INTRODUCCIÓN
Un gozoso anuncio para Europa
1. La Iglesia en Europa ha acompañado con sentimientos
de cercanía a sus Obispos reunidos por segunda vez en Sínodo,
mientras estaban dedicados a meditar en Jesucristo vivo en su
Iglesia y fuente de esperanza para Europa.
Es un tema que también yo, recordando con mis hermanos
Obispos las palabras de la Primera Carta de san Pedro, deseo proclamar
a todos los cristianos de Europa al comienzo del tercer milenio.
« No les tengáis ningún miedo ni os turbéis.
Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones,
siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón
de vuestra esperanza » (3, 14-15).1
Esta exhortación ha tenido eco continuamente durante el
Gran Jubileo del año dos mil, con el cual el Sínodo,
celebrado inmediatamente antes, ha estado en estrecha relación,
como una puerta abierta hacia él.2 El Jubileo ha sido «
un canto de alabanza único e ininterrumpido a la Trinidad
», un auténtico « camino de reconciliación
» y un « signo de la genuina esperanza para quienes
miran a Cristo y a su Iglesia ».3 Al dejarnos en herencia
la alegría del encuentro vivificante con Cristo, que «
es el mismo, ayer, hoy y siempre » (cf. Hb 13, 8), nos ha
presentado al Señor Jesús como único e indefectible
fundamento de la verdadera esperanza.
Un segundo Sínodo para Europa
2. La profundización en el tema de la esperanza fue desde
el principio el objetivo principal de la II Asamblea Especial
para Europa del Sínodo de los Obispos. Era el último
de la serie de Sínodos de carácter continental celebrados
como preparación para el Gran Jubileo del año dos
mil 4 y tenía como objetivo analizar la situación
de la Iglesia en Europa y ofrecer indicaciones para promover un
nuevo anuncio del Evangelio, como subrayé en la convocatoria
que anuncié públicamente el 23 de junio de 1996,
al final de la Eucaristía celebrada en el Estadio Olímpico
de Berlín. 5
La Asamblea sinodal no podía dejar de referirse, evaluar
y desarrollar lo que se había puesto de relieve en el Sínodo
anterior dedicado a Europa y celebrado en 1991, apenas después
de la caída del muro, sobre el tema « Para ser testigos
de Cristo que nos ha liberado ». Aquella primera Asamblea
puso de relieve la urgencia y la necesidad de la « nueva
evangelización », consciente de que « Europa,
hoy, no debe apelar simplemente a su herencia cristiana anterior;
hay que alcanzar de nuevo la capacidad de decidir sobre el futuro
de Europa en un encuentro con la persona y el mensaje de Jesucristo
».6
Transcurridos nueve años, se ha considerado, con toda su
fuerza estimulante, que « la Iglesia tiene la tarea urgente
de aportar, de nuevo, a los hombres de Europa el anuncio liberador
del Evangelio ».7 El tema elegido para la nueva Asamblea
sinodal reiteró el mismo reto, esta vez desde la perspectiva
de la esperanza. Se trataba, pues, de proclamar esta exhortación
a la esperanza a una Europa que parecía haberla perdido.8
La experiencia del Sínodo
3. La Asamblea sinodal, celebrada del 1 al 23 de octubre de 1999,
ha sido una preciosa oportunidad de encuentro, escucha y confrontación:
se ha profundizado en el conocimiento mutuo entre Obispos de diversas
partes de Europa y con el Sucesor de Pedro y, todos juntos, hemos
podido edificarnos recíprocamente, sobre todo gracias a
los testimonios de aquellos que han soportado duras y prolongadas
persecuciones a causa de la fe bajo los regímenes totalitarios
pasados.9 Hemos vivido una vez más momentos de comunión
en la fe y en la caridad, animados por el deseo de realizar un
fraterno « intercambio de dones » y enriquecidos mutuamente
con las diversas experiencias de cada uno.10
De todo ello ha surgido el deseo de acoger la llamada que el Espíritu
dirige a las Iglesias en Europa para que se comprometan ante los
nuevos desafíos.11 Con una mirada llena de amor, los participantes
en el encuentro sinodal han examinado sin reparos la realidad
actual del Continente, constatando en ella luces y sombras. Se
ha llegado a la clara convicción de que la situación
está marcada por graves incertidumbres en el campo cultural,
antropológico, ético y espiritual. Asimismo, se
ha ido afirmando con nitidez una creciente voluntad de ahondar
e interpretar esta situación, con el fin de descubrir las
tareas que le esperan a la Iglesia: se han propuesto « orientaciones
útiles para que el rostro Cristo sea cada vez más
visible a través de un anuncio más eficaz, corroborado
por un testimonio coherente ».12
4. Al vivir la experiencia sinodal con discernimiento evangélico,
ha madurado cada vez más la conciencia de la unidad que,
sin negar las diferencias derivadas de las vicisitudes históricas,
aglutina las diversas partes de Europa. Una unidad que, hundiendo
sus raíces en la común inspiración cristiana,
sabe articular las diferentes tradiciones culturales y exige un
camino constante de conocimiento mutuo, tanto en lo social como
en lo eclesial, que esté abierto a compartir mejor los
valores de cada uno.
En el transcurso del Sínodo, paulatinamente se ha ido notando
un gran impulso hacia la esperanza. Aun aceptando los análisis
sobre la complejidad que caracteriza el Continente, los Padres
sinodales se han percatado de que, tal vez, lo más crucial,
en el Este como en el Oeste, es su creciente necesidad de esperanza
que pueda dar sentido a la vida y a la historia, y permita caminar
juntos. Todas las reflexiones del Sínodo se han orientado
a dar respuesta a esta necesidad, partiendo del misterio de Cristo
y del misterio trinitario. El Sínodo ha presentado de nuevo
la figura de Jesús, que vive en su Iglesia y es revelador
del Dios Amor, que es comunión de las tres Personas divinas.
El Apocalipsis como icono
5. Con la presente Exhortación postsinodal, me complace
compartir con la Iglesia en Europa los frutos de esta II Asamblea
Especial para Europa del Sínodo de los Obispos. Quiero
satisfacer así el deseo manifestado al final de la reunión
sinodal, cuando los Pastores me han entregado el texto de sus
reflexiones, junto con la petición de ofrecer a la Iglesia
peregrina en Europa un documento sobre el mismo tema del Sínodo.13
« El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu
dice a las Iglesias » (Ap 2, 7). Al anunciar a Europa el
Evangelio de la esperanza, sigo como guía el libro del
Apocalipsis, « revelación profética »
que desvela a la comunidad creyente el sentido escondido y profundo
de los acontecimientos (cf. Ap 1, 1). El Apocalipsis nos pone
ante una palabra dirigida a las comunidades cristianas para que
sepan interpretar y vivir su inserción en la historia,
con sus interrogantes y sus penas, a la luz de la victoria definitiva
del Cordero inmolado y resucitado. Al mismo tiempo, nos hallamos
ante una palabra que compromete a vivir abandonando la insistente
tentación de construir la ciudad de los hombres prescindiendo
de Dios o contra Él. En efecto, si esto llegara a suceder,
sería la convivencia humana misma la que, antes o después,
experimentaría una derrota irremediable.
El Apocalipsis trata de alentar a los creyentes: más allá
de toda apariencia, y aunque no vean aún los resultados,
la victoria de Cristo ya se ha realizado y es definitiva. Esto
es una orientación para afrontar los acontecimientos humanos
con una actitud de fundamental confianza, que surge de la fe en
el Resucitado, presente y activo en la historia.
CAPÍTULO I
JESUCRISTO ES NUESTRA ESPERANZA
« No temas, soy yo, el Primero y el Último,
el que vive » (Ap 1, 17-18)
El Resucitado está siempre con nosotros
6. En la época del autor del Apocalipsis, tiempo de persecución,
tribulación y desconcierto para la Iglesia (cf. Ap 1, 9),
en la visión se proclama una palabra de esperanza: «
No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve
muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y
tengo las llaves de la Muerte y del Hades » (Ap 1, 17-18).
Estamos ante el Evangelio, « la Buena nueva », que
es Jesucristo mismo. Él es el Primero y el Último:
en Él comienza, tiene sentido, orientación y cumplimiento
toda la historia; en Él y con Él, en su muerte y
resurrección, ya se ha dicho todo. Es el que vive: murió,
pero ahora vive para siempre. Él es el Cordero que está
de pie en medio del trono de Dios (cf. Ap 5, 6): es inmolado,
porque ha derramado su sangre por nosotros en el madero de la
cruz; está en pie, porque ha vuelto para siempre a la vida
y nos ha mostrado la omnipotencia infinita del amor del Padre.
Tiene firme en sus manos las siete estrellas (cf. Ap 1, 16), es
decir, la Iglesia de Dios perseguida, en lucha contra el mal y
contra el pecado, pero que tiene igualmente derecho a sentirse
alegre y victoriosa, porque está en manos de Quien ya ha
vencido el mal. Camina entre los siete candeleros de oro (Ap 2,
1): está presente y actúa en su Iglesia en oración.
Él es también el que « va a venir »
(cf. Ap 1,4) por medio de la misión y la acción
de la Iglesia a lo largo de la historia humana; viene al final
de los tiempos, como segador escatológico, para dar cumplimento
a todas las cosas (cf. Ap 14, 15- 16; 22, 20).
I. Retos y signos de esperanza
para la Iglesia en Europa
El oscurecimiento de la esperanza
7. Esta palabra se dirige hoy también a las Iglesias en
Europa, afectadas a menudo por un oscurecimiento de la esperanza.
En efecto, la época que estamos viviendo, con sus propios
retos, resulta en cierto modo desconcertante. Tantos hombres y
mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos
cristianos están sumidos en este estado de ánimo.
Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer
milenio, perturban el horizonte del Continente europeo que, «
aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima
de convivencia indudablemente más libre y más unida,
siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha
producido en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando
a menudo desilusión ».14
Entre los muchos aspectos indicados con ocasión del Sínodo,15
quisiera recordar la pérdida de la memoria y de la herencia
cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico
y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la
impresión de vivir sin base espiritual y como herederos
que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la
historia. Por eso no han de sorprender demasiado los intentos
de dar a Europa una identidad que excluye su herencia religiosa
y, en particular, su arraigada alma cristiana, fundando los derechos
de los pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco vivificado
por la savia del cristianismo.
En el Continente europeo no faltan ciertamente símbolos
prestigiosos de la presencia cristiana, pero éstos, con
el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de
convertirse en mero vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar
el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta
la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto
social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente
desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos
es más fácil declararse agnóstico que creyente;
se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras
que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible
ni puede darse por descontada.
8. Esta pérdida de la memoria cristiana va unida a un cierto
miedo en afrontar el futuro. La imagen del porvenir que se propone
resulta a menudo vaga e incierta. Del futuro se tiene más
temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes,
el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida
del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos de esta
angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático
descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones
al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no
el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en
el matrimonio.
Se está dando una difusa fragmentación de la existencia;
prevalece una sensación de soledad; se multiplican las
divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas
de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta
el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro
del concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes
de conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes
racistas, las mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo
que encierra en sí mismos a las personas y los grupos,
el crecimiento de una indiferencia ética general y una
búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios.
Para muchos, la globalización que se está produciendo,
en vez de llevar a una mayor unidad del género humano,
amenaza con seguir una lógica que margina a los más
débiles y aumenta el número de los pobres de la
tierra.
Junto con la difusión del individualismo, se nota un decaimiento
creciente de la solidaridad interpersonal: mientras las instituciones
asistenciales realizan un trabajo benemérito, se observa
una falta del sentido de solidaridad, de manera que muchas personas,
aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten
más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo
afectivo.
9. En la raíz de la pérdida de la esperanza está
el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios
y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al
hombre como « el centro absoluto de la realidad, haciéndolo
ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que
no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace
al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre »,
por lo que, « no es extraño que en este contexto
se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo
del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología
y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico
en la configuración de la existencia diaria ».16
La cultura europea da la impresión de ser una apostasía
silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si
Dios no existiera.
En esta perspectiva surgen los intentos, repetidos también
últimamente, de presentar la cultura europea prescindiendo
de la aportación del cristianismo, que ha marcado su desarrollo
histórico y su difusión universal. Asistimos al
nacimiento de una nueva cultura, influenciada en gran parte por
los medios de comunicación social, con características
y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la
dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también
un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado
a un relativismo moral y jurídico más profundo,
que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad
del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada
uno. Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces
en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una «
cultura de muerte ».17
La imborrable nostalgia de la esperanza
10. Pero, como han subrayado los Padres sinodales, « el
hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia,
se convertiría en insoportable ».18 Frecuentemente,
quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades
efímeras y frágiles. De este modo la esperanza,
reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia,
se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por
la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo,
con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del
consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes,
con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las
filosofías orientales, con la búsqueda de formas
esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes
de New Age.19
Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz
de satisfacer la sed de felicidad que el corazón del hombre
continúa sintiendo dentro de sí. De este modo permanecen
y se agudizan los signos preocupantes de la falta de esperanza,
que a veces se manifiesta también bajo formas de agresividad
y violencia.20
Signos de esperanza
11. Ningún ser humano puede vivir sin perspectivas de futuro.
Mucho menos la Iglesia, que vive de la esperanza del Reino que
viene y que ya está presente en este mundo. Sería
injusto no reconocer los signos de la influencia del Evangelio
de Cristo en la vida de la sociedad. Los Padres sinodales los
han especificado y subrayado.
Entre estos signos se ha de mencionar la recuperación de
la libertad de la Iglesia en Europa del Este, con las nuevas posibilidades
de actividad pastoral que se han abierto para ella; el que la
Iglesia se concentre en su misión espiritual y en su compromiso
de vivir la primacía de la evangelización incluso
en sus relaciones con la realidad social y política; la
creciente toma de conciencia de la misión propia de todos
los bautizados, con la variedad y complementariedad de sus dones
y tareas; la mayor presencia de la mujer en las estructuras y
en los diversos ámbitos de la comunidad cristiana.
Una comunidad de pueblos
12. Considerando Europa como comunidad civil, no faltan signos
que dan lugar a la esperanza: en ellos, aun entre las contradicciones
de la historia, podemos percibir con una mirada de fe la presencia
del Espíritu de Dios que renueva la faz de la tierra. Los
Padres sinodales los han descrito así al final de sus trabajos:
« Comprobamos con alegría la creciente apertura recíproca
de los pueblos, la reconciliación entre naciones durante
largo tiempo hostiles y enemigas, la ampliación progresiva
del proceso unitario a los países del Este europeo. Reconocimientos,
colaboraciones e intercambios de todo tipo se están llevando
a cabo, de forma que, poco a poco, se está creando una
cultura, más aún, una conciencia europea, que esperamos
pueda suscitar, especialmente entre los jóvenes, un sentimiento
de fraternidad y la voluntad de participación. Registramos
como positivo el hecho de que todo este proceso se realiza según
métodos democráticos, de manera pacífica
y con un espíritu de libertad, que respeta y valora las
legítimas diversidades, suscitando y sosteniendo el proceso
de unificación de Europa. Acogemos con satisfacción
lo que se ha hecho para precisar las condiciones y las modalidades
del respeto de los derechos humanos. Por último, en el
contexto de la legítima y necesaria unidad económica
y política de Europa, mientras registramos los signos de
la esperanza que ofrece la consideración dada al derecho
y a la calidad de la vida, deseamos vivamente que, con fidelidad
creativa a la tradición humanista y cristiana de nuestro
continente, se garantice la supremacía de los valores éticos
y espirituales ».21
Los mártires y los testigos de la fe
13. Pero quiero llamar la atención particularmente sobre
algunos signos surgidos en el ámbito específicamente
eclesial. Ante todo, con los Padres sinodales, quiero proponer
a todos, para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza
constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que
ha habido en el último siglo, tanto en el Este como en
el Oeste. Ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de
hostilidad y persecución, frecuentemente hasta el testimonio
supremo de la sangre.
Estos testigos, especialmente los que han afrontado el martirio,
son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar
e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para
ella y la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer
en las tinieblas la luz de Cristo; al pertenecer a diversas confesiones
cristianas, brillan asimismo como signo de esperanza para el camino
ecuménico, por la certeza de que su sangre es « también
linfa de unidad para la Iglesia ».22
Más radicalmente aún, demuestran que el martirio
es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza:
« En efecto, los mártires anuncian este Evangelio
y lo testimonian con su vida hasta la efusión de su sangre,
porque están seguros de no poder vivir sin Cristo y están
dispuestos a morir por Él, convencidos de que Jesús
es el Dios y el Salvador del hombre y que, por tanto, sólo
en Él encuentra el hombre la plenitud verdadera de la vida.
De este modo, según la exhortación del apóstol
Pedro, se muestran preparados para dar razón de su esperanza
(cf. 1 Pe 3, 15). Los mártires, además, celebran
el “Evangelio de la esperanza”, porque el ofrecimiento
de su vida es la manifestación más radical y más
grande del sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que constituye
el verdadero culto espiritual (cf. Rm 12, 1), origen, alma y cumbre
de toda celebración cristiana. Ellos, por fin, sirven al
“Evangelio de la esperanza”, porque con su martirio
expresan en sumo grado el amor y el servicio al hombre, en cuanto
demuestran que la obediencia a la ley evangélica genera
una vida moral y una convivencia social que honra y promueve la
dignidad y la libertad de cada persona ».23
La santidad de muchos
14. Fruto de la conversión realizada por el Evangelio es
la santidad de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. No
sólo de los que así han sido proclamados oficialmente
por la Iglesia, sino también de los que, con sencillez
y en la existencia cotidiana, han dado testimonio de su fidelidad
a Cristo. ¿Cómo no pensar en los innumerables hijos
de la Iglesia que, a lo largo de la historia del Continente europeo,
han vivido una santidad generosa y auténtica de forma oculta
en la vida familiar, profesional y social? « Todos ellos,
como “piedras vivas”, unidas a Cristo “piedra
angular”, han construido Europa como edificio espiritual
y moral, dejando a la posteridad la herencia más preciosa.
Nuestro Señor Jesucristo lo había prometido: “El
que crea en mí, hará él también las
obras que yo hago, y las hará mayores aún, porque
yo voy al Padre” (Jn 14, 12). Los santos son la prueba viva
del cumplimiento de esta promesa, y nos animan a creer que ello
es posible también en los momentos más difíciles
de la historia ».24
La parroquia y los movimientos eclesiales
15. El Evangelio sigue dando sus frutos en las comunidades parroquiales,
en las personas consagradas, en las asociaciones de laicos, en
los grupos de oración y apostolado, en muchas comunidades
juveniles, así como también a través de la
presencia y difusión de nuevos movimientos y realidades
eclesiales. En efecto, el mismo Espíritu sabe suscitar
en cada uno de ellos una renovada entrega al Evangelio, disponibilidad
generosa al servicio, vida cristiana caracterizada por el radicalismo
evangélico y el impulso misionero.
Todavía hoy en Europa, tanto en los Países postcomunistas
como en Occidente, la parroquia, si bien necesita una renovación
constante,25 sigue conservando y ejerciendo su misión indispensable
y de gran actualidad en el ámbito pastoral y eclesial.
Es capaz de ofrecer a los fieles un espacio para el ejercicio
efectivo de la vida cristiana y es lugar también de auténtica
humanización y socialización, tanto en un contexto
de dispersión y anonimato, propio de las grandes ciudades
modernas, como en zonas rurales con escasa población.26
16. Al mismo tiempo, mientras expreso junto con los Padres sinodales
mi gran estima por la presencia y la acción de muchas asociaciones
y organizaciones apostólicas y, en particular, de la Acción
Católica, deseo hacer notar la contribución específica
que, en comunión con las otras realidades eclesiales y
nunca de manera aislada, pueden ofrecer los nuevos movimientos
y las nuevas comunidades eclesiales. En efecto, éstos últimos
« ayudan a los cristianos a vivir más radicalmente
según el Evangelio; son cuna de diversas vocaciones y generan
nuevas formas de consagración; promueven sobre todo la
vocación de los laicos y la llevan a manifestarse en los
diversos ámbitos de la vida; favorecen la santidad del
pueblo; pueden ser anuncio y exhortación para quienes,
de otra manera, no se encontrarían con la Iglesia; con
frecuencia apoyan el camino ecuménico y abren cauces para
el diálogo interreligioso; son un antídoto contra
la difusión de las sectas; son una gran ayuda para difundir
vivacidad y alegría en la Iglesia ».27
El camino ecuménico
17. Damos gracias a Dios por el destacado y alentador signo de
esperanza que son los progresos logrados por el camino ecuménico
siguiendo las directrices de la verdad, la caridad y la reconciliación.
