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“La
sangre de los misioneros mártires, esperanza de paz para
el mundo”
Entrevista al Card. Crescencio Sepe, Prefecto de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos |
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Con ocasión
de la XII Jornada de oración y ayuno por los Misioneros Mártires,
que por iniciativa del Movimiento Juvenil Misionero de las Obras
Misionales Pontificias se celebra cada año el 24 de marzo,
aniversario de la muerte de Mons. Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo
de San Salvador, la Agencia Fides ha realizado alguna una entrevista
al Card. Crescencio Sepe, Prefecto de la Congregación para
la Evangelización de los Pueblos.
Eminencia, también en este año que acaba
de finalizar ha sido elevado el número de misioneros, religiosos
y religiosas y laicos que han muerto por el Evangelio. Al inicio
del tercer milenio aparecen nubes cada vez más amenazantes
en su horizonte, como dice el Santo Padre. El mundo se ve ensangrentado
por miles de victimas de las guerras, luchas tribales, generadas
por el odio y la intolerancia. La sangre de los misioneros es esperanza
de paz para el mundo...
La sangre de los misioneros y de los mártires cristianos
desciende directamente de la cruz del Gólgota, fluye del
cuerpo de Cristo calvado en la cruz hace dos mil años. Es
la sangre de quien no ha tenido en la tierra otra protección
que el amor, de quien no ha considerado su propio interés
o supervivencia como valores superiores al Evangelio. Estos han
preferido perder la vida de forma consciente, como el Buen Pastor,
que no duda en dar la vida para defender la propia grey, en vez
de abandonar a las ovejas que le han sido confiadas. Han muerto
porque permanecieron fieles a un compromiso de fe y de amor: sabían
bien que abandonando los lugares en los que se encontraban habrían
podido salvar la vida, pero su testimonio habría disminuido
y con ello la posibilidad de evangelizar a otras personas.
¿Por qué se mata a un misionero? ¿En
qué medida son conscientes de la posibilidad del sacrifico
supremo de su vida?
Si el Hijo de Dios murió en la cruz por la salvación
del mundo, no es pues raro que también los misioneros sufran
una muerte violenta por el hecho de haber vivido como El: han amado
al prójimo como El, se han comprometido a ayudarlo como El,
han hecho de su propia vida una ofrenda total al Padre y a los hermanos.
No han buscado el martirio por fanatismo o por exaltación
personal, porque Dios no pide esto, pero lo han considerado como
una eventualidad posible y, casi diría normal, de su propia
vocación misionera. El misionero de hecho, es un testigo
del amor, de la caridad y del Evangelio, su elección es siempre
por la vida, no por la muerte. Los misioneros son conscientes de
que su caridad, vivida en condiciones particulares, como puede ser
en territorios de primera evangelización o en contextos de
particular tensión, degradación social o pobreza extrema,
puede ser peligrosa y puede llevar a la muerte. En esta perspectiva,
se acepta la muerte de forma consciente por amor, es expresión
de amor a Cristo y a los hermanos más pobres, a los oprimidos
y a cuantos son despreciados y abandonados de todos, pero no del
amor del Padre.
El Martirologio de la Iglesia no conoce fronteras. ¿Hay
elementos diferenciales de un continente a otro?
En el año que acaba de finalizar, según la información
recogida por la Agencia Fides, el mayor número de víctimas
se ha registrado en el continente africano, en particular en Sudan
y en Uganda, donde los rebeldes continúan combatiendo contra
el gobierno constituido; en la Republica Democrática del
Congo, teatro desde hace años de enfrentamientos entre diversos
grupos de guerrilla, en una lucha que parece no tener fin y a la
que la Iglesia ha pagado, desde hace años, un tributo notable.
