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“LOS ASPECTOS PASTORALES DEL CUIDADO DE LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS”

PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LA SALUD
XXI CONFERENCIA INTERNACIONAL

“Testimonios de los Santos dedicados al cuidado de las enfermedades infecciosas”

Ciudad del Vaticano, 24 noviembre 2006
Hno. Pascual Piles Ferrando
Hermano de San Juan de Dios


1. Seguir a Jesús nos lleva a vivir amando a los demás.

En la Iglesia seguimos a Jesucristo su fundador y el Evangelio que como Buena Noticia nos trasmitió.

Sabemos que el mayor mandamiento entre todos los de la Ley es el amor:

“Maestro le preguntaron ¿Cual es el mandamiento mayor de la Ley? El le respondió: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón con toda tu alma y con toda tu mente”. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 36-39).

Las muchas acciones de Jesús que describen los Evangelios; las parábolas que presentó en su predicación, las reflexiones de la última cena que recoge San Juan en los capítulos 13 al 17 culminándolas con la oración sacerdotal, lo confirman.

Jesús lo tiene claro. Este es su ser de Mesías. Lo expresa al iniciar su vida pública, cuando en la sinagoga de Nazaret, le entregaron el libro de Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 17-19).

Más tarde ante la pregunta de los discípulos de Juan el Bautista ¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? … responde:

“Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 20.22).

Jesús presenta esta llamada de forma muy directa en la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37). Después de todo el relato hay una gran invitación, ahora vas tú y haces lo mismo.

A la figura del Buen Samaritano Juan Pablo II dedicó todo el capítulo VII de su Carta Apostólica “Salvifici Doloris”. Con esta parábola, según el Santo Padre, Cristo quiere responder a la pregunta ¿quién es mi prójimo? Solamente el Samaritano demostró ser el prójimo del hombre infeliz robado y herido por los ladrones.

La parábola del buen Samaritano indica cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido pasar de largo, sino que debemos pararnos junto a él. Buen Samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad.

Después de un análisis de la parte compasiva de la dedicación a los demás en su sufrimiento, el Papa pasa a un análisis de la ayuda ofrecida en el sufrimiento de cualquier clase que sea, de forma eficaz, como donación de sí mismo, que puede poner en peligro la propia vida, como ha sucedido en muchos casos de los enfermos infecciosos cuando no se han podido tener las condiciones necesarias para no ser infectados.

De la parábola del Buen Samaritano, el Santo Padre pasa en su análisis al texto de Mt. 25, 31-46, en el que Jesús manifiesta en el juicio final como hecho a El mismo cuanto se hace a los demás: “Venid benditos de mi padre porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber”, etc.

Muchos cristianos, consagrados y no, como profesionales se han dedicado a las personas en su sufrimiento. También lo han hecho muchas personas como voluntarios dedicando su tiempo y sus conocimientos. La Iglesia ha tenido y tiene un gran ejército de personas que han dedicado sus vidas de forma especial a los demás, sobre todo, en sus necesidades, en su sufrimiento.

2. La entrega a los demás de forma heroica

El misterio pascual de Jesucristo, pasión, muerte y resurrección, es testimonio de su entrega heroica, para redimirnos, al Padre y a nosotros.

Este misterio pascual fue predicho en varias ocasiones. Una de ellas la recoge el evangelista Marcos:

Jesús iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc 9, 31).

No es fácil llegar a comprender que hay que dar la vida por los demás. Pero cuando se logra es un gran camino de sentido de vida, de crecimiento espiritual.

Una entrega de gran valor es la de la vida ordinaria. Saber levantarse cada día con la fuerza que nos da el Señor, con el gozo de iniciar la jornada como una nueva oportunidad para dedicarnos a los demás, con el agradecimiento por la salud, los que la tenemos y dedicar con generosidad nuestro ser y nuestro tiempo con gozo a la Iglesia, a las personas, al trabajo, a los que sufren, es un gran testimonio, es una heroicidad.