Es uno de los grandes dones del Espíritu Santo a un Continente
como el europeo, que dio origen a las graves divisiones entre
los cristianos en el segundo milenio y que todavía sufre
mucho por sus consecuencias.
Recuerdo con emoción algunos momentos muy intensos experimentados
durante los trabajos sinodales y la convicción unánime,
expresada también por los Delegados Fraternos, de que este
camino – no obstante los problemas aún pendientes
y los nuevos que van surgiendo – no se debe interrumpir,
sino que ha de continuar con renovado ardor, con más profunda
determinación y con la humilde disponibilidad de todos
al perdón recíproco. Me complace hacer mías
algunas expresiones de los Padres sinodales, puesto que «
el progreso en el diálogo ecuménico, que tiene su
fundamento más profundo en el Verbo mismo de Dios, representa
un signo de gran esperanza para la Iglesia de hoy. En efecto,
el crecimiento de la unidad entre los cristianos enriquece mutuamente
a todos ».28 Hace falta « fijarse con alegría
en los progresos conseguidos hasta ahora en el diálogo,
sea con los hermanos de las Iglesias ortodoxas, sea con los de
las comunidades eclesiales procedentes de la Reforma, reconociendo
en ellos un signo de la acción del Espíritu, por
la cual se ha de alabar y dar gracias a Dios ».29
II. Volver a Cristo, fuente de toda esperanza
Confesar nuestra fe
18. En la Asamblea sinodal se ha consolidado la certeza, clara
y apasionada, de que la Iglesia ha de ofrecer a Europa el bien
más precioso y que nadie más puede darle: la fe
en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda,30 don que
está en el origen de la unidad espiritual y cultural de
los pueblos europeos, y que todavía hoy y en el futuro
puede ser una aportación esencial a su desarrollo e integración.
Sí, después de veinte siglos, la Iglesia se presenta
al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre,
que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor;
en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos (cf.
Hch 4, 12). La fuente de la esperanza, para Europa y el mundo
entero, es Cristo, y « la Iglesia es el canal a través
del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón
traspasado del Redentor ».31
En base a esta confesión de fe brota de nuestro corazón
y de nuestros labios « una alegre confesión de esperanza:
¡tú, Señor, resucitado y vivo, eres la esperanza
siempre nueva de la Iglesia y de la humanidad; tú eres
la única y verdadera esperanza del hombre y de la historia;
tú eres entre nosotros “la esperanza de la gloria”
(Col 1, 27) ya en esta vida y también más allá
de la muerte! En ti y contigo podemos alcanzar la verdad, nuestra
existencia tiene un sentido, la comunión es posible, la
diversidad puede transformarse en riqueza, la fuerza del Reino
ya está actuando en la historia y contribuye a la edificación
de la ciudad del hombre, la caridad da valor perenne a los esfuerzos
de la humanidad, el dolor puede hacerse salvífico, la vida
vencerá a la muerte y lo creado participará de la
gloria de los hijos de Dios ».32
Jesucristo nuestra esperanza
19. Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el
seno del Padre desde siempre (cf. Jn 1, 18), es nuestra esperanza
porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza
humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos.
La confesión de esta verdad está en el corazón
mismo de nuestra fe. La pérdida de la verdad sobre Jesucristo,
o su incomprensión, impiden ahondar en el misterio mismo
del amor de Dios y de la comunión trinitaria.33
Jesucristo es nuestra esperanza porque revela el misterio de la
Trinidad. Éste es el centro de la fe cristiana, que puede
ofrecer todavía una gran aportación, como lo ha
hecho hasta ahora, a la edificación de estructuras que,
inspirándose en los grandes valores evangélicos
o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la historia
y la cultura de los diversos pueblos del Continente.
Múltiples son las raíces ideales que han contribuido
con su savia al reconocimiento del valor de la persona y de su
dignidad inalienable, del carácter sagrado de la vida humana
y el papel central de la familia, de la importancia de la educación
y la libertad de opinión, de palabra, de religión,
así como también a la tutela legal de los individuos
y los grupos, a la promoción de la solidaridad y el bien
común, al reconocimiento de la dignidad del trabajo. Tales
raíces han favorecido que el poder político esté
sujeto a la ley y al respeto de los derechos de la persona y de
los pueblos. A este propósito se han de recordar el espíritu
de la Grecia antigua y de la romanidad, las aportaciones de los
pueblos celtas, germanos, eslavos, ugrofineses, de la cultura
hebrea y del mundo islámico. Sin embargo, se ha de reconocer
que estas influencias han encontrado históricamente en
la tradición judeocristiana una fuerza capaz de armonizarlas,
consolidarlas y promoverlas. Se trata de un hecho que no se puede
ignorar; por el contrario, en el proceso de construcción
de la « casa común europea », debe reconocerse
que este edificio ha de apoyarse también sobre valores
que encuentran en la tradición cristiana su plena manifestación.
Tener esto en cuenta beneficia a todos.
La Iglesia « no posee título alguno para expresar
preferencias por una u otra solución institucional o constitucional
» de Europa y coherentemente, por tanto, quiere respetar
la legítima autonomía del orden civil.34 Sin embargo,
tiene la misión de avivar en los cristianos de Europa la
fe en la Trinidad, sabiendo que esta fe es precursora de auténtica
esperanza para el Continente.
Muchos de los grandes paradigmas de referencia antes indicados,
que son la base de la civilización europea, hunden sus
raíces últimas en la fe trinitaria. Ésta
contiene un extraordinario potencial espiritual, cultural y ético,
capaz, entre otras cosas, de iluminar algunas grandes cuestiones
que hoy se debaten en Europa, como la disgregación social
y la pérdida de una referencia que dé sentido a
la vida y a la historia. De ello se desprende la necesidad de
una renovada meditación teológica, espiritual y
pastoral sobre el misterio trinitario.35
20. Las Iglesias particulares en Europa no son meras entidades
u organizaciones privadas. En realidad, actúan con una
dimensión institucional específica que merece ser
valorada jurídicamente, en el pleno respeto del justo ordenamiento
civil. Al reflexionar sobre sí mismas, las comunidades
cristianas han de reconocerse como un don con el que Dios enriquece
a los pueblos que viven en el Continente. Éste es el anuncio
gozoso que han de llevar a todas las personas. Profundizando su
propia dimensión misionera, deben dar constantemente testimonio
de que Jesucristo « es el único mediador y portador
de salvación para la humanidad entera: sólo en Él
la humanidad, la historia y el cosmos encuentran su sentido positivo
definitivamente y se realizan totalmente; Él tiene en sí
mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas
de la salvación; no sólo es un mediador de salvación,
sino la fuente misma de la salvación ».36
En el contexto del pluralismo ético y religioso actual
que caracteriza cada vez más a Europa, es necesario, pues,
confesar y proponer la verdad de Cristo como único Mediador
entre Dios y los hombres y único Redentor del mundo. Por
tanto –como he hecho al final de la asamblea sinodal–,
con toda la Iglesia, invito a mis hermanos y hermanas en la fe
a abrirse constantemente con confianza a Cristo y a dejarse renovar
por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas
las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor
conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce
a ella (cf. Jn 14, 6; Sal 16 [15], 11). Por el tenor de vida y
el testimonio de la palabra de los cristianos, los habitantes
de Europa podrán descubrir que Cristo es el futuro del
hombre. En efecto, en la fe de la Iglesia « no hay bajo
el cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos
» (Hch 4, 12).37
21. Para los creyentes, Jesucristo es la esperanza de toda persona
porque da la vida eterna. Él es « la Palabra de vida
» (1 Jn 1, 1), venido al mundo para que los hombres «
tengan la vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10).
Así nos enseña cómo el verdadero sentido
de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano,
sino que se abre a la eternidad. La misión de cada Iglesia
particular en Europa es tener en cuenta la sed de verdad de toda
persona y la necesidad de valores auténticos que animen
a los pueblos del Continente. Ha de proponer con renovada energía
la novedad que la anima. Se trata de emprender una articulada
acción cultural y misionera, enseñando con obras
y argumentos convincentes cómo la nueva Europa necesita
descubrir sus propias raíces últimas. En este contexto,
los que se inspiran en los valores evangélicos tienen un
papel esencial que desempeñar, relacionado con el sólido
fundamento sobre el cual se ha de edificar una convivencia más
humana y más pacífica porque es respetuosa de todos
y de cada uno.
Es preciso que las Iglesias particulares en Europa sepan devolver
a la esperanza su dimensión escatológica originaria.38
En efecto, la verdadera esperanza cristiana es teologal y escatológica,
fundada en el Resucitado, que vendrá de nuevo como Redentor
y Juez, y que nos llama a la resurrección y al premio eterno.
Jesucristo vivo en la Iglesia
22. Mirando a Cristo, los pueblos europeos podrán hallar
la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a
la vida. También hoy lo pueden encontrar, porque Jesús
está presente, vive y actúa en su Iglesia: Él
está en la Iglesia y la Iglesia está en Él
(cf. Jn 15, 1ss; Ga 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5). En ella, por
el don del Espíritu Santo, continúa sin cesar su
obra salvadora.39
Con los ojos de la fe podemos ver la misteriosa acción
de Jesús en los diversos signos que nos ha dejado. Está
presente, ante todo, en la Sagrada Escritura, que habla de Él
en todas sus páginas (cf. Lc 24, 27.44-47). Pero de una
manera verdaderamente única está presente en las
especies eucarísticas. Esta « presencia se llama
“real”, no por exclusión, como si las otras
no fueran “reales”, sino por antonomasia, ya que es
sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo,
Dios y hombre, entero e íntegro ».40 En efecto, en
la Eucaristía « se contiene verdadera, real y sustancialmente,
el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad,
de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero
».41 « Verdaderamente la Eucaristía es mysterium
fidei, misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido
sólo en la fe ».42 También es real la presencia
de Jesús en las otras acciones litúrgicas que, en
su nombre, celebra la Iglesia. Así ocurre en los Sacramentos,
acciones de Cristo, que Él realiza a través de los
hombres.43
Jesús está verdaderamente presente también
en el mundo de otros modos, especialmente en sus discípulos
que, fieles al doble mandamiento de la caridad, adoran a Dios
en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24), y testimonian con
la vida el amor fraterno que los distingue como seguidores del
Señor (cf. Mt 25, 31-46; Jn 13, 35; 15, 1-17).44
CAPÍTULO II
EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA CONFIADO A LA IGLESIA DEL NUEVO MILENIO
« Ponte en vela, reanima lo que te queda
y está a punto de morir » (Ap 3, 2)
I. El Señor llama a la conversión
Jesús se dirige a nuestras Iglesias
23. « Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano
derecha, el que camina entre los siete candeleros de oro [...],
el Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y revivió
[...], el Hijo de Dios » (Ap 2, 1.8.18). Jesús mismo
es el que habla a su Iglesia. Su mensaje se dirige a cada una
de las Iglesias particulares y concierne su vida interna, caracterizada
a veces por la presencia de concepciones y mentalidades incompatibles
con la tradición evangélica, víctima a menudo
de diversas formas de persecución y, lo que es más
peligroso aún, afectada por síntomas preocupantes
de mundanización, pérdida de la fe primigenia y
connivencia con la lógica del mundo. No es raro que las
comunidades ya no tengan el amor que antes tenían (cf.
Ap 2, 4).
Se observa cómo nuestras comunidades eclesiales tienen
que forcejear con debilidades, fatigas, contradicciones. Necesitan
escuchar también de nuevo la voz del Esposo que las invita
a la conversión, las incita a actuar con entusiasmo en
las nuevas situaciones y las llama a comprometerse en la gran
obra de la « nueva evangelización ». La Iglesia
tiene que someterse constantemente al juicio de la palabra de
Cristo y vivir su dimensión humana con una actitud de purificación
para ser cada vez más y mejor la Esposa sin mancha ni arruga,
engalanada con un vestido de lino puro resplandeciente (cf. Ef
5, 27; Ap 19, 7-8).
De este modo, Jesucristo llama a nuestras Iglesias en Europa a
la conversión, y ellas, con su Señor y gracias a
su presencia, se hacen portadoras de esperanza para la humanidad.
La acción del Evangelio a lo largo de la historia
24. Europa ha sido impregnada amplia y profundamente por el cristianismo.
« No cabe duda de que, en la compleja historia de Europa,
el cristianismo representa un elemento central y determinante,
que se ha consolidado sobre la base firme de la herencia clásica
y de las numerosas aportaciones que han dado los diversos flujos
étnicos y culturales que se han sucedido a lo largo de
los siglos. La fe cristiana ha plasmado la cultura del Continente
y se ha entrelazado indisolublemente con su historia, hasta el
punto de que ésta no se podría entender sin hacer
referencia a las vicisitudes que han caracterizado, primero, el
largo periodo de la evangelización y, después, tantos
siglos en los que el cristianismo, aun en la dolorosa división
entre Oriente y Occidente, se ha afirmado como la religión
de los europeos. También en el periodo moderno y contemporáneo,
cuando se ha ido fragmentando progresivamente la unidad religiosa,
bien por las posteriores divisiones entre los cristianos, bien
por los procesos que han alejado la cultura del horizonte de la
fe, el papel de ésta ha seguido teniendo una importancia
notable ».45
25. El interés que la Iglesia tiene por Europa deriva de
su misma naturaleza y misión. En efecto, a lo largo de
los siglos, la Iglesia ha mantenido lazos muy estrechos con nuestro
Continente, de tal modo que la fisonomía espiritual de
Europa se ha ido formando gracias a los esfuerzos de grandes misioneros
y al testimonio de santos y mártires, a la labor asidua
de monjes, religiosos y pastores. De la concepción bíblica
del hombre, Europa ha tomado lo mejor de su cultura humanista,
ha encontrado inspiración para sus creaciones intelectuales
y artísticas, ha elaborado normas de derecho y, sobre todo,
ha promovido la dignidad de la persona, fuente de derechos inalienables.46
De este modo la Iglesia, en cuanto depositaria del Evangelio,
ha contribuido a difundir y a consolidar los valores que han hecho
universal la cultura europea.
Al recordar todo esto, la Iglesia de hoy siente, con nueva responsabilidad,
el deber apremiante de no disipar este patrimonio precioso y ayudar
a Europa a construirse a sí misma, revitalizando las raíces
cristianas que le han dado origen.47
Para dar una verdadera imagen de Iglesia
26. Que toda la Iglesia en Europa sienta como dirigida a ella
la exhortación y la invitación del Señor:
arrepiéntete, conviértete, « ponte en vela,
reanima lo que te queda y está a punto de morir »
(Ap 3, 2). Es una exigencia que nace también de la consideración
del tiempo actual: « La grave situación de indiferencia
religiosa de numerosos europeos; la presencia de muchos que, incluso
en nuestro Continente, no conocen todavía a Jesucristo
y su Iglesia, y que todavía no están bautizados;
el secularismo que contagia a un amplio sector de cristianos que
normalmente piensan, deciden y viven “como si Cristo no
existiera”, lejos de apagar nuestra esperanza, la hacen
más humilde y capaz de confiar sólo en Dios. De
su misericordia recibimos la gracia y el compromiso de la conversión
».48
27. A pesar de que a veces, como en el episodio evangélico
de la tempestad calmada (cf. Mc 4, 35- 41; Lc 8, 22-25), pueda
parecer que Cristo duerme y deja su barca a merced de las olas
encrespadas, se pide a la Iglesia en Europa que cultive la certeza
de que el Señor, por el don de su Espíritu, está
siempre presente y actúa en ella y en la historia de la
humanidad. Él prolonga en el tiempo su misión, haciendo
que la Iglesia fuera una corriente de vida nueva, que fluye dentro
de la vida de la humanidad como signo de esperanza para todos.
En un contexto en el que la tentación del activismo llega
fácilmente también al ámbito pastoral, se
pide a los cristianos en Europa que sigan siendo transparencia
real del Resucitado, viviendo en íntima comunión
con Él. Hacen falta comunidades que, contemplando e imitando
a la Virgen María, figura y modelo de la Iglesia en la
fe y en la santidad,49 cuiden el sentido de la vida litúrgica
y de la vida interior. Ante todo y sobre todo, han de alabar al
Señor, invocarlo, adorarlo y escuchar su Palabra. Sólo
así asimilarán su misterio, viviendo totalmente
dedicadas a Él, como miembros de su fiel Esposa.
28. Ante las insistentes tentaciones de división y contraposición,
la diversas Iglesias particulares en Europa, bien unidas al Sucesor
de Pedro, han de esforzarse en ser verdaderamente lugar e instrumento
de comunión de todo el Pueblo de Dios en la fe y en el
amor.50 Cultiven, por tanto, un clima de caridad fraterna, vivida
con radicalidad evangélica en el nombre de Jesús
y de su amor; desarrollen un ambiente de relaciones de amistad,
de comunicación, corresponsabilidad, participación,
conciencia misionera, disponibilidad y servicialidad; estén
animadas por actitudes recíprocas de estima, acogida y
corrección (cf. Rm 12, 10; 15, 7-14), de servicio y ayuda
(cf. Ga 5, 13; 6, 2), de perdón mutuo (cf. Col 3, 13) y
edificación de unos con otros (cf. 1 Ts 5, 11); se esfuercen
en realizar una pastoral que, valorando todas las diversidades
legítimas, fomente una colaboración cordial entre
todos los fieles y sus asociaciones; promuevan los organismos
de participación como instrumentos preciosos de comunión
para una acción misionera armónica, impulsando la
presencia de agentes de pastoral adecuadamente preparados y cualificados.
De este modo, las Iglesias mismas, animadas por la comunión,
que es manifestación del amor de Dios, fundamento y razón
de la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5), serán un
reflejo más brillante de la Trinidad, además de
un signo que interpela e invita a creer (cf. Jn 17, 21).
29. Para vivir de manera plena la comunión en la Iglesia,
hace falta valorar la variedad de carismas y vocaciones, que confluyen
cada vez más en la unidad y pueden enriquecerla (cf. 1
Co 12). En esta perspectiva, es necesario también que,
de una parte, los nuevos movimientos y las nuevas comunidades
eclesiales « abandonando toda tentación de reivindicar
derechos de primogenitura y toda incomprensión recíproca
», avancen en el camino de una comunión más
auténtica entre sí y con todas las demás
realidades eclesiales, y « vivan con amor en total obediencia
a los Obispos »; por otro lado, es necesario también
que los Obispos, « manifestándoles la paternidad
y el amor propios de los pastores »,51 sepan reconocer,
discernir y coordinar sus carismas y su presencia para la edificación
de la única Iglesia.
En efecto, gracias al crecimiento de la colaboración entre
los numerosos sectores eclesiales bajo la guía afable de
los pastores, la Iglesia entera podrá presentar a todos
una imagen más hermosa y creíble, transparencia
más límpida del rostro del Señor, y contribuir
así a dar nueva esperanza y consuelo, tanto a los que la
buscan como a los que, aunque no la busquen, la necesitan.
Para poder responder a la llamada del Evangelo a la conversión,
« debemos hacer todos juntos un humilde y valiente examen
de conciencia para reconocer nuestros temores y nuestros errores,
para confesar con sinceridad nuestras lentitudes, omisiones, infidelidades
y culpas ».52 En vez de adoptar actitudes huidizas de desaliento,
el reconocimiento evangélico de las propias culpas suscitará
en la comunidad la experiencia que vive cada bautizado: la alegría
de una profunda liberación y la gracia de comenzar de nuevo,
que permite proseguir con mayor vigor el camino de la evangelización.
Para progresar hacia la unidad de los cristianos
30. Finalmente, el Evangelio de la esperanza es también
fuerza y llamada a la conversión en el campo ecuménico.
En la certeza de que la unidad de los cristianos corresponde al
mandato del Señor, « para que todos sean uno »
(cf. Jn 17, 11), y que hoy se presenta como una necesidad para
que sea más creíble la evangelización y la
contribución a la unidad de Europa, es necesario que todas
las Iglesias y Comunidades eclesiales « sean ayudadas e
invitadas a interpretar el camino ecuménico como un “ir
juntos” hacia Cristo » 53 y hacia la unidad visible
querida por Él, de tal modo que la unidad en la diversidad
brille en la Iglesia como don del Espíritu Santo, artífice
de comunión.
Para lograr esto hace falta un paciente y constante empeño
por parte de todos, animado por una auténtica esperanza
y, al mismo tiempo, por un sobrio realismo, orientado a la «
valoración de lo que ya nos une, a la sincera estima recíproca,
a la eliminación de los prejuicios, al conocimiento y al
amor mutuo ».54 En esta perspectiva, el esfuerzo por la
unidad ha de incluir, si quiere apoyarse en fundamentos sólidos,
la búsqueda apasionada de la verdad, a través de
un diálogo y una confrontación que, mientras reconoce
los resultados hasta ahora alcanzados, los considere un estímulo
para seguir avanzando en la superación de las divergencias
que todavía dividen a los cristianos.