Como no recordar después el asesinato del Arzobispo Michael
Courtney, Nuncio Apostólico en Burundi, otro país
que trabaja por la reconciliación nacional de la que el Nuncio
era un gran defensor, en estrecha colaboración con el Episcopado
local. Pero Africa es “un continente de mártires”
desde el inicio de la difusión del Cristianismo en aquellas
tierras; pienso en la noble dama Perpetua y en su sierva Felicita,
en el Obispo de Cartagien, Ciprinano y en tiempos más recientes,
en Clementina Anuarite y en Isidoro Bakanja, en el ex Zaire, todos
asesinados por su fe. Pero el elenco de los mártires africanos
es larguísimo y en gran parte desconocido. Un continente
martirizado probablemente a causa de las grandes riquezas que Dios
ha dado a esta tierra de las que muchos quieren adueñarse
abiertamente o escondiéndose detrás de conflictos
locales. La obra desinteresada y pacificadora de la Iglesia ha molestado
con frecuencia a aquellos que conseguían beneficios con los
conflictos, por ello, el martirologio de África es tan grande,
signo de una tierra que continua siendo tan atormentada y tan rica.
Después de África, resalta el número de mártires
de la Iglesia de América Latina y en particular de Colombia,
otra verdadera “Iglesia mártir”. Obispos, sacerdotes,
religiosos y laicos, aún cuando no están incluidos
entre los misioneros “ad gentes” en sentido estricto,
ya que la mayor parte de ellos son locales, están también
pagando desde hace tiempo una elevada contribución de sangre,
víctimas de la violencia y de la intolerancia que tan duramente
aflige a este pueblo. La Iglesia, aún siendo tan probada
por el asesinato de tantos de sus miembros, no puede sino seguir
invocado la reconciliación y el perdón como condición
imprescindible para establecer una paz duradera. Los cristianos
que intentan poner en practica el Evangelio de Jesucristo, pidiendo
el respeto de los derechos de los pobres y los marginados, son con
frecuencia secuestrados, torturados, asesinados o desparecen. En
el mes de noviembre, presidí como Enviado Especial del Santo
Padre, el Segundo Congreso Misionero Americano, en la Ciudad de
Guatemala. En aquel maravilloso encuentro de fe y alegría,
pude palpar como el camino de la Iglesia está marcado por
el testimonio de los mártires, ya que este testimonio, en
vez de ser motivo de tristeza o abatimiento, es fuente de fuerza,
de energía, de esperanza y estímulo para continuar
en el camino sin otra defensa que el Evangelio de Jesucristo. Los
mártires han sido verdaderamente, y continúan siéndolo
hoy, el grano de trigo que muere para dar fruto, para producir otros
cristianos que continúen el camino.
Por último, mirando hacia Asia, el número de mártires
es sin duda inferior a los otros continentes ya que la comunidad
católica es muy pequeña. Cuna de las grandes religiones,
Asia ve como tantos de sus hijos son todavía víctimas
de las injusticias sociales, de las discriminaciones, de las opresiones,
de las guerras. También la Iglesia de Asia ha pagado abundantemente
en años lejanos, su contribución de sangre por permanecer
fiel a Cristo y defender los derechos inalienables del hombre, independiente
de la pertenencia religiosa o social. Todavía hoy en algunos
países asiáticos se producen dolorosos capítulos
que recuerdan como muchos cristianos sufren persecución.
En estas naciones, Iglesias enteras y grupos de fieles sufrieron
ya en el pasado por motivo de su fidelidad a Cristo al Evangelio
y a la Iglesia en contextos donde, antes de matar el cuerpo se intentó
matar el alma.
¿Desde cuando la Iglesia comenzó a tener particular
consideración hacia los mártires?
El martirio es parte constitutiva de la Iglesia desde sus orígenes
y marca el camino desde hace dos mil años. Cristo mismo es
el mártir por excelencia y en El contemplamos las innumerables
filas de todos los que le han seguido por el camino de la cruz.