Muchas jornadas llenas de contenido, de experiencias de contactos con enfermos y necesitados, personas a las que hemos ayudado en sus necesidades morales o espirituales, personas a las que hemos ayudado en sus realidades físicas. Es verdaderamente un privilegio.

Las circunstancias han llevado a que, en algunos momentos, muchos cristianos hayan tenido que dar su vida hasta la muerte. El martirio de muchas personas por la causa de Cristo es realmente testimonio de una entrega por la confesión de la fe y por amor a Dios. No nos corresponde actualmente detenernos en ellos.

Nuestro objetivo es presentar la vida de los santos y beatos que se han dedicado a la cura de los enfermos infecciosos. Su entrega fue heroica. En algunos casos no llegaron a ser contagiados de la enfermedad, en otros murieron a causa de la misma.


3. Testimonios de santos y beatos que se dedicaron a los enfermos infecciosos.

Es sorprendente cuando se va a consultar el “Año cristiano” la cantidad de testigos que existen que a los largo de la historia de la Iglesia se dedicaron en vida a tender enfermos con enfermedades infecciosas. Voy a detenerme en algunos de ellos.

3.1 Santos y beatos muertos a causa de epidemias al servicio de los enfermos.

1.- Los Santos Mártires de Alejandría, 28 de febrero 262

2.- San Finniano de Clonard, 12 de diciembre 549

3.- San Salvio de Albi, 10 de septiembre 584

4.- San Cedda, 26 de octubre 664

5.- San Luis de Francia, 25 de agosto 1270

6.- Beato Bartolo Buonpedoni, 12 diciembre de 1310

7.- Beato Bernardo Tolomei, 20 de agosto 1348

8.- Beato Odino Barotti, 7 de julio 1400

9.- San Juan de Capistrano, 23 de octubre 1456

10.- Beato Simón de Lipnica, 18 de julio de 1482

11.- San Jerónimo Emiliani, 8 de febrero 1537

12.- San Luis Gonzaga, 21 de junio 1591

13.- San Juan Grande, 3 de junio 1600

14.- Beato Antonio Constante Auriel, 16 de junio de 1794

15.- Beato Agustin José Desgardin, 6 de julio de 1794

16.- Beato Bartolomé Jarrige de la Morelie de Biars, 13 de julio de 1794

17.- Beato Claudio Richard, 9 de agosto de 1794

18.- Beato Florencio D. de Cardillac, 5 de septiembre de 1794

19.- Beato Santiago Gagnot, 10 de septiembre de 1794

20.- Beato Pedro Sulpicio Cristóbal Faverge, 12 de septiembre de 1794

21.- Beato Esteban Bellesini, 2 de febrero 1840

22.- Beata María Emilia Tavernier Gamelin, 23 de septiembre 1851

23.- Beato Modestino de Jesús y María Mazzarello, 24 de julio 1854

24.- Santa María Micaela del Santísimo Sacramento Desmasières, 24 de agosto 1865

25.- San Francisco Maria de Camporosso, 17 de septiembre 1866

26.- Beato Damián José de Veuster, 15 de abril 1889

27.- Beato Luis Variaria, en 1923

28.- Beato Pedro Jorge Frassati, 4 de julio 1925

29.- Beato Eustaquio van Lieshout.

30.- Beato José Zaplata, 19 de febrero 1945

31.- Beato Esteban Vicente Frelichowski, 23 de febrero 1945

32.- Beato Hilario Januszewski, 25 de marzo de 1945


3.2 Beatos que dedicaron su vida al servicio de los leprosos aunque no se contagiaron de la enfermedad.

1.- Beato Pedro Donders, 14 de enero 1887.

2.- Beato Juan Beyzym, 2 de octubre de 1912.

