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Congregación para la Evangelización
de los Pueblos
GUIA PASTORAL PARA LOS SACERDOTES DIOCESANOS
DE LAS IGLESIAS QUE DIPENDEN DE LA
CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS
Roma, junio de 1989
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1. Introducción. La Congregación para la Evangelización
de los Pueblos, consciente de la importancia fundamental del sacerdocio
ministerial para la vida y el desarrollo de la comunidad cristiana,
ha prestado siempre especial atención a los presbíteros
locales de las nuevas Iglesias.
Como aportación concreta a la formación de los sagrados
ministros, en la sesión plenaria del 1417 de octubre de 1986,
se han formulado Algunas Directivas sobre la formación en
los Seminarios Mayores, que S.E. el Cardenal Prefecto ha comunicado
a los Obispos interesados en una circular del 25 de abril de 1987.
Para dar continuidad a esta primera e importante contribución
en beneficio de los seminaristas, y como testimonio de atención
a los sacerdotes, durante la plenaria del 11-14 de abril de 1989,
después de amplia consulta y examen del abundante material
enviado por las Iglesias particulares, se ha preparado una Guía
Pastoral para los sacerdotes diocesanos de las Iglesias que dependen
de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
En esta Guía, conforme a la doctrina y a las normas generales
de la Iglesia, se tratan en orden todos los temas principales referentes
a la identidad, la espiritualidad, la vida y la acción pastoral
de los presbíteros, haciendo hincapié, según
lo indicado expresamente por el Concilio (1), en las notas características
que corresponden más bien a las Iglesias jóvenes en
pleno desarrollo; en particular: las cualidades espirituales y el
estilo de vida del sacerdote, que sean un testimonio evidente también
para los no cristianos; la comunión con el Obispo, con el
presbiterio y la comunidad cristiana; la disponibilidad y el compromiso
para dar el primer anuncio del Evangelio a los no cristianos; la
formación y participación de los laicos en la vida
y el desarrollo de la Iglesia, y su compromiso en la obra de Evangelización;
la atención primordial a los jóvenes; el amor preferencial
por los pobres; la sensibilización en favor de la promoción
humana y la defensa de la justicia; la inquietud por la inculturación
y la aptitud para promoverla; el diálogo ecuménico
y el diálogo con las otras religiones.
Estos, y otros puntos importantes, constituyen la trama de toda
la materia; hacen que la Guía responda, en la medida de lo
posible, a las necesidades de los sacerdotes de las Iglesias que
están en los territorios de misiones. Se considerarán,
pues, clave de lectura de lo demás.
Los destinatarios de la Guía son, esencialmente, los sacerdotes
diocesanos seculares que pertenecen a las Iglesias que dependen
de la Congregación; ellos son cada vez más numerosos
y asumen siempre mayores responsabilidades. Por consiguiente, requieren
especial atención. Además, pertenecen por lo general
a la primera o segunda generación de sacerdotes nativos del
país, para los cuales el modelo tradicional del sacerdote
es el religioso misionero, y no el sacerdote diocesano secular local;
en fin, los problemas de los sacerdotes que se encuentran en los
territorios de misiones son específicos y concretos, están
vinculados a situaciones eclesiales y socioculturales locales, y
requieren directrices y soluciones adecuadas.
Se espera que esta Guía constituya un punto de referencia,
y un elemento de unidad y de estímulo para todos los sacerdotes
seculares; y que, al mismo tiempo, sirva de inspiración para
los religiosos y misioneros que trabajan en esas mismas Iglesias
jóvenes. La Congregación para la Evangelización
de los Pueblos entrega, por tanto, con gran confianza estas orientaciones
a las Conferencias Episcopales y a los Ordinarios como guía
pastoral para sus presbíteros, y como documento básico
para formular o renovar sus directorios particulares, de manera
que toda la familia sacerdotal de la Iglesia misionera viva en el
fervor, trabaje en unidad de espíritu e intenciones, y pueda
responder a las esperanzas de una Iglesia que se encamina hacia
un nuevo adviento misionero, con María.
I - EN LAS FUENTES DEL SACERDOCIO MINISTERIAL
2. Fundamento Trinitario. Cristo Jesús, en quien "reside
toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente " (Col 2,9),
fue enviado por el Padre para realizar el plan de salvación
universal (cf. Jn 3,17; 5,30; 8,16; Gal 4,4; etc.), recibiendo de
El todo poder para cumplir su misión (cfr Jn 5,20-21; Mt
28,18); fue ungido con el Espíritu Santo (cf. Lc 4,18 ss;
Hch 10,38), y después de haber cumplido la voluntad del Padre,
que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
pleno de la verddad (cf. 1Tim 2,4), hasta dar su vida como rescate
por muchos (cf. Mc 10.45), destruyó la muerte con la resurreción
y volvió al Padre, penetrando los cielos, donde reina eternamente
e intercede por sus hermanos (cf Jn 16,27-28; 13,1.3; Hb 4,14-16).
El sacerdote, cuya tarea es continuar la misión de Cristo,
halla la fuente última de su misión en el amor salvífico
del Padre (cfr Jn 16,6-9.24; 1Cor 1,1; 2Cor 1,1), y el origen inmediato
de su vocación en Cristo que le llama por su nombre como
llamó a los apóstoles e infunde en él su Espíritu
(cf Jn 20,21) para marchar hacia el Padre con sus hermanos. En esta
realidad Trinitaria, fuente de la misión de la Iglesia (2),
se arraiga y encuentra plena justificación la vocación
y misión del sacerdote ministro.
El mismo Cristo promovió a sus apóstoles como ministros
de manera que poseyeran, en la sociedad de los creyentes, la sagrada
potestad del orden. Por medio de los apóstoles, el Señor
hizo partícipes de su propia consagración y misión
a los sucesores de aqéllos que son los Obispos, cuyo cargo
ministerial, en grado subordinado, fué encomendado a los
presbíteros a fin de que cooperaran en el fiel cumplimiento
de la misón apostólica (3). Esta misión participa
en la misión universal de la Iglesia para los no cristianos
e involucra a los sacerdotes en forma concreta (4).
Por intermedio del Obispo, los sacerdotes son llamados por Cristo
a una vocación especial (cf Mc 3.13; Lc 6,13); están
en el mundo pero no son del mundo (cf Jn 17,14-15); y, en virtud
de la consagración, están capacitados para cumplir
la misón misma de Cristo de anunciar a todos que el tiempo
se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca (cf. Mc 1,15),
y de presidir, enseñar y santificar al Pueblo de Dios (5).
El principio constitutivo del sacerdocio ministerial es Cristo-Sacerdote
victíma de la nueva y eterna alianza (cf. Hb 9,11-15). El
principio eficaz es la elección y misión especial
por parte de Dios, que convierte al sacerdote en instrumento de
Cristo (cf Mc 3,19; Lc 22,19; Mt 28,18-20). El principio ejemplar
es la diaconía de Cristo, cuyas imágemes dan luz a
la identidad del sacerdote:
Cristo-enviado por el Padre para salvar al mundo (cf Jn 3,17); que
indica la universalidad de la misión; Cristo-siervo, que
subraya la renuncia de Cristo, quien vino, no a ser servido, sino
a servir y a dar su vida (cf Mt 20,28: Filp 2,7-8); Cristo-pastor-maestro,
que vela con amor, guía su rebaño, y lo reúne
en el único redil (cfr Jn 10.1 ss ). Es la palabra viva del
Padre que convoca a las gentes en su Reino (cf Jn 12, 48-50).
El relieve que se da a la función ministerial subraya la
relación esencial del sacerdote con la Persona de Cristo.
El sacerdote, en efecto, es signo e instrumento del único
sacerdote y mediador ante el Padre: Jesucristo, y continuación
de El sobre la tierra, que actualiza el poder de Cristo de anunciar
la Palabra, de renovar el sacrificio de la Cruz en la Eucaristía,
perdonar los pecados y guiar al Pueblo de Dios. Es imposible separar
el ser del sacerdote del ser de Cristo, la vida del sacerdote de
la vida de Cristo.
Estén, pues, todos los presbíteros, convencidos de
que su identidad sacerdotal se realiza únicamente en la conformidad
total con la identidad de Cristo, con conocimiento, coherencia y
fervor del espíritu. Y recuerden que Cristo, al cumplir su
misión de salvador, aceptó el camino de la encaranción,
despojándose de sí mismo y tomando todo lo que es
propio del hombre, excepto el pecado (cf Hb 2,17-18; 4,15). Esta
encarnación será un signo de la actividad misionera.
El Espíritu Santo da a la Iglesia la unidad íntima
y ministerial, proporcionándole diversos dones jerárquicos
y carismáticos (cf Ef 4,11-13; 1Cor 12,4) (6), y vivificando,
como alma, a la instituciones eclesiásticas (7), infundiendo
en los corazones de los cristianos ese spíritu que había
animado a Cristo a cumplir su misión (8).
"Los presbíteros, por la unción del Espíritu
Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así
se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como
en persona de Cristo cabeza" (9). La elección, la santificación
y la misión proceden siempre del Espíritu santificador
(cf Hch 13,3; 19,6). Y es el Espíritu el que dá la
capacidad objetiva de ejercer eficazmente el ministerio. También
el Espíritu es enviado (cf Jn 14,26; 15,26) y permanece unido
al sacerdote-enviado para colaborar en la obra de salvación
(10).
Gracias al Espíritu, principio de comunión (11), los
sacerdotes llegan a ser guías y animadores espirituales de
la comunidad, especialmente con la fuerza de la Palabra. Gracias
a ese mismo Espíritu,son ministros de los sacramentos,que
por El son vivificados, desde el bautismo, "en el Espíritu
y el agua" (Jn 3,5; Hch 10.47), hasta la Eucaristía,
en la que Cristo "ejerce constamemente, por obra del Espíritu
Santo, su oficio sacerdotal en favor nuestro" (12).
La consagración inaugura en los sacerdotes un continuo Pentecostés.
En virtud de esta gracia extraordinaria, ellos deben saber reconocer
la acción del Espíritu en la Igleisa y cooperar con
ella, conscientes de que han recibido una misión sobrenatural
y universal en favor de todos los hombres.
3. Fundamento eclesiológico y sacramental. La Iglesia, "sacramento
universal de salvación" (13), actualiza la redención,
mediante la Palabra y los sacramentos, principalmente mediante el
Sacrificio de la Eucaristía. De este carácter ministerial
de la Iglesia participan los sacerdotes llamados a predicar y difundir
el Evangelio, a presidir el culto y a desempeñar la función
de guías en el Pueblo de Dios.
