| "Salvator
noster natus est in mundo" (Misal Romano).
¡"Nuestro Salvador ha nacido en el mundo"! Esta
noche, una vez más, hemos escuchado en nuestras Iglesias
este anuncio que, a través de los siglos, conserva inalterado
su frescor. Es un anuncio celestial que invita a no tener miedo
porque ha brotado una "gran alegría para todo el pueblo"
(Lc 2,10). Es un anuncio de esperanza porque da a conocer que, en
aquella noche de hace más de dos mil años, "en
la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías,
el Señor" (Lc 2,11). Entonces, a los pastores acampados
en la colina de Belén; hoy, a nosotros, habitantes de este
mundo nuestro, el Ángel de la Navidad repite: "Ha nacido
el Salvador; ha nacido para vosotros. ¡Venid, venid a adorarlo!".
Pero, ¿tiene todavía valor y sentido un "Salvador"
para el hombre del tercer milenio? ¿Es aún necesario
un "Salvador" para el hombre que ha alcanzado la Luna
y Marte, y se dispone a conquistar el universo; para el hombre que
investiga sin límites los secretos de la naturaleza y logra
descifrar hasta los fascinantes códigos del genoma humano?
¿Necesita un Salvador el hombre que ha inventado la comunicación
interactiva, que navega en el océano virtual de internet
y que, gracias a las más modernas y avanzadas tecnologías
mediáticas, ha convertido la Tierra, esta gran casa común,
en una pequeña aldea global? Este hombre del siglo veintiuno,
artífice autosuficiente y seguro de la propia suerte, se
presenta como productor entusiasta de éxitos indiscutibles.
Lo parece, pero no es así. Se muere todavía de hambre
y de sed, de enfermedad y de pobreza en este tiempo de abundancia
y de consumismo desenfrenado. Todavía hay quienes están
esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad, quienes son
víctimas del odio racial y religioso, y se ven impedidos
de profesar libremente su fe por intolerancias y discriminaciones,
por ingerencias políticas y coacciones físicas o morales.
Hay quienes ven su cuerpo y el de los propios seres queridos, especialmente
niños, destrozado por el uso de las armas, por el terrorismo
y por cualquier tipo de violencia en una época en que se
invoca y proclama por doquier el progreso, la solidaridad y la paz
para todos. ¿Qué se puede decir de quienes, sin esperanza,
se ven obligados a dejar su casa y su patria para buscar en otros
lugares condiciones de vida dignas del hombre? ¿Qué
se puede hacer para ayudar a los que, engañados por fáciles
profetas de felicidad, a los que son frágiles en sus relaciones
e incapaces de asumir responsabilidades estables ante su presente
y ante su futuro, se encaminan por el túnel de la soledad
y acaban frecuentemente esclavizados por el alcohol o la droga?
¿Qué se puede pensar de quien elige la muerte creyendo
que ensalza la vida?
¿Cómo no darse cuenta de que, precisamente desde el
fondo de esta humanidad placentera y desesperada, surge una desgarradora
petición de ayuda? Es Navidad: hoy entra en el mundo "la
luz verdadera, que alumbra a todo hombre" (Jn 1, 9). "La
Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros" (ibíd.
1,14), proclama el evangelista Juan. Hoy, justo hoy, Cristo viene
de nuevo "entre los suyos" y a quienes lo acogen les da
"poder para ser hijos de Dios"; es decir, les ofrece la
oportunidad de ver la gloria divina y de compartir la alegría
del Amor, que en Belén se ha hecho carne por nosotros. Hoy,
también hoy, "nuestro Salvador ha nacido en el mundo",
porque sabe que lo necesitamos. A pesar de tantas formas de progreso,
el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien
y mal, entre vida y muerte. Es precisamente en su intimidad, en
lo que la Biblia llama el "corazón", donde siempre
necesita ser salvado. Y en la época actual postmoderna necesita
quizás aún más un Salvador, porque la sociedad
en la que vive se ha vuelto más compleja y se han hecho más
insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral. ¿Quién
puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar en
la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?