3.- Beata María Ana (Bárbara) Cope, 9 de agosto de 1918

4. Comentarios biográficos

Dependiendo de los conocimientos históricos que podamos tener, de los vínculos afectivos al ser miembros de nuestras Congregaciones religiosas, de la devoción o curiosidad que tengamos por algunas figuras, algunos de estos santos o beatos pueden ser conocidos por muchos o todos nosotros, pero muchos pueden ser totalmente desconocidos.

? Es sorpresiva la actuación de los santos mártires de Alejandría, fieles, sacerdotes y diáconos, en el año 262, siendo emperador Galieno, se dedicaron a cuidar a los contagiados por la peste y a prestarles por caridad todos los servicios oportunos, contagiándose ellos mismos por la enfermedad y pereciendo a causa de ella. La comunidad cristiana les veneró en seguida como mártires.

? San Luis de Francia, Luis IX de Francia, murió en su campamento junto a Túnez, contagiado de la epidemia de peste que asolaba a su ejército. Se cuenta que, iniciada la epidemia, no se sustrajo de visitar y consolar a los enfermos hasta que él mismo contrajo la terrible enfermedad, falleciendo el 25 de agosto de 1270. Fue canonizado en 1297.

? San Jerónimo Emiliani, fundador de la Orden de los Clérigos Regulares de Somasca, sirvió primero a Dios en la epidemia de 1528, posteriormente dio acogida y educación a los huérfanos de los apestados que fallecieron. Posteriormente llegada nuevamente la epidemia se entregó a atender a los enfermos con caridad heroica hasta que él mismo se contagió y murió el 8 de febrero de 1537. Canonizado el 16 de julio de 1767.

? San Luis Gonzaga, religioso profeso de la Compañía de Jesús y clérigo minorista, que obtuvo licencia para atender y cuidar a los enfermos de peste en Roma, contagiándose él mismo de la enfermedad y muriendo el 21 de junio de 1591. Canonizado el 31 de diciembre de 1726.

? San Juan Grande, religioso hospitalario de San Juan de Dios y fundador del Hospital de la Candelaria en Jerez de la Frontera. Llegada una epidemia de peste se dedicó por entero a la atención de los enfermos hasta que se contagió él mismo y murió el 3 de junio de 1600. Canonizado el 2 de junio de 1996.

? Beata María Emilia Tavernier Gamelin, ya viuda fundó en Montreal la Congregación de Hermanas de la Providencia para la atención de ancianos, huérfanos y enfermos, incluyendo los contagiosos. Se contagió ella misma en una epidemia de cólera y murió el 23 de septiembre de 1851, dejando a sus hijas ejemplo de caridad eximia. Beatificada el 7 de octubre de 2001.

? Santa María Micaela del Santísimo Sacramento Desmasières, fundadora de las Religiosas Adoratrices cuando supo que en Valencia había una epidemia de cólera, pensando solamente en ayudar a sus hermanas en la tarea de atender a las personas enfermas, marchó allá, contagiándose ella misma y muriendo el 24 de agosto de 1865. Canonizada el 4 de marzo de 1934.

? San Francisco Maria de Camporosso, religioso laico de la Orden Capuchina, que tras haber dado un insigne ejemplo de santidad de vida, cuando llegó a Génova la epidemia de cólera se dedicó a la atención de los enfermos hasta que él mismo se contagió y murió el 17 de septiembre de 1866 tras haberse ofrecido a Dios como víctima. Canonizado el 9 de diciembre de 1962.

? Beato Damián José de Veuster, presbítero belga de la Congregación de los Sagrados Corazones, aceptó dedicarse al cuidado a los enfermos de lepra de la isla de Molokai hasta que él mismo se contagió de la enfermedad y tras dar un sublime ejemplo de caridad y entrega murió el 15 de abril de 1889. Beatificado el 4 de junio de 1995.

