| Jornada Mundial de las Misiones 2006: ENTREVISTA
A. SU EXC. MONS. HENRYK HOSER, SAC, Presidente de las Obras
Misionales Pontificias
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Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - "Que
la Jornada Misionera Mundial sea ocasión propicia para comprender
cada vez mejor que el testimonio del amor, alma de la misión,
concierne a todos" escribe el Papa Benedicto XVI en su Mensaje
para la Jornada Misionera Mundial 2006. Misioneros y misioneras
están pues en la vanguardia, sostenidos por una fila enorme
de niños, jóvenes, adultos y ancianos, que con su
oración y su contribución material, ofrecen medios
indispensables para la misión de la Iglesia. "Aprovecho
de buen grado esta ocasión para