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The Shrine: a place of Welcome and of
Encounter
Primer Congreso de Rectores de Santuarios
Manila, Philippines, 20-25 Octubre, 2003
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Excelencias Reverendísimas,
Reverendos Rectores de Santuario,
Señoras y Señores.
Sirvan mis primeras palabras para saludar a todos Ustedes en nombre
de S.E. Mons. Stephan Fumio Hamao, Presidente de nuestro Pontificio
Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, uno
de cuyos Sectores está especialmente dedicado a la pastoral
del Turismo y de las Peregrinaciones. Precisamente la celebración
mañana del Consistorio en el que Mons. Hamao será
creado Cardenal, ha sido el motivo de que, con gran pena, no pueda
participar en este Encuentro, como había sido programado.
A este saludo va unida la expresión de nuestra gratitud,
de modo particular a S. E. Mons. Ramón Arguelles, por haber
acogido en su día nuestra sugerencia de ampliar una de
las reuniones anuales de la Asociación de Rectores de Santuario
y Promotores de Peregrinación de Filipinas, con el fin
de reunir a representantes de este apostolado en las diversas
naciones de Asia. Gracias, también, a cuantos haciendo
un esfuerzo considerable y superando, en algunos casos, dificultades
políticas, habéis respondido a la convocatoria y
podéis participar en esta asamblea.
La convocatoria de este Primer Congreso de Rectores de Santuario
de Asia obedece al deseo de poner en práctica la exhortación
del Santo Padre Juan Pablo II al refuerzo de los vínculos
de colaboración entre las diversas Iglesias de Asia y se
inscribe en una línea de actuación de nuestro Pontificio
Consejo, que arranca del Primer Congreso Mundial de Pastoral de
los Santuarios y Peregrinaciones, que se celebró en Roma
el año 1992. En aquella ocasión los participantes,
procedentes de los cinco continentes, manifestaron la oportunidad
de incrementar la comunicación y la colaboración
entre los Santuarios. Años más tarde, en el Quinto
Congreso Mundial sobre la Pastoral del Turismo, reunido en Éfeso,
Turquía, en mayo de 1998, una de las tres propuestas de
trabajo aprobadas, insistía en la conveniencia de crear
los medios más oportunos para garantizar esta comunicación
y coordinar los ya existentes. Para hacer realidad este objetivo,
en años sucesivos, se han tomado iniciativas de ámbito
regional o continental que han llevado a la realización
de diferentes Congresos y se ha procedido a la creación
de estructuras de coordinación, como es el caso de la Federación
de Santuarios Latinoamericanos, de la que nos va a informar durante
estos días S.E. Mons. Gaspar Quintana Jorquera.
La oportunidad de seguir en esta línea de actuación
resulta del todo evidente, hoy, si cabe, mucho más que
hace diez años. Vivimos, en efecto, en la aceleración
constante de un proceso – también aquí podemos
hablar de globalización – en el que la experiencia
de cada Iglesia local, de cada comunidad, de cada cristiano, encuentra
numerosas ocasiones de confrontarse con la realidad eclesial,
católica, muchos más allá de su inmediato
entorno. Lo hacen posible, en primer lugar, los medios de comunicación
de masas, con los que el “hoy” personal viene a coincidir,
de un modo nunca antes posible, con el “hoy” de la
humanidad entera. Y lo hacen, también, posible, para un
número siempre creciente de personas, las estructuras de
la movilidad, del viaje, del turismo. Sin con ello alejarnos para
nada del nuestro tema. La peregrinación, en efecto, es
una realidad de tal peso social y económico que ha merecido
ser considerada como una parte relevante del movimiento turístico
y ser citada expresamente en el Código Ético Mundial
para el Turismo .
En un mundo, en cuyo diseño la movilidad juega un papel
tan decisivo, la Iglesia es llamada a proclamar el Evangelio de
Cristo en una sociedad donde las culturas, las etnias y las religiones
entran en continuo diálogo y también con no pocas
tensiones. Tal vez a este respecto sean los Santuarios, aquí
en Asia, pero también en Europa o en América, de
forma creciente, uno de los lugares donde puede experimentarse
de un modo más inmediato la convivencia entre religiones.
Porque los Santuarios son escogidos como lugar que puede propiciar
la vivencia religiosa de personas de religiones diferentes.
Ésta es la situación, anunciada a grandes rasgos.
Y de forma inmediata se anuncian los mayores objetivos que deberían
proponerse al trabajo común y estructurado de los responsables
de Santuarios y de Peregrinaciones, tanto en el ámbito
de las respectivas Conferencias Episcopales, como en un ámbito
de alcance regional o continental. En ocasión de este Primer
Encuentro con representantes de diversos países de Asia,
desearía resumir dichos objetivos, los que, a mi entender,
resultan prioritarios.
Potenciar el papel de la Peregrinación y de los Santuarios
en la vida de las comunidades cristianas.