31. Sin rendirse ante dificultades y cansancios, es preciso continuar
con determinación el diálogo, que se ha entablar
« bajo muchos aspectos (doctrinal, espiritual y práctico),
siguiendo la lógica del intercambio de dones que el Espíritu
suscita en cada Iglesia y educando a las comunidades y los fieles,
sobre todo a los jóvenes, a vivir momentos de encuentro,
haciendo del ecumenismo rectamente entendido una dimensión
ordinaria de la vida y de la acción eclesial ».55
Este diálogo es una de las principales preocupaciones de
la Iglesia, sobre todo en esta Europa que en el milenio pasado
ha visto surgir demasiadas divisiones entre los cristianos y que
hoy se encamina hacia una mayor unidad. ¡No podemos detenernos
ni volver atrás! Hemos de continuar este camino y vivirlo
con confianza, porque la estima recíproca, la búsqueda
de la verdad, la colaboración en la caridad y, sobre todo,
el ecumenismo de la santidad, con la ayuda de Dios, no dejarán
de producir sus frutos.
32. A pesar de las dificultades inevitables, invito a todos a
reconocer y valorar, con amor y fraternidad, la contribución
que las Iglesias Católicas Orientales pueden ofrecer para
una edificación más real de la unidad, con su presencia
misma, la riqueza de su tradición, el testimonio de su
« unidad en la diversidad », la inculturación
realizada por ellas en el anuncio del Evangelio o la diversidad
de sus ritos.56 Al mismo tiempo, quiero asegurar una vez más
a los pastores y a los hermanos y hermanas de las Iglesias ortodoxas,
que la nueva evangelización en modo alguno debe ser confundida
con el proselitismo, quedando firme el deber de respetar la verdad,
la libertad y la dignidad de toda persona.
II. Toda la Iglesia enviada en misión
33. Servir al Evangelio de la esperanza mediante una caridad que
evangeliza es un compromiso y una responsabilidad de todos. En
efecto, cualquiera que sea el carisma y el ministerio de cada
uno, la caridad es la vía maestra indicada a todos y que
todos pueden recorrer: es la vía que la comunidad eclesial
entera está llamada a emprender siguiendo las huellas de
su Maestro.
Compromiso de los ministros ordenados
34. En virtud de su ministerio, los sacerdotes están llamados
a celebrar, enseñar y servir de modo especial el Evangelio
de la esperanza. Por el sacramento del Orden, que los configura
a Cristo Cabeza y Pastor, los Obispos y sacerdotes tienen que
conformar toda su vida y su acción con Jesús; por
la predicación de la Palabra, la celebración de
los sacramentos y la guía de la comunidad cristiana, hacen
presente el misterio de Cristo y, por el ejercicio de su ministerio,
están « llamados a prolongar la presencia de Cristo,
único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo
como una transparencia suya en medio del rebaño que les
ha sido confiado ».57
Estando “en” el mundo, pero sin ser “del”
mundo (cf. Jn 17, 15-16), en la actual situación cultural
y espiritual del Continente europeo, se les pide que sean signo
de contradicción y esperanza para una sociedad aquejada
de horizontalismo y necesitada de abrirse al Trascendente.
35. En este marco adquiere relieve también el celibato
sacerdotal, signo de una esperanza puesta totalmente en el Señor.
No es una mera disciplina eclesiástica impuesta por la
autoridad; por el contrario, es ante todo gracia, don inestimable
de Dios para la Iglesia, valor profético para el mundo
actual, fuente de vida espiritual intensa y de fecundidad pastoral,
testimonio del Reino escatológico, signo del amor de Dios
a este mundo, así como del amor indiviso del sacerdote
a Dios y a su Pueblo.58 Vivido como respuesta al don de Dios y
como superación de las tentaciones de una sociedad hedonista,
no sólo favorece la realización humana de quien
ha sido llamado, sino que se manifiesta también como factor
de crecimiento para los demás.
Considerado conveniente para el sacerdocio en toda la Iglesia,59
requerido obligatoriamente por la Iglesia latina,60 sumamente
respetado por las Iglesias Orientales,61 el celibato aparece en
el contexto de la cultura actual como signo elocuente, que debe
ser custodiado como un bien precioso para la Iglesia. A este respeto,
una revisión de la disciplina actual no permitiría
solucionar la crisis de las vocaciones al presbiterado que se
percibe en muchas partes de Europa.62 Un compromiso al servicio
del Evangelio de la esperanza requiere también que la Iglesia
presente el celibato en toda su riqueza bíblica, teológica
y espiritual.
36. No se puede ignorar que el ejercicio del sagrado ministerio
encuentra hoy muchas dificultades, bien debidas a la cultura imperante,
bien por la disminución numérica de los presbíteros,
con el aumento de la carga pastoral y de cansancio que esto puede
comportar. Por eso son más dignos aun de estima, gratitud
y cercanía los sacerdotes que viven con admirable dedicación
y fidelidad el ministerio que se les ha confiado.63
Tomando las palabras escritas por los Padres sinodales, quiero
también animarlos, con confianza y gratitud: « No
os desalentéis y no os dejéis abatir por el cansancio;
en total comunión con nosotros, los obispos, en gozosa
fraternidad con los demás presbíteros y en cordial
corresponsabilidad con los consagrados y todos los fieles laicos,
continuad vuestra valiosa e insustituible labor ».64
Junto con los presbíteros, deseo recordar también
a los diáconos, que participan, aunque en grado diferente,
del mismo sacramento del Orden. Destinados al servicio de la comunión
eclesial, ejercen, bajo la guía del Obispo y con su presbiterio,
la “diaconía” de la liturgia, de la palabra
y de la caridad.65 De este modo específico, están
al servicio del Evangelio de la esperanza.
Testimonio de los consagrados
37. El testimonio de las personas consagradas es particularmente
elocuente. A este propósito, se ha de reconocer, ante todo,
el papel fundamental que ha tenido el monacato y la vida consagrada
en la evangelización de Europa y en la construcción
de su identidad cristiana.66 Este papel no puede faltar hoy, en
un momento en el que urge una « nueva evangelización
» del Continente, y en el que la creación de estructuras
y vínculos más complejos lo sitúan ante un
cambio delicado. Europa necesita siempre la santidad, la profecía,
la actividad evangelizadora y de servicio de las personas consagradas.
También se ha de resaltar la contribución específica
que los Institutos seculares y las Sociedades de vida apostólica
pueden ofrecer a través de su aspiración a transformar
el mundo desde dentro con la fuerza de las bienaventuranzas.
38. La aportación específica que las personas consagradas
pueden ofrecer al Evangelio de la esperanza proviene de algunos
aspectos que caracterizan la actual fisonomía cultural
y social de Europa.67 Así, la demanda de nuevas formas
de espiritualidad que se produce hoy en la sociedad, ha de encontrar
una respuesta en el reconocimiento de la supremacía absoluta
de Dios, que los consagrados viven con su entrega total y con
la conversión permanente de una existencia ofrecida como
auténtico culto espiritual. En un contexto contaminado
por el laicismo y subyugado por el consumismo, la vida consagrada,
don del Espíritu a la Iglesia y para la Iglesia, se convierte
cada vez más en signo de esperanza, en la medida en que
da testimonio de la dimensión trascendente de la existencia.
Por otro lado, en la situación actual de pluralismo religioso
y cultural, se considera urgente el testimonio de la fraternidad
evangélica que caracteriza la vida consagrada, haciendo
de ella un estímulo para la purificación y la integración
de valores diferentes, mediante la superación de las contraposiciones.
La presencia de nuevas formas de pobreza y marginación
debe suscitar la creatividad en la atención de los más
necesitados, que ha distinguido a tantos fundadores de Institutos
religiosos. Por fin, la tendencia de la sociedad europea a encerrarse
en sí misma se debe contrarrestar con la disponibilidad
de las personas consagradas a continuar la obra de evangelización
en otros Continentes, a pesar de la disminución numérica
que se observa en algunos Institutos.
Cultivo de las vocaciones
39. Al ser determinante la entrega de los ministros ordenados
y de los consagrados, no se puede pasar por alto la preocupante
escasez de seminaristas y de aspirantes a la vida religiosa, sobre
todo en Europa occidental. Esta situación requiere que
todos se comprometan en una adecuada pastoral de las vocaciones.
Sólo « cuando a los jóvenes se les presenta
sin recortes la persona de Jesucristo, prende en ellos una esperanza
que les impulsa a dejarlo todo para seguirle, atendiendo su llamada,
y para dar testimonio de él ante sus coetáneos ».68
El cultivo de las vocaciones es, pues, un problema vital para
el futuro de la fe cristiana en Europa y repercute en el progreso
espiritual de sus pueblos; es paso obligado para una Iglesia que
quiera anunciar, celebrar y servir al Evangelio de la esperanza.69
40. Para desarrollar una pastoral vocacional, tan necesaria, es
oportuno explicar a los fieles la fe de la Iglesia sobre la naturaleza
y la dignidad del sacerdocio ministerial; animar a las familias
a vivir como verdaderas « iglesias domésticas »
en cuyo seno se puedan percibir, acoger y acompañar las
diversas vocaciones; realizar una acción pastoral que ayude,
sobre todo a los jóvenes, a tomar opciones de una vida
arraigada en Cristo y dedicada a la Iglesia.70
En la certeza de que también hoy actúa el Espíritu
Santo y no faltan signos de su presencia, se trata ante todo de
llevar el anuncio vocacional al terreno de la pastoral ordinaria.
Por eso es necesario « reavivar, sobre todo en los jóvenes,
una profunda nostalgia de Dios, creando así el marco adecuado
para que broten vocaciones como respuesta generosa »; es
urgente que se propague en las Comunidades eclesiales del continente
europeo un gran movimiento de oración, puesto que «
la actual situación histórica y cultural, que ha
cambiado bastante, exige que la pastoral de las vocaciones sea
considerada como uno de los objetivos primarios de toda la Comunidad
cristiana ».71 Y es indispensable que los sacerdotes mismos
vivan y actúen en coherencia con su verdadera identidad
sacramental. En efecto, si la imagen que dan de sí mismos
fuera opaca o lánguida, ¿cómo podrían
inducir a los jóvenes a imitarlos?
Misión de los laicos
41. La aportación de los fieles laicos a la vida eclesial
es irrenunciable: es, efectivamente, insustituible el papel que
tienen en el anuncio y el servicio al Evangelio de la esperanza,
ya que « por medio de ellos la Iglesia de Cristo se hace
presente en los más variados sectores del mundo, como signo
y fuente de esperanza y amor ».72
Participando plenamente de la misión de la Iglesia en el
mundo, están llamados a dar testimonio de que la fe cristiana
es la única respuesta completa a los interrogantes que
la vida plantea a todo hombre y a cada sociedad, y pueden insertar
en el mundo los valores del Reino de Dios, promesa y garantía
de una esperanza que no defrauda.
La Europa de ayer y de hoy cuenta con figuras significativas y
ejemplos luminosos de laicos de este tipo. Como han subrayado
los Padres sinodales, se deben recordar con gratitud, entre otros,
a los hombres y mujeres que han testimoniado y testimonian a Cristo
y su Evangelio con el servicio a la vida pública y las
responsabilidades que éste comporta. Es de capital importancia
« suscitar y apoyar vocaciones específicas al servicio
del bien común: personas que, a ejemplo y con el estilo
de los que se ha llamado “padres de Europa”, sepan
ser artífices de la sociedad europea del porvenir, fundándola
en las bases sólidas del espíritu ».73
Análoga estima merece la labor de laicas y laicos cristianos,
realizada frecuentemente en lo recóndito de la vida ordinaria
mediante pequeños servicios que anuncian la misericordia
de Dios a cuantos se hallan en la pobreza; hemos de agradecerles
su audaz testimonio de caridad y de perdón, valores que
evangelizan los grandes horizontes de la política, la realidad
social, la economía, la cultura, la ecología, la
vida internacional, la familia, la educación, las profesiones,
el trabajo y el sufrimiento.74 Para ello se necesitan programas
pedagógicos, que capaciten a los fieles laicos a proyectar
la fe sobre las realidades temporales. Tales programas, basados
en un aprendizaje serio de vida eclesial, particularmente en el
estudio de la doctrina social, han de proporcionarles no solamente
doctrina y estímulo, sino también una orientación
espiritual adecuada que anime el compromiso vivido como auténtico
camino de santidad.
Papel de la mujer
42. La Iglesia es consciente de la aportación específica
de la mujer al servicio del Evangelio de la esperanza. Las vicisitudes
de la comunidad cristiana muestran que las mujeres han tenido
siempre un lugar relevante en el testimonio del Evangelio. Se
debe recordar todo lo que han hecho, a menudo en silencio y con
discreción, acogiendo y transmitiendo el don de Dios, bien
mediante la maternidad física y espiritual, la actividad
educativa, la catequesis y la realización de grandes obras
de caridad, bien por la vida de oración y contemplación,
las experiencias místicas y por escritos ricos de sabiduría
evangélica.75
A la luz de los magníficos testimonios del pasado, la Iglesia
manifiesta su confianza en lo que las mujeres pueden hacen hacer
hoy en favor del crecimiento de la esperanza en todas sus dimensiones.
Hay aspectos de la sociedad europea contemporánea que son
un reto a la capacidad que tienen las mujeres de acoger, compartir
y engendrar en el amor, con tesón y gratuidad. Piénsese,
por ejemplo, en la mentalidad científico-técnica
generalizada que ensombrece la dimensión afectiva y la
importancia de los sentimientos, en la falta de gratuidad, en
el temor difuso a dar la vida a nuevas criaturas, en la dificultad
de vivir la reciprocidad con el otro y en acoger a quien es diferente.
Éste es el contexto en el que la Iglesia espera de las
mujeres una aportación vivificadora para una nueva oleada
de esperanza.
43. Para lograr todo esto es necesario que, ante todo, en la Iglesia
se promueva la dignidad de la mujer, puesto que la dignidad del
hombre y de la mujer es idéntica, creados ambos a imagen
y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 27), y cada uno colmado de dones
propios y particulares.
Como se ha subrayado en el Sínodo, es deseable que, para
favorecer la plena participación de la mujer en la vida
y misión de la Iglesia, se tenga en mayor estima sus propias
cualidades, también mediante la asunción de funciones
eclesiales reservada por el derecho a los laicos. Además,
se ha de valorar adecuadamente la misión de la mujer como
esposa y madre, así como su dedicación a la vida
familiar.76
La Iglesia no deja de alzar su voz para denunciar las injusticias
y violencias cometidas contra las mujeres, en cualquier lugar
y circunstancia que ocurran. Pide que se apliquen efectivamente
las leyes que protegen a la mujer y que se establezcan medidas
eficaces contra el empleo humillante de imágenes femeninas
en la propaganda comercial, así como contra la plaga de
la prostitución; desea que el servicio prestado por la
madre, del mismo modo que por el padre, en la vida doméstica,
se considere como una contribución al bien común,
incluso mediante formas de reconocimiento económico.
CAPÍTULO III
ANUNCIAR EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA
« Toma el librito que está abierto [...]
devóralo » (Ap 10, 8.9)
I. Proclamar el misterio de Cristo
La revelación da sentido a la historia
44. La visión del Apocalipsis nos habla de « un libro,
escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos
», tenido « en la mano derecha del que está
sentado en el trono » (Ap 5, 1). Este texto contiene al
plan creador y salvador de Dios, su proyecto detallado sobre toda
la realidad, sobre las personas, sobre las cosas y sobre los acontecimientos.
Ningún ser creado, terreno o celestial, es capaz «
de abrir el libro ni de leerlo » (Ap 5, 3), o sea de comprender
su contenido. En la confusión de las vicisitudes humanas,
nadie sabe decir la dirección y el sentido último
de las cosas.
Sólo Jesucristo posee el volumen sellado (cf. Ap 5, 6-7);
sólo Él es « digno de tomar el libro y abrir
sus sellos » (Ap 5, 9). En efecto, sólo Jesús
puede revelar y actuar el proyecto de Dios que encierra. El esfuerzo
del hombre, por sí mismo, es incapaz de dar un sentido
a la historia y a sus vicisitudes: la vida se queda sin esperanza.
Sólo el Hijo de Dios puede disipar las tinieblas e indicar
el camino.
El libro abierto es entregado a Juan y, por su medio, a la Iglesia
entera. Se invita a Juan a tomar el libro y a devorarlo: «
Vete, toma el librito que está abierto en la mano del Ángel,
el que está de pie sobre el mar y sobre la tierra [...].
Toma, devóralo » (Ap 10, 8-9). Sólo después
de haberlo asimilado en profundidad podrá comunicarlo adecuadamente
a los demás, a los que es enviado con la orden de «
profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y
reyes » (Ap 10, 11).
Necesidad y urgencia del anuncio
45. El Evangelio de la esperanza, entregado a la Iglesia y asimilado
por ella, exige que se anuncie y testimonie cada día. Esta
es la vocación propia de la Iglesia en todo tiempo y lugar.
Es también la misión de la Iglesia hoy en Europa.
« Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación
propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe
para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser
canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios,
perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de
su Muerte y Resurrección gloriosa ».77
¡Iglesia en Europa, te espera la tarea de la « nueva
evangelización »! Recobra el entusiasmo del anuncio.
Siente, como dirigida a ti, en este comienzo del tercer milenio,
la súplica que ya resonó en los albores del primer
milenio, cuando, en una visión, un macedonio se le apareció
a Pablo suplicándole: « Pasa por Macedonia y ayúdanos
» (Hch 16, 9). Aunque no se exprese o incluso se reprima,
ésta es la invocación más profunda y verdadera
que surge del corazón de los europeos de hoy, sedientos
de una esperanza que no defrauda. A ti se te ha dado esta esperanza
como don para que tú la ofrezcas con gozo en todos los
tiempos y latitudes. Por tanto, que el anuncio de Jesús,
que es el Evangelio de la esperanza, sea tu honra y tu razón
de ser. Continúa con renovado ardor el mismo espíritu
misionero que, a lo largo de estos veinte siglos y comenzando
desde la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo,
ha animado a tantos Santos y Santas, auténticos evangelizadores
del continente europeo.
Primer anuncio y nuevo anuncio
46. En varias partes de Europa se necesita un primer anuncio del
Evangelio: crece el número de las personas no bautizadas,
sea por la notable presencia de emigrantes pertenecientes a otras
religiones, sea porque también los hijos de familias de
tradición cristiana no han recibido el Bautismo, unas veces
por la dominación comunista y otras por una indiferencia
religiosa generalizada.78 De hecho, Europa ha pasado a formar
parte de aquellos lugares tradicionalmente cristianos en los que,
además de una nueva evangelización, se impone en
ciertos casos una primera evangelización
La Iglesia no puede eludir el deber de un diagnóstico claro
que permita preparar los remedios oportunos. En el « viejo
» Continente existen también amplios sectores sociales
y culturales en los que se necesita una verdadera y auténtica
misión ad gentes.79
47. Además, por doquier es necesario un nuevo anuncio incluso
a los bautizados. Muchos europeos contemporáneos creen
saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen.
Con frecuencia se ignoran ya hasta los elementos y las nociones
fundamentales de la fe. Muchos bautizados viven como si Cristo
no existiera: se repiten los gestos y los signos de la fe, especialmente
en las prácticas de culto, pero no se corresponden con
una acogida real del contenido de la fe y una adhesión
a la persona de Jesús. En muchos, un sentimiento religioso
vago y poco comprometido ha suplantado a las grandes certezas
de la fe; se difunden diversas formas de agnosticismo y ateísmo
práctico que contribuyen a agravar la disociación
entre fe y vida; algunos se han dejado contagiar por el espíritu
de un humanismo inmanentista que ha debilitado su fe, llevándoles
frecuentemente, por desgracia, a abandonarla completamente; se
observa una especie de interpretación secularista de la
fe cristiana que la socava, relacionada también con una
profunda crisis de la conciencia y la práctica moral cristiana.80
Los grandes valores que tanto han inspirado la cultura europea
han sido separados del Evangelio, perdiendo así su alma
más profunda y dando lugar a no pocas desviaciones.
« Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará
la fe sobre la tierra? » (Lc 18, 8). ¿La encontrará
en estas tierras de nuestra Europa de antigua tradición
cristiana? Es una pregunta abierta que indica con lucidez la profundidad
y el dramatismo de uno de los retos más serios que nuestras
Iglesias han de afrontar. Se puede decir – como se ha subrayado
en el Sínodo – que tal desafío consiste frecuentemente
no tanto en bautizar a los nuevos convertidos, sino en guiar a
los bautizados a convertirse a Cristo y a su Evangelio: 81 nuestras
comunidades tendrían que preocuparse seriamente por llevar
el Evangelio de la esperanza a los alejados de la fe o que se
han apartado de la práctica cristiana.
Fidelidad al único mensaje
48. Para poder anunciar el Evangelio de la esperanza hace falta
una sólida fidelidad al Evangelio mismo. Por tanto, la
predicación de la Iglesia en todas sus formas, se ha de
centrar siempre en la persona de Jesús y debe conducir
cada vez más a Él. Es preciso vigilar que se le
presente en su integridad: no sólo como modelo ético,
sino ante todo como el Hijo de Dios, el Salvador único
y necesario para todos, que vive y actúa en su Iglesia.
Para que la esperanza sea verdadera e indestructible, la «
predicación íntegra, clara y renovada de Jesucristo
resucitado, de la resurrección y de la vida eterna »
82 debe ser una prioridad en la acción pastoral de los
próximos años.
Si bien el Evangelio que se ha de anunciar es siempre el mismo,
los modos en que dicho anuncio puede hacerse son diferentes. Por
tanto, cada uno está llamado a « proclamar »
a Jesús y la fe en Él en todas las circunstancias;
a « atraer » a otros a la fe, poniendo en práctica
formas de vida personal, familiar, profesional y comunitaria que
reflejen el Evangelio; a « irradiar » en su entorno
alegría, amor y esperanza, para que muchos, viendo nuestras
buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos
(cf. Mt 5, 16), de tal modo que sean « contagiados »
y conquistados; a ser « fermento » que transforma
y anima desde dentro toda expresión cultural.83
Testimonio de vida
49. Europa reclama evangelizadores creíbles, en cuya vida,
en comunión con la cruz y la resurrección de Cristo,
resplandezca la belleza del Evangelio.84 Estos evangelizadores
han de ser formados adecuadamente.85 Hoy más que nunca
se necesita una conciencia misionera en todo cristiano, comenzando
por los Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados,
catequistas y profesores de religión: « Todo bautizado,
en cuanto testigo de Cristo, ha de adquirir la formación
apropiada a su situación, para que la fe no sólo
no se agoste por falta de cuidado en un medio tan hostil como
es el ambiente secularista, sino para sostener e impulsar el testimonio
evangelizador ».86
El hombre contemporáneo « escucha más a gusto
a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha
a los que enseñan es porque dan testimonio ».87 Por
consiguiente, hoy son decisivos los signos de la santidad: ésta
es un requisito previo esencial para una auténtica evangelización
capaz de dar de nuevo esperanza. Hacen falta testimonios fuertes,
personales y comunitarios, de vida nueva en Cristo. En efecto,
no basta ofrecer la verdad y la gracia a través de la proclamación
de la Palabra y la celebración de los Sacramentos; es necesario
que sean acogidas y vividas en cada circunstancia concreta, en
el modo de ser de los cristianos y de las comunidades eclesiales.
Éste es uno de los retos más grandes que tiene la
Iglesia en Europa al principio del nuevo milenio.
Formar para una fe madura
50. « La actual situación cultural y religiosa de
Europa exige la presencia de católicos adultos en la fe
y de comunidades cristianas misioneras que testimonien la caridad
de Dios a todos los hombres ».88 El anuncio del Evangelio
de la esperanza comporta, por tanto, que se promueva el paso de
una fe sustentada por costumbres sociales, aunque sean apreciables,
a una fe más personal y madura, iluminada y convencida.
Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse
críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones;
incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos,
sociales y políticos; manifestar que la comunión
entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros
cristianos es más fuerte que cualquier vinculación
étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas
generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar
la cultura más amplia en que vivimos.89
51. Además de esforzarse para que el ministerio de la Palabra,
la celebración de la liturgia y el ejercicio de la caridad,
se orienten a la edificación y el sustento de una fe madura
y personal, es necesario que las comunidades cristianas se movilicen
para proponer una catequesis apropiada a los diversos itinerarios
espirituales de los fieles en las diversas edades y condiciones
de vida, previendo también formas adecuadas de acompañamiento
espiritual y de redescubrimiento del propio Bautismo.90 En este
cometido, el Catecismo de la Iglesia Católica es obviamente
un punto de referencia fundamental.
En particular, reconociendo su innegable prioridad en la acción
pastoral, se ha de cultivar y, si fuera el caso, relanzar el ministerio
de la catequesis como educación y desarrollo de la fe de
cada persona, de modo que crezca y madure la semilla puesta por
el Espíritu Santo y transmitida con el Bautismo. Remitiéndose
constantemente a la Palabra de Dios, custodiada en la Sagrada
Escritura, proclamada en la liturgia e interpretada por la Tradición
de la Iglesia, una catequesis orgánica y sistemática
es sin duda alguna un instrumento esencial y primario para formar
a los cristianos en una fe adulta.91
52. A este respecto, se ha de subrayar también el papel
importante de la teología. En efecto, hay una conexión
intrínseca e inseparable entre la evangelización
y la reflexión teológica, ya que esta última,
como ciencia con reglas y metodología propias, vive de
la fe de la Iglesia y está al servicio de su misión.92
Nace de la fe y está llamada a interpretarla, conservando
su vinculación irrenunciable con la comunidad cristiana
en todas sus articulaciones; al estar al servicio del crecimiento
espiritual de todos los fieles,93 los encamina hacia la comprensión
más profunda del mensaje de Cristo.
En el desempeño de la misión de anunciar el Evangelio
de la esperanza, la Iglesia en Europa aprecia con gratitud la
vocación de los teólogos, valora y promueve su trabajo.94
A ellos les dirijo, con estima y afecto, una invitación
a perseverar en el servicio que prestan, uniendo siempre investigación
científica y oración, poniéndose en diálogo
atento con la cultura contemporánea, adhiriendo fielmente
al Magisterio y colaborando con él en espíritu de
comunión en la verdad y la caridad, respirando el sensus
fidei del Pueblo de Dios y contribuyendo a alimentarlo.
II. Testimoniar en la unidad y en el diálogo
Comunión entre las Iglesias particulares
53. La fuerza del anuncio del Evangelio de la esperanza será
más eficaz si se une al testimonio de una profunda unidad
y comunión en la Iglesia. Las Iglesias particulares no
pueden estar solas a la hora de afrontar el reto que se les presenta.
Se necesita una auténtica colaboración entre todas
las Iglesias particulares del Continente, que sea expresión
de su comunión esencial; colaboración exigida también
por la nueva realidad europea.95 En este contexto se debe situar
la contribución de los organismos eclesiales continentales,
comenzando por el Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas.
Éste es un instrumento eficaz para buscar juntos vías
idóneas para evangelizar Europa.96 Mediante el «
intercambio de dones » entre las diversas Iglesias particulares,
se ponen en común las experiencias y las reflexiones de
Europa del Oeste y del Este, del Norte y del Sur, compartiendo
orientaciones pastorales comunes; por tanto, representa cada vez
más una expresión significativa del sentimiento
colegial entre los Obispos del Continente, para anunciar juntos,
con audacia y fidelidad, el nombre de Jesucristo, única
fuente de esperanza para todos en Europa.
Junto con todos los cristianos
54. Al mismo tiempo, el deber de una fraterna y sincera colaboración
ecuménica es un imperativo irrenunciable.
El destino de la evangelización está estrechamente
unido al testimonio de unidad que den los discípulos de
Cristo: « Todos los cristianos están llamados a cumplir
esta misión de acuerdo con su vocación. La tarea
de la evangelización exige que todos los cristianos nos
acerquemos unos a otros y avancemos juntos, con el mismo espíritu;
evangelización y unidad, evangelización y ecumenismo
están indisolublemente vinculados entre sí ».97
Por eso hago mías las palabras escritas por Pablo VI al
Patriarca ecuménico Atenágoras I: « Que el
Espíritu Santo nos guíe por el camino de la reconciliación,
para que la unidad de nuestras Iglesias llegue a ser un signo
cada vez más luminoso de esperanza y de consuelo para toda
la humanidad ».98
En diálogo con las otras religiones
55. Como en toda la tarea de la « nueva evangelización
», para anunciar el Evangelio de la esperanza es necesario
también que se establezca un diálogo interreligioso
profundo e inteligente, en particular con el hebraísmo
y el islamismo. « Entendido como método y medio para
un conocimiento y enriquecimiento recíproco, no está
en contraposición con la misión ad gentes; es más,
tiene vínculos especiales con ella y es una de sus expresiones
».99 En el ejercicio de este diálogo no se trata
de dejarse llevar por una « mentalidad indiferentista, ampliamente
difundida, desgraciadamente, también entre cristianos,
enraizada a menudo en concepciones teológicas no correctas
y marcada por un relativismo religioso que termina por pensar
que “una religión vale la otra” ».100
56. Se trata más bien de tomar mayor conciencia de la relación
que une a la Iglesia con el pueblo judío y del papel singular
desempeñado por Israel en la historia de la salvación.
Como ya se hizo notar en la I Asamblea Especial para Europa del
Sínodo de los Obispos y se ha reiterado también
en este Sínodo, se han de reconocer las raíces comunes
existentes entre el cristianismo y el pueblo judío, llamado
por Dios a una alianza que sigue siendo irrevocable (cf. Rm 11,
29) 101 y que ha alcanzado su plenitud definitiva en Cristo.
Es necesario, pues, favorecer el diálogo con el hebraísmo,
sabiendo que éste tiene una importancia fundamental para
la conciencia cristiana de sí misma y para superar las
divisiones entre las Iglesias, y esforzarse para que florezca
una nueva primavera en las relaciones recíprocas. Esto
comporta que cada comunidad eclesial debe ejercitarse, en cuanto
las circunstancias lo permitan, en el diálogo y la colaboración
con los creyentes de religión hebrea. Dicho ejercicio implica,
entre otras cosas, que « se recuerde la parte que hayan
podido desempeñar los hijos de la Iglesia en el nacimiento
y difusión de una actitud antisemita en la historia, y
que pida perdón a Dios por ello, favoreciendo toda suerte
de encuentros de reconciliación y de amistad con los hijos
de Israel ».102 En este contexto, por lo demás, habrá
que recordar también a los numerosos cristianos que, a
veces a costa de la propia vida, sobre todo en periodos de persecución,
han ayudado y salvado a estos « hermanos mayores »
suyos.
57. Se trata también de sentirse interesados en conocer
mejor las otras religiones, para poder entablarse un coloquio
fraterno con las personas que se adhieren a ellas y viven en la
Europa de hoy. En particular, es importante una correcta relación
con el Islam. Esto, como han notado varias veces en estos años
los Obispos europeos, « debe llevarse a cabo con prudencia,
con ideas claras sobre sus posibilidades y límites, y con
confianza en el designio salvífico de Dios con respecto
a todos sus hijos ».103 Es necesario, además, ser
conscientes de la notable diferencia entre la cultura europea,
con profundas raíces cristianas, y el pensamiento musulmán.104
A este respecto, hay que preparar adecuadamente a los cristianos
que viven cotidianamente en contacto con musulmanes para que conozcan
el Islam de manera objetiva y sepan confrontarse con él;
dicha preparación debe propiciarse particularmente en los
seminaristas, los presbíteros y todos los agentes de pastoral.
Por lo demás, es comprensible que la Iglesia, así
como pide que las Instituciones europeas promuevan la libertad
religiosa en Europa, reitere también que la reciprocidad
en la garantía de la libertad religiosa se observe en Países
de tradición religiosa distinta, en los cuales los cristianos
son minoría.105
En este sentido, se comprende « la extrañeza y sentimiento
de frustración de los cristianos que acogen, por ejemplo
en Europa, a creyentes de otras religiones y les dan la posibilidad
de ejercer su culto, y a ellos se les prohíbe todo ejercicio
del culto cristiano » 106 en los Países donde estos
creyentes mayoritarios han hecho de su religión la única
admitida y promovida. La persona humana tiene derecho a la libertad
religiosa y todos, en cualquier parte del mundo, « deben
estar libres de coacción, tanto por parte de personas particulares
como de los grupos sociales y de cualquier poder humano ».107
III. Evangelizar la vida social
Evangelización de la cultura e inculturación del
Evangelio
58. El anuncio de Jesucristo tiene que llegar también a
la cultura europea contemporánea. La evangelización
de la cultura debe mostrar también que hoy, en esta Europa,
es posible vivir en plenitud el Evangelio como itinerario que
da sentido a la existencia. Para ello, la pastoral ha de asumir
la tarea de imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria:
en la familia, la escuela, la comunicación social; en el
mundo de la cultura, del trabajo y de la economía, de la
política, del tiempo libre, de la salud y la enfermedad.
Hace falta una serena confrontación crítica con
la actual situación cultural de Europa, evaluando las tendencias
emergentes, los hechos y las situaciones de mayor relieve de nuestro
tiempo, a la luz del papel central de Cristo y de la antropología
cristiana.
Hoy, recordando también la fecundidad cultural del cristianismo
a lo largo de la historia de Europa, es preciso mostrar el planteamiento
evangélico, teórico y práctico, de la realidad
y del hombre. Además, considerando el gran impacto de las
ciencias y los progresos tecnológicos en la cultura y en
la sociedad de Europa, la Iglesia, con sus instrumentos de profundización
teórica y de iniciativa práctica, está llamada
a relacionarse de manera activa con los conocimientos científicos
y sus aplicaciones, indicando la insuficiencia y el carácter
inadecuado de una concepción inspirada en el cientificismo,
que pretende reconocer validez objetiva solamente al saber experimental,
y señalando asimismo los criterios éticos que el
hombre lleva inscritos en su propia naturaleza.108
59. En la tarea de evangelización de la cultura interviene
el importante servicio desarrollado por las escuelas católicas.
Es necesario esforzarse para que se reconozca una libertad efectiva
de educación e igualdad jurídica entre las escuelas
estatales y no estatales. Éstas últimas son a veces
el único medio para proponer la tradición cristiana
a los que se encuentran alejados de ella. Exhorto a los fieles
implicados en el mundo de la escuela a perseverar en su misión,
llevando la luz de Cristo Salvador en sus actividades educativas
específicas, científicas y académicas.109
Se debe valorar en particular la contribución de los cristianos
dedicados a la investigación o que enseñan en las
Universidades: con su « servicio intelectual », transmiten
a las jóvenes generaciones los valores de un patrimonio
cultural enriquecido por dos milenios de experiencia humanista
y cristiana. Convencido de la importancia de las instituciones
académicas, pido también que en las diversas Iglesias
particulares se promueva una pastoral universitaria apropiada,
favoreciendo así una respuesta a las actuales necesidades
culturales.110
60. Tampoco puede olvidarse la aportación positiva que
supone la valoración de los bienes culturales de la Iglesia.
En efecto, éstos pueden ser un factor peculiar que ayude
a suscitar nuevamente un humanismo de inspiración cristiana.
Con una adecuada conservación y un uso inteligente, pueden
ser, en cuanto testimonio vivo de la fe profesada a lo largo de
los siglos, un instrumento válido para la nueva evangelización
y la catequesis, e invitar a descubrir el sentido del misterio.
Al mismo tiempo, se han de promover nuevas expresiones artísticas
de la fe mediante un diálogo asiduo con quienes se dedican
al arte.111 En efecto, la Iglesia necesita el arte, la literatura,
la música, la pintura, la escultura y la arquitectura,
porque « debe hacer perceptible, más aún,
fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo
invisible, de Dios »,112 y porque la belleza artística,
como un reflejo del Espíritu de Dios, es un criptograma
del misterio, una invitación a buscar el rostro de Dios
hecho visible en Jesús de Nazaret.
Educación de los jóvenes en la fe
61. Animo además a la Iglesia en Europa a dedicar una creciente
atención a la educación de los jóvenes en
la fe. Al poner la mirada en el porvenir no podemos dejar de pensar
en ellos: hemos de encontrarnos con la mente, el corazón
y el carácter juvenil, para ofrecerles una sólida
formación humana y cristiana.
En toda ocasión en la que participan muchos jóvenes,
no es difícil percatarse de que hay en ellos actitudes
diferenciadas. Se constata el deseo de vivir juntos para salir
del aislamiento, la sed más o menos sentida de lo absoluto;
se ve en ellos una fe oculta que debe ser purificada e impulsa
a seguir al Señor; se nota la decisión de continuar
el camino ya emprendido y la exigencia de compartir la fe.
62. Para lograrlo hace falta renovar la pastoral juvenil, articulada
por edades y atenta a las distintas condiciones de niños,
adolescentes y jóvenes. Es necesario además dotarla
de mayor organicidad y coherencia, escuchando pacientemente las
preguntas de los jóvenes, para hacerlos protagonistas de
la evangelización y edificación de la sociedad.
En este quehacer hay que promover ocasiones de encuentro entre
los jóvenes, para favorecer un clima de escucha recíproca
y oración. No se ha de tener miedo a ser exigentes con
ellos en lo que atañe a su crecimiento espiritual. Se les
debe indicar el camino de la santidad, estimulándolos a
tomar decisiones comprometidas en el seguimiento de Jesús,
fortalecidos por una vida sacramentalmente intensa. De este modo
podrán resistir a las seducciones de una cultura que con
frecuencia les propone sólo valores efímeros e incluso
contrarios al Evangelio, y hacer que ellos mismos sean capaces
de manifestar una mentalidad cristiana en todos los ámbitos
de la existencia, incluidos el del ocio y la diversión.113
Tengo aún presente ante mis ojos los rostros alegres de
muchos jóvenes, verdadera esperanza de la Iglesia y del
mundo, signo elocuente del Espíritu que no se cansa de
suscitar nuevas energías. Los he encontrado tanto en mi
peregrinar por diversos Países como en las inolvidables
Jornadas Mundiales de la Juventud.114
Atención a los medios de comunicación social
63. Dada su importancia, la Iglesia en Europa ha de prestar particular
atención al multiforme mundo de los medios de comunicación
social. Entre otras cosas, esto comporta la adecuada formación
de los cristianos que trabajan en ellos y de los usuarios de los
mismos, con el fin de alcanzar un buen dominio de los nuevos lenguajes.
Se ha de poner un cuidado especial en la elección de personas
competentes para la comunicación del mensaje a través
de estos medios. Es también muy útil el intercambio
de informaciones y estrategias entre las Iglesias sobre los diversos
aspectos y sobre las iniciativas concernientes este tipo de comunicación.
Y no se debe descuidar la creación de medios de comunicación
social locales, incluso en el ámbito parroquial.
Al mismo tiempo, hay que tratar de introducirse en los procesos
de la comunicación social para hacer que se respete mejor
la verdad de la información y la dignidad de la persona
humana. A este propósito, invito a los católicos
a participar en la elaboración de un código deontológico
para todos los que intervienen en el sector de la comunicación
social, dejándose guiar por los criterios que los competentes
organismos de la Santa Sede han indicado recientemente,115 y que
los Obispos en el Sínodo habían sintetizado así:
« Respeto de la dignidad de la persona humana, de sus derechos,
incluido el derecho a la privacidad; servicio a la verdad, a la
justicia y a los valores humanos, culturales y espirituales; respeto
por las diversas culturas, evitando que se diluyan en la masa,
tutela de los grupos minoritarios y de los más débiles;
búsqueda del bien común por encima de intereses
particulares o del predominio de criterios exclusivamente económicos
».116
Misión ad gentes
64. Un anuncio de Jesucristo y de su Evangelio que se limitara
sólo al contexto europeo mostraría síntomas
de una preocupante falta de esperanza. La obra de evangelización
está animada por verdadera esperanza cristiana cuando se
abre a horizontes universales, que llevan a ofrecer gratis a todos
lo que se ha recibido también como don. La misión
ad gentes se convierte así en expresión de una Iglesia
forjada por el Evangelio de la esperanza, que se renueva y rejuvenece
continuamente. Ésta ha sido la convicción de la
Iglesia en Europa a lo largo de los siglos: innumerables grupos
de misioneros y misioneras han anunciado el Evangelio de Jesucristo
a las gentes de todo el mundo, yendo al encuentro de otros pueblos
y civilizaciones.
El mismo ardor misionero debe animar a la Iglesia en la Europa
de hoy. La disminución de presbíteros y personas
consagradas en ciertos Países no ha de ser impedimento
en ninguna Iglesia particular para que asuma las exigencias de
la Iglesia universal. Cada una encontrará el modo de favorecer
la preparación a la misión ad gentes, para responder
así con generosidad al clamor que se eleva aún en
muchos pueblos y naciones deseosas de conocer el Evangelio. En
otros Continentes, particularmente Asia y África, las Comunidades
eclesiales observan todavía a las Iglesias en Europa y
esperan que sigan llevando a cabo su vocación misionera.
