| Arnoldo Janssen
eligió entre las Hermanas Misioneras a seis, interesadas
en la sección de clausura, y el 8 de diciembre de 1896 recibieron
el hábito rosado, símbolo del amor apasionado del
Espíritu Santo. Entre ellas se encontraba la Hna. Micaela
Tönnies, en adelante Hna. María Micaela. Con ellas Arnoldo
Janssen puso el fundamento de la “Congregación de las
Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua”
dando así cumplimiento a su codiciado deseo. Esta tercera
rama de la obra misionera de Steyl debía estar, como Congregación
contemplativa-misionera, al lado de las otras dos Congregaciones
activas al servicio del anuncio del evangelio y la santificación
de los sacerdotes, y por la oración, el sacrificio y el testimonio
de vida, implorar la gracia del Señor sobre su apostolado
misionero. Dos años después también Elena Stollenwerk,
cofundadora de las Hermanas Misioneras, pasó a la sección
de clausura. Pero ya el 3 de febrero de 1900, por grave enfermedad,
concluyó sus días.
El Fundador muy pronto confió a la Hna.
María Micaela la dirección de la joven fundación.
Voluntariosa, prudente y previsora, dotada además de una
profunda piedad y de una inquebrantable confianza en Dios, trabajó
incansablemente como Superiora General en la construcción
interior y exterior de la Congregación durante 37 años
hasta su muerte acaecida el 25 de febrero de 1934.
Hoy rezan, se sacrifican y trabajan unas 400 Hermanas
adoratrices en cuatro Continentes y veinte monasterios en USA,
Argentina, Brasil, Alemania, Holanda, Polonia, Filipinas, India,
Indonesia y Togo.
Además de la oración, su tarea propiamente
dicha, las Hermanas se dedican a diversas actividades para su
subsistencia. Trabajan siempre y sin excepción dentro de
la clausura, pero sirven al apostolado común de la obra
misionera de Steyl con el bordado de ornamentos litúrgicos,
trabajos artísticos, elaboración de velas, tarjetas
y hostias (cuyos subproductos son reelaborados en sabrosas pastas
que tienen buena venta), producción agrícola, elaboración
de cremas a partir de hierbas del propio jardín -apreciadas
como eficaces sustitutos en medicina química- lavado y
planchado para la iglesia y el hogar.
En esta vida impregnada totalmente por la contemplación,
viven las Hermanas su vocación, guiadas por el Espíritu
Santo, inmersas en el amor y misterio del Dios Trino. Así
testimonian que Dios es el Centro de toda existencia y que sólo
Él puede dar la verdadera quietud al corazón humano.
Esta vida retirada hace a las Hermanas más libres para
participar ampliamente en los dolores y esperanzas de los hombres
y mujeres de hoy. En la muerte está la vida – para
que todos la tengan en plenitud y para que “Dios Uno y Trino
viva en los corazones de todas las personas” (Arnoldo Janssen)
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