Al enunciar así el primer objetivo, será oportuno
hacer una breve observación introductoria. No será
ocioso, en efecto, subrayar, desde el principio, la íntima
unión entre estas dos realidades que, en la práctica
pastoral, aparecen con frecuencia como separadas. Peregrinación
y Santuario deben formar una unidad desde el punto de vista pastoral,
no sólo en la creación de estructuras de servicio,
sino en la orientación misma de la catequesis y de la celebración.
Sólo esta unidad puede salvaguardar su esencia cristiana
y eclesial (católica).
Es a partir de esta realidad que nuestro Pontificio Consejo ofreció
una reflexión pastoral en sendos documentos: La Peregrinación
en el Gran Jubileo del 2000 (1998) y El Santuario: memoria, presencia
y profecía del Dios vivo (1999). Precisamente en el primero
de estos textos viene señalada tal unidad con estas palabras:
“Todos los cristianos son invitados a tomar parte en esta
gran peregrinación que Cristo, la Iglesia y la humanidad
han recorrido y deben continuar recorriendo en la historia. El
santuario hacia el cual se dirige debe convertirse en ‘la
tienda del encuentro’ como la Biblia denomina al tabernáculo
de la alianza. Es allí, en efecto, donde tiene lugar un
encuentro fundamental que revela dimensiones diversas y se ofrece
bajo aspectos diferentes” .
Como se refleja en estas palabras, la peregrinación aparece
en la historia y en la vida actual de los pueblos como una realidad
espiritual y religiosa de amplias dimensiones, arraigada en la
naturaleza espiritual del hombre y que trasluce aún en
manifestaciones que consideramos ‘profanas’ o simplemente
culturales. El texto mencionado da cuenta de ello al hablar de
“La peregrinación de la humanidad” y concluir:
“Esta compleja geografía del deambular de la humanidad
abriga en sí el germen de un anhelo radical hacia un horizonte
trascendente de verdad, de justicia y de paz, da fe de una inquietud
que alcanza en el infinito de Dios, el puerto donde el hombre
puede rehacerse de sus angustias” .
En este horizonte, la peregrinación se presenta como “signo
del estado de los discípulos de Cristo en este mundo”.
“Para el cristiano, la peregrinación, vivida como
celebración de la fe, es una manifestación cultual
que debe cumplir con fidelidad a la tradición, con profundo
sentido religioso y como vivencia de su existencia pascual”
. La peregrinación, en resumen, se convierte para el creyente
en “un itinerario esencial de la fe” en el que encuentran
cabida la Palabra de Dios, la Iglesia, la celebración renovada
de la Reconciliación y de la Eucaristía, el compromiso
en la caridad, el encuentro, en fin, con toda la humanidad peregrina.
Esa es la realidad fundamental que abre un inmenso abanico de
posibilidades a la acción pastoral y evangelizadora, a
la construcción de las comunidades eclesiales, a la presencia
renovadora de estas comunidades, aún cuando en minoría,
en los pueblos de Asia.
A lo largo de las siete Asambleas Plenarias de la Confederación
de las Conferencias de Obispos de Asia (FABC), se han venido indicando
las líneas maestras de la vida de la Iglesia en y al servicio
de este Continente. Los documentos, que recogen la reflexión
que se ha llevado a cabo, podrían ayudarnos a profundizar
en el tema que nos ocupa, es decir lo que pueden aportar la Peregrinación
y los Santuarios en la vida de las comunidades cristianas. A mi
entender, el punto que podría resumir toda esta reflexión
se halla en una expresión utilizada en la Asamblea Plenaria
de 1995.
En el Documento Final de aquella Asamblea se lee: “For the
Church and its mission in Asia whose peoples are charecterized
by traditions of deep religiosity, prayer has to be ‘the
river of life’. Prayer is absolutely indispensable if the
Christ-life is to indwell Christian participation in life-giving
liberation and development. This inner life of prayer builds the
Church into a credible community of faith, rooted in the life
of the Trinity and turned resolutely toward the construction of
a fully human future for Asian peoples”.
La imagen no podría ser más adecuada para definir
los Santuarios en Asia: lugares de oración, fuentes de
donde mana la vida, porque en ellos la comunidad cristiana celebra
y vive su unión con la Trinidad en la participación
íntima en la Pascua de Cristo.
Ciertamente, quiero añadir de inmediato, no se trata con
ello de situar los Santuarios en un lugar especial y casi separado
de la vida de las comunidades, de las parroquias, de las diócesis.
Todo lo contrario, creo que ello resulta claro para todos, el
“privilegio” que se concede a los Santuarios sólo
tiene sentido como servicio a todas las comunidades eclesiales.
Dicho esto, creo que resulta evidente, también, que los
Santuarios y la Peregrinación que ellos promueven, cuentan
con algunas características específicas que facilitan
su misión. Ante todo su proximidad a la realidad social
y cultural en la que están implantados. Este hecho define
la identidad de cada Santuario, constituye su “carisma”
, si así podemos decir, y se manifiesta en las formas de
la piedad popular .
Es por esto que en los Santuarios y en la Peregrinación
podremos encontrar elementos esenciales de aquella “Asianness
of the Church in Asia”, a la que exhortó la última
Asamblea Plenaria de la FABC, a la luz de la Exhortación
Apostólica Ecclesia in Asia .