Los cristianos en Europa no pueden renunciar a su historia.117
El Evangelio: libro para la Europa de hoy y de siempre
65. Al principio del Gran Jubileo del año 2000, al pasar
por la Puerta Santa levanté ante la Iglesia y al mundo
el libro de los Evangelios. Este gesto, realizado por cada Obispo
en las diversas catedrales del mundo, debe indicar el compromiso
que la Iglesia tiene hoy y siempre en nuestro Continente.
Iglesia en Europa, ¡entra en el nuevo milenio con el libro
de los Evangelios! Que todos los fieles acojan la exhortación
conciliar a « la lectura asidua de la Escritura para que
adquieran la “sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús”
(Flp 3, 8), “pues desconocer la Escritura es desconocer
a Cristo” ».118 Que la Sagrada Biblia siga siendo
un tesoro para la Iglesia y para todo cristiano: en el estudio
atento de la Palabra encontraremos alimento y fuerza para llevar
a cabo cada día nuestra misión.
¡Tomemos este Libro en nuestras manos! Recibámoslo
del Señor que lo ofrece continuamente por medio de su Iglesia
(cf. Ap 10, 8). Devorémoslo (cf. Ap 10, 9) para que se
convierta en vida de nuestra vida. Gustémoslo hasta el
fondo: nos costará, pero nos proporcionará alegría
porque es dulce como la miel (cf. Ap 10, 9-10). Estaremos así
rebosantes de esperanza y capaces de comunicarla a cada hombre
y mujer que encontremos en nuestro camino.
CAPÍTULO IV
CELEBRAR EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA
« Al que está sentado en el trono y al Cordero,
alabanza,
honor, gloria y potencia
por los siglos de los siglos » (Ap 5, 13)
Una comunidad orante
66. Se ha de celebrar el Evangelio de la esperanza, anuncio de
la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8, 32). Ante el Cordero
del Apocalipsis comienza una liturgia solemne de alabanza y adoración:
« Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza,
honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos »
(Ap 5, 13). Esta visión, que revela a Dios y el sentido
de la historia, tiene lugar « en el día del Señor
» (Ap 1, 10), el día de la resurrección revivido
por la asamblea dominical.
La Iglesia que recibe esta revelación es una comunidad
que ora. Orando escucha a su Señor y lo que el Espíritu
le dice: ella adora, alaba, da gracias e invoca la llegada del
Señor, « ¡Ven, Señor Jesús! »
(cf. Ap 22, 16-20), afirmando así que sólo de Él
espera la salvación.
También a ti, Iglesia de Dios que vives en Europa, se te
pide que seas comunidad que ora, celebrando a tu Señor
con los Sacramentos, la liturgia y toda la existencia. En la oración
descubrirás la presencia vivificante del Señor.
Así, enraizando en Él cada una de tus acciones,
podrás proponer de nuevo a los europeos el encuentro con
Él mismo, esperanza verdadera y la única que puede
satisfacer plenamente el anhelo de Dios escondido en las diversas
formas de búsqueda religiosa que retoñan en la Europa
contemporánea.
I. Descubrir la liturgia
El sentido religioso en la Europa de hoy
67. No obstante las amplias áreas descristianizadas en
el Continente europeo, hay signos que ayudan a perfilar el rostro
de una Iglesia que, creyendo, anuncia, celebra y sirve a su Señor.
En efecto, no faltan ejemplos de cristianos auténticos,
que viven momentos de silencio contemplativo, participan fielmente
en iniciativas espirituales, viven el Evangelio en su existencia
cotidiana y dan testimonio de él en los diversos ámbitos
en que se mueven. Se pueden entrever, además, muestras
de una « santidad de pueblo », que manifiestan cómo
en la Europa actual es posible vivir el Evangelio no sólo
en la esfera personal sino también como una auténtica
experiencia comunitaria.
68. Junto con muchos ejemplos de fe genuina, hay también
en Europa una religiosidad vaga y, a veces, desencaminada. Sus
manifestaciones son frecuentemente genéricas y superficiales,
en ocasiones incluso contrastantes en las personas mismas de las
que proceden. Hay fenómenos claros de fuga hacia el espiritualismo,
el sincretismo religioso y esotérico, una búsqueda
de acontecimientos extraordinarios a todo coste, hasta llegar
a opciones descarriadas, como la adhesión a sectas peligrosas
o a experiencias pseudoreligiosas.
El deseo difuso de alimento espiritual ha de ser acogido con comprensión
y purificado. Al hombre que se percata, aunque sea confusamente,
de no poder vivir sólo de pan, la Iglesia ha de presentarle
de modo convincente la respuesta de Jesús al tentador:
« No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios » (Mt 4, 4).
Una Iglesia que celebra
69. En el contexto de la sociedad actual, cerrada con frecuencia
a la trascendencia, sofocada por comportamientos consumistas,
presa fácil de antiguas y nuevas idolatrías y, al
mismo tiempo, sedienta de algo que vaya más allá
de lo inmediato, a la Iglesia en Europa le espera una tarea laboriosa
y apasionante a la vez. Consiste en descubrir el sentido del «
misterio »; en renovar las celebraciones litúrgicas
para que sean signos más elocuentes de la presencia de
Cristo, el Señor; en proporcionar nuevos espacios para
el silencio, la oración y la contemplación; en volver
a los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia,
como fuente de libertad y de nueva esperanza.
Por eso te dirijo a ti, Iglesia que vives en Europa, una invitación
apremiante: sé una Iglesia que ora, alaba a Dios, reconoce
su absoluta supremacía y lo exalta con fe gozosa. Descubre
el sentido del misterio: vívelo con humilde gratitud; da
testimonio de él con alegría sincera y contagiosa.
Celebra la salvación de Cristo: acógela como don
que te convierte en sacramento suyo y haz de tu vida un verdadero
culto espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12, 1).
Sentido del misterio
70. Algunos síntomas revelan un decaimiento del sentido
del misterio en las celebraciones litúrgicas, que deberían
precisamente acercarnos a él. Por tanto, es urgente que
en la Iglesia se reavive el auténtico sentido de la liturgia.
Ésta, como han recordado los Padres sinodales,119 es instrumento
de santificación, celebración de la fe de la Iglesia
y medio de transmisión de la fe. Con la Sagrada Escritura
y las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, es fuente
viva de auténtica y sólida espiritualidad. Con ella,
como subraya certeramente también la tradición de
las venerables Iglesias de Oriente, los fieles entran en comunión
con la Santísima Trinidad, experimentando su participación
en la naturaleza divina como don de la gracia. La liturgia se
convierte así en anticipación de la bienaventuranza
final y participación de la gloria celestial.
71. En las celebraciones hay que poner como centro a Jesús
para dejarnos iluminar y guiar por Él. En ellas podemos
encontrar una de las respuestas más rotundas que nuestras
Comunidades han de dar a una religiosidad ambigua e inconsistente.
La liturgia de la Iglesia no tiene como objeto calmar los deseos
y los temores del hombre, sino escuchar y acoger a Jesús
que vive, honra y alaba al Padre, para alabarlo y honrarlo con
Él. Las celebraciones eclesiales proclaman que nuestra
esperanza nos viene de Dios por medio de Jesús, nuestro
Señor.
Se trata de vivir la liturgia como acción de la Trinidad.
El Padre es quien actúa por nosotros en los misterios celebrados;
Él es quien nos habla, nos perdona, nos escucha, nos da
su Espíritu; a Él nos dirigimos, lo escuchamos,
alabamos e invocamos. Jesús es quien actúa para
nuestra santificación, haciéndonos partícipes
de su misterio. El Espíritu Santo es el que interviene
con su gracia y nos convierte en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia.
Se debe vivir la liturgia como anuncio y anticipación de
la gloria futura, término último de nuestra esperanza.
Como enseña el Concilio, « en la liturgia terrena
pregustamos y participamos en la Liturgia celeste que se celebra
en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos
como peregrinos [...], hasta que se manifieste Él, nuestra
Vida, y nosotros nos manifestamos con Él en la gloria ».120
Formación litúrgica
72. Aunque se ha avanzado mucho después del Concilio Ecuménico
Vaticano II en vivir el auténtico sentido de la liturgia,
todavía queda mucho por hacer. Es necesaria una renovación
continua y una constante formación de todos: ordenados,
consagrados y laicos.
La verdadera renovación, más que recurrir a actuaciones
arbitrarias, consiste en desarrollar cada vez mejor la conciencia
del sentido del misterio, de modo que las liturgias sean momentos
de comunión con el misterio grande y santo de la Trinidad.
Celebrando los actos sagrados como relación con Dios y
acogida de sus dones, como expresión de auténtica
vida espiritual, la Iglesia en Europa podrá alimentar verdaderamente
su esperanza y ofrecerla a quien la ha perdido.
73. Para ello se necesita un gran esfuerzo de formación.
Ésta se orienta a favorecer la comprensión del verdadero
sentido de las celebraciones de la Iglesia y requiere, además,
una adecuada instrucción sobre los ritos, una auténtica
espiritualidad y una educación a vivirla en plenitud.121
Por tanto, se ha de promover más una autentica «
mistagogía litúrgica », con la participación
activa de todos los fieles, cada uno según sus propios
cometidos, en las acciones sagradas, especialmente en la Eucaristía.
II. Celebrar los Sacramentos
74. Se debe dar gran relieve a la celebración de los Sacramentos,
como acciones de Cristo y de la Iglesia orientadas a dar culto
a Dios, a la santificación de los hombres y la edificación
de la Comunidad eclesial. Reconociendo que Cristo mismo actúa
en ellos por medio del Espíritu Santo, los Sacramentos
se deben celebrar con el máximo esmero y poniendo las condiciones
apropiadas. Las Iglesias particulares del Continente han de poner
sumo interés en reforzar su pastoral de los Sacramentos,
para que se reconozca su verdad profunda. Los Padres sinodales
han destacado esta exigencia para contrarrestar dos peligros:
por un lado, algunos ambientes eclesiales parecen haber perdido
el auténtico sentido del sacramento y podrían banalizar
los misterios celebrados; por otro, muchos bautizados, por costumbre
y tradición, siguen recurriendo a los Sacramentos en momentos
significativos de su existencia, pero sin vivir conforme a las
normas de la Iglesia.122
La Eucaristía
75. La Eucaristía, supremo don de Cristo a la Iglesia,
hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo para nuestra
salvación: « La sagrada Eucaristía, en efecto,
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua ».123 La Iglesia, en su peregrinación,
acude a ella, « fuente y cima de toda la vida cristiana
»,124 encontrando la fuente de toda esperanza. En efecto,
la Eucaristía « da impulso a nuestro camino histórico,
poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación
cotidiana de cada uno a sus propias tareas ».125
Todos estamos invitados a confesar la fe en la Eucaristía,
« prenda de la gloria futura », convencidos de que
la comunión con Cristo, vivida ahora como peregrinos en
la existencia terrena, anticipa el encuentro supremo del día
en que « seremos semejantes a él, porque le veremos
tal cual es » (1 Jn 3, 2). La Eucaristía es «
gustar la eternidad en el tiempo », presencia divina y comunión
con ella; memorial de la Pascua de Cristo, es por naturaleza portadora
de la gracia en la historia humana. Abre al futuro de Dios; siendo
comunión con Cristo, con su cuerpo y su sangre, es participación
en la vida eterna de Dios.126
La reconciliación
76. Junto con la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación
debe tener también un papel fundamental en la recuperación
de la esperanza: « En efecto, la experiencia personal del
perdón de Dios para cada uno de nosotros es fundamento
esencial de toda esperanza respecto a nuestro futuro ».127
Una de las causas del abatimiento que acecha a muchos jóvenes
de hoy debe buscarse en la incapacidad de reconocerse pecadores
y dejarse perdonar, una incapacidad debida frecuentemente a la
soledad de quien, viviendo como si Dios no existiera, no tiene
a nadie a quien pedir perdón. El que, por el contrario,
se reconoce pecador y se encomienda a la misericordia del Padre
celestial, experimenta la alegría de una verdadera liberación
y puede vivir sin encerrarse en su propia miseria.128 Recibe así
la gracia de un nuevo comienzo y encuentra motivos para esperar.
Es necesario, pues, que se revitalice en la Iglesia en Europa
el sacramento de la Reconciliación. Se recuerda, sin embargo,
que la forma del Sacramento es la confesión personal de
los pecados seguida de la absolución individual. Este encuentro
entre el penitente y el sacerdote ha de ser favorecido en cualquiera
de las formas previstas por el rito del Sacramento. Ante la pérdida
tan extendida del sentido del pecado y la creciente mentalidad
caracterizada por el relativismo y el subjetivismo en campo moral,
es preciso que en cada comunidad eclesial se imparta una seria
formación de las conciencias.129 Los Padres Sinodales ha
insistido en que se reconozca claramente la verdad del pecado
personal y la necesidad del perdón personal de Dios mediante
el ministerio del sacerdote. Las absoluciones colectivas no son
un modo alternativo de administrar el sacramento de la Reconciliación.130
77. Me dirijo a los sacerdotes, exhortándolos a ofrecer
generosamente la propia disponibilidad para oír las confesiones
y a que ellos mismos den ejemplo, acudiendo con regularidad al
sacramento de la Penitencia. Les recomiendo que procuren estar
al día en el campo de la teología moral, de modo
que sepan afrontar con competencia los problemas planteados recientemente
a la moral personal y social. Presten una especial atención,
además, a las condiciones concretas de vida en que se encuentran
los fieles y les ayuden pacientemente a descubrir las exigencias
de la ley moral cristiana, ayudándolos a vivir el Sacramento
como un gozoso encuentro con la misericordia del Padre celestial.131
Oración y vida
78. Junto con la celebración Eucarística, hace falta
promover también otras formas de oración comunitaria,132
ayudando a descubrir la relación entre ésta y la
oración litúrgica. En particular, manteniendo viva
la tradición de la Iglesia latina, se han de promover las
diversas manifestaciones del culto eucarístico fuera de
la Misa: adoración personal, exposición y procesión,
que se han de concebir como expresión de fe en la presencia
real y permanente del Señor en el Sacramento del altar.133
Se ha de educar a ver una conexión similar con el misterio
eucarístico en la celebración, personal o comunitaria,
de la Liturgia de las Horas, cuyo valor para los fieles laicos
ha sido puesto también de relieve por el Concilio Vaticano
II.134 Se exhorte a las familias a dedicar algún tiempo
a la oración en común, de tal modo que interpreten
a la luz del Evangelio toda la vida matrimonial y familiar. Así,
partiendo de quienes se ponen a la escucha de la Palabra de Dios,
se formará una liturgia doméstica que marcará
cada momento de la familia.135
Toda forma de oración comunitaria presupone la oración
individual. Entre la persona y Dios se establece un coloquio franco
que se expresa en la alabanza, el agradecimiento, la súplica
al Padre por Jesucristo y en el Espíritu Santo. Nunca se
descuide la oración personal, que es como el aire que respira
el cristiano. Y se eduque también a descubrir la relación
entre ésta última y la oración litúrgica.
79. Se ha de dedicar también una atención especial
a la piedad popular.136 Muy extendida por las diversas regiones
de Europa mediante las cofradías, procesiones y peregrinaciones
a numerosos santuarios, enriquece el itinerario del año
litúrgico, inspirando usos y costumbres familiares y sociales.
Todas estas formas deben ser consideradas cuidadosamente mediante
una pastoral de promoción y renovación, que les
ayude a desarrollar todo lo que es expresión auténtica
de la sabiduría del Pueblo de Dios. Lo es ciertamente el
Santo Rosario. En este año dedicado al mismo, me complace
recomendar su rezo, porque « el Rosario, comprendido en
su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida
cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda, espiritual
y pedagógica, para la contemplación personal, la
formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización
».137
En el campo de la piedad popular hay que vigilar constantemente
los aspectos ambiguos de algunas de sus manifestaciones, preservándo
las de desviaciones secularistas, consumismos desconsiderados
o también de riesgos de superstición, para mantenerlas
dentro de formas auténticas y juiciosas. Se ha de llevar
a cabo una pedagogía apropiada, explicando cómo
la piedad popular se ha vivir siempre en armonía con la
liturgia de la Iglesia y vinculada con los Sacramentos.
80. No se debe olvidar que el « culto espiritual agradable
a Dios » (cf. Rm 12, 1) se realiza ante todo en la existencia
cotidiana, vivida en la caridad por la entrega libre y generosa
de uno mismo incluso en momentos de aparente impotencia. Así,
la vida está animada por una esperanza inquebrantable,
porque sólo se apoya en la certeza del poder de Dios y
la victoria de Cristo: es una vida rebosante de consolaciones
de Dios, con las cuales hemos de consolar, por nuestra parte,
a cuantos encontramos en nuestro camino (cf. 2 Co 1, 4).
El día del Señor
81. El día del Señor es un momento paradigmático
y sumamente evocador en la celebración del Evangelio de
la esperanza.
En el contexto actual, diversas circunstancias hacen difícil
que los cristianos vivan plenamente el domingo como día
del encuentro con el Señor. No es raro que se reduzca a
un simple « fin de semana », a un tiempo de mera evasión.
Hace falta, pues, una acción pastoral articulada en el
ámbito educativo, espiritual y social, que ayude a vivir
su sentido genuino.
82. Renuevo, por tanto, la invitación a recuperar el sentido
más profundo del día del Señor,138 para que
sea santificado con la participación en la Eucaristía
y con un descanso lleno de fraternidad y regocijo cristiano. Que
se celebre como centro de todo el culto, preanuncio incesante
de la vida sin fin, que reanima la esperanza y alienta en el camino.
Por eso no se ha de tener miedo a defenderlo contra toda insidia
y a esforzarse por salvaguardarlo en la organización del
trabajo, de modo que sea un día para el hombre y ventajoso
para toda la sociedad. En efecto, si se priva al domingo de su
sentido originario y no es posible darle un espacio adecuado para
la oración, el descanso, la comunión y la alegría,
puede suceder que « el hombre quede cerrado en un horizonte
tan restringido que no le permite ya ver el “cielo”.
Entonces, aunque vestido de fiesta, interiormente es incapaz de
“hacer fiesta” ».139 Y sin la dimensión
de la fiesta, la esperanza no encontraría un hogar donde
vivir.
CAPÍTULO V
SERVIR AL EVANGELIO DE LA ESPERANZA
« Conozco tu conducta: tu caridad, tu fe,
tu espíritu de servicio, tu paciencia » (Ap 21, 2)
La vía del amor
83. La palabra que el Espíritu dice a las Iglesias contiene
un juicio sobre su vida. Éste se refiere a hechos y comportamientos.
« Conozco tu conducta » es la introducción
que, como un estribillo y con pocas variantes, aparece en las
cartas dirigidas a las siete Iglesias. Cuando las obras resultan
positivas, son fruto de la laboriosidad y la constancia, del saber
resistir las dificultades, la tribulación y la pobreza;
lo son también de la fidelidad en las persecuciones, de
la caridad, la fe y el servicio. En este sentido, pueden ser entendidas
como la descripción de una Iglesia que, además de
anunciar y celebrar la salvación que le viene del Señor,
la “vive” en lo concreto.
Para servir al Evangelio de la esperanza, la Iglesia que vive
en Europa está llamada también a seguir el camino
del amor. Es un camino que pasa a través de la caridad
evangelizadora, el esfuerzo multiforme en el servicio y la opción
por una generosidad sin pausas ni límites.
I. El servicio de la caridad
En la comunión y en la solidaridad
84. Para todo ser humano, la caridad que se recibe y se da es
la experiencia originaria de la cual nace la esperanza. «
El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí
mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido
si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si
no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él
vivamente ».140
El reto para la Iglesia en la Europa de hoy consiste, por tanto,
en ayudar al hombre contemporáneo a experimentar el amor
de Dios Padre y de Cristo en el Espíritu Santo, mediante
el testimonio de la caridad, que tiene en sí misma una
intrínseca fuerza evangelizadora.
En esto consiste en definitiva el « Evangelio », la
buena noticia para todos los hombres: « Dios nos ha amado
primero » (cf. 1 Jn 4, 10.19); Jesús nos ha amado
hasta el final (cf. Jn 13, 1). Gracias al don del Espíritu,
se ofrece a los creyentes la caridad de Dios, haciéndoles
partícipes de su misma capacidad de amar: la caridad apremia
en el corazón de cada discípulo y de toda la Iglesia
(cf. 2 Co 5, 14). Precisamente porque se recibe de Dios, la caridad
se convierte en mandamiento para el hombre (cf. Jn 13, 34).