? Beato Luis Variaria, presbítero de la Congregación Salesiana, fundador del Instituto de Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Fue educado por san Juan Bosco en Valdocco. Este apóstol y siervo de los leprosos, a quienes se entregó con un amor incansable, tomado del corazón de Cristo, puso con su espíritu salesiano, alegría y optimismo entre la población leprosa. En esta congregación pueden vivir juntas sanas y enfermas, no excluyendo por tanto que también entre las enfermas pudiera germinar la vocación a la plena consagración a Dios. Empezó seguidamente para él un periodo de incomprensiones que le obligarían a alejarse a Cúcuta, en Colombia, donde murió santamente el 1 de febrero de 1923. Beatificado el 14 de abril de 2002.

? Beato Pedro Jorge Frassati, joven seglar que se significó por su espíritu de piedad y su ardor apostólico así como por sus obras de caridad, visitando a los pobres y enfermos. Parece que en una de estas visitas contrajo la enfermedad que lo llevó en breve a la muerte en Turín el 4 de julio de 1925. Beatificado el 20 de mayo de 1990.

? Beato Eustaquio van Lieshout, sacerdote holandés, de la Congregación de los Sagrados Corazones, en la que ingresó atraído por el ejemplo del beato Damián de Veuster y deseando seguir su espíritu de total entrega. Misionero en Brasil a partir de 1925, se le atribuyó el carisma de las curaciones, acudiendo miles de personas a recibir su bendición. Trasladado a Belo Horizonte, mientras atendía a un enfermo de tifus exantemático se contagió de esta enfermedad y murió el 30 de agosto de 1943. Beatificado el 15 de junio de 2006.

? Beato Esteban Vicente Frelichowski, presbítero secular polaco, destinado en Torun como vicario parroquial y capellán de los jóvenes scouts. Detenido por los alemanes pasó por varios campos de concentración llegando finalmente al de Dachau. Se ofreció para asistir a los enfermos de tifus del barracón dedicado a estos enfermos, y allí se contagió de la enfermedad y murió el 23 de febrero de 1945. Beatificado como mártir en Torun el 9 de junio de 1999.

? Es interesante tener en cuenta los tres beatos que no se contagian a pesar de que pasaron su vida atendiendo a los leprosos.

Beato Pedro Donders, holandés, miembro de una familia profundamente católica, optó primero por el sacerdocio secular, y marcha a las misiones de Surinan, la Guayana holandesa, sirve a los enfermos en la leprosería de Batavia, y en 1867 profesa en la Congregación del SS. Redentor. Tras años de asistir a los leprosos con todas sus fuerzas murió el 14 de enero de 1887. Beatificado el 23 de mayo de 1982.

Beato Juan Beyzym, polaco, sacerdote de la Compañía de Jesús, después de ejercer el ministerio en varios colegios, es destinado en 1898 a Madagascar donde se dedica a la atención de los leprosos, para quienes edificaría un hospital. Hizo entre ellos una maravillosa labor apostólica y social. Murió el 2 de octubre de 1912. Beatificado el 18 de agosto de 2002.

Beata María Ana (Bárbara) Cope, alemana de nacimiento, su familia emigra a los Estados Unidos. Profesa en la congregación de Hermanas de San Francisco, de Syracuse. Sucede al beato Damián de Veuster en la dirección de la leprosería de Molokai, donde activó el cultivo de las tierras, el acceso de todos a la cultura e introdujo limpieza y sentido de la sanidad. Murió el 9 de agosto de 1918. Beatificada el 14 de mayo de 2005.

5. Las enfermedades infecciosas.

La situación de nuestro mundo en muchas partes es mejor de siglos anteriores. Los medios que tenemos a nuestra disposición para combatir las enfermedades nos dan mucha garantía.

La higiene, la asepsia, los instrumentos que impiden los contactos directos (guantes, caretas, etc.) hacen que la posibilidad de contagio sean mínimas.