Esta consideración del papel de los Santuarios deberá
realizarse en referencia al triple diálogo que empeña
a la Iglesia en Asia: “el diálogo con las diferentes
religiones, con las culturas de Asia y con las masas de pobres
de Asia” . Son temas, además, que figuran en el programa
de este Encuentro.
Como marco de esta reflexión, el lema de estos días
define al Santuario como “lugar de acogida y de encuentro”.
Permítanme compartir con Ustedes algunas reflexiones sobre
este tema.
El Santuario imagen de la Acogida de Dios
En nuestras sociedades actuales vivimos bajo la continua amenaza
de encontrarnos solos, excluidos, indefensos. Bastaría
repasar situaciones muy comunes a toda clase de personas, de cualquier
situación social, de cualquier edad. Bastaría recordar
situaciones frecuentes en la familia, las dificultades de las
relaciones entre padres e hijos, por ejemplo, o entre esposos.
O fijarnos en las relaciones sociales de trabajo, la angustia
por un lugar de trabajo estable, o, en el caso de los jóvenes,
por encontrarlo después de su formación. Y así,
muchas otras situaciones que el clima de competitividad, que el
egoísmo o la inseguridad económica han ido multiplicando
en nuestro mundo.
Necesitamos ser acogidos. Desde los primeros instantes de nuestra
existencia necesitamos sentir el calor de unos brazos abiertos,
de una palabra cariñosa, de alguien que dirija hacia nosotros
su mirada y que lo haga no como competidor o enemigo, sino como
colaborador, como guía, como ayuda.
“La población entera se agolpaba a la puerta”
(Mc 1,33). Toda una humanidad a la espera de alguien que le abra
la puerta. Y el Evangelio proclama la Buena Nueva de una puerta
abierta: de la Palabra, del Hijo del Padre, que “puso su
tienda entre nosotros” (Jn 1,14) y recibió a todos,
nos sanó de nuestros pecados y nos asegura para siempre
un puesto en la casa del Padre (cf. Jn 14,1-3).
El Santuario es imagen de esta historia, memoria de esta visita,
haciendo presente la acogida incondicional que Dios ofrece a todos
los hombres y mujeres que hoy anhelan una compañía,
un hogar.
En el Santuario – y al referirnos a él lo hacemos
siempre en relación a la Iglesia, “casa de Dios (cf.
1 Tim 3,15), en que habita su ‘familia’”, como
recordaba el concilio Vaticano II -, en el Santuario, pues, experimentamos
la acogida que el Padre ofrece a todos en Cristo, su Hijo unigénito,
para que en el don de su Espíritu vivan la comunión
entre hermanos, sean testimonios de la salvación y colaboren
en la construcción de un mundo de paz y solidaridad.
En esto debe encontrar la Pastoral de Santuarios su criterio y
su norma. Su objetivo prioritario es ordenarlo todo para que la
imagen resulte sumamente visible, comprensible, y que el visitante,
el peregrino, se encuentre de veras con el Señor Dios.
Pero, llegados a este punto, al pasar de considerar la Acogida
que se nos ofrece a la acogida que nosotros, como responsables
de los Santuarios, debemos prestar, preciso es confesar que no
es siempre fácil acoger. No diré que, en la práctica,
nos comportemos como tantos Estados que levantan barreras de condiciones
para acoger a los Emigrantes. Pero, algunas veces, la tentación
de hacerlo es muy viva. Será útil, entonces, recordar
siempre, como advertencia, aquella escena en que el libro de Samuel
nos narra la visita de Ana al Templo: “Mientras ella rezaba
y rezaba al Señor, Elí observaba sus labios. Y como
Ana hablaba para sí, y no se oía su voz aunque movía
los labios, Elí la creyó borracha” (1Sam 1,10).
Hay aquí un amplio programa para la reflexión, el
discernimiento y la programación pastoral en los Santuarios.
Más aún, se trata de todo un proyecto de espiritualidad
que debe modelar nuestro ministerio.
Deseo terminar mi intervención reiterando, una vez más,
la convicción de nuestro Pontificio Consejo y la esperanza
acerca de una renovada colaboración entre todos los responsables
de Peregrinaciones y Santuarios de Asia. Estamos al inicio del
camino. Las dificultades materiales (largas distancias, diversas
culturas, diferentes realidades eclesiales) son bien conocidas.
Sin embargo, en un mundo siempre más interrelacionado,
globalizado, pero, sobre todo, en el espíritu de una Iglesia
que debe vivir día a día y con plenitud toda la
riqueza de su catolicidad, nuestro proyecto resulta necesario.
Nos conforta la íntima certeza de la presencia operante
del Espíritu: “Wheter in explicit proclamation of
the Gospel or in the silence of prayer, whether in the warmth
of personal contact or the burden of liberative action, the Spirit
of life guides, sanctifies and unifies the disciple-community
for the world and the humanity. The deepest communication of the
Chruch to Asia is its Spirit-filled and multiform mission of sharing
Christ as the Way, the Truth and the Life” |