Vivir en la caridad es, pues, un gozoso anuncio para todos, haciendo
visible el amor de Dios, que no abandona a nadie. En definitiva,
significa dar al hombre desorientado razones verdaderas para seguir
esperando.
85. Es vocación de la Iglesia, como « signo creíble,
aunque siempre inadecuado del amor vivido, hacer que los hombres
y mujeres se encuentren con el amor de Dios y de Cristo, que viene
a su encuentro ».141 La Iglesia, « signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo
el género humano »,142 da testimonio del amor cuando
las personas, las familias y las comunidades viven intensamente
el Evangelio de la caridad. En otras palabras, nuestras comunidades
eclesiales están llamadas a ser verdaderas escuelas prácticas
de comunión.
Por su propia naturaleza, el testimonio de la caridad ha de extenderse
más allá de los confines de la comunidad eclesial,
para llegar a cada ser humano, de modo que el amor por todos los
hombres fomente auténtica solidaridad en toda la vida social.
Cuando la Iglesia sirve a la caridad, hace crecer al mismo tiempo
la « cultura de la solidaridad », contribuyendo así
a dar nueva vida a los valores universales de la convivencia humana.
En esta perspectiva es menester revalorizar el sentido auténtico
del voluntariado cristiano. Naciendo de la fe y siendo alimentado
continuamente por ella, debe saber conjugar capacidad profesional
y amor auténtico, impulsando a quienes lo practican a «
elevar los sentimientos de simple filantropía a la altura
de la caridad de Cristo; a reconquistar cada día, entre
fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad de cada hombre;
a salir al encuentro de las necesidades de las personas iniciando
-si es preciso- nuevos caminos allí donde más urgentes
son las necesidades y más escasas las atenciones y el apoyo
».143
II. Servir al hombre en la sociedad
Dar esperanza a los pobres
86. Se pide a toda la Iglesia que dé nueva esperanza a
los pobres. Para ella, acogerlos y servirlos significa acoger
y servir a Cristo (cf. Mt 25, 40). El amor preferencial a los
pobres es una dimensión necesaria del ser cristiano y del
servicio al Evangelio. Amarlos y mostrarles que son los predilectos
de Dios, significa reconocer que las personas valen por sí
mismas, cualesquiera que sean sus condiciones económicas,
culturales o sociales en que se encuentren, ayudándolas
a valorar sus propias capacidades.
87. Es preciso también dejarse interpelar por el fenómeno
del desempleo, que es una grave plaga social en muchas naciones
de Europa. A esto se añaden, además, los problemas
relacionados con los crecientes flujos migratorios. Se pide a
la Iglesia hacer presente que el trabajo es un bien del cual toda
la sociedad debe hacerse cargo.
Reiterando los criterios éticos que han de regir el mercado
y la economía, respetando escrupulosamente el puesto central
del hombre, la Iglesia no dejará de intentar el diálogo
con las personas responsables, tanto en el ámbito político,
como sindical y empresarial.144 Este diálogo debe orientarse
a la edificación de una Europa entendida como comunidad
de gentes y pueblos, comunidad solidaria en la esperanza, no sometida
exclusivamente a las leyes del mercado, sino decididamente preocupada
por salvaguardar también la dignidad del hombre en las
relaciones económicas y sociales.
88. Se ha de promover también convenientemente la pastoral
de los enfermos. Teniendo en cuenta que la enfermedad es una situación
que plantea cuestiones esenciales sobre el sentido de la vida,
el cuidado de los enfermos ha de ser una de las prioridades «
en una sociedad de la prosperidad y la eficiencia, en una cultura
caracterizada por la idolatría del cuerpo, por la supresión
del sufrimiento y el dolor y por el mito de la eterna juventud
».145 Para ello se ha de promover, por un lado, una adecuada
presencia pastoral en los diversos lugares del dolor, por ejemplo,
mediante la dedicación de los capellanes de hospitales,
los miembros de asociaciones de voluntariado, las instituciones
sanitarias eclesiásticas, y, por otro, el apoyo a las familias
de los enfermos. Hará falta además estar al lado
del personal médico y auxiliar con medios pastorales adecuados,
para apoyarlo en su delicada vocación al servicio de los
enfermos. En efecto, los agentes sanitarios prestan cada día
en su actividad un noble servicio a la vida. A ellos se les pide
que den también a los pacientes una ayuda espiritual especial,
que supone el calor de un autentico contacto humano.
89. Finalmente, no se ha de olvidar que a veces se hace un uso
indebido de los bienes de la tierra. En efecto, al descuidar su
misión de cultivar y cuidar la tierra con sabiduría
y amor (cf. Gn 2, 15), el hombre ha devastado en muchas zonas
bosques y llanuras, contaminado las aguas, hecho irrespirable
el aire, alterado los sistemas hidrogeológicos y atmosféricos
y desertificado grandes superficies.
También en este caso, servir al Evangelio de la esperanza
quiere decir empeñarse de un modo nuevo en un correcto
uso de los bienes de la tierra,146 llamando la atención
para que, además de tutelar los ambientes naturales, se
defienda la calidad de la vida de las personas y se prepare a
las generaciones futuras un entorno más conforme con el
proyecto del Creador.
La verdad sobre el matrimonio y la familia
90. La Iglesia en Europa, en todos sus estamentos, ha de proponer
con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia.147 Es
una necesidad que siente de manera apremiante, porque sabe que
dicha tarea le compete por la misión evangelizadora que
su Esposo y Señor le ha confiado y que hoy se plantea con
especial urgencia. En efecto, son muchos los factores culturales,
sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis
cada vez más evidente de la familia. Comprometen en buena
medida la verdad y dignidad de la persona humana y ponen en tela
de juicio, desvirtuándola, la idea misma de familia. El
valor de la indisolubilidad matrimonial se tergiversa cada vez
más; se reclaman formas de reconocimiento legal de las
convivencias de hecho, equiparándolas al matrimonio legítimo;
no faltan proyectos para aceptar modelos de pareja en los que
la diferencia sexual no se considera esencial.
En este contexto, se pide a la Iglesia que anuncie con renovado
vigor lo que el Evangelio dice sobre el matrimonio y la familia,
para comprender su sentido y su valor en el designio salvador
de Dios. En particular, es preciso reafirmar dichas instituciones
como provienentes de la voluntad de Dios. Hay que descubrir la
verdad de la familia como íntima comunión de vida
y amor,148 abierta a la procreación de nuevas personas,
así como su dignidad de « iglesia doméstica
» y su participación en la misión de la Iglesia
y en la vida de la sociedad.
91. Según los Padres sinodales, se ha de reconocer que
muchas familias, en la existencia cotidiana vivida en el amor,
son testigos visibles de la presencia de Jesús, que las
acompaña y sustenta con el don de su Espíritu. Para
apoyarlas en este camino, se debe profundizar la teología
y la espiritualidad del matrimonio y de la familia; proclamar
con firmeza e integridad, manifestándolo con ejemplos convincentes,
la verdad y la belleza de la familia fundada en el matrimonio
de un hombre y una mujer, entendido como unión estable
y abierta al don de la vida; promover en todas las comunidades
eclesiales una adecuada y orgánica pastoral familiar. Asimismo,
hay que ofrecer con solicitud materna por parte de la Iglesia
una ayuda a los que se encuentran en situaciones difíciles,
como por ejemplo, las madres solteras, personas separadas, divorciadas
o hijos abandonados. En todo caso, conviene suscitar, acompañar
y sostener el justo protagonismo de las familias, individualmente
o asociadas, en la Iglesia y en la sociedad, y esforzarse para
que los Estados y la Unión Europea misma promuevan auténticas
y adecuadas políticas familiares.149
92. Se ha de prestar una atención particular a que los
jóvenes y los novios reciban una educación al amor,
mediante programas específicos de preparación al
sacramento del Matrimonio, que les ayuden a llegar a su celebración
viviendo en castidad. En su labor educativa, la Iglesia mostrará
su solicitud acompañando a los recién casados después
de la celebración del matrimonio.
93. Finalmente, la Iglesia ha de acercarse también, con
bondad materna, a las situaciones matrimoniales en las que fácilmente
puede decaer la esperanza. En particular, « ante tantas
familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a expresar un
juicio severo e indiferente, sino más bien a iluminar los
diversos dramas humanos con la luz de la palabra de Dios, acompañada
por el testimonio de su misericordia. Con este espíritu,
la pastoral familiar trata de aliviar también las situaciones
de los creyentes que se han divorciado y vuelto a casar civilmente.
No están excluidos de la comunidad; al contrario, están
invitados a participar en su vida, recorriendo un camino de crecimiento
en el espíritu de las exigencias evangélicas. La
Iglesia, sin ocultarles la verdad del desorden moral objetivo
en el que se hallan y de las consecuencias que derivan de él
para la práctica sacramental, quiere mostrarles toda su
cercanía materna ».150
94. Si para servir al Evangelio de la esperanza es necesario prestar
una atención adecuada y prioritaria a la familia, es igualmente
indudable que las familias mismas tienen que realizar una tarea
insustituible respecto al Evangelio de la esperanza. Por eso,
con confianza y afecto a todas las familias cristianas que viven
en Europa, les renuevo la invitación: « ¡Familias,
sed lo que sois! ». Vosotras sois la representación
viva de la caridad de Dios: en efecto, tenéis la «
misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como
reflejo vivo y participación real del amor de Dios por
la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia
su esposa ».151
Sois el « santuario de la vida [...]: el ámbito donde
la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera
adecuada contra los múltiples ataques a que está
expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de
un auténtico crecimiento humano ».152
Sois el fundamento de la sociedad, en cuanto lugar primordial
de la « humanización » de la persona y de la
convivencia civil,153 modelo para instaurar relaciones sociales
vividas en el amor y la solidaridad.
¡Sed vosotras mismas testimonio creíble del Evangelio
de la esperanza! Porque sois « gaudium et spes ».154
Servir al Evangelio de la vida
95. El envejecimiento y la disminución de la población
que se advierte en muchos Países de Europa es motivo de
preocupación; en efecto, la disminución de los nacimientos
es síntoma de escasa serenidad ante el propio futuro; manifiesta
claramente una falta de esperanza y es signo de la « cultura
de la muerte » que invade la sociedad actual.155
Junto con la disminución de la natalidad, se han de recordar
otros signos que contribuyen a delinear el eclipse del valor de
la vida y a desencadenar una especie de conspiración contra
ella. Entre ellos se ha de mencionar con tristeza, ante todo,
la difusión del aborto, recurriendo incluso a productos
químico-farmacéuticos que permiten efectuarlo sin
tener que acudir al médico y eludir cualquier forma de
responsabilidad social; ello es favorecido por la existencia en
muchos Estados del Continente de legislaciones permisivas de un
acto que es siempre un « crimen nefando »156 y un
grave desorden moral. Tampoco se pueden olvidar los atentados
perpetrados por la « intervención sobre los embriones
humanos que, aun buscando fines en sí mismos legítimos,
comportan inevitablemente su destrucción », o mediante
el uso incorrecto de técnicas diagnósticas prenatales
puestas al servicio no de terapias a veces posibles sino «
de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo
».157
Se ha de citar también la tendencia, detectada en algunas
partes de Europa, a creer que se puede permitir poner conscientemente
punto final a la propia vida o a la de otro ser humano: de aquí
la difusión de la eutanasia, encubierta o abiertamente
practicada, para la cual no faltan peticiones y tristes ejemplos
de legalización.
96. Ante este estado de cosas, es necesario « servir al
Evangelio de la vida » incluso mediante una « movilización
general de las conciencias y un común esfuerzo ético,
para poner en práctica una gran estrategia en favor de
la vida ».158 Éste es un gran reto que se debe afrontar
con responsabilidad, convencidos de que « el futuro de la
civilización europea depende en gran parte de la decidida
defensa y promoción de los valores de la vida, núcleo
de su patrimonio cultural »; 159 se trata, pues, de devolver
a Europa su verdadera dignidad, que consiste en ser un lugar donde
cada persona ve afirmada su incomparable dignidad.
Hago mías, pues, estas palabras de los Padres sinodales:
« El Sínodo de los Obispos europeos anima a las comunidades
cristianas a ser evangelizadoras de la vida. Anima a los matrimonios
y familias cristianas a ayudarse mutuamente a ser fieles a su
misión de colaboradores de Dios en la procreación
y educación de nuevas criaturas;
aprecia todo intento de reaccionar al egoísmo en el ámbito
de la transmisión de la vida, fomentado por falsos modelos
de seguridad y felicidad; pide a los Estados y a la Unión
Europea que actúen políticas clarividentes que promuevan
las condiciones concretas de vivienda, trabajo y servicios sociales,
idóneas para favorecer la constitución de la familia,
la realización de la vocación a la maternidad y
a la paternidad, y, además, aseguren a la Europa de hoy
el recurso más precioso: los europeos del mañana
».160
Construir una ciudad digna del hombre
97. La caridad diligente nos apremia a anticipar el Reino futuro.
Por eso mismo colabora en la promoción de los auténticos
valores que son la base de una civilización digna del hombre.
En efecto, como recuerda el Concilio Vaticano II, « los
cristianos, en su peregrinación hacia la ciudad celeste,
deben buscar y gustar las cosas de arriba; esto no disminuye nada,
sino que más bien aumenta, la importancia de su tarea de
trabajar juntamente con todos los hombres en la edificación
de un mundo más humano ».161 La espera de los cielos
nuevos y de la tierra nueva, en vez de alejarnos de la historia,
intensifica la solicitud por la realidad presente, donde ya ahora
crece una novedad, que es germen y figura del mundo que vendrá.
Animados por estas certezas de fe, esforcémonos en construir
una ciudad digna del hombre. Aunque no sea posible establecer
en la historia un orden social perfecto, sabemos sin embargo que
cada esfuerzo sincero por construir un mundo mejor cuenta con
la bendición de Dios, y que cada semilla de justicia y
amor plantado en el tiempo presente florece para la eternidad.
98. La Doctrina Social de la Iglesia tiene una función
inspiradora en la construcción de una ciudad digna del
hombre. En efecto, con ella la Iglesia plantea al Continente europeo
la cuestión de la calidad moral de su civilización.
Tiene origen, por una parte, en el encuentro del mensaje bíblico
con la razón y, por otra, con los problemas y las situaciones
que afectan a la vida del hombre y la sociedad. Con el conjunto
de los principios que ofrece, dicha doctrina contribuye a poner
bases sólidas para una convivencia en la justicia, la verdad,
la libertad y la solidaridad. Orientada a defender y promover
la dignidad de la persona, fundamento no sólo de la vida
económica y política, sino también de la
justicia social y de la paz, se muestra capaz de dar soporte a
los pilares maestros del futuro del Continente.162 En esta misma
doctrina se encuentran las bases para poder defender la estructura
moral de la libertad, de manera que se proteja la cultura y la
sociedad europea tanto de la utopía totalitaria de una
« justicia sin libertad », como de una « libertad
sin verdad », que comporta un falso concepto de «
tolerancia », precursoras ambas de errores y horrores para
la humanidad, como muestra tristemente la historia reciente de
Europa misma.163
99. La Doctrina Social de la Iglesia, por su relación intrínseca
con la dignidad de la persona, está formulada para ser
entendida también por los que no pertenecen a la comunidad
de los creyentes. Es urgente, pues, difundir su conocimiento y
estudio, superando la ignorancia que se tiene de ella incluso
entre los cristianos. Lo exige la nueva Europa en vías
de construcción, necesitada de personas educadas según
estos valores y dispuestas a trabajar con ahínco en la
realización del bien común. Es necesaria la presencia
de laicos cristianos que, en las diversas responsabilidades de
la vida civil, de la economía, la cultura, la salud, la
educación y la política, trabajen para infundir
en ellas los valores del Reino.164
Hacia una cultura de la acogida
100. Entre los retos que tiene hoy el servicio al Evangelio de
la esperanza se debe incluir el creciente fenómeno de la
inmigración, que llama en causa la capacidad de la Iglesia
para acoger a toda persona, cualquiera que sea su pueblo o nación
de pertenencia. Estimula también a toda la sociedad europea
y sus instituciones a buscar un orden justo y modos de convivencia
respetuosos de todos y de la legalidad, en un proceso de posible
integración.
Teniendo en cuenta el estado de miseria, de subdesarrollo o también
de insuficiente libertad, que por desgracia caracteriza aún
a diversos Países y son algunas de las causas que impulsan
a muchos a dejar su propia tierra, es preciso un compromiso valiente
por parte de todos para realizar un orden económico internacional
más justo, capaz de promover el auténtico desarrollo
de todos los pueblos y de todos los Países.
101. Ante el fenómeno de la inmigración, se plantea
en Europa la cuestión de su capacidad para encontrar formas
de acogida y hospitalidad inteligentes. Lo exige la visión
« universal » del bien común: hace falta ampliar
las perspectivas hasta abarcar las exigencias de toda la familia
humana. El fenómeno mismo de la globalización reclama
apertura y participación, si no quiere ser origen de exclusión
y marginación sino más bien de participación
solidaria de todos en la producción e intercambio de bienes.
Todos han de colaborar en el crecimiento de una cultura madura
de la acogida que, teniendo en cuenta la igual dignidad de cada
persona y la obligada solidaridad con los más débiles,
exige que se reconozca a todo migrante los derechos fundamentales.
A las autoridades públicas corresponde la responsabilidad
de ejercer el control de los flujos migratorios considerando las
exigencias del bien común. La acogida debe realizarse siempre
respetando las leyes y, por tanto, armonizarse, cuando fuere necesario,
con la firme represión de los abusos.
102. También es necesario tratar de individuar posibles
formas de auténtica integración de los inmigrados
acogidos legítimamente en el tejido social y cultural de
las diversas naciones europeas.
Esto exige que no se ceda a la indiferencia sobre los valores
humanos universales y que se salvaguarde el propio patrimonio
cultural de cada nación. Una convivencia pacífica
y un intercambio de la propia riqueza interior harán posible
la edificación de una Europa que sepa ser casa común,
en la que cada uno sea acogido, nadie se vea discriminado y todos
sean tratados, y vivan responsablemente, como miembros de una
sola gran familia.
103. Por su parte, la Iglesia está llamada a « continuar
su actividad, creando y mejorando cada vez más sus servicios
de acogida y su atención pastoral con los inmigrados y
refugiados »,165 para que se respeten su dignidad y libertad,
y se favorezca su integración.
En particular, no se debe olvidar una atención pastoral
específica a la integración de los inmigrantes católicos,
respetando su cultura y la peculiaridad de su tradición
religiosa. Para ello se han de favorecer contactos entre las Iglesias
de origen de los inmigrados y las que los acogen, con el fin de
estudiar formas de ayuda que pueden prever también la presencia
entre los inmigrados de presbíteros, consagrados y agentes
de pastoral, adecuadamente formados, procedentes de sus países.
El servicio al Evangelio exige, además, que la Iglesia,
defendiendo la causa de los oprimidos y excluidos, pida a las
autoridades políticas de los diversos Estados y a los responsables
de las Instituciones europeas que reconozcan la condición
de refugiados a los que huyen del propio país de origen
por estar en peligro su vida, y favorezcan el retorno a su patria;
y que se creen, además, la condiciones necesarias para
que se respete la dignidad de todos los inmigrados y se defiendan
sus derechos fundamentales.166
III. ¡Optemos por la caridad!
104. La llamada a vivir la caridad activa, dirigida por los Padres
sinodales a todos los cristianos del Continente europeo,167 es
una síntesis lograda de un auténtico servicio al
Evangelio de la esperanza. Ahora te la propongo a ti, Iglesia
de Cristo que vives en Europa. Que las alegrías y esperanzas,
las tristezas y angustias de los europeos de hoy, sobre todo de
los pobres y de los que sufren, sean tus alegrías y esperanzas,
tus tristezas y angustias, y que nada de lo genuinamente humano
deje de tener eco en tu corazón. Observa a Europa y su
rumbo con la simpatía de quien aprecia todo elemento positivo,
pero que, al mismo tiempo, no cierra los ojos ante lo que es incoherente
con el Evangelio y lo denuncia con energía.
105. Iglesia en Europa, acoge cotidianamente con renovado frescor
el don de la caridad que Dios te ofrece y de la que te hace capaz.
Aprende el contenido y la dimensión del amor. Que seas
la Iglesia de las bienaventuranzas, siempre en conformidad con
Cristo (cf. Mt 5, 1-12).
Que, libre de obstáculos y dependencias, seas pobre y amiga
de los más pobres, acogedora de cada persona y atenta a
toda forma, antigua o nueva, de pobreza.
