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PALABRAS DE S.E.R. JOHN P. FOLEY, PRESIDENTE DEL PONTIFICIO CONSEJO PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES
II CONGRESO SOBRE COMUNICACIÓN SOCIAL
Universidad Católica San Antonio de Murcia, España, 15 de mayo 2003

COMUNICACIÓN ÉTICA, ÉTICA EN LA COMUNICACIÓN

Saludo y agradecimiento

Un saludo muy cordial a todos, en primer lugar a las Autoridades de la Universidad, en la persona de su Gran Canciller el Señor Obispo de esta Diócesis, Don Manuel Ureña, y al Presidente Sr. José Luis Mendoza, Les agradezco mucho el haberme invitado de nuevo a estar entre ustedes y sobre todo les felicito por estas iniciativas de estudio que enriquecen e impulsan la vida académica de esta Universidad, siempre realmente universal y abierta al mundo de hoy. En este caso nos congregan para lanzar una mirada a la comunicación social del siglo XXI.

Sobre la ética en los medios de masas, el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales ha ofrecido, a lo largo de los años, una serie de documentos aplicados a temas generales y particulares, cuya lectura les sugiero vivamente. Se trata de textos breves y prácticos que han encontrado una gran acogida entre los profesionales de las distintas áreas mediáticas. Esta mañana deseo sólo realizar algunas reflexiones y sugerencias inspiradas en esos documentos.

La búsqueda ética, signo de los tiempos

Es ya un tópico la afirmación de que dentro del cambio de paradigma cultural que estamos viviendo, hay una honda crisis de valores, y que los medios de masas no contribuyen precisamente a orientar al público en esa crisis. Es cierto. Pero ello no quiere decir que la sociedad no busque valores, ni que no tenga verdadera sed de certezas. En las encuestas realizadas entre jóvenes de hoy, es frecuente encontrar que entre los valores más importantes para ellos está la coherencia, es decir, la concordancia entre los propios ideales proclamados y la manera como se viven. Aún en un clima relativista, a la sociedad no le dejan indiferentes aquellas personas capaces de mantener sus convicciones incluso a despecho de sus propios intereses o incluso de su vida. Hay en ello una forma de búsqueda de autenticidad y de consistencia ética que ofrezca firmeza en un contexto cultural de productos volátiles y efímeros. Esa coherencia otorga una mayor credibilidad y a la larga es base de la autoridad moral.

Una especial demanda de concordancia entre ideales y vida se exige sobre todo a quienes detentan alguna forma de responsabilidad social, sea educativa, de gobierno, religiosa, etc. En el terreno de las comunicaciones sociales, la experiencia nos confirma que la autoridad moral de un periodista, de un medio impreso, un programa de radio o de televisión, pueden ser claves para ser escuchados por la opinión pública.

Así pues, el mundo actual no está tan ajeno a valores como uno pudiera suponer; si bien la búsqueda de sentido se desarrolla a veces por derroteros inconsistentes o vanos, ello no debe llevarnos a ignorar las inquietudes de nuestros contemporáneos; debemos leer en ellas los posibles signos de los tiempos a los que hemos de responder con particular diligencia.

Antes de seguir, desearía recordar que, aunque estas reflexiones se sitúen en un contexto católico, no significa que el comportamiento ético deba ser patrimonio sólo de los cristianos, ni siquiera de los que tienen alguna forma de creencia. Toda persona -con o sin un credo religioso-, si desea vivir su vida con hondura y no quedándose en su superficie, se plantea el marco ético de sus acciones, reflexiona sobre sus verdaderos motivos y también sobre las consecuencias de sus actos para él mismo, para los demás y para la sociedad a la que pertenece. Ello con más motivo si su labor se desenvuelve en el campo de la comunicación social, porque puede afectar a millones de personas.

Ética en y desde los medios de comunicación social

Hay quien en nuestro tiempo defiende que la comunicación social -Internet como paradigma de ello- debería ser un espacio sin límites para una libertad sin límites. Casi se llega a considerar un "atentado" el que se reclamen normativas para la emisión de mensajes a través de los medios de masas. La Iglesia defiende la libertad de expresión como una base de la convivencia democrática (Aetatis novae, 15), pero no hay nada en el individuo o en la sociedad que sea un absoluto; el ser humano es limitado, y por ello su libertad también tiene límites en sí misma, como su razón o su fuerza física, sin que nadie se los imponga. El sueño de una libertad absoluta no se corresponde con la realidad del hombre (Cfr. Ética en las comunicaciones sociales, 29). La experiencia demuestra que una libertad absoluta no es un sueño, sino que se vuelve una pesadilla.