La Iglesia es comunión, articulada jerárquicamente
en distintos ministerios, servicios y funciones en el interior de
la comunidad. En particular, mediante los tres grados del Orden
sagrado (Obispos, sacerdotes, diáconos), se edifica como
templo vivo, en una comunión de fe y de amor. Estos tres
ministerios que confiere la ordenación, transmitidos por
los apóstoles y sus sucesores, son jerárquicos y constituyen
la jerarquía eclesiástica.
El Obispo en comunión con el Sumo Pontífice, Jefe
el Colegio Episcopal, y con los miembros del Colegio, es - en la
comunidad eclesial - el "gran sacerdote" (14), signo vivo
de Cristo, supremo pastor; su función reproduce aquella central
de servicio humilde y potente de Cristo Jefe (15). Para ejercer
en forma plena y eficaz su ministerio, el Obispo debe ser coadyuvado
por presbíteros y diáconos.
Los presbíteros son ayuda e instrumento del Orden episcopal
y, en cada comunidad, representan al Obispo: bajo su autoridad,
predican el Evangelio (16), "santifican y rigen la porción
de la grey del Señor a ellos encomendada" (17).
El presbítero, además, en comunión con el Obispo,
obra en nombre de Cristo (18). Anuncia, ejerciendo el mismo ministerio
de Cristo-Profeta en el servicio de la Palabra, incluso a aquellos
que están lejos (19); es sacerdote-ministro en cuanto consagra
en nombre de Cristo-Pontífice ("in persona Christi Pontificis")
(20); es pastor, en cuanto reúne y guía a la comunidad
en nombre de Cristo-Buen Pastor (cf Lc 10,16; 1P 5,2).
En la Iglesia-comunión, en fin, hay distinción y complementariedad
entre el sacerdocio de los ministros ordenados y el sacerdocio común
de los fieles, pues el uno coopera con el otro para realizar la
misión confiada por Cristo a la Iglesia. El sacerdocio común
de los fieles y el sacerdocio ministerial, aunque diferentes esencialmente
y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro,
pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de
Cristo (21). Los presbíteros deben ser conscientes de su
identidad particular que los habilita para un ministerio específico
y que se ordena a la edificación del único Cuerpo
de Cristo que es por naturaleza: profético, sacerdotal y
real. A pesar de la diversidad de las funciones permanece intacta
la idéntica dignidad fundamental de los cristianos.
El sacerdote es diocesano en virtud de su encardinación en
la diócesis (22), donde permanece unido al Obisopo bajo un
aspecto nuevo y está, de manera especial, al servicio de
esa comunidad eclesial particular que es la diócesis (23).
En su calidad de sacerdote diocesano, está llamado a crear
la comunión entre los miembros de la comunidad local y también
a ampliarla, evangelizando a aquellos que todavía permanecen
fuera de ella.
En esta comunión de la Iglesia, no deberá olvidarse
el papel que tienen los diáconos permanentes que trabajan
al lado del sacerdote y deben formarse para que lleven una vida
evangélica, de manera que puedan cumplir, en forma adecuada,
los deberes propios de su orden. Ellos representan una figura que
puede asumir un significado importante en las Iglesias jóvenes
que necesitan de todas las energías disponibles para desarrollarse.
La función del diácono deberá estudiarse y
organizarse a nivel de las Conferencias Episcopales (24).
Es necesario subrayar la dimensión eclesial y sacramental
que califica a los sacerdotes. Todo sacerdote representa a la Iglesia
y actualiza en ella el proyecto de salvación. Esto supone:
conciencia de aquello que tiene relación con la Iglesia,
coherencia con el proyecto concreto de salvación, y comunión
de espíritu y de acción con todos lo que actuán
en la pastoral, en especial con el Romano Pontífice, el Obispo,
los demás sacerdotes y los diáconos.
Tengan todos los presbíteros fija su mirada en María,
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia: desde el momento de la Encarnación
del Hijo de Dios, ella es fundamento ejemplar necesario de su ser
y de su vida.
II- IDENTIDAD DEL EVANGELIZADOR Y DEL PASTOR
4. Conciencia misionera del presbítero. La comunión
de las Iglesias particulares con la Iglesia universal llega a su
perfección sólo cuando éstas también
toman parte en el esfuerzo misional en pro de los no cristianos
en su territorio, y también en aquél que se realiza
para con otras naciones (25).
En el dinamismo apostólico, propio de la esencia misionera
de la Iglesia (26), los presbíteros ocupan necesariamente
un lugar importante. Esto debe ponerse de relieve, especialmente,
en los que trabajan en territorios de misiones donde se realiza
la evangelización de los no cristianos.
Con la sagrada ordenación, los presbíteros han recibido,
en efecto, un don especial que "no los prepara a una misión
limitada y restringida, sino a la misión univeral y amplísima
de salvación 'hasta lo último de la tierra' (Hc 1,8)"
(27).
Por consiguiente, todo presbítero debe tener una clara conciencia
misionera, que le haga apto y listo para comprometere efectivamente
y con generosidad para que el anuncio del Evangelio llegue a los
que todavía no profesan la fe en Cristo. El sacerdote es,
en verdad, "misionero para el mundo" (28).
La evangelización de los no cristianos que viven en el territorio
de una diócesis o una parroquia está encomendada,
en primer lugar, al respectivo pastor y a la comunidad cristiana
local. Este deber apostólico exige que el Obispo sea esencialmente
mensajero de fe, y que los presbíteros hagan todo lo posible
por predicar el Evangelio a los que se encuentran fuera de la comunidad
eclesial, comprometiéndose personalmente, y haciendo participar
a los fieles, en colaboración con los misioneros.
En la distribución de las tareas pastorale, a los sacerdotes
locales no deben confiarse, prioritariamente, las comunidades ya
formadas y organizadas, dejando al cuidado de los misioneros aquellas
que comienzan, o la responsabilidad de evangelizar nuevos grupos.
Los sacerdotes locales tienen el derecho y el deber de asumir, ellos
mismos, la evangelización de sus hermanos que todavía
no son cristianos, siendo verdaderos apóstoles de frontera,
sin aspirar a las funciones más destacadas y a puestos seguros,
centrales o mejor remunerados.
Es conveniente que las Iglesias jóvenes "participen
cuanto antes activamente en la misión universal de la Iglesia,
enviando también ellas misioneros que anuncien el Evangelio
por toda la tierra, aunque sufran escasez de clero" (29). Que
todas las Iglesias particulares sepan dar de su pobreza (30). Por
tanto, además de los presbíteros que pertenecen a
institutos misioneros, propónganse las diócesis enviar
sus propios sacerdotes que sienten la llamada de Cristo, como misioneros
fidei donum, para que se inserten en la actividad misionera propiamente
dicha (31). Estos sacerdotes estén felices de poder vivir
con toda plenitud la comunión con Cristo enviado por el Padre
(cf Jn 17,18; 20,21) y con la Iglesia universal, poniéndose
a disposición de su Obispo para ser enviados a predicar el
Evangelio a otros pueblos. Esto requiere en ellos no sólo
madurez en la vocación, sino también la capacidad
de desprenderse de su propia patria, etnia y familia, y una aptitud
especial para insertarse en las otras culturas con inteligencia
y respecto (cf. Gn 12, 1-4; Hb 11,8).
En ningún otro sector del apostolado eclesial, como en éste,
los presbíteros podrán demostrar la intensidad de
su amor a Cristo, a la Iglesia y al hombre, pudiendo decir con S.Pablo:
"Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos"
(1Cor 9,22) (32)
5. Conciencia pastoral del presbítero. La función
pastoral exige de los sacerdotes una conciencia pastoral profunda,
que se basa en su identidad de "consagrados para predicar el
Evangelio y apacentar a los fieles y celebrar el culto divino"
(33), participando así en la misión de Cristo Buen
Pastor que conoce, alimenta y guía a sus ovejas y va en busca
de aquellas que están perdidas o se encuentran todavía
fuera del redil (cf. Jn 10,1 ss; Lc 15, 3-6).
En su expresión completa, la conciencia pastoral se manifiesta
en el sentido de pertenencia a la Iglesia universal, en comunión
de amor y de obediencia al Romano Pontífice, principio y
fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión
(cf. Mt 16,19; Jn 21, 15-17); y también en el sentido de
comunión y coparticipación entre las Iglesias particulares,
en las cuales y de las cuales se edifica la Iglesia universal (34).
Una Iglesia particular se vuelve estéril si no se dá
a la demás Iglesias hermanas. Esto supone que los presbíteros
estén dispuestos a partir, enviados por el Obispo, para colaborar,
en la caridad, con las Iglesias más necesitadas, especialmente
con aquellas que se encuentran en ambientes solo parcialmente evangelizados
(35).
En su expresión inmediata, la conciencia pastoral se manifiesta
en el sentido de pertenencia a la propia Iglesia particular, en
comunión con el Pastor, con los demás presbíteros,
los díaconos y toda la comunidad de los fieles.
La comunión con el Obispo debe ser espiritual y jerárquica,
y supone algunas actitudes como: reconocer en él la autoridad
de Cristo, Supremo Pastor; aceptar con estima y amor su función
de padre de la comunidad diocesana; colaborar activamente con él,
con espíritu de obediencia apostólica. Los Obispos,
por su parte, consideren a los presbíteros como "hermanos
y amigos"; conózcanles personalmente; visítenles
con frecuencia y preocúpense por su bien material y espiritual
(36). La relación entre Obispos y sacerdotes se basa en un
espríritu de fe, pero se desarrolla y se expresa en un clima
de mutua confianza, de verdadera estima y de concreta colaboración,
respetando el papel propio de cada cual.
La comunión con los presbíteros se basa en el hecho
de que junto al Obispo, y a su alrededor, ellos forman un "solo
presbiterio" (37). El sentido de pertenencia al presbiterio
hace que cada sacerdote se sienta unido a los demás por "especiales
lazos de caridad apostólica, ministerio y fraternidad"
(38), realizando así la unidad mediante la cual Cristo quiso
que los suyos fueran "perfectamente uno" (cf. Jn 17,23).
La forma institucionalizada, en representación del presbiterio,
cuya misión es ayudar al Obispo en el gobierno de la diócesis,
es el Consejo presbiteral. En las Iglesias de territorios de misiones,
éste desempeña una función pastoral activa;
por consiguiente, debe constituirse y valorizarse, lo más
ampliamente posible, según las normas canónicas y
teniendo en cuenta la situación concreta local (39).