Existiendo enfermedades infecciosas tenemos muchos más medios para combatirlas y si bien en algunos casos puntuales podemos llegar a ser infectados, ha sido por falta de cuidado, por promiscuidad, por contactos íntimos entre personas infectadas. Aunque también pueden darse casualidades que nos pueden llevar a la infección.


6. Conclusión

El testimonio de nuestros santos nos da una posibilidad de reflexión para el futuro.

Por una parte valorar que en la Iglesia se han dado personas muy entregadas: laicas y laicos, mujeres y hombres, entre ellos un monarca, sacerdotes y diáconos, religiosas y religiosos, que han vivido con una entrega generosa a las personas infectadas, de una enfermedad crónica, o a las personas que habían sido víctimas de una peste, del tifus, de enfermedades que pasan arrasando y acabando con la vida de los afectados. Podemos afirmar con satisfacción que la Iglesia ha sido pionera y constante en su amor hacia los débiles, los marginados, los pobres y, sobre todo, los enfermos y desvalidos. Estos han constituido y constituyen el objeto preferencial de su amor, siguiendo el modelo encarnado por Jesús.

Los santos recordados, han tratado de ser testigos de Jesucristo que se entregó hasta la muerte por manifestar su amor misericordioso a los hombres. Ellos se han entregado al servicio de personas necesitadas hasta su propia muerte, habiéndoseles considerado mártires del servicio.

Muchas Constituciones de las Congregaciones u Ordenes Religiosas contemplan la posibilidad de que llegue la necesidad de ese tipo de entrega heroica como es el caso nuestro “a prestar la asistencia a los enfermos y necesitados, con todos los servicios por humildes que sean, incluso con peligro de la propia vida, a imitación de Jesucristo, que nos amó hasta morir por nuestra salvación (Const 22).

Innumerables han sido los que en este servicio han fallecido a lo largo de la historia de la Iglesia, cuya santidad no ha sido reconocida públicamente. Deben ser siempre testigos de la entrega de su vida con gran amor y deben ser llamada para dedicarnos con generosidad en nuestra forma de ser hoy apóstoles de la caridad.

Como personas dedicadas a la asistencia a los enfermos por vocación, debe ser un gran reto el saber responder en cada necesidad.

Tenemos muchos más medios que han tenido nuestros antepasados, debemos estar muy atentos a que por imprudencias no se den contagios, pero incluso puede darse el caso que, aún estando atentos, se puedan dar estar infecciones.

Sin querer minusvalorar otro tipo de enfermedades infecciosas hoy la gran pandemia es la del VIH/SIDA. Su aparición provocó una gran sorpresa, muchos se vieron víctimas de una realidad impensable, que en los países menos desfavorecidos continúa atacando. Ha habido desconocimiento de la realidad, ha habido formas de vida basadas en satisfacciones inmediatas y con una falta de asumir ideales de vida que puedan dignificar a las personas. Tenemos que decir que no en todos los casos.

La dedicación de nuestros santos a los enfermos infecciosos es una gran llamada a dedicarnos a la educación y prevención de nuestros pueblos, gracias a Dios a poder ofrecer una vida digna si no con la desaparición de la infección del virus sí con la posibilidad de convivir con la enfermedad, a promover unidades en la que los más avanzados en la enfermedad puedan ser acompañados adecuadamente con los cuidados paliativos, a tener comprensión con dichos enfermos sobre todo cuando sus pautas de vida no son las del Magisterio de la Iglesia ofreciéndoles siempre nuestro amor generoso, porque como dice Benedicto XVI donde hay amor está Dios, porque “Dios es amor y se hace presente justo en los momentos que no se hace más que amar” (DCE 31c).

Que el Señor en esos momentos nos dé la capacidad de darnos con generosidad, asumir cuanto nos ha acontecido y sentirnos identificados con Cristo que murió por nosotros, sentirnos identificados con los mártires de la Iglesia que dieron su vida por confesar la fe y con los mártires que podemos denominar del amor y de la hospitalidad.

Gracias por la atención.

 
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