 [XIII-0/83], del 18 de noviembre de 1983).
La OEA ha defendido siempre la familia como célula base
de la sociedad, y continua a creer en la importancia de la institución
familiar, no obstante las dificultades que esta misma experimenta.
Permitan me, por eso, manifestar mi aprecio por la iniciativa
de Costa Rica, que este año ha propuesto una nueva Resolución
sobre la familia, para poner al día y completar aquella
de hace 20 años. En el artículo 1 del nuevo proyecto
se lee que "Todo ser humano y especialmente todo niño
y niña, tiene derecho a una familia y a la estabilidad
de la institución familiar". Preocuparse por la estabilidad
de la institución familiar es, por tanto, un deber del
Estado, que lo debe hacer también por medio de una legislación
que favorezca la familia y que no la penalice. La Santa Sede jamás
se cansará de repetir que no se pueden equiparar a la familia,
concediéndole los mismos derechos, otras formas de unión
que no tienen la sagrada finalidad y el altísimo cometido
de continuar la especie humana y de educar a los hijos, ofreciéndoles
el calor, la protección y las oportunidades materiales
y espirituales que precisan para crecer y a las que tienen derecho.
No me queda, por tanto, sino el expresar a todos los participantes
a esta Asamblea General los augurios de un fructuoso y sereno
trabajo, mientras me honro de renovarle, Exc.ma Señora
Ministro de Relaciones Exteriores, mi más alta y distinguida
consideración.
Secretario de Estado de Su Santidad
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