La comunión con los fieles requiere que los presbíteros
se consideren Pueblo de Dios con ellos, dedicados radicalmente al
desarrollo de la comunidad, con auténtica caridad pastoral,
pues han sido tomados de entre los hombres y puestos en favor de
las cosas que se refieren a Dios (cf. Hb 5,1) (40). Por consiguiente,
oren los presbíteros incesantemente por sus propios fieles,
recomendádoles al amor del Padre (cf. 2Ts 1,11); comprométanse
a conocer bien su situación real, como el pastor conoce sus
ovejas (cf Jan 10.14); vivan en medio de ellos como "hermanos
entre hermanos" (41); recorran con ellos un mismo camino cristiano
de fe, dándoles ejemplo (cf. Jn 13,15); eviten con cuidado
todo aquello che pueda causar escándalo (cf. 2Cor 6,3); den,
con la comunidad, un auténtico testimonio de coherencia cristiana
a los que están lejos y todavía no creen en Cristo;
tengan cuidado de no alejarse de la gente debido a su condición
que, con frecuencia, les coloca a un nivel superior en la escala
social.
Dignos de alabanza son aquellos sacerdotes que aceptan y ejercen
con empeño y alegría cualquier servicio que su Obispo
les encomiende; que hacen lo posible por acercarse a los no cristianos
y no se dejan implicar en actividades ajenas al sentido apostólico
de su vocación.
6. Fraternidad sacerdotal. Los presbíteros, reunidos alrededor
del Obispo, vivan la fraternidad, conscientes de que se trata de
una verdadera "fraternidad sacramental" (42), fundamento
necesario para una mutua ayuda espiritual, a fin de que desempeñen
el ministerio con unidad de intención. Tengan ellos presente
el valor evangelizador de esa fraternidad sacerdotal por la caual
forman un cuerpo dinámico y creíble, de conformidad
con la petición que hizo Jesús al Padre en la oración
de la Ultima Cena (cf. Jan 17, 20-21). La Evangelización
nunca es un acto aislado o individual, sino siempre profundamente
eclesial, que se ha de cumplir con el espíritu y con el método
de la comunión. Esto se hace urgente en las Iglesias en cuyo
territorio se está llevando a cabo la evangeliazación
de los no cristianos (43).
Procuren los presbíteros tener una verdadera amistad con
sus hermanos; gracias a ésta podrán ayudarse, con
mayor facilidad, a crecer en la vida espiritual e intelectual, prestarse
asistencia en las necesidades materiales, y tener una vida más
plena y serena. Esta amistad entre los sacerdotes, realizada en
Cristo como consecuencia de la comunión de cada uno con El,
es una gran ayuda para superar el peso y las dificultades de la
soledad (44).
Los presbíteros encrgados de la cura de almas, en especial
los párrocos, consideren que les han sido confiados especialmente
los sacerdotes jóvenes que el Obispo les envía como
colaboradores; ayúdenlos fraternamente de manera que no se
sientan abandonados y se integren positivamente en el presbiterio.
Entre los medios que favorecen esa fraternidad, se pueden señalar
las asociaciones sacerdotales. Han de estimarse aquellas que, con
estatutos reconocidos por la autoridad eclesiástica competente,
fomentan la vida espiritual, la convivencia humana, las actividades
culturales y pastorales, y favorecen la unidad de los presbíteros
entre sí y con su propio Obispo (45). Han de evitarse las
asociaciones que tiene un espíritu cerrado, una mentalidad
exclusivista, sobre todo si están de alguna manera relacionadas
con grupos potentes o movimientos políticos, o son favorecidas
por ellos (46). De todos modos, insístase, en las Iglesias
jóvenes, en la unidad de todo el presbiterio.
Se debe dar especial importancia a la fraternidad entre los sacerdotes
seculares y los misioneros, especialmente los que han contribuido
a fundar la Iglesia y a desarrollar el clero nativo.
La fraternidad sacerdotal, cierto, abarca también a los sacerdotes
que pertenecen a Institutos de vida consagrada o a Sociedades de
vida apostólica. Y, en cierto sentido, se extiende también
a los laicos que siguen a Cristo más de cerca en una vida
consagrada. Prepárense los presbíteros, y estén
dispuestos a ayudar espiritualmente a los hermanos y hermanas laicos,
de acuerdo con las directrices del Obispo, sin intervenir, sin embargo,,
en asuntos referentes a la disciplina y a la organización
interna de la comunidad.
7. Ministro de la Palabra. Pertenece al presbítero, como
educador del Pueblo de Dios en la fe, partícipe de la misión
profética de Cristo y cooperador del Obispo, anunciar la
Palabra de salvación y, con su fuerza, congregar a los fieles
(cf. Rom 10,17) (47). Un deber específico del predicador
del Evangelio es comunicar la Palabra de Dios, de la cual es humilde
servidor - no la sabiduría humana (cf. 1Cor 2,1 ss) (48).
El ministerio de la Palabra se realiza de distintas maneras. En
las Iglesias jóvenes, se pueden destacar las siguientes:
el primer anuncio a los no cristianos; la predicación a los
fieles; la catequesis a los catecúmenos y a los bautizados;
la evangeliación de la enseñanza y de la cultura;
el diálogo individual.
• Evangelizador incansable. El presbítero dé
prioridad a la tarea de anunciar, mediante la palabra, el mensaje
del Evangelio a quienes no están todavía bautizados
en el territorio que le ha sido encomendado. Ese primer anuncio
es una responsabilidad fundamental que la Iglesia, a través
de los apóstoles, recibió del Señor mismo:
"Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la
creación" (Mc 16,15; cf. Mt 28,19). Todo sacerdote,
en virtud de su función profética, y en estrecha colaboración
con la responsabilidad misionera de su Obispo, tiene el deber imprescindible
de anunciar a los hombres "al Dios vivo y a Jesucristo enviado
por El para salvar a todos (Cf. 1Ts 1, 9-10; 1Cor 1, 18-21), a fin
de que los no cristianos, bajo la acción del Espíritu
Santo (cf. Hch 16,14), que abre sus corazones, creyendo se conviertan
libremente al Señor" (49). Como Pedro y Juan,todo presbítero
manifieste su deseo de ser mensajero infatigable de la Buena Nueva
de Jesucristo: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que
hemos visto y oído" (Hch 4,20); y escuche, come si fueran
para él las palabras que el Señor dijo a Pablo: "No
tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo"
(Hch 18, 9-10).
Al organizar las actividades apostólicas de la diócesis
y de la parroquia, deberá darse un lugar destacado a la función
específica del anuncio a los no cristianos, involucrando
en primer lugar a los sacerdotes y a los diáconos, con la
estrecha colaboración de los catequistas y de toda la comunidad
de los fieles.
• Al servicio de la predicación. Es deber del párroco,
con sus colaboradores, programar la predicación, para que
llegue a todos los fieles con regularidad y frecuencia, incluso
a aquellos grupos que no tiene la posibilidad de celebrar la Eucaristía
con ocasión de todas las fiestas de precepto.
La predicación implica, para los sacerdotes, un elevado sentido
de responsabilidad y deberes concretos: no debe ser improvisada,
sino preparada mediante el estudio, e interiorización en
la oración; ha de expresar los valores perennes de la Sagrada
Escritura, de la Tradición, de la liturgia, del magisterio
y de la vida de la Iglesia (50); debe haber coherencia entre la
predicación y la conducta del sacerdote, de manera que la
Palabra sea corroborada por el testimonio (cf. Mt 5, 16); han de
exponerse criterios perennemente actuales para la vida cristiana
individual y comunitaria (51).
En la predicación, se destaca la homília, que es parte
de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono.
Se le da un lugar privilegiado y debe exponer los misterios de la
fe y las normas de vida cristiana, basándose en el texto
sagrado y siguiendo el año litúrgico (52). Debe estar
vinculada con la catequesis, aplicando a las formas concretas de
vida, en el contexto cultural, los misterios proclamados.
En las zonas de misiones, donde hay escasez de clero, póngase
de relieve la posibilidad de admitir a predicar también a
los laicos, en conformidad con las normas canónicas (53).
Elijan los sacerdotes algunos de los fieles más idóneos
y prepárenlos a este delicado ministerio. Si éstos
últimos han sido oficialmente escogidos por el Obispo, inclúyanles
en los programas parroquiales de predicación y asístanles
fraternamente.
• Comprometido en la catequesis. La formación catequética,
entendida como enseñanza sistemática de la doctrina
y como iniciación gradual en la vida cristiana, es un deber
grave de la comunidad eclesial y en particular de los pastores de
alma (54). Los párrocos, en virtud de su cargo, deberan garantizar
que la catequesis se lleve a cabo en forma ordenada y regular, en
favor de todas las categorías de los fieles, y que abarque
todos los grupos de edades (55).
En las misiones, la catequesis ocupa un lugar de primera necesidad
para ayudar a que surjan nuevas comunidades, y fomentando así
la formación religiosa de los bautizados en un contexto eclesial
joven que requiere una adecuada inculturación y que a menudo
se vé sometido a presiones contrarias por el ambiente no
evangelizado, y recibe la influencia del materialismo moderno.
En este campo es indispensable la cooperación de todos los
miembros de la comunidad, pero especialmente de algunas categorías.
Los padres tiene, ante todo, más que cualquier otro, la obligación
de formar cristianamente a sus hijos con las palabras y con el ejemplo
(56). Preparen los sacerdotes a aquellos que están por contraer
matrimonio, y apoyen a las parejas y a los padres de familla cristianos
en esa peculiar responsabilidad, mediante instrucciones apropiadas
y con un ayuda práctica.
Nadie puede ignorar la importancia de los maestros para ayudar a
crecer en la fe a las nuevas generaciones (57). La enseñanza
de la religión en las escuelas es, para muchos jóvenesm,
el primer contacto que tienen con el Evangelio. Por lo tanto, empéñense
los sacerdotes en el sector de la pastoral de las escuelas católicas
y estatales, pues son un terreno prometedor para una primera evangelización
y un medio propicio para la formación religiosa de los jóvenes
ya bautizados, ya que se deberá encarnar el mensaje cristiano
en los valores de la cultura que la escuela transmite. Las maneras
de intervenir deberán ser diferentes, según las instituciones
escolares, la preparación religiosa de los maestros y las
leyes del Estado. Lo que cuenta es hacerse cargo, con convicción,
del sector escolar, en la pastoral diocesana y parroquial (58).