Purificada constantemente por la bondad del Padre, reconoce en
la actitud de Jesús, que ha defendido siempre la verdad
mostrándose al mismo tiempo misericordioso con los pecadores,
la norma suprema de tu actividad.
En Jesús, en cuyo nacimiento se anunció la paz (cf.
Lc 2, 14); en Él, que con su muerte ha abatido toda enemistad
(cf. Ef 2, 14) y nos ha dado la paz verdadera (cf. Jn 14, 27),
hazte artífice de paz, invitando a tus hijos a que dejen
purificar su corazón de cualquier hostilidad, egoísmo
y partidismo, favoreciendo en toda circunstancia el diálogo
y el respeto recíproco.
En Jesús, justicia de Dios, nunca te canses de denunciar
toda forma de injusticia. Viviendo en el mundo con los valores
del Reino venidero, serás Iglesia de la caridad, darás
tu contribución indispensable para edificar en Europa una
civilización cada vez más digna del hombre.
CAPÍTULO VI
EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA PARA UNA NUEVA EUROPA
« Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén,
que bajaba del cielo » (Ap 21, 2)
El Resucitado está siempre con nosotros
106. El Evangelio de la esperanza que resuena en el Apocalipsis
abre el corazón a la contemplación de la novedad
realizada por Dios: « Luego vi un cielo nuevo y una tierra
nueva – porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron,
y el mar no existe ya » (Ap 21, 1). Dios mismo la proclama
con una palabra que explica la visión apenas descrita:
« Mira que hago un mundo nuevo » (Ap 21, 5).
La novedad de Dios – plenamente comprensible sobre el fondo
de las cosas viejas, llenas de lágrimas, luto, lamentos,
preocupación y muerte (cf. Ap 21, 4) – consiste en
salir de la condición de pecado y sus consecuencias en
que se encuentra la humanidad; es el nuevo cielo y la nueva tierra,
la nueva Jerusalén, en contraposición a un cielo
y una tierra viejos, a un orden de cosas anticuado y a una Jerusalén
decrépita, atormentada por sus rivalidades.
Para la construcción de la ciudad del hombre no es indiferente
la imagen de la nueva Jerusalén que baja « del cielo,
de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo
» (Ap 21, 2), y que se refiere directamente al misterio
de la Iglesia. Es una imagen que habla de una realidad escatológica:
va más allá de todo lo que el hombre puede hacer;
es un don de Dios que se cumplirá en los últimos
tiempos. Pero no es una utopía: es una realidad ya presente.
Lo indica el verbo en presente usado por Dios –« Mira
que hago un mundo nuevo » (Ap 21, 5)–, el cual precisa
aun: « Hecho está » (Ap 21, 6). En efecto,
Dios ya está actuando para renovar el mundo; la Pascua
de Jesús es ya la novedad de Dios. Ella hace nacer la Iglesia,
anima su existencia y renueva y transforma la historia.
107. Esta novedad empieza a tomar forma ante todo en la comunidad
cristiana, que ya ahora « es la morada de Dios con los hombres
» (Ap 21, 3), en cuyo seno Dios ya actúa, renovando
la vida de los que se someten al soplo del Espíritu. Para
el mundo la Iglesia es signo e instrumento del Reino que se hace
presente ante todo en los corazones. Un reflejo de esta misma
novedad se manifiesta también en cada forma de convivencia
humana animada por el Evangelio. Se trata de una novedad que interpela
a la sociedad en cada momento de la historia y en cada lugar de
la tierra, y particularmente a la sociedad europea, que desde
hace tantos siglos escucha el Evangelio del Reino inaugurado por
Jesús.
I. La vocación espiritual de Europa
Europa promotora de los valores universales
108. La historia del Continente europeo se caracteriza por el
influjo vivificante del Evangelio. « Si dirigimos la mirada
a los siglos pasados, no podemos por menos de dar gracias al Señor
porque el Cristianismo ha sido en nuestro Continente un factor
primario de unidad entre los pueblos y las culturas, y de promoción
integral del hombre y de sus derechos ».168
No se puede dudar de que la fe cristiana es parte, de manera radical
y determinante, de los fundamentos de la cultura europea. En efecto,
el cristianismo ha dado forma a Europa, acuñando en ella
algunos valores fundamentales. La modernidad europea misma, que
ha dado al mundo el ideal democrático y los derechos humanos,
toma los propios valores de su herencia cristiana. Más
que como lugar geográfico, se la puede considerar como
« un concepto predominantemente cultural e histórico,
que caracteriza una realidad nacida como Continente gracias también
a la fuerza aglutinante del cristianismo, que ha sabido integrar
a pueblos y culturas diferentes, y que está íntimamente
vinculado a toda la cultura europea ».169
La Europa de hoy, en cambio, en el momento mismo en que refuerza
y amplía su propia unión económica y política,
parece sufrir una profunda crisis de valores. Aunque dispone de
mayores medios, da la impresión de carecer de impulso para
construir un proyecto común y dar nuevamente razones de
esperanza a sus ciudadanos.
El nuevo rostro de Europa
109. En el proceso de transformación que está viviendo,
Europa está llamada, ante todo, a reencontrar su verdadera
identidad. En efecto, aunque se haya formado como una realidad
muy diversificada, ha de construir un modelo nuevo de unidad en
la diversidad, comunidad de naciones reconciliada, abierta a los
otros continentes e implicada en el proceso actual de globalización.
Para dar nuevo impulso a la propia historia, tiene que «
reconocer y recuperar con fidelidad creativa los valores fundamentales
que el cristianismo ha contribuido de manera determinante a adquirir
y que pueden sintetizarse en la afirmación de la dignidad
trascendente de la persona humana, del valor de la razón,
de la libertad, de la democracia, del Estado de Derecho y de la
distinción entre política y religión ».170
110. La Unión Europea sigue ampliándose. En ella
están llamados a participar a corto o largo plazo todos
los pueblos que comparten su misma herencia fundamental. Es de
esperar que dicha expansión se haga de manera respetuosa
con todos, valorando sus peculiaridades históricas y culturales,
sus identidades nacionales y la riqueza de las aportaciones que
vengan de los nuevos miembros, poniendo en práctica más
consistentemente los principios de subsidiariedad y solidaridad.171
En el proceso de integración del Continente, es de importancia
capital tener en cuenta que la unión no tendrá solidez
si queda reducida sólo a la dimensión geográfica
y económica, pues ha de consistir ante todo en una concordia
sobre los valores, que se exprese en el derecho y en la vida.
Promover la solidaridad y la paz en el mundo
111. Decir “Europa” debe querer decir “apertura”.
Lo exige su propia historia, a pesar de no estar exenta de experiencias
y signos opuestos: « En realidad, Europa no es un territorio
cerrado o aislado; se ha construido yendo, más allá
de los mares, al encuentro de otros pueblos, otras culturas y
otras civilizaciones ».172 Por eso debe ser un Continente
abierto y acogedor, que siga realizando en la actual globalización
no sólo formas de cooperación económica,
sino también social y cultural.
Hay una exigencia a la cual el Continente debe responder positivamente
para que su rostro sea verdaderamente nuevo: « Europa no
puede encerrarse en sí misma. No puede ni debe desinteresarse
del resto del mundo; por el contrario, debe ser plenamente consciente
de que otros países y otros continentes esperan de ella
iniciativas audaces, para ofrecer a los pueblos más pobres
los medios para su desarrollo y su organización social,
y para construir un mundo más justo y más fraterno
».173 Para realizar adecuadamente esto será necesario
« una reorientación de la cooperación internacional,
con vistas a una nueva cultura de la solidaridad. Pensada como
germen de paz, la cooperación no puede reducirse a la ayuda
y a la asistencia, menos aún buscando las ventajas del
rendimiento de los recursos puestos a disposición. Por
el contrario, la cooperación debe expresar un compromiso
concreto y tangible de solidaridad, de modo que convierta a los
pobres en protagonistas de su desarrollo y permita al mayor número
posible de personas fomentar, dentro de las circunstancias económicas
y políticas concretas en las que viven, la creatividad
propia del ser humano, de la que depende también la riqueza
de las naciones ».174
112. Además, Europa debe convertirse en parte activa en
la promoción y realización de una globalización
“en la” solidaridad. A ésta, como una condición,
se debe añadir una especie de globalización “de
la” solidaridad y de sus correspondientes valores de equidad,
justicia y libertad, con la firme convicción de que el
mercado tiene que ser « controlado oportunamente por las
fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la
satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la
sociedad ».175
La Europa que nos ha legado la historia ha experimentado, sobre
todo en el último siglo, la imposición de ideologías
totalitarias y de nacionalismos exasperados que, ofuscando la
esperanza de los hombres y los pueblos del Continente, han alimentado
conflictos dentro de las naciones y entre las naciones mismas,
hasta llegar a la tragedia inmensa de las dos guerras mundiales.176
Las beligerancias étnicas más recientes, que han
ensangrentado de nuevo el Continente europeo, han mostrado también
a todos lo frágil que es la paz, la necesidad de un compromiso
activo por parte de todos y que sólo puede garantizarse
abriendo nuevas perspectivas de contactos, de perdón y
reconciliación entre las personas, los pueblos y las naciones.
Ante este estado de cosas, Europa, con todos sus habitantes, ha
de comprometerse incansablemente a construir la paz dentro de
sus fronteras y en el mundo entero. A este respeto, se debe recordar,
« de una parte, que las diferencias nacionales han de ser
mantenidas y cultivadas como fundamento de la solidaridad europea
y, de otra, que la propia identidad nacional no se realiza si
no es en apertura con los demás pueblos y por la solidaridad
con ellos ».177
II. La construcción europea
El papel de las Instituciones europeas
113. En el proceso de diseñar el nuevo rostro del Continente,
en muchos aspectos resulta determinante el papel de las instituciones
internacionales, vinculadas y operativas principalmente en territorio
europeo, que han contribuido a marcar el curso de la historia
sin embarcarse en operaciones de carácter militar. A este
propósito deseo mencionar ante todo la Organización
para la Seguridad y la Cooperación en Europa, que se ocupa
de mantener la paz y la estabilidad, inclusive a través
de la protección y promoción de los derechos humanos
y de las libertades fundamentales, y se ocupa también de
la cooperación económica y ambiental.
Está luego el Consejo de Europa, del que forman parte los
Estados que han suscrito la Convención Europea para la
salvaguardia de los derechos humanos fundamentales de 1950 y la
Carta social de 1961. Anexa a éste se encuentra el Tribunal
europeo de los derechos del hombre. Ambas Instituciones se proponen,
mediante la cooperación política, social, jurídica
y cultural, así como con la promoción de los derechos
humanos y la democracia, la realización de la Europa de
la libertad y de la solidaridad. Finalmente, la Unión Europea,
con su Parlamento, el Consejo de Ministros y la Comisión,
propone un modelo de integración que se va perfeccionando
con vistas a la adopción, en su día, de una Constitución
fundamental común. Dicho organismo tiene el objetivo de
realizar una mayor unidad política, económica y
monetaria entre los Estados miembros, tanto los actuales como
los que entrarán a formar parte. En su diversidad y desde
la identidad específica de cada una de ellas, las Instituciones
europeas mencionadas promueven la unidad del Continente y, más
profundamente aún, están al servicio del hombre.178
114. Junto con los Padres Sinodales, pido a las Instituciones
europeas y a cada uno de los Estados de Europa179 que reconozcan
que un buen ordenamiento de la sociedad debe basarse en auténticos
valores éticos y civiles, compartidos lo más posible
por los ciudadanos, haciendo notar que dichos valores son patrimonio,
en primer lugar, de los diversos cuerpos sociales. Es importante
que las Instituciones y cada uno de los Estados reconozcan que,
entre estos cuerpos sociales, están también las
Iglesias, las Comunidades eclesiales y las demás organizaciones
religiosas. Con mayor razón aún, cuando ya existen
antes de la fundación de las naciones europeas, éstas
no se pueden reducir a meras entidades privadas, sino que actúan
con un peso institucional específico que merece ser tomado
en seria consideración. En el desarrollo de sus tareas,
las instituciones estatales y europeas han de actuar conscientes
de que sus ordenamientos jurídicos serán plenamente
respetuosos de la democracia en la medida en que prevean formas
de « sana cooperación » 180 con las Iglesias
y las organizaciones religiosas.
A luz de lo que acabo de resaltar, deseo dirigirme una vez más
a los redactores del tratado constitucional europeo para que figure
en él una referencia al patrimonio religioso y, especialmente,
cristiano de Europa. Respetando plenamente el carácter
laico de las Instituciones, espero que se reconozcan, sobre todo,
tres elementos complementarios: el derecho de las Iglesias y de
las comunidades religiosas a organizarse libremente, en conformidad
con los propios estatutos y convicciones; el respeto de la identidad
específica de las Confesiones religiosas y la previsión
de un diálogo reglamentado entre la Unión Europea
y las Confesiones mismas; el respeto del estatuto jurídico
del que ya gozan las Iglesias y las instituciones religiosas en
virtud de las legislaciones de los Estados miembros de la Unión.181
115. Las Instituciones europeas tienen como objetivo declarado
la tutela de los derechos de la persona humana. Con este cometido
contribuyen a construir la Europa de los valores y del derecho.
Los Padres sinodales han interpelado a los responsables europeos
diciendo: « Alzad la voz cuando se violen los derechos humanos
de los individuos, de las minorías y de los pueblos, comenzando
por el derecho a la libertad religiosa; reservad la mayor atención
a todo lo que concierne a la vida humana desde su concepción
hasta la muerte natural, y la familia fundada en el matrimonio:
éstas son las bases sobre las que se apoya la casa común
europea; [...] afrontad, según la justicia y la equidad,
y con sentido de gran solidaridad, el fenómeno creciente
de las migraciones, convirtiéndolas en un nuevo recurso
para el futuro europeo; esforzaos para que a los jóvenes
se les garantice un futuro verdaderamente humano con el trabajo,
la cultura, la educación en los valores morales y espirituales
».182
La Iglesia para la nueva Europa
116. Europa necesita una dimensión religiosa. Para ser
“nueva”, análogamente a lo se dice de la “ciudad
nueva” del Apocalipsis (cf. 21, 2), tiene que dejarse tocar
por la mano de Dios. En efecto, la esperanza de construir un mundo
más justo y más digno del hombre, no puede prescindir
de la convicción de que nada valdrían los esfuerzos
humanos si no fueran acompañados por la ayuda divina, porque
« si el Señor no construye la casa, en vano se afanan
los albañiles » (Sal 127[126], 1). Para que Europa
pueda edificarse sobre bases sólidas, necesita apuntalarse
sobre los valores auténticos, que tienen su fundamento
en la ley moral universal, inscrita en el corazón de todo
hombre. « Los cristianos no sólo pueden unirse a
todos los hombres de buena voluntad para trabajar en la construcción
de este gran proyecto, sino que, más aún, están
invitados a ser su alma, mostrando el verdadero sentido de la
organización de la ciudad terrena ».183
La Iglesia católica, una y universal, aunque presente en
la multiplicidad de las Iglesias particulares, puede ofrecer una
contribución única a la edificación de una
Europa abierta al mundo. En efecto, en la Iglesia católica
se da un modelo de unidad esencial en la diversidad de las expresiones
culturales, la conciencia de pertenecer a una comunidad universal
que hunde sus raíces, pero no se agota, en las comunidades
locales, el sentido de lo que une, más allá de lo
que diferencia.184
117. En las relaciones con los poderes públicos, la Iglesia
no pide volver a formas de Estado confesional. Al mismo tiempo,
deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación
hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas.
Por su parte, en la lógica de una sana colaboración
entre comunidad eclesial y sociedad política, la Iglesia
católica está convencida de poder dar una contribución
singular al proyecto de unificación, ofreciendo a las instituciones
europeas, en continuidad con su tradición y en coherencia
con las indicaciones de su doctrina social, la aportación
de comunidades creyentes que tratan de llevar a cabo el compromiso
de humanizar la sociedad a partir del Evangelio, vivido bajo el
signo de la esperanza. Con esta óptica, es necesaria una
presencia de cristianos, adecuadamente formados y competentes,
en las diversas instancias e Instituciones europeas, para contribuir,
respetando los procedimientos democráticos correctos y
mediante la confrontación de las propuestas, a delinear
una convivencia europea cada vez más respetuosa de cada
hombre y cada mujer y, por tanto, conforme al bien común.
118. La Europa que se va construyendo como “unión”,
impulsa también a los cristianos hacia la unidad, para
ser verdaderos testigos de esperanza. En este contexto, se debe
continuar y desarrollar el intercambio de dones que en la última
década ha tenido significativas manifestaciones. Realizado
entre comunidades con historias y tradiciones diferentes, lleva
a estrechar vínculos más duraderos entre las Iglesias
en los diversos países y a su enriquecimiento mutuo mediante
encuentros, confrontaciones y ayudas recíprocas. En particular,
se debe valorar la contribución aportada por la tradición
cultural y espiritual de las Iglesias Católicas Orientales.185
Un papel importante para el crecimiento de esta unidad puede ser
desarrollado por los organismos continentales de comunión
eclesial, que esperan tener un mayor desarrollo.186 Entre éstos
se ha de dar un puesto significativo al Consejo de las Conferencias
Episcopales Europeas, el cual ha de proveer, en el ámbito
del Continente, « a la promoción de una comunión
cada vez más intensa entre las diócesis y las Conferencias
Episcopales Nacionales, al incremento de la colaboración
ecuménica entre los cristianos, a la superación
de los obstáculos que constituyen una amenaza para el futuro
de la paz y del progreso de los pueblos, y a la consolidación
de la colegialidad afectiva y efectiva y de la “communio”
jerárquica ».187 Se ha de reconocer también
el servicio de la Comisión de los Episcopados de la Comunidad
Europea que, siguiendo el proceso de consolidación y ampliación
de la Unión Europea, favorece la información mutua
y coordina las iniciativas pastorales de las Iglesias europeas
implicadas.
119. La consolidación de la unión en el seno del
Continente europeo estimula a los cristianos a cooperar en el
proceso de integración y reconciliación mediante
un diálogo teológico, espiritual, ético y
social.188 En efecto, en la Europa « que está en
camino hacia la unidad política ¿podemos admitir
que precisamente la Iglesia de Cristo sea un factor de desunión
y de discordia? ¿No sería éste uno de los
mayores escándalos de nuestro tiempo? ».189
Desde el Evangelio un nuevo impulso para Europa
120. Europa necesita un salto cualitativo en la toma de conciencia
de su herencia espiritual. Este impulso sólo puede darlo
desde una nueva escucha del Evangelio de Cristo. Corresponde a
todos los cristianos comprometerse en satisfacer este hambre y
sed de vida.
Por eso, « la Iglesia siente el deber de renovar con vigor
el mensaje de esperanza que Dios le ha confiado » y reitera
a Europa: « “El Señor, tu Dios, está
en medio de ti como poderoso salvador” (So 3, 17). Su invitación
a la esperanza no se basa en una ideología utópica
[...]. Por el contrario, es el imperecedero mensaje de salvación
proclamado por Cristo [...] (cf. Mc 1, 15). Con la autoridad que
le viene de su Señor, la Iglesia repite a la Europa de
hoy: Europa del tercer milenio, que “no desfallezcan tus
manos” (So 3, 16), no cedas al desaliento, no te resignes
a modos de pensar y vivir que no tienen futuro, porque no se basan
en la sólida certeza de la Palabra de Dios ».190
Renovando esta invitación a la esperanza, también
hoy te repito, Europa, que estás comenzando el tercer milenio,
« vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre
tus orígenes. Aviva tus raíces ».191 A lo
largo de los siglos has recibido el tesoro de la fe cristiana.
Ésta fundamenta tu vida social sobre los principios tomados
del Evangelio y su impronta se percibe en el arte, la literatura,
el pensamiento y la cultura de tus naciones. Pero esta herencia
no pertenece solamente al pasado; es un proyecto para el porvenir
que se ha de transmitir a las generaciones futuras, puesto que
es el cuño de la vida de las personas y los pueblos que
han forjado juntos el Continente europeo.
121. ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino
en tu favor. Lo confirma el hecho de que la inspiración
cristiana puede transformar la integración política,
cultural y económica en una convivencia en la cual todos
los europeos se sientan en su propia casa y formen una familia
de naciones, en la que otras regiones del mundo pueden inspirarse
con provecho.
¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás
la esperanza firme y duradera a la que aspiras. Es una esperanza
fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
Él ha querido que esta victoria sea para tu salvación
y tu gozo.
¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza no defrauda!