Ello más aún en la vida social, espacio natural de la vida humana. La convivencia posibilita el desarrollo de cada persona, y a la vez requiere unas coordenadas que la hagan posible. El objeto de las normas es precisamente garantizar la libertad de todos y evitar que algunos se apoderen del espacio de los demás, se impongan sobre ellos o lleguen a dañarlos seriamente. La vida social, si se abandona a sus puros dinamismos espontáneos, corre el riesgo de terminar siendo una selva donde se imponga la ley del más fuerte. Para organizarla sin forzaduras, son necesarias unas normas como las del tráfico, que nos permiten desplazarnos con libertad hacia donde queremos ir, sin el peligro de colisionar con los vehículos que circulen en dirección contraria y sin atropellar a los peatones. Así, el espacio de convivencia mediática -también el de Internet- requiere un marco suficiente para defender el ejercicio de la libertad responsable y el bien común (Cfr. Ética en Internet, 17); es exigible la creación de legislaciones adecuadas y códigos deontológicos que regulen la vida de los medios (Cfr. Ética en las comunicaciones sociales, 23).

Pero no sólo los comunicadores, sino también las audiencias -los usuarios de los medios- tienen obligaciones; el primero de ellos, el discernimiento, la selección. (Cf. Ética en las comunicaciones sociales,. 25). Las instituciones educativas deben ser formadoras de preceptores inteligentes y libres; la sociedad toda debe exigir a los medios un ejercicio de calidad, veracidad y respeto a la dignidad humana, especialmente la de los más débiles y desprotegidos.

El comunicador según Jesucristo

Si la coherencia es un valor que puede pedirse a cualquier persona, cuanto más a los seguidores de Cristo. En el terreno de la fe, la coherencia se corresponde con el testimonio de vida, sin el cual queda menoscabada nuestra credibilidad al anunciar el mensaje.

En el último capítulo de Ética en las comunicaciones sociales hay unos párrafos particularmente luminosos que desearía ahora glosar, pues proponen la contemplación de Jesús como modelo para los comunicadores (Cf. Ética en las c.s., 32). Aquél que por la encarnación se revistió de la semejanza de quienes iban a recibir su mensaje, lo proclamó con palabras y con su vida en una total coherencia hasta su muerte. Pero es modelo aún más excelso en su resurrección, con los mensajes y su modo de presentarse a los discípulos; con Pentecostés se completa la obra de su comunicación íntima a la humanidad entera y de una comunicación sin fronteras.

No se extrañen de que pongamos a Jesucristo Resucitado como modelo de comunicador. Sabemos bien que en el Bautismo morimos y resucitamos con Cristo; la Eucaristía alimenta en nosotros precisamente la vida de la Resurrección. Y el Señor, en una de sus apariciones a los Apóstoles narrada por Juan (21, 19), invita a Pedro a seguirlo, ¡resucitado! Y no se trata de un imposible, sino del modo ordinario como Cristo llama a los cristianos a vivir la vida.

¿Qué notas podrían ser ejemplos de este "vivir resucitados" -como el Señor y con su gracia- en materia de comunicación social?

- Para Cristo resucitado no hay barreras infranqueables. El comunicador católico debe atravesar los "muros" de la división entre los hombres. No es persona de trincheras ni de prejuicios o de intereses partidistas; da cuenta de lo que sucede, atendiendo a la dignidad de toda persona.

- El Señor acompaña al hombre en su camino, como hizo con los de Emaús, (Lc 24, 13-33), pero no queda preso de las pequeñas preocupaciones y horizontes humanos: al explicarles el sentido de los acontecimientos, les abre perspectivas de tal modo que desencadena en ellos la respuesta entusiasta de sus propias conciencias para lanzarse a ser, ellos mismos, comunicadores de la resurrección.

- El trasfondo del perdón y de la misericordia atraviesa toda la presencia de Jesucristo en sus apariciones. Ese amor no impide que reproche a sus discípulos (a Tomás especialmente) su falta de fe en el mensaje que ha enviado a través de las mujeres y de otros testigos. Sus palabras señalan verdades -a veces incómodas- e impulsan a la conversión, pero en un clima de amor y de perdón.

- El Resucitado es fuente de esperanza y de alegría. Así, actuar como "resucitados" en materia de comunicación social es también enfatizar buenas noticias, ofrecer ejemplos y testimonios positivos, estrategias inteligentes para la construcción de la paz. Y ello con más motivos en un mundo que tiene tanta hambre, precisamente, de esperanza y de alegría.

Que Dios bendiga a todos ustedes.

 
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