En las Iglesias de misiones, los catequistas tienen la tarea de
explicar la doctrina evangélica y de organizar, en colaboración
con los sacerdotes, los actos litúrgicos y las obras de caridad
(59). En algunos casos, se les confía el cuidado espiritual
de pequeñas comunidades donde el sacerdote solo puede estar
raras veces. Con el desarrollo de las Iglesias, el catequista para
todo se va configurando más bien como una función
específica, con la única tarea de la catequesis. Es
necesario que los sacerdotes se entiendan muy bien con los catequistas,
dando valor a su trabajo, retribuyéndoles justamente y se
preocupen por su formación espiritual e intelectual, de acuerdo
con las normas diocesanas, en escuelas destinadas a este fin (60).
Instruir, y acompañar a los catecúmenos, es una de
las funciones primordiales de los catequistas. La experiencia demuestra
que el desarrollo de la primera evangelización se debe a
su generosidad, sobre todo en las zonas donde los no cristianos
son numerosos. En este contexto, ha de subrayarse la función
del catecumenado peculiar de las misiones que, a través de
la instrucción y la práctica, inicia a los catecúmenos
en el misterio de la salvación y les lleva a vivir la fe,
la caridad y el apostolado. Es tarea de las Conferencias Episcopales
establecer estatutos para organizar el catecumenado sobre la base
del Ordo Initiationis Christianae, especificando los deberes, las
prerrogativas y los programas de los catecúmenos (61). Se
pida a los sacerdotes un empeño generoso para valorizar el
catecumenado, con la convicción de que es el mejor medio
para que se desarrolle la comunidad, en cuanto a nuevos miembros,
y en madurez.
Para facilitar la instrucción catequética y, en general,
el anuncio de la Palabra, es importante que los presbíteros
crean en la utilidad de los medios de comunicación grupales
y sociales, y los empleen, ayudando también a los fieles
a formarse criterios eficaces para su correcta utilización.
Habrán, pues, de tener una cierta sensibilidad, suficiente
preparación, capacidad para suscitar la colaboración
de los laicos, y saber emplear los medios apropiados (62).
• El diálogo entre las personas. Todas las formas de
comunicación de la Palabra deben realizarse mediante la transmisión,
siempre eficaz, de persona a persona. El Señor mismo la utilizó,
como lo demuestran, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemo
(cf. Jn 3,1 ss), la Samaritana (cf. Jn 4, 1 ss), Simón el
fariseo (cf. Lc 7,1 ss) y con otros. Hay que estimular el contacto
personal del que comunica la Palabra con el que la recibe. Los sacerdotes,
en particular, valoricen el Sacramento de la Penitencia y la dirección
espiritual como medios importantes de formación; mediante
el contacto y diálogo fraternos, se podrán dar respuestas
más adecuadas a los problemas, siempre diferentes, de persona
a persona (63).
8. Presidente de las celebraciones litúrgicas y ministro
de los Sacramentos. El presbítero, partícipe de manera
especial del Sacerdocio de Cristo, actuando como ministro suyo y
bajo la autoridad del Obispo, ejerce su función sacerdotal
sobre todo en los actos litúrgicos y en la administración
de los sacramentos (64). Deberá, por tanto, empeñarse
en adquirir un profundo sentido litúrgico y ser un animador
convencido de la vida litúurgica de los fieles (65).
• Pastoral sacramental. Por lo que se refiere al ministerio
de los sacramentos, la tarea primordial de los presbíteros
es procurar que se conozca verdaderamente, en especial mediante
la catequesis, su carácter eclesial, su finalidad intrínseca
y su unidad con la Eucaristía, la aptitud radical de los
fieles para recibirlos y vivir su gracia propia en virtud del sacerdocio
común de los fieles (66). Lúchese contra la idea equívoca
de que los sacramentos han de considerarse como acciones aisladas
en si mismas, como un efecto mágico, separados de la vida.
Dado que los fieles bien dispuestos tienen derecho a recibir los
sacramentos (67), procuren los pastores que tengan una preparación
adecuada (68). Es necesario precisar, aquí, que la pastoral
sacramental no se limita al tiempo que precede la celebración,
sino sigue más adelante para acompañar y llevar a
la madurez, prestando especial atención a los neófitos
(69). La comunidad tiene el deber de crear un ambiente fraterno
a quienes reciben los sacramentos por primera vez.
Para que la Iglesia pueda desarrollarse, es preciso poner de relieve
el carácter central de la Eucaristía, en virtud de
la cual, y alrededor de la cual la comunidad se forma, vive y llega
a la madurez. Al ofrecer el Santo Sacrificio "en la específica
identificación sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote"
(70), los presbíteros habrán de colocar, efectivamente,
el misterio eucarístico en el centro de su vida y de su comunidad.
No olviden que sólo a partir de ese centro vital podrán
anunciar la Palabra con fruto y reunir a la comunidad que les ha
sido encomendada. Esfuércense por estimular a los fieles
a que tomen parte activa en la Santa Misa, ofreciendo la divina
víctima a Dios Padre y uniendo la ofrenda de su propia existencia
(71), reciban con frecuencia el pan de vida, y veneren con adoración
a Cristo vivo en el tabernáculo (72). Cuando, por falta de
sacerdotes, no es posible celebrar la Sta. Misa todos los domingos
en todas las comunidades, los pastores deberán establecer
un programa que contemple la celebración por turnos, de manera
que los fieles puedan tener una cierta garantía y orden en
este campo esencial para su vida cristiana.
En la situación actual, coinviene también invitar
a los sacerdotes a un "ejercicio diligente, regular, paciente
y fervoroso del sagrado ministerio de la Penitencia" (73).
Esta pastoral requiere disponibilidad y espíritu de sacrificio,
pero es la expresión más elevada de la misericordia
de Dios en Cristo a través del ministerio de la Iglesia.
Esfuércense los sacerdotes en presentar este sacramento también
como una solución para los conflictos del mundo actual, en
cuanto que el pecado individual repercute siempre en la vida social,
con consecuencias desastrosas para la dignidad integral del hombre
(74).
En las Iglesias de territorio de misiones, gracias a una catequesis
fiel a la doctrina, y a la generosidad de los pastores, la práctica
del sacramento de la Penitencia es todavía frecuente. Habrá
que superar las dificultades en cuanto a la organización
y al número limitado de confesores para conservarla e intensificarla.
Una programación ordenada ayudará a coordinar las
fuerzas; en especial, con ocasión de las grandes fiestas,
de manera que los sacerdotes que son vecinos se ayuden mutuamente.
Hay que tener siempre presente que la confesión individual
es el único modo ordinario para que un fiel consciente de
que está en pecado grave se reconcilie con Dios y con la
Iglesia. Por lo que se refiere, en cambio, a la absolución
a varios penitentes a la vez, sin previa confesión individual,
hay que recordar que puede administrarse sólo bajo ciertas
condiciones: cuando hay peligro de muerte, o si se presenta una
necesidad grave; es decir, cuando, teniendo en cuenta el número
de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente
la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de
manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían
privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la
sagrada comunión. Corresponde al Obispo diocesano juzgar
si se dan las condiciones requeridas por la norma canónica;
éste, teniendo en cuenta los criterios acordados con los
demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar
los casos en los que se verifica esa necesidad (75). No habrán
de descuidarse, especialmente en los momentos principales del año
litúrgico, las celebraciones penitenciales comunitarias;
se ayudará a los fieles a comprender el sentido profundamente
eclesial de purificación, aunque no sea bajo la forma sacramental.
Principalmente, pero no exclusivamente, en los Territorios donde
se realiza la primera evangelización de los no cristianos,
los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación requieren
especial atención por parte de los sacerdotes.
Por lo que se refiere al Bautismo, subráyense especialmente
los efectos, a saber: la liberación del pecado, la filiación
divina, la configuración con Cristo y la incorporación
a la Iglesia (76). En la fase de preparación, la pastoral
deberá dirigirse a los padres y a los padrinos cuando se
trata del Bautismo de niños, y a los candidatos mismos cuando
son adultos (77). Se deberá valorizar la natural connexión
entre catecumenado y bautismo (78). No deberá descuidarse
la pastoral postbautismal, ya que los neófitos necesitan
una especial ayuda para cumplir fielmente los deberes de la vida
cristiana e integrarse en la comunidad eclesial que les ha recibido
(79).
En cuanto a la Confirmación, también es importante
insistir en los efectos. Por ella se progresa en el camino de la
iniciación cristiana, y ella enriquece con los dones del
Espíritu Santo, vincula más estrechamente a la Iglesia
y obliga más estrictamente a comprometerse en el apostolado,
dentro y fuera de la comunidad eclesial (80). La pastoral deberá
cuidar de la preparación de los confirmandos y luego acompañarlos
para que su vida cristiana sea más madura y su compromiso
apostólico, aún con los no cristianos, sea más
generoso. La administración de la Confirmación es
una ocasión propicia para establecer un vínculo personal
y concreto entre cada uno de los candidatos y el Obispo.
• Algunas prioridades en la pastoral litúrgica, En
las Iglesias que se van desarrollando hacia una plena madurez, la
pastoral litúrgica presenta algunos aspectos prioritarios:
ante todo, el sentido comunitario de las celebraciones, como bra
de Cristo y de la Iglesia (81), en las cuales todo cristiano puede
participar según sus aptitudes, de acuerdo con las distintas
órdenes y funciones (82).
Además la necesidad de la participación activa que
supone, tanto una previa preparación, como una conciencia
del valor de la acción litúrgica (83). La pastoral
litúrgica exige, además, que se preste atención
a la relación entre la celebración y la vida, de manera
que los fieles puedan manifestar en sus actividades las múltiples
riquezas del misterio de Cristo que han conocido mediante la fe
(84). Ese tipo de pastoral exige un notable esfuerzo de inculturación,
para que se comprendan más fácilmente las celebraciones
y correspondan a la sensibilidad de las personas en su contexto
cultural, sin desde luego disminuir el imprescindible sentido de
misterio (85). El estudio y las iniciativas de inculturación
de la liturgia deberán emprenderse a nivel de las Confrencias
Episcopales, en conformidad y armonía con la tradición
y las normas de la Iglesia universal. Los sacerdotes con cura de
almas deberán sostenerlas con convicción y realizar
las orientaciones según el programa común aprobado
en la diócesis (86). En fin, tómense bien en cuenta
las celebraciones dominicales cuando falta el ministro sagrado.