"Salvator noster", Cristo es también el Salvador
del hombre de hoy. ¿Quién hará resonar en cada
rincón de la Tierra de manera creíble este mensaje
de esperanza? ¿Quién se ocupará de que, como
condición para la paz, se reconozca, tutele y promueva el
bien integral de la persona humana, respetando a todo hombre y toda
mujer en su dignidad? ¿Quién ayudará a comprender
que con buena voluntad, racionabilidad y moderación, no sólo
se puede evitar que los conflictos se agraven, sino llevarlos también
hacia soluciones equitativas? En este día de fiesta, pienso
con gran preocupación en la región del Oriente Medio,
probada por numerosos y graves conflictos, y espero que se abra
a una perspectiva de paz justa y duradera, respetando los derechos
inalienables de los pueblos que la habitan. Confío al divino
Niño de Belén los indicios de una reanudación
del diálogo entre israelitas y palestinos que hemos observado
estos días, así como la esperanza de ulteriores desarrollos
reconfortantes. Confío en que, después de tantas víctimas,
destrucciones e incertidumbres, reviva y progrese un Líbano
democrático, abierto a los demás, en diálogo
con las culturas y las religiones. Hago un llamamiento a los que
tienen en sus manos el destino de Irak, para que cese la feroz violencia
que ensangrienta el País y se asegure una existencia normal
a todos sus habitantes. Invoco a Dios para que en Sri Lanka, en
las partes en lucha, se escuche el anhelo de las poblaciones de
un porvenir de fraternidad y solidaridad; para que en Dafur y en
toda África se ponga término a los conflictos fraticidas,
cicatricen pronto las heridas abiertas en la carne de ese Continente
y se consoliden los procesos de reconciliación, democracia
y desarrollo. Que el Niño Dios, Príncipe de la paz,
haga que se extingan los focos de tensión que hacen incierto
el futuro de otras partes del mundo, tanto en Europa como en Latinoamérica.
"Salvator noster": Ésta es nuestra esperanza; este
es el anuncio que la Iglesia hace resonar también en esta
Navidad. Con la encarnación, recuerda el Concilio Vaticano
II, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre (cf.
Gaudium et spes, 22). Por eso, puesto que la Navidad de la Cabeza
es también el nacimiento del cuerpo, como enseñaba
el Pontífice san León Magno, podemos decir que en
Belén ha nacido el pueblo cristiano, cuerpo místico
de Cristo en el que cada miembro está unido íntimamente
al otro en una total solidaridad. Nuestro Salvador ha nacido para
todos. Tenemos que proclamarlo no sólo con las palabras,
sino también con toda nuestra vida, dando al mundo el testimonio
de comunidades unidas y abiertas, en las que reina la hermandad
y el perdón, la acogida y el servicio recíproco, la
verdad, la justicia y el amor.
Comunidad salvada por Cristo. Ésta es la verdadera naturaleza
de la Iglesia, que se alimenta de su Palabra y de su Cuerpo eucarístico.
Sólo redescubriendo el don recibido, la Iglesia puede testimoniar
a todos a Cristo Salvador; hay que hacerlo con entusiasmo y pasión,
en el pleno respeto de cada tradición cultural y religiosa;
y hacerlo con alegría, sabiendo que Aquél a quien
anuncia nada quita de lo que es auténticamente humano, sino
que lo lleva a su cumplimiento. En verdad, Cristo viene a destruir
solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo
demás, lo eleva y perfecciona. Cristo no nos pone a salvo
de nuestra humanidad, sino a través de ella; no nos salva
del mundo, sino que ha venido al mundo para que el mundo se salve
por medio de Él (cf. Jn 3,17).
Queridos hermanos y hermanas, dondequiera que os encontréis,
que llegue hasta vosotros este mensaje de alegría y de esperanza:
Dios se ha hecho hombre en Jesucristo; ha nacido de la Virgen María
y renace hoy en la Iglesia. Él es quien lleva a todos el
amor del Padre celestial. ¡Él es el Salvador del mundo!
No temáis, abridle el corazón, acogedlo, para que
su Reino de amor y de paz se convierta en herencia común
de todos. ¡Feliz Navidad!
|