Por otra parte, el Señor mismo lo predijo a sus Apóstoles
y Discípulos. No por casualidad el día siguiente a
la Navidad, la liturgia celebra al primer mártir, San Esteban,
y dos días después a los Mártires Inocentes:
para recordarnos la perpetua actualidad de esta unión imprescindible
con el “Dios hecho hombre” que ofrece su propia vida
por la humanidad dándonos ejemplo para que también
nosotros la ofrezcamos por los hermanos. Precisamente el año
pasado dos circunstancias particulares nos han hecho recordar esta
extraordinaria actualidad: el misionero Claretiano Anton Prost,
fue asesinado en Camerún después de haber participado
en la misa de Nochebuena. La tarde del domingo 5 de octubre, cuando
la Iglesia estaba en fiesta por la canonización de los grandes
misioneros Daniel Comboni, Arnold Janssen y José Freinademetz,
fue asesinada en Somalia la voluntaria Annalena Tonelli, que vivió
la radicalidad evangélica durante 35 años en tierras
africanas y ese mismo domingo eran también asesinados en
El Salvador Don William De Jesús Ortez con el joven secuestrado
Jaime Noel Quintanilla.
Por lo demás, encontramos pruebas del culto de los mártires
por parte de la comunidad cristiana, ya a mediado del siglo II,
con una especial veneración hacía su restos y la reunión
de la comunidad antes sus tumbas el día del aniversario de
su muerte. La Iglesia llama de hecho el día del martirio
el dies natalis, día del nacimiento, porque la muerte terrena
del mártir es el día de su nacimiento al cielo, por
la fuerza de la resurrección de Cristo. En un principio la
Iglesia da culto solo a los mártires que alcanzaron una especial
unión con Cristo, muerto y resucitado por medio del sacrifico
de su vida. Quisiera recordar dos particularidades: este aniversario
se celebraba en medio de la alegría y no era pues motivo
de tristeza sino de animo y de alegría, además los
cristianos evocan la gesta de los mártires para prepararse
mejor para afrontar las pruebas que les esperan.
Otro testimonio del culto de los mártires lo encontramos
en las celebración de las “estaciones cuaresmales”
que han caracterizado desde los primeros siglos los cuarenta días
de la Cuaresma en Roma. Cada día la comunidad cristiana se
reúne en una iglesia dedicada a un mártir, donde tiene
lugar la liturgia estacional, que es celebración de la cruz
de Cristo y de nuestra salvación. De este modo se renueva
la propia adhesión interior a Cristo que ha fortalecido a
estos testigos de la fe hasta el ofrecimiento de su vida. Recuerdo,
por último, que con ocasión del Gran Jubileo del año
2000, el Santo Padre insistió, de modo particular, para que
esta memoria de los mártires no se pierda, sino que sea recogida
como un valioso tesoro, custodiada y transmitida a las nuevas generaciones,
para que encuentren alimento y fuerza para sostener su camino espiritual.
El mundo parece envuelto en un clima de violencia, de
atropello, de muerte... Cada día nuevas víctimas..
¿Para que recordar a más personas, los misioneros,
que ha sido asesinados? ¿No se corre el riesgo de cerrar
definitivamente la puerta de la esperanza?
Al contrario, los mártires son precisamente aquellos que
nos dan la fuerza para seguir avanzando. Estos hombres y mujeres,
siguiendo a Cristo, han mostrado que el perdón y el amor
es más fuerte que el odio y la muerte; con su sacrificio
nos dicen que el Señor continua siendo todavía hoy
vencedor del mal. Sin su testimonio el mundo sería más
pobre y árido, sería aun más difícil
esperar. En la noche oscura que atraviesa el mundo, los mártires
brillan como estrellas y con su testimonio iluminan el camino de
la humanidad hacia la luz plena y eterna que es Cristo mismo. Por
medio de la memoria del sacrificio de los misioneros muertos, se
hace presente la pasión y muerte de Jesús, pero siempre
con la esperanza de su gloriosa resurrección y del advenimiento
de su Reino eterno de amor, justicia y paz. (SL) (Agencia Fides
20/3/2004) |