Ratificada la celebración de la Eucaristía como centro
y cumbre de la vida cristiana, es indispensable asegurar a las comunidades
alejadas del centro una reunión de oración todos los
domingos, aún cuando no se puede celebrar la Misa por falta
de sacerdotes (87). Las Conferencias Episcopales y los Obispos locales
tienen el deber de organizar esas celebraciones conforme a las normas
de la Iglesia (88) por lo que se refiere a su contenido, su relación
con el año litúrgico, la persona que las debe presidir,
su desarrollo y la necesidad de no confundirlas con la celebració
eucarística. Corresponde a los sacerdotes preparar a las
comunidades interesadas y a sus animadores, de manera que estas
celebraciones en las que se lee la Palabra de Dios y, posiblmente,
se distribuye la Eucaristía, sean una verdadera expresión
de la oración de la Iglesia que pueda ayudar a los fieles
a santificar el domingo y aumentar en ellos el deseo de participar
en la Santa Misa.
• La actitud del sacerdote que preside habrá de inspirarse
no sólo en una comprensión adecuada (89); deberá
tener, asimismo, una apropiada dignidad. Esta se logra, en la liturgia,
también en la sencillez y pobreza de los edificios y objetos
sagrados, siempre que las celebraciones se realicen con devoción
interior y exterior, evitando toda prisa o descuido. Esfuércese,
pues, el presidente de la acción litúrgica, por animarla
activamente, interviniendo personalmente con las exhortaciones apropiadas
que aparecen en las rúbricas y dejando lugar a las otras
intervenciones: lecturas, cantos, gestos, y a los momentos de silencio.
La presidencia de las acciones litúrgicas, y su animación,
exigen al sacerdote riqueza interior, buen conocimiento doctrinal,
la capacidad de hacer participar a los demás y el esmero
en prepararse cada vez.
• Fiel observancia de las normas litúrgicas. Por lo
que se refiere a los gestos, palabras, ornamentos y objetos, el
sacerdote deberá hacer hincapié en el sentido de lo
sagrado que está relacionado con el culto, y mostrar también
un interés pedagógico. La Iglesia ha publicado instrucciones
precisas al respecto que todos los sacerdotes deben seguir (90).
Esta fidelidad a las normas de la celebración, y el dinamismo
al presidir, servirán de ejemplo para la comunidad. Los fieles
deberán comprender la magnitud de los misterios que se celebran
por el fervor interior de los sacerdotes y la dignidad de su comportamiento.
Sepan los sacerdotes que faltan a su función de guías
y pueden desorientar a los fieles cuando modifican, con ligereza,
el desarrollo de la acción sagrada agregando o suprimiendo
algo indebidamente, o celebran sin ornamentos, con vasos no sagrados,
o fuera del lugar y sede prescritos. Reconociendo que existen situaciones
de necesidad y hay excepeciones justificadas, se invita calurosamente
a los sacerdotes a brindar a las jóvenes comunidades de misiones
celebraciones litúrgicas lo más dignas y ordenadas
poisibles. Recuerden, en fin, que las celebraciones realizadas con
dignidad son un sublime llamamiento para quienes se interesan por
el cristianismo y se están acercando a él.
9. Liberación, promoció humana y opción preferencial
por los pobres. La promoción del hombre está asociada
a la evangelización: se trata, en efecto, de la única
misión de la Iglesia que se siente comprometida, por voluntad
de Cristo (cf. Mt 25, 41-45; Lc 16, 19-31), en un auténtico
desarrollo integral del hombre, como individuo y como sociedad,
hasta llegar a denunciar, cuando es necesario, los males y las injusticias
sociales que lo aquejan (91). Hay que recordar, sin embargo, que
la misión propia de la Iglesia no es de orden "político,
económico o social", sino "religioso" (92),
en cuanto que ella "da su primera contribución a la
solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama
la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre
" (93).
En este mismo marco, surge la cuestión de la liberación,
que se siente con mayor o menor urgencia en distintas partes de
la Iglesia, con todo lo que ella implica en la acción. Todo
hombre ha sido llamado, en el eterno designio del Padre, a la comunión
con Dios, con el género humano y con todo el mundo; éste
se encuentra íntimamente vinculado al hombre y por medio
de él alcanza su fin. Esta comunión es quebrantada
por el pecado, pero restaurada en Cristo, según la promesa
de salvación que Dios anunció desde los orígenes
de la humanidad (cf. Gn 3,15; Rom 5, 20-21). Cristo, muerto y resucitado,
en efecto, libera al hombre del pecado y de sus consecuencias de
opresión, egoísmo e injusticia a nivel individual
y social, restaura la comunión y ofrece a todos la salvación.
Siguiendo el ejemplo de Cristo, la Iglesia proclama esta misma liberación
y se empeña en ayudar al hombre para que la conquiste en
todos los campos de su existencia.
Es necesario que,en los territorios de misiones,los sacerdotes tengan
una concienca clara y precisa de este problema y conozcan exactamente
los elementos esenciales de una teología de la liberación
conforme al magisterio de la Iglesia (94), a fin de dar una contribución
eficaz en el pensamiento y la acción, sin caer en ideologías
sectarias.
La tarea específica de los laicos es llevar los valores del
Evangelio y del Reino al campo económico, social y político
(95). A los sacerdotes corresponde preocuparse por su preparación
y asistirles, así como acompañarlos y estimularlos
a asumir sus responsabilidades en el campo específico de
las realidades temporales (96). Tengan los sacerdotes valor y equilibrio
en este sector del apostolado.
Para ejercer, de manera eficaz, la pastoral de la liberación,
de la promoción humana y de la justicia, procuren los sacerdotes
conocer completamente la doctrina social, las directrices y las
opciones pastorales de la Iglesia. Sepan estar cerca de su gente
- cuando ésta se halla oprimida por quienes tienen las riquezas
y el poder - manteniendo relaciones de solidaridad, acogida y concientización,
de manera que no se someta pasivamente a las situaciones de injusticia
social. No se detengan los pastores ante las dificultades inevitablmente
relacionadas con esta pastoral.
Hay que recordar, asimismo, el grave fenómeno de los refugiados
a causa de la guerrilla o de las calamidades naturales. El sufrimiento
del exilio, la disgregación de las familias y el aislamiento,
además de la extrema miseria, tienen como resultado, a menudo,
el derrumbamiento de los ideales, la desconfianza o incluso la desesperación.
La fé religiosa constituye un apoyo precioso para reconstruir
una vida. A menudo, el sacerdote es el primero que recibe el impacto
de estas situaciones, con los problemas inherentes como la concentracioón
de la población, la promiscuidad en los campos de prófugos,
y los jóvenes que van a la deriva. En estos casos, se requiere
una especial sensibilidad y preparación, por parte de los
sacerdotes, para realizar una cura pastoral más específica.
Quando se trata de llevar a cabo iniciativas de desarrollo, y en
los casos en que se denuncian injusticias públicas, actuén
los sacerdotes no aisladamente sino unidos, con un programa estudiado
a nivel diocesano y aprobado por el Obispo. Debe tenerse presente
que algunas intervenciones desproporcionadas y poersonales, en especial
en el campo sociopolítico, pueden hacer deslizar al sacerdote
fuera de su esfera que es la caridad pastoral, disminuir la credibilidad
en su misión, desorientar a los fieles y perjudicar al apostolado.
Las solicitudes de ayuda material para otras Iglesias o instituciones
públicas deben hacerse siempre con aprobación del
Ordinario y según un plan diocesano, a fin de garantizar
una sana precaución entre las distintas comunidades parroquiales.
Entre las exigencias del Evangelio, se destaca la caridad hacia
todos, en particular hacias los pobres. La Iglesia reitera su opción,
o amor preferencial por los pobres, pidiendo a los sacerdotes que
sean coherentes. No se trata de una elección exclusiva, sino
de una forma especial del primado de la caridad; un amor a los hermanos
por lo que ellos son, y no por lo que poseen o por la situación
privilegidad en que se encuentran. Hay que tener presente que se
consideran pobres no sólo los que no tienen, sino también
algunas clases y categorías de personas muy numerosas de
oprimidos, marginados, o personas en graves dificultades como los
minusválidos, los desocupados, los emigrantes, los refugiados,
los drogadictos, etc (97). Estén los sacerdotes cerca de
estos hermanos, compartiendo sus problemas y sus sufrimientos, y
viendo en ellos el rostro doliente de Cristo ( cf. Mt 25,40).
Asimismo en la realización de obras de desarrollo social,
estén convencidos los sacerdotes de que la evangelización
debe imponerse gracias a los valores sobrenaturales del Evangelio
y no por la fuerza de los medios económicos. En la salvaguardia
de la misión de la Iglesia, evítese despertar intereses
demasiado terrenales en los fieles y en quienes se acercan al Cristianismo.
10. Artífice de la colaboración. El apostolado es
un acto eclesial, comunitario, ordenado jerárquicamente en
distintos niveles de competencia (98).
Los sacerdotes tienen el deber de ejercer su servicio pastoral con
un espríritu eclesial, permaneciendo profundamente insertados
en la comunidad, en unión y obediencia al Obispo y en colaboración
con todos los agentes de pastoral, evitando obrar en forma autónoma
y personalista y siguiendo la marcha de la comunidad en la realización
de planes de acción, con paciencia y flexibilidad.
El compromiso de los presbíteros a nivel diocesano se manifiesta
también mediante su inserción en los distintos consejos
y organismos. Manifiesten ellos su participación con interés
y generosidad, con miras al desarrollo de toda la familia diocesana.
En la parroquia, pertenece en primer lugar al párroco organizar
la cooperación entre todos los agentes de pastoral: sacerdotes,
diáconos, religiosos y laicos (99). Debe estimularse el esfuerzo
por promover la unidad entre aquellos que trabajan con plena dedicación,
mediante reuniones regulares y frecuentes de información,
planificación y búsqueda de medios de acción.
Con un espíritu de confianza, hay que promover en la parroquia
los organismos de participación previstos por el derecho
canónico, como el Consejo pastoral (100) y el consejo de
asuntos económicos (101); así como otras iniciativas
comunitarias como pequeñas comunidades, asociaciones y movimientos.
Hay que tener presente que, en algunas culturas, la pequeña
comunidad eclesial es fundamental en la estructura social y puede
constituir un marco ideal también para la vida cristiana.
Ayúdese a estas comunidades de base a ser verdaderamente
eclesiales, es decir, a estar en comunión y cooperación
real con la Iglesia y con los Pastores, en la doctrina, la organización
y las iniciativas apostólicas (102). La sensatez del sacerdote
deberá facilitar la cooperación en la acción
de los diversos grupos, con un espíritu de unidad, pero respetando
las características propias de cada uno y su propia autonomía.
Tanto a nivel diocesano como parroquial, merece destacarse especialmente
la colaboración entre el clero local y los misioneros provenientes
de otros países, teniendo presente que muchos de ellos son
religiosos. Estos trabajan en virtud de un mandato universal de
la Iglesia, confiado por la Autoridad Suprema, y de una convención
especial con el Ordinario local. Su presencia es un don precioso
de la Iglesia misionera y un intercambio de caridad entre Iglesias
particulares. Sepan estos misioneros integrarse en la sociedad e
insertarse en la Iglesia local, en cuanto son parte de de ella de
pleno derecho: son miembros del presbiterio si son sacerdotes, y
adhieren en todo a su Pastor por lo que se refiere a la actividad
pastoral sin dejar de vivir y de actuar conforme al carisma específico
de las constituciones de su respectiva orden (103). Los presbíteros
locales, superando todo espíritu de falso nacionalismo, vivan
en comunión con ellos y sepan valorar su cooperación
apostólica que, sobre todo en lo que respecta a la primera
evangelización, no es sólo útil y especializada,
sino en muchos casos indispensable. Favorezcan, por su parte, los
misioneros, el justo desarrollo de fuerzas locales. Establézcase
entre estos Institutos y el clero local una coordinación
ordenada de la acción pastoral, bajo la dirección
del Obispo, respetando el sentido de unidad entre apóstoles,
el carácter y el fin de cada Instituto (104).
Para promover la pastoral de conjunto, que es de capital importancia
para la actividad misionera, los sacerdotes deberán actuar
con arreglo a una acertada planificación, por lo menos a
nivel diocesano y parroquial. Esto requiere la utilización
de una técnica ya experimentada, a saber: conocer la realidad
y establecer los objetivos generales y específicos, los criterios,
las estrategias y las formas de actuar. Para que la planificación
no sea sólo teórica, háganse programas concretos,
estableciendo las metas, las iniciativas, los responsables, los
medios, lugares, fechas, etc. Los programas habrán de someterse
a revisiones regulares.
11. Pastor dedicado a la evangelización de las culturas.
El Evangelio trasciende todas las culturas y no se identifica con
ninguna de ellas (cf. Jn 18,36). Sin embargo, el Reino que anuncia
el Evangelio, lo viven hombres profundamente vinculados a una cultura,
y la edificación de este Reino no puede prescindir de los
elementos culturales. Este importante sector tiene un profundo significado
en la evangelización misionera; se sitúa, en efecto,
en el marco de la Encarnación del Verbo. Es deber de la Iglesia,
nada fácil, evangelizar las culturas, es decir, favorecer
y acoger todos los recursos, las riquezas, las costumbres de los
pueblos en la medida en que son buenos; además, anunciar
la Buena Nueva a todas las capas de la humanidad para transformarlas
desde el interior, purificarlas de los elementos negativos viejos
y nuevos, de manera que se pueda expresar nuevamente el mensaje
evanglico a través de manifestaciones valederas.
La inculturación ha de realizarse, en primer lugar, en las
Iglesias particulares, considerándolas como comunidades que
viven una experiencia cotidiana de fe y de amor. Los especialistas
pueden estimularla y guiarla, pero ellos no son los agentes principales.
Por otra parte, la inculturación no es tarea de una sola
comunidad, sino de todas las Iglesias que viven en una determinada
zona cultural. La inculturación, en fin, no es un acto que
se realiza una vez por todas, sino una continua integración
de la experiencia cristiana en una cultura, que nunca es estable
ni termina.
Es importante recordar que el Evangelio, durante siglos, ha penetrado
en diferentes culturas, asumiendo sus valores, que han llegado a
ser valores humanos universales, elementos que han podido responder
a las exigencias de cualquier cultura. Esto facilita y enriquece
la inculturación del mensaje evangélico en cada cultura.
Hay que tener en cuenta lo anterior, en el discernimiento de los
elementos, para no realizar una obra de demolición que podría
privar a un determinado grupo humano de un patrimonio cultural que
es patrimonio de toda la Iglesia.
Los sacerdotes deben comprometerse, con alegría y confianza,
en este campo del apostolado, aprendiendo a juzgar su propia cultura,
es decir, a distinguir en ella los valores, las deficiencias o los
errores, y también las consecuencias del pecado, de manera
que cualquier manifestación cultural no se considere como
valor. Ellos deben tener presente que la inculturación no
debe estar en contradicción con la unidad de la Iglesia,
sino que debe partir siempre de la Sagrada Escritura, permaneciendo
fiel a la Tradición y a las directrices del Magisterio vivo
(105). Pero para que la inculturación alcance su fin y los
fieles no queden desorientados, los sacerdotes deben actuar en unión
con el Obispo y los demás presbíteros, siguiendo un
programa común, establecido a nivel de la Conferencia Episcopal
(106).
En este contexto, se presenta la función imprescindible de
la religiosidad popular católica presente en el país.
Si, esta se considera en cuanto conjunto de valores, creencias,
actitudes y expresiones tomadas de la religión católica,
es un elemento privilegiado para el diálogo entre el Evangelio
y las culturas; constituye la sabiduría de un pueblo. Por
tanto, para evangelizar profundamente una cultura, hay que formar
en ella esa religiosidad. Procuren los sacerdotes que la religiosidad
popular se alimente de un conocimiento del mensaje cristiano auténtico
y no caiga en la magia, la superstición, el fatalismo, u
otras formas desviadas de religiosidad (107).
12. Amigo y guía de los jóvenes. Los jóvenes
son una realidad viva y actuante en la Iglesia; se encuetran en
el centro de sus preocupaciones y de su amor; son su esperanza (108).
La Iglesia, convencida de que la juventud es por sí misma
una riqueza (109), y de que los jóvenes influyen de manera
decisiva en la edificación de la sociedad (110), los encomienda
a los sacerdotes para que éstos les presten un cuidado particular
(111) y se formen hombres y mujeres con una recia personalidad humana
y cristiana (112). En las jóvenes comunidades eclesiales
que se encuetran, principalmente en contextos con mayoría
de jóvenes, este tipo de pastoral se considera de orden prioritario,
sin que se pueda renunciar a él, en bien del presente y del
porvenir de la Iglesia (113). Den los sacerdotes importancia a los
jóvenes para la obra de evangelización. Se puede hablar,
con razón, de un apostolado de la esperanza, si los jóvenes
son evangelizados y llegan a ser protagonistas de la evangelización
de sus compañeros no cristianos (114).
La actitud del sacerdote respecto a los jóvenes ha de ser
apropiada; deberá caracterizarse por un sincero amor y una
gran disponibilidad por su parte; tendrá que aceptar, aunque
sea molesto, su vitalidad; habrá de compartir sus ideales,
sus puntos de vista consistentes, sus problemas y sus actividades;
tendrá que ser capaz de estimularlos a que den un juicio
crítico al afrontar situaciones difíciles como pueden
ser, por ejemplo, una cierta cultura secularizada, y a menudo atea;
las ideologías alienantes; la tensión debida a las
injusticias sociales; la difusión de la droga, el permisivismo
sexual, el desempleo, etc. Los sacerdotes, por consiguiente, deben
permanecer junto a los jóvenes para iluminarlos y guiarlos
en medio de estos escollos, ayúdandoles así a formarse
en un ambiente de confianza, a superar las contraddiciones que les
son peculiares y a expresar propuestas positivas de vida y emprenderlas
en forma coherente. Por tanto, tendrán que hacer lo posible
por examinar las cosas desde el punto de vista de los jóvenes,
darles mucho tiempo, mostrarles interés, tener con ellos
relaciones de amistad y utilizar la práctica de la dirección
espiritual que influye de manera tan profunda en los años
de la juventud. Los sacerdotes deben tener siempre presente que
la Iglesia tiene muchas cosas que decir a los jóvenes, y
éstos tienen muchas cosas que decir a la Iglesia (115).
Es necesario, asimismo reunir a los jóvenes en grupos masculinos,
femeninos o mixtos, valorizando las estructuras escolares, las asociaciones
y los movimientos, o también promoviendo la formación
de grupos espontáneos. Los jóvenes tienen necesidad
de participar y de sostenerse mutuamente, de realizar algo efectivo,
para crecer juntos. Por lo tanto, traten los sacerdotes de conocer
bien la dinámica de grupo y, sobre todo, preocúpense
por formar dirigentes de grupos juveniles.
A nivel diocesano, habrá que establecer un organismo para
la promoción de la pastoral juvenil, con sacerdotes preparados,
a los que se les encomiende este ministerio y que estén disponibles
para intervenir en las parroquias o en los grupos con una aportación
cualificada.
Presten especial atención los sacerdotes a un fenámeno
actual particular que influye en la difusión del mensaje:
un gran número de jóvenes insisten, por una parte,
en que se les considere como tales a una edad ya adulta; mientras,
que por otro lado, imponen criterios poco maduros, que ellos llaman
juveniles, para juzgar la vida. Es un problema de inadaptación
que debe tenerse presentem allí donde se manifiesta, para
evitar condicionamientos.
La pastoral juvenil no se limita a los jóvenes; se refiere
a toda la comunidad cristiana. Se trata de formar y de ayudar a
la comunidad a comprender y a tener en cuenta los anhelos de los
jóvenes, y a dar testimonio de rectitud e integridad y de
coherencia en la fé; a integrar a los jóvenes en ella;
en una palabra: a considerarse como verdadera comunidad humana sólo
si hay una presencia viva y una aportación dinámica
de la juventud. Adultos y jóvenes, unidos, estrechamente
y capaces de un intercambio mutuo de valores, forman la comunidad
cristiana real y completa.
13. Promotor de las vocaciones. Los sacerdotes desempeñan
un papel único e insustituible en la pastoral vocacional.
Con la convicción de que el Espíritu sigue distribuyendo
con gran liberalidad los carismas de las vocaciones especiales,
y que Cristo sigue llamando a los jóvenes porque los ama
(cf. Mc 10,2) (116), esfuércense los sacerdotes por acompañar
a los jóvenes durante el período delicado y decisivo
de la búsqueda vocacional.
La pastoral vocacional comienza en la comunidad cristiana, con una
invitación a la oración y al testimonio. La comunidad,
en la variedad de servicios, funciones y carismas, tiene un papel
importante de corresponsabilidad en cuanto al origen de las vocaciones.
Sigue, luego, involucrando a las familias y a las escuelas, ya que
los padres y los maestros son educadores también en la esfera
relativa a la elección de la vida (117). Pero los principales
interlocutores en el diálogo vocacional son los mismos niños
y jóvenes; toca a los sacerdotes llamarles y ayudarles a
encontrar la luz en todo el abanico de las vocaciones.
Así, cuando un joven demuestra una verdadera madurez cristiana,
y manifiesta inclinación a la vocación sacerdotal,
a la vida consagrada o al compromiso misionero, el sacerdote debe
acercarse a él con delicadeza y acompañarle individualmente
mediante una esmerada dirección espiritual. A ejemplo de
Jesús, no temerá interpelarlo, proponiéndole
explícitamente la opción de una vida enteramente consagrada
a Dios en un servicio apostólico (cf. Mt 4,19-20: 19,21;
Jn 1, 39, 42-43). El sacerdote ha de tener presente, sin embargo,
que la mejor propuesta debe proceder de su propia vida, coherente
y feliz. Evite, además, presentar ante todo la ayuda que
se presta a los pobres, descuidando el punto focal y decisivo de
toda vocación sagrada, a saber: la persona misma de Jesucristo
que se debe amar y seguir para cooperar a la salvación del
hombre. No se olvide que las vocaciones a la vida consagrada nacen
sólo gracias a una intensa vida cristiana.
Un punto importante de esta pastoral es la ayuda que se brinda al
joven para que pueda valorar sus motivaciones vocacionales. Hay
que conocer muy bien la calidad de los candidatos, y evitar que
las casas de formación se llenen de jóvenes que no
han sido suficientemente probados. El Obispo es quien tiene la responsabilidad
de indicar los criterios necesarios para realizar un discernimiento
de las vocaciones que tenga en cuenta la madurez humana y espiritual,
las capacidades intelectuales, el espíritu de servicio y
la aptitud para asumir un compromiso social. Ha de incluirse, como
condición esencial, entre los criterios de discernimiento
de la vocación el presbiterado, la sensibilidad y disposición
del candidato para propagar el Evangelio entre los no cristianos.
Será útil, asimismo, integrarse en los programas vocacionales
a nivel diocesano y nacional, recurriendo a organismos y formas
de ayuda adecuadas, y participando en iniciativas comunes.
Parte de la pastoral vocacional, es la acogida y el apoyo que se
dan a los seminaristas cuando están de vacaciones con la
familia o durante los períodos establecidos de experiencia
pastoral. Los sacerdotes, especialmente el párroco, han de
estar cerca de ellos y acompañarles en la vida de oración,
en las experiencias apostólicas y en el estudio, conforme
a las orientaciones del seminario. Demuestren los sacerdotes una
especial disponibilidad y atención hacia los diáconos
durante el período establecido de pastoral que constituye
un momento especial para formarles e iniciarles en el ministerio.
14. Atento a la identidad propia de los laicos. La atención
por los laicos es muy importante para la Iglesia. Esta subraya con
insistencia su vocación a la santidad y el triple oficio
- sacerdotal, profético y real - de los bautizados y confirmados
(118).
Tengan los sacerdotes una actitud de apertura y atención
hacia los laicos, y siéntanse con ellos discípulos
del Señor. No olviden, en el ejercicio del ministerio, que,
aunque tengan distintas funciones son, con los laicos, "como
miembros de un solo y mismo cuerpo de Cristo, cuya edificación
ha sido encomendada a todos" (cf Rm 12, 4-10) (119).
La pastoral de los laicos tiene en cuenta, ante todo, su índole
secular. A ellos corresponde, por propia vocación, buscar
el Reino de Dios gestionando las cosas temporales. Viven en el siglo,
en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, pero
están llamados por Dios como desde dentro, a modo de fermento,
para que contribuyan a la santifidación del mundo, guiados
por el espíritu evangélico (120). En las Iglesia que
viven en grupos humanos de minoría cristiana, la presencia
de los laicos bautizados adquiere un particular significado, en
cuanto ellos pueden dar el testimonio más fácilmente
perceptible de la fuerza y de la actualidad del mensaje evanglico
(121).
La acción de los fieles laicos se revela, hoy, cada vez más
necesaria y valiosa, pues la tarea misionera de la Iglesia asume
una amplitud siempre nueva y exige un compromiso responsable y solidario
por parte de todos los bautizados. Desde esta perspectiva, la fomación
de un laicado maduro y responsable se presenta como elemento esencial
e irrenunciable de la "plantatio Ecclesiae" y de su desarrollo
(122).
Toca a los sacerdotes mantener vivo, en la conciencia de los fieles,
el grave deber que tienen de anunciar el Evangelio y de animar el
orden temporal, siendo solidarios con sus conciudadanos, con espíritu
de caridad y con la fuerza del Evangelio (123).
Sean los sacerdotes promotores convencidos del apostolado de los
laicos, formándoles de manera adecuada y animándoles
a que se comprometan con entusiasmo, movidos por un impulso verdaderamente
cristiano (124). Introdúzcanles en los consejos y demás
organismos, encomendándoles cargos en la comunidad, conforme
a su vocacón propia y peculiar (125). Los sacerdotes no han
de reemplazar nunca a los laicos; más bien deberán
animarles en sus actividades, convencidos de que el desarrollo de
la Iglesia, especialmente en las misiones, se logra también
mediante la presencia dinámica de un laicado cada vez más
preparado y verdaderamente responsable.
Debe prestarse especial atención a la presencia de la mujer
en la vida de la Iglesia y en las distintas actividades patorales.
En virtud de los valores peculiares de la condición femenina
(126), la mujer interviene con más fuerza en algunos sectores
en los cuales debe darse valor a su presencia; por ejemplo: la vida
familiar, la educación de la juventud, la catequesis, la
visita a los enfermos, las obras de asistencia y de caridad, etc.,
o en los campos donde no conviene que intervenga un hombre, sobre
todo si es sacerdote. La colaboración pastoral con las mujeres
requiere madurez y reserva en los sacerdotes. La dirección
inmediata de las actividades confiadas a las mujeres se deberá
encomendar, de preferencia, a una de ellas.
15. Apóstol de la familia. La familia cristiana tiene el
privilegio de ser la imagen de Dios-Amor. Ese amor, que involucra
a la persona como cuerpo y espíritu, une a la pareja y se
hace fecundo (cf. Ef 5, 25-32). Así, la familia es la "célula
primera y vital de la sociedad" y "santuario doméstico
de la Iglesia" (127). Jesús la defendió por sus
valores originarios e inmutables (cf. Mt 19, 4-8). En todas partes,
la familia vive una situación compleja, con luces y sombras;
en los países de misiones, tiene que resolver problemas especiales,
planteados por las condiciones sociales, las influencias culturales
o las convicciones religiosas. La Iglesia es consciente de los grandes
desafíos que debe afrontar la familia cristiana hoy (128),
y reitera su predilección por ella, econmendándola
a los pastores como tarea prioritaria (129).
El cuidado de las familias es uno de los deberes principales del
párroco; con él deben colaborar los demás sacerdotes,
los diáconos, los religiosos y los laicos bien preparados
(130). La pastoral familiar se realiza, en forma inmediata, en la
comunidad parroquial, gracias a su fuerza de comunión; pero,
de manera más específica, en la familia cristiana,
en virtud de la gracia recibida en el sacramento (131).
La pastoral familiar empieza con la preparación de los novios,
que es remota, próxima e inmediata. La preparación
remota deberá comenzar con la catequesis juvenil; la próxima,
es tarea de los pastores, con la colaboración de personas
cualificadas: la inmediata, compete directamente a los sacerdotes,
en cuanto se refiere de cerca al sacramento. Cuiden los sacerdotes
de la preparación al matrimonio mediante contactos personales,
tanto individualmente como en grupos (132), subrayando, en especial,
el significado del sacramento, la santidad y los deberes del nuevo
estado. En algunas culturas, que deben apoyarse, las familias mismas
se encargan de transmitir a los jóvenes los valores humanos
y cristianos relativos a la vida matrimonial y familiar.
En la celebración litúrgica del matrimonio, los cónyuges
manifiestan el misterio en el que participan: la unión y
amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32) (133). Es oportuno,
en la medida de lo posible, que esta celebración sacramental
sea solemne, se realice en días festivos o en aquellos establecidos
en el programa diocesano, con la presencia activa y responsable
de la comunidad. El empeño pastoral se manifestará,
asimismo, dando importancia a la Liturgia de la Palabra y procurando
la educación en la fe de los participantes (134).
La pastoral postmatrimonial deberá ser tarea de todos los
componentes de la comunidad, y ayudará a los esposos a vivir
cada vez mejor su vocación y misión. Sigan de cerca
los sacerdotes a las nuevas familias, ayudándolas a recibir,
con toda lucidez, la gracia peculiar y siempre actual del sacramento,
a vivir con espíritu cristiano los momentos felices y a superar
las inevitables dificultades; sobre todo, a acoger con amor a los
hijos, asumiendo en forma responsable la tarea de servirlos en su
desarrollo humano y cristiano (135).
Mientras se propagan teorías contrarias a la enseñanza
de la Iglesia sobre la transmisión de la vida, a menudo integradas
en las legislaciones civiles, los sacerdotes tienen el cometido
difícil y digno de elogio, de ayudar a los fieles cristianos
a ser plenamente conscientes y coherentes en su deber de "cooperar
con el amor del Creador" (136). Es preciso realizar un trabajo
pastoral unitario, perseverante y organizado, a nivel diocesano
(137), para que en las jóvenes comunidades cristianas se
arraigue la formación responsable de la vida, conforme a
la tradicional y sana doctrina de la Iglesia. Con frecuencia, en
los territorios de misiones, hay valores culturales que favorecen
la obra de la Iglesia en esta pedagogía matrimonial, y se
deben poner de relieve.
Los pastores deberán tener especial esmero en lo siguiente:
- preparar a los fieles, especialmente a los novios y recién
casados, con la ayuda de personas expertas y moralmente íntegras,
mediante cursos y contactos personales, con el fin de educarles
a una verdadera paternidad responsable, según la fe cristiana,
utilizando el método natural (138); - indicar exactamente
el sentido y el valor de la castidad conyugal (139); - luchar enérgicamente
contro la plaga del aborto (140); - fomentar la máxima prudencia
y adhesión a las enseñanzas del Magisterio en todo
lo referente a la biomédica, en cuanto a las intervenciones
sobre el patrimonio genético, la fecundación artificial,
etc. (141).
Ayuden los pastores a las familias a ser coherentes con los compromisos
cristianos, incluso en contextos indiferentes o contrarios; a sostenerse
con amor, con espíritu de sacrificio y con la oración
comunitaria; y a dar un testimonio auténtico del Evangelio
en la sociedad, en particular con los no cristianos. La visita a
las familias es parte importante de la pastoral. Prepárase
seriamente el sacerdote para ese apostolado y compórtese,
con respecto a las familias, como "padre, hermano, pastor y
maestro" (142), sin preferencias, y más bien en favor
de aquellas más pobres y de los que están viviendo
momentos particularmente difíciles.
Las Iglesias jóvenes deben afrontar circunstancias prticulares
con relación al matrimonio y a la familia, según la
cultura o la situación religiosa y social local. Se trata
de las uniones aceptadas de hecho por la sociedad, pero que no han
sido regularizadas dede el principio ante la Iglesia, bien porque
el esposo todavía no ha terminado de pagar toda la dote,
o porque se espera verificar si la unión es fecunda, o por
otras razones de tipo jurídico y de costumbres.
Además, están los casos bastante frecuentes de poligamia,
los matrimonios mixtos por disparidad de cultos y, en algunas regiones,
la plaga del divorcio. La atención a estas distintas uniones
es delicada y difícil. Es tarea de los Obispos, después
de haber consultado a los demás miembros de la Conferencia
Episcopal, precisar los criterios de comportamiento pastoral para
aplicar en las circunstancias concretas las normas universales probadas
por el Romano Pontífice (143), las cuales, aunque excluyan
la admisión a los sacramentos, manifiestan un profundo amor
y respeto; ellas son: una sólida formación de los
jóvenes en la coherencia de la vida con relación a
los deberes del matrimonio cristiano: comprensión, sin rigidez,
hacia las personas que se encuentran en tales situaciones por debilidad
o por presiones extrínsecas; asistencia a esas parejas para
ayudarles a que no pierdan la esperanza y a que vivan, por lo menos
en cierta medida, una vida cristiana, así como a educar religiosamente
a sus hijos y, si es posible, a regularizar su unión; fiel
observancia de las normas canónicas referentes a los casos
de matrimonios mixtos (144) y a la sanación en la raíz
(145).
16. Cercano a los enfermos y ancianos. Los enfermos y los ancianos
requieren una atención particular en la comunidad, en especial
por parte de los pastores (cf. Mt 25, 36.43; Mc 16,18; Lc 9,11).
Ellos tienen en común la fragilidad física y síquica,
y unos y otros conocen el dolor en su doble dimensión: espiritual
y corporal.
Establezcan los sacerdotes una fraterna armonía con los enfermos,
considrándolos parte preciosa del rebaño que les ha
sido encomendado. Síganles de cerca, continuamente y ayúdenles
a comprender el infinito amor del corazón de Cristo (cf.
Mt 11,28), la solidaridad cristiana y el significado misterioso
y sobrenatural de la Cruz. Anímenles a que encuentren fuerza
y esperanza en la oración y en la ofrenda de su sufrimiento
para la redención del mundo, en unión con la pasión
de Cristo: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones
de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1,24).
Gracias al sostén de esta fe, los enfermos pueden llevar
consigo el "gozo del Espíritu Santo en medio de muchas
tribulaciones" (1Ts 1,6) y ser testigos creíbles de
la esperanza cristiana ante sus hermanos y antes aquellos que todavía
no creen en el Señor. Hagase hincapié en una acción
pastoral para los enfermos y los que sufren, y con ellos (146).
La Eucaristía frecuente es el don más bello y la mejor
ayuda que el sacerdote puede proporcionar a los enfermos y a los
ancianos. Mediante la Eucaristía, él les recuerda
que, a la luz de la resurrección de Cristo, el dolor y la
muerte adquieren un significado victorioso. Es la respuesta de la
sabiduría cristiana a un vacío que existe, a menudo,
en la sociedad actual, sobre todo con el progreso tecnológico.
Así se ayuda a los ancianos a superar la dolorosa experiencia
de ver aumentar sus limitaciones y, en algunos casos, de la soledad
y el abandono. Preocúpense los sacerdotes por atender a los
ancianos para que éstos sepan dar un valor a esa época
de la vida que implica una misión específica y original,
en razón de la edad. El anciano, en la Iglesia y en la sociedad,
puede justamente calificarse como "testigo de la tradición
de fe" (cf. Sal 44,2; Ex 12, 26-27), maestro de vida (cf. Si
6,34; 8,11-12), "el que obra con caridad" (147). Ayúdese
a los ancianos, además, a completar su vida en forma positiva.
Hay que estimular las culturas que manifiestan una singular veneración
por el anciano, dejándolo profundamente injertado en la familia
como "testigo del pasado e inspirador de sabiduría para
los jóvenes y para el futuro" (148).
La administración de los sacramentos de la Penitencia y de
la Unción de los enfermos es un momento importante de la
pastoral de los enfermos y de los ancianos. Sean solícitos
los sacerdotes en ejercer este ministerio (149), sin esperar los
últimos momentos, y procuren, cuando esto sea posible y conforme
a las disposiciones del Obispo, que la unción de los enfermos
se celebre comunitariamente, para varios enfermos al mismo tiempo,
con la participación de los familiares y, posiblemente, de
la comunidad.
Para fomentar la pastoral de los enfermos y de los ancianos, elíjanse
algunos laicos debidamente preparados y oficialmente encargados,
como ministros extraordinarios de la Eucaristía y a otros
como encargados de las obras de caridad (150). El sacerdote, sin
embargo, habrá de mantener el contacto personal, que es irremplazable.
En este contexto, cabe agregar una invitación a que se preste
cuidadosa atención a las exequias de los difuntos. En todas
partes, pero especialmente en las sociedades donde la veneración
de los muertos y de los antepasados es muy importante, acompañen
los pastores a las familias en esos momentos dolorosos y procuren
dar relieve a la celebración del rito fúnebre, si
es posible con la participación de la comunidad cristiana.
Hagan ellos de manera que se exprese vivamente el sentido de participación
de la Iglesia y el significado pascual de la muerte cristiana (cf.
Rm 6, 3-9; 1Cor 15, 20-22; 2Cor 4, 14-15; Ap 14,13), teniendo en
cuenta las tradiciones culturales en ciertos símbolos como
el color de los ornamentos, los cantos y el lugar y forma de la
sepultura (151). Es una ocasión privilegiada para hacer vivir
a los fieles una profunda experiencia de la comunión de los
santos, y también para presentar una catequesis sobre los
novísimos y el sufragio para los difuntos. Es, asimismo,
una oportunidad para dar testimonio, ante los no cristianos, de
la fe de los bautizados en Cristo, vencedor de la muerte, y en la
vida eterna.
17. Fautor de ecumenismo. La división entre los cristianos
no sólo "contradice abiertamente a la voluntad de Cristo";
es, incluso, "escándalo para el mundo" y daña
a la causa santísima de la predicación del Evangelio
a todos los hombres" (152), retardano la "plena comunión
católica" (153).
Sean los sacerdotes fautores convencidos del ecumenismo, siempre
abiertos a la esperanza de que se realizará la plegaria de
Jesús: "que ellos también sean uno" (Jn
17,21), sin dejarse desanimar por los obstáculos e incomprensiones
locales que todavía existen.
Expongan los sacerdotes la verdad católica a sus propios
fieles, integralmente y en forma clara (154), sin caer en el relativismo
y evitando toda ambigÜedad en la enseñanza de la fe
y el comportamiento, aunque sea con buenas intenciones.
Por lo que se refiere a las iniciativas del movimiento ecumnico,
los sacerdotes deberán atenerse a las directrices de la Iglesia
dadas por la Conferencia Episcopal y el Obispo local (155).
En las relaciones con los no católicos, que a veces crean
problemas de orden pastoral, eviten los sacerdotes poner de relieve
las diferencias y las rivalidades religiosas, sabiendo sin embargo
mantener la unidad y la transparencia de la fe en su propia comunidad.
Hagan todo lo posible por establecer relaciones de amistad con los
responsables religiosos de las demás confesiones, para ayudarse
mutuamente cuando esto sea posible y evitar incomprensiones y posturas
incorrectas de los unos hacia los otros, que escandalizan a los
no cristianos.
En cuanto a las sectas religiosas fundamentalistas e intransigentes,
numerosas en los territorios de misiones y que se muestran, por
lo general, agresivas con el Catolicismo, es necesario catequizar
a los fieles sobre los siguientes puntos: - cuales son las verdaderas
notas de la Iglesia que estas sectas contradicen más; - cuáòes
son sus puntos débiles y errores principales; - la imposibilidad
de establecer un diálogo, aunque sea mínimo, con ellas;
- el deber de defenderse, y de evangelizar a sus adeptos, que no
pueden considerarse cristianos. Los sacerdotes, por consiguiente,
procuren saber por lo menos los elementos principales de la doctrina
y de los métodos de proselitismo de esas sectas, para poder
ayudar en forma adecuada a sus propios fieles.
18. Atento al diálogo con los no cristianos. El diálogo
con los seguidores de otras religiones es una tarea delicada e importante
del actual apostolado de la Iglesia,. Se trata siempre del diálogo
de salvación, que se realiza sólo en Cristo, y que,
por lo tanto, no puede llevar al relativismo, ni mucho menos menoscabar
la integridad de la fe católica. Este diálogo es necesario
para que se pueda conocer con mayor exactitud el Evnagelio, y su
mensaje sea más fácil de percibir.
Permanezcan los sacerdotes atentos y abiertos a esta realidad, y
tengan un conocimiento adecuado de las religiones. no sólo
de su historia, límites y errores, sino también de
los valores que - "como semillas del Verbo" - pueden ser
una "preparación al Evangelio" (156).
En un mundo marcado por el pluralismo religioso, es importante establecer
y mantener el diálogo y la colaboración con todos
para favorecer las grandes causas en pro de la humanidad, como la
paz, la justicia, el desarrollo, los derechos humanos, etc. (157).
Desde este punto de vista, los sacerdotes tienen el deber pastoral
de infundir en los fieles un espíritu de diálogo,
animándoles a la solidaridad y la colaboración con
los adeptos de otras religiones.
En las iniciativas concretas en materia de diálogo interreligioso,
actúen los sacerdotes en el marco de un programa diocesano,
conforme a las directrices del Obispo, de la Conferencia Episcopal
y de la Iglesia universal, y no lo hagan nunca aisladamente.
Sobre todo, estén convencidos de que los seguidores de las
otras religiones tienen el derecho de recibir la plenitud de la
verdad cristiana, - que potencialmente, desde luego, es patrimonio
de la humanidad - por parte de quienes han recibido el mandato de
la Iglesia católica para anunciarla.
III. ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO
19. N |