En las vicisitudes de tu historia de ayer y de hoy, es luz que
ilumina y orienta tu camino; es fuerza que te sustenta en las
pruebas; es profecía de un mundo nuevo; es indicación
de un nuevo comienzo; es invitación a todos, creyentes
o no, a trazar caminos siempre nuevos que desemboquen en la «
Europa del espíritu », para convertirla en una verdadera
« casa común » donde se viva con alegría.
CONCLUSIÓN
CONSAGRACIÓN A MARÍA
« Una gran señal apareció en el cielo: una
Mujer,
vestida del sol » (Ap 12, 1)
La mujer, el dragón y el niño
122. El proceso histórico de la Iglesia va acompañado
por « signos » que están a la vista de todos,
pero que necesitan una interpretación. Entre ellos, el
Apocalipsis pone « una gran señal » aparecida
en el cielo, que habla de la lucha entre la mujer y el dragón.
La mujer vestida de sol que está para dar a luz entre los
dolores del parto (cf. Ap 12, 1-2), puede ser considerada como
el Israel de los profetas que engendra al Mesías «
que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro »
(Ap 12, 5; cf. Sal 2, 9). Pero es también la Iglesia, pueblo
de la nueva Alianza, a merced de la persecución y, sin
embargo, protegida por Dios. El dragón es « la Serpiente
antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo
entero » (Ap 12, 9). La lucha es desigual: parece tener
ventaja el dragón, por su arrogancia ante la mujer inerme
y dolorida. En realidad, quien resulta vencedor es el hijo que
la mujer da a luz. En esta contienda hay una certeza: el gran
dragón ya ha sido derrotado, « fue arrojado a la
tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él »
(Ap 12, 9). Lo han vencido Cristo, Dios hecho hombre, con su muerte
y resurrección, y los mártires « gracias a
la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron,
porque despreciaron su vida ante la muerte » (Ap 12, 11).
Y, aunque el dragón continúe su lucha, no hay que
temer porque ya ha sido derrotado.
123. Ésta es la certeza que anima a la Iglesia en su camino,
mientras en la mujer y en el dragón reconoce su historia
de siempre. La mujer que da a luz al hijo varón nos recuerda
también a la Virgen María, sobre todo en el momento
en que, traspasada por el dolor a los pies de la Cruz, engendra
de nuevo al Hijo como vencedor del príncipe de este mundo.
Es confiada a Juan y éste, a su vez, confiado a Ella (cf.
Jn 19, 26- 27), convirtiéndose así en Madre de la
Iglesia. Merced al vínculo especial que une a María
con la Iglesia y a la Iglesia con María, se aclara mejor
el misterio de la mujer: « Pues María, presente en
la Iglesia como madre del Redentor, participa maternalmente en
aquella “dura batalla contra el poder de las tinieblas”
que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana. Y por
esta identificación suya eclesial con la “mujer vestida
de sol” (Ap 12, 1), se puede afirmar que “la Iglesia
en la beatísima Virgen ya llegó a la perfección,
por la que se presenta sin mancha ni arruga” ».192
124. Por tanto, toda la Iglesia dirige su mirada a María.
Gracias a la gran multitud de santuarios marianos diseminados
por todas las naciones del Continente, la devoción a María
es muy viva y extendida entre los pueblos europeos.
Iglesia en Europa, continua, pues, contemplando a María
y reconoce que ella está « maternalmente presente
y partícipe en los múltiples y complejos problemas
que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias
y de las naciones », y que es auxiliadora del « pueblo
cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que
“no caiga” o, si cae, “se levante” ».193
Oración a María, madre de la esperanza
125. En esta contemplación, animada por auténtico
amor, María se nos presenta como figura de la Iglesia que,
alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora
y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende el propio camino
y toda la historia. Ella nos ayuda a interpretar también
hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús.
Criatura nueva plasmada por el Espíritu Santo, María
hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza.
A ella, Madre de la esperanza y del consuelo, dirigimos confiadamente
nuestra oración: pongamos en sus manos el futuro de la
Iglesia en Europa y de todas las mujeres y hombres de este Continente:
María, Madre de la esperanza,
¡camina con nosotros!
Enséñanos a proclamar al Dios vivo;
ayúdanos a dar testimonio de Jesús,
el único Salvador;
haznos serviciales con el prójimo,
acogedores de los pobres, artífices de justicia,
constructores apasionados
de un mundo más justo;
intercede por nosotros que actuamos
en la historia
convencidos de que el designio
del Padre se cumplirá.
Aurora de un mundo nuevo,
¡muéstrate Madre de la esperanza
y vela por nosotros!
Vela por la Iglesia en Europa:
que sea trasparencia del Evangelio;
que sea auténtico lugar de comunión;
que viva su misión
de anunciar, celebrar y servir
el Evangelio de la esperanza
para la paz y la alegría de todos.
Reina de la Paz,
¡protege la humanidad del tercer milenio!
Vela por todos los cristianos:
que prosigan confiados por la vía de la unidad,
como fermento
para la concordia del Continente.
Vela por los jóvenes,
esperanza del mañana:
que respondan generosamente
a la llamada de Jesús;
Vela por los responsables de las naciones:
que se empeñen en construir una casa común,
en la que se respeten la dignidad
y los derechos de todos.
María, ¡danos a Jesús!
¡Haz que lo sigamos y amemos!
Él es la esperanza de la Iglesia,
de Europa y de la humanidad.
Él vive con nosotros,
entre nosotros, en su Iglesia.
Contigo decimos
« Ven, Señor Jesús » (Ap 22,20):
Que la esperanza de la gloria
infundida por Él en nuestros corazones
dé frutos de justicia y de paz.
Roma, en San Pedro, 28 de junio de 2003, Vigilia de la Solemnidad
de San Pedro y San Pablo, vigésimo quinto de Pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II
1 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Mensaje final, 1: L'Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 29 octubre 1999, p. 10.
2 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Instrumentum laboris, nn. 90-91: L'Osservatore Romano,
6 agosto 1999 - Supl., pp. 17-18.
3 Bula Incarnationis mysterium (29 noviembre 1998), 3-4: AAS 91
(1999), 132.133.
4 Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre 1994),
38: AAS 87 (1995), 30.
5 Cf. Angelus, 2: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 5 julio 1996, p. 9.
6 I Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Declaración final (13 diciembre 1991), 2: Ench. Vat. 13,
n. 619.
7 Ibíd., 3: l.c., n. 621.
8 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Instrumentum laboris, n. 3: L'Osservatore Romano, 6 agosto
1999 - Supl., p. 3.
9 Cf. Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 1:
AAS 92 (2000), 177.
10 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Mensaje a todos los fieles y ciudadano europeos, 2: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999,
p. 10.
11 Cf. Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos, (23 octubre 1999),
4: AAS 92 (2000), 179.
12 Ibíd.
13 Cf. Propositio 1.
14 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris, n. 2: L'Osservatore Romano, 6 agosto 1999
- Supl., pp. 2-3.
15 Cf. ibíd., nn. 12-13.16-19, l.c., pp. 4-6; Idem, Relatio
ante disceptationem, I: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 8 octubre 1999, pp. 19-20; Idem, Relatio post
disceptationem, II, A: L'Osservatore Romano, 11-12 octubre 1999,
p. 10.
16 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Relatio ante disceptationem, I, 1, 2: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española, 8 octubre 1999, p. 19.
17 Cf. Propositio 5ª.
18 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Mensaje final, 1: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, p. 10.
19 Cf. Propositio 5ª; Consejo Pontificio de la Cultura
y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, Gesù
Cristo portatore dell'acqua viva. Una riflessione cristiana sul
New Age, Ciudad del Vaticano, 2003.
20 Cf. Propositio 5ª.
21 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Mensaje final, 6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, p. 11.
22 Angelus (25 agosto 1996), 2: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 30 agosto 1996, p. 1; cf. Propositio
9.
23 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris, n. 88: L'Osservatore Romano, 6 agosto 1999
- Supl., p. 17.
24 Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 4:
AAS 92 (2000), 179.
25 Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre
1988), 26: AAS 81 (1989), 439.
26 Cf. Propositio 21.
27 Ibíd.
28 Propositio 9.
29 Ibíd.
30 Cf. Propositio 4, 1.
31 Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 2:
AAS 92 (2000), 178.
32 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Mensaje final, 2: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, p. 10.
33 Cf. Propositio 4, 2.
34 Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 47: AAS 83 (1991),
852.
35 Cf. Propositio 4, 1.
36 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris, n. 30: L'Osservatore Romano, 6 de agosto
de 1999 - Suppl., p. 8.
37 Cf. Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 3:
AAS 92 (2000), 178; Congregación para la Doctrina de la
Fe, Decl. Dominus Iesus (6 agosto 2000), 13: AAS 92 (2000), 754.
38 Cf. Propositio 5.
39 Carta. enc. Dominum et vivificantem (18 mayo 1986), 7: AAS
78 (1986), 816; Congregación para la Doctrina de la Fe,
Decl. Dominus Iesus (6 agosto 2000), 16: AAS 92 (2000), 756-757.
40 Pablo VI, Carta enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS
57 (1965) 762-763. Cf. S. Congregación de ritos, Instr.
Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967) 547;
Catecismo de la Iglesia Católica, 1374.
41 Concilio Ecum. Tridentino, Decr. De SS. Eucharistia, can. 1:
DS, 1651; cf. cap. 3: DS, 1641.
42 Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 15: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 18 abril 2003,
p. 9.
43 Cf. San Agustín, In Ioannis Evangelium, Tractatus VI,
cap. I, n. 7: PL 35,1428; San Juan Crisóstomo, Sobre la
traición de Judas, 1, 6: PG 49, 380C.
44 Cf. Conc. ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre
la sagrada liturgia, 7; Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia,
50; Pablo VI, Carta. enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965):
AAS 57 (1965) 762-763; S. Congregación de ritos, Instr.
Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967) 547;
Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1374.
45 Motu proprio Spes aedificandi (1 octubre 1999), 1: AAS 92 (2000),
220.
46 Cf. Discurso al Parlamento polaco, Varsovia (11 junio 1999),
6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
25-26 junio 1999, p. 6.
47 Cf. Discurso durante la ceremonia de despedida en el aeropuerto
de Cracovia (10 junio 1997), 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 26-27 junio 1997, p. 17.
48 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Mensaje final, 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, pp. 10-11.
49 Cf. Propositio 15,1; Catecismo de la Iglesia Católica,
773; Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 27: AAS 80
(1988), 1718.
50 Cf. Propositio 15, 1.
51 Propositio 21.
52 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Mensaje final, 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, p. 10.
53 Propositio 9.
54 Ibíd.
55 Ibíd.
56 Cf. Propositio 22.
57 Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992),
15: AAS 84 (1992), 679-680.
58 Cf. ibíd., 29, l.c., 703-705; Propositio 28.
59 Cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
can. 373.
60 Cf. Código de Derecho Canónico, can. 277,1.
61 Cf. Pablo VI, Carta enc. Sacerdotalis coelibatus (24 junio
1967), 40: AAS 59 (1967), 673.
62 Cf. Propositio 18.
63 Cf. ibíd.
64 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Mensaje final, 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 29 octubre 1999, p. 11.
65 Cf. Conc. ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 29.
66 Cf. Propositio 19.
67 Cf. ibíd.
68 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Relatio ante disceptationem, III: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 8 octubre 1999, p. 24.
69 Cf. Propositio 17.
70 Cf. ibíd.
71 Al Congreso europeo sobre las vocaciones sacerdotales y religiosas
(Roma, 9 mayo 1997), 1.3: L'Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 16 mayo 1997, p. 2.
72 Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre
1988), 7: AAS 81 (1989), 404.
73 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris, n. 82: L'Osservatore Romano, 6 agosto 1999,
p. 16.
74 Cf. Propositio 29.
75 Cf. Propositio 30.
76 Cf. ibíd.
77 Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975),
14: AAS 68 (1976), 13.
78 Cf. Propositio 3b.
79 Cf. Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 37: AAS
83 (1991), 282-286.
80 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Relatio ante disceptationem, I, 2: L'Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 8 octubre 1999, p. 19.
81 Cf. Propositio 3ª.
82 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Relatio ante disceptationem, III, 1: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española, 8 octubre 1999, p. 23.
83 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Instrumentum laboris, n. 53: L'Osservatore Romano, 6
de agosto de 1999 - Supl., p. 12.
84 Cf. Propositio 4, 1.
85 Cf. Propositio 26, 1.
86 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Relatio ante disceptationem, III, 1: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española, 8 octubre 1999, p. 23.
87 Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975),
41: AAS 68 (1976), 31.
88 Propositio 8, 1.
89 Cf. Propositio 8, 2.
90 Cf. Propositio 8,1a-b; Propositio 6.
91 Cf. Eshort. ap. Catechesi tradendae (16 octubre 1979), 21;
AAS 71 (1979), 1294-1295.
92 Cf. Propositio 24.
93 Cf. Propositio 8,1c.
94 Cf. Propositio 24.
95 Cf. Propositio 22.
96 Cf. Discurso a los Presidentes de las Conferencias Episcopales
Europeas (16 abril 1993), 1: AAS 86 (1994), 227.
97 Discurso en la celebración ecuménica en la Catedral
de Paderborn (22 junio 1996), 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 28 junio 1996, p. 9.
98 Carta del 13 de enero de 1970: Tomos agapis, Roma- Estanbul
1971, pp. 610-611; cf. Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995),
99: AAS 87 (1995), 980.
99 Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 55: AAS 83
(1991), 302.
100 Ibíd., 36, l.c., 281.
101 Declaración final (13 diciembre 1991), 8: Ench. Vat.,
13, nn. 653-655; II Asamblea especial para Europa del Sínodo
de los Obispos, Instrumentum laboris, 62: L'Oss. Rom., 6 agosto
1999 - Suppl., p. 13; Propositio 10.
102 Propositio 10; cf. Comisión para las Relaciones religiosas
con el hebraísmo, Noi ricordiamo: una riflessione sulla
Shoah, 16 marzo 1998, Ench. Vat. 17, 520-550.
103 I Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Declaración final (13 diciembre 1991), 9: Ench. Vat., 13,
n. 656.
104 Cf. Propositio 11.
105 Cf. ibíd.
106 Discurso al Cuerpo Diplomático (12 enero 1985), 3:
AAS 77 (1985), 650
107 Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad
religiosa, 2.
108 Cf. Propositio 23.
109 Cf. Propositio 25; Propositio 26, 2.
110 Cf. Propositio 26, 3.
111 Cf. Propositio 27.
112 Carta a los artistas (4 abril 1999), 12: AAS 91 (1999), 1168.
113 Cf. Propositio 7b-c.
114 Cf. Homilía durante la Vigilia de oración celebrada
en Tor Vergata, en la XV Jornada Mundial de la Juventud (19 agosto
2000), 6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
25 agosto 2000, p. 12.
115 Cf. Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Ética
en las comunicaciones sociales, Ciudad del Vaticano, 4 junio 2000.
116 Propositio 13.
117 Cf. Propositio 12.
118 Conc. ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina
revelación, 25.
119 Cf. Propositio 14.
120 Const. Sacrosanctum concilium, sobre la sagrada liturgia,
8.
121 Cf. Propositio 14; II Asamblea especial para Europa del Sínodo
de los Obispos, Relatio ante disceptationem, III, 2: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 8 octubre 1999,
p. 23.
122 Cf. Propositio 14, 2ª.
123 Conc. ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el
ministerio y vida de los presbíteros, 5.
124 Conc. ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 11.
125 Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 20: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 18 abril 2003,
p. 9.
126 Cf. Catequesis en la Audiencia general (25 octubre 2000),
2: Insegnamenti XXIII/2 (2000), 697.
127 Propositio 16.
128 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Relatio ante disceptationem, III, 2: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 8 octubre 1999,
p. 23.
129 Cf. Propositio 16.
130 Cf. Motu proprio Misericordia Dei (7 abril 2002), 4: AAS 94
(2002), 456-457.
131 Cf. Propositio 16; Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo
de 2002 (17 marzo 2002), 4: AAS 94 (2002), 435-436.
132 Cf. Propositio 14c.
133 Cf. ibíd.
134 Cf. Const. Sacrosanctum concilium, sobre la sagrada liturgia,
100.
135 Cf. Propositio 14c; Propositio 20.
136 Cf. Propositio 20.
137 Carta ap. Rosarium Virginis Mariae (10 octubre 2002), 3: AAS
95 (2003), 7.
138 Propositio 14.
139 Carta ap. Dies Domini (31 mayo 1998), 4: AAS 90 (1998), 716.
140 Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: AAS 71 (1979),
274.
141 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Instrumentum laboris, n. 72: L'Osservatore Romano, 6
de agosto de 1999 - Supl., pp. 15.
142 Conc. ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 1.
143 Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 90: AAS 87 (1995),
503.
144 Cf. Propositio 33.
145 Propositio 35.
146 Cf. Propositio 36.
147 Cf. Propositio 31.
148 Cf. Conc. ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 48.
149 Cf. Propositio 31.
150 Discurso en el tercer encuentro mundial de las Familias con
ocasión de su Jubileo (14 octubre 2000), 6: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 20 octubre 2000,
p. 6.
151 Exhort. ap. Familiaris consortio, sobre la misión de
la familia en el mundo actual (22 noviembre 1981), 17: AAS 74
(1982), 99-100.
152 Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 39: AAS 83 (1991),
842.
153 Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre
1988), 40: AAS 81 (1989), 469.
154 Cf. Discurso en el Primer Encuentro Mundial con las Familias
(8 octubre 1994), 7: AAS 87 (1995), 587.
155 Cf. Propositio 32.
156 Conc. ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 51.
157 Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 63: AAS 87 (1995),
473.
158 Ibíd., 95, l.c., 509.
159 Discurso al nuevo Embajador de Noruega ante la Santa Sede
(25 marzo 1995): Insegnamenti XVIII/1 (1995), 857.
160 Propositio 32.
161 Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 57.
162 Cf. Propositio 28; I Asamblea especial para Europa del Sínodo
de los Obispos, Declaración final (13 diciembre 1991),
2: Ench. Vat. 10, nn. 659-669.
163 Cf. Propositio 23.
164 Cf. Propositio 28.
165 Propositio 34.
166 Cf. Congregación para los Obispos, Instr. Nemo est
(22 agosto 1969), 16: AAS 61 (1969), 621-622; Código de
Derecho Canónico, can. 294 y 518; Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, can. 280 § 1.
167 Cf. II Asamblea especial para Europa del Sínodo de
los Obispos, Mensaje final, 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 29 octubre 1999, p. 11.
168 Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea
Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 5:
AAS 92 (2000), 179.
169 Propositio 39.
170 Ibíd.
171 Cf. ibíd.; Propositio 28.
172 Carta a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo
de las Conferencias episcopales de Europa (16 octubre 2000), 7:
L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 27
octubre 2000, p. 2.
173 Ibíd.
174 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 2000
(8 diciembre 1999), 17: AAS 92 (2000), 367-368.
175 Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 35: AAS 83 (1991),
837.
176 Cf. Propositio 39.
177 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Instrumentum laboris, n. 85: L'Osservatore Romano, 6
de agosto de 1999 - Supl., pp. 17; cf. Propositio 39.
178 Cf. Discurso a la Oficina de la Presidencia del Parlamento
Europeo (5 abril 1979): Insegnamenti, II/1 (1979), 796-799.
179 Cf. Propositio 37.
180 Conc. ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 76.
181 Cf. Discurso al Cuerpo diplomático ante la Santa Sede
(13 enero 2003), 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 17 enero 2003, p. 3.
182 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Mensaje final, 6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 29 octubre 1999, p. 11.
183 Carta a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo
de las Conferencias episcopales de Europa (16 octubre 2000), 4:
L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 27
octubre 2000, p. 2.
184 Cf. I Asamblea especial para Europa del Sínodo de los
Obispos, Declaración final (13 diciembre 1991), 10: Ench.
Vat. 13, n. 669.
185 Cf. Propositio 22.
186 Cf. ibíd.
187 Discurso a los Presidentes de las Conferencias Episcopales
Europeas (16 abril 1993), 5: AAS 86 (1994), 229.
188 Cf. Propositio 39d.
189 Homilía durante la celebración ecuménica
con ocasión del Sínodo para Europa (7 diciembre
1991), 6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
13 diciembre 1991, p. 18.
190 Homilía durante la apertura de la II Asamblea Especial
para Europa del Sínodo de los Obispos (1 octubre 1999),
3: AAS 92 (2000), 174-175.
191 Discurso a las Autoridades europeas y los Presidentes de las
Conferencias episcopales de Europa (Santiago de Compostela, 9
noviembre 1982), 4: AAS 75 (1983), 330.
192 Carta enc. Redemptoris Mater (25 marzo 1987), 47: AAS 79 (1987),
426.
193 ibíd., 52: l.c., 432; cf. Propositio 40.
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