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“PERSEGUIDOS
PERO NO ABANDONADOS”
Presentación del tema elegido para la XII Jornada de
los Misionero Mártires en Italia |
También en el 20003 la Iglesia ve enriquecerse su martirologio.
Muchos de nuestros hermanos y hermanas han encontrado una muerte
violenta, derramando su propia sangre por el anuncio del evangelio
y el testimonio de la caridad cristiana: único signo de esperanza
en medio de tantas fatigas y sufrimientos. Han muerto sencillamente
por la única razón de ser cristianos. Aquello que
a los ojos del mundo parece muerte, persecución y violencia,
en Dios no es signo de abandono sino de apoyo y de vida nueva. ¡Precisamente
por esto son una parábola para los hombres de hoy!
Son testigos que nos recuerdan los orígenes del cristianismo.
Los Hechos de los Apóstoles nos presentan una iglesia perseguida.
Son perseguidos Pedro y Pablo; el resto debe huir de la Iglesia
madre de Jerusalén y antes o después encontrarán
el martirio. Esteban, rico en ardor misionero, es lapidado al inicio
de su ministerio de evangelización. El mismo Pablo, apóstol
de las gentes y figura dominante de la misión es varias veces
procesado y golpeado. “Cinco veces he recibido de los Judíos
cuarenta azotes menos uno; tres veces he sido flagelado con varas;
una vez he sido apedreado; tres veces he padecido naufragio; una
noche y un día he estado en lo profundo del mar. Muchas veces
he estado en viajes a pie, en peligros de Ríos, en peligros
de asaltantes, en peligros de los de mi Nación, en peligros
de los gentiles, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto,
en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos; en trabajo
arduo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos,
en frío y en desnudez” (2 Cor 11,24-27)
También hoy la Iglesia debe vivir y encarnar la imagen del
Siervo de Yahvé, el siervo sufriente, descrito sabiamente
por el profeta Isaías (cfr. Is 53, 1-3; 42,7). Nacida en
el martirio del Gólgota, ver perpetuarse en el tiempo el
sacrificio redentor en tantos de sus hijos e hijas en diversas partes
del mundo. También los misioneros y misioneras asesinados
por el Evangelio, encarnan perfectamente la imagen del siervo sufriente
y de Cristo que se da por todos. Familiares con la vida del hombre,
viviendo en todas las situaciones limite, se convierten, con su
sacrifico en el altar del mundo, en una parábola viviente
par el hombre de hoy, promesa de vida nueva, de una salvación
y esperanza que Dios ofrece a todo hombre en Jesucristo, acelerándose
así el advenimiento de “los cielos nuevos y la tierra
nueva, en los que reine la justicia” (2 Pe 3,13).
La misión es solo obra de una Iglesia pobre y perseguida,
libre para caminar en compañía de los pequeños
y los pobres, y de compartir la suerte de los oprimidos. De hecho,
el periodo más extraordinario y más fecundo de la
misión coincide también con el momento de mayor sufrimiento
y persecución. La muerte de los misioneros mártires,
a diferencia de la muerte de los hombres políticos o del
espectáculo, normalmente no llama la atención. Pero
ellos son como la levadura, el humus de la tierra. No se nota pero
fecundan el campo para nuevas siembra. He aquí porque no
son abandonados de Dios y tampoco de la comunidad cristiana, de
la Iglesia, que ve en ellos la esperanza de un mundo renovado, el
signo de que Dios no abandona a la humanidad y de que la tierra
solamente en El encontrará paz y serenidad. En ellos la Iglesia
reconoce la luz que ilumina la vida y la fe de la historia contemporánea.
“El martirio – escribe Juan pablo II en la Incarnationis
Mysterium – es la prueba más elocuente de la verdad
de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a las más
violentas de la muertes y manifiesta la belleza en las más
atroces persecuciones” (n.13)
He aquí porque en su calendario la Iglesia ha fijado el 24
de marzo como jornada de recuerdo y celebración de sus mártires.
En aquel lejano 1980, precisamente en este día, el Obispo
de San Salvador, de Colombia, Oscar Romero, fue asesinado mientras
celebraba la Santa misa. Recordar a los mártires, celebrar
su sacrifico, significa redescubrir la fe en Jesús, único
Salvador, alimentar la esperanza en un mundo más justo y
más fraterno y vivir la caridad y la solidaridad hacia los
más pobres y más débiles.
Don Giuseppe Pellegrini
Asistente del Movimiento Juvenil Misionero de las Obras Misionales
Pontificias.
(Agencia Fides 20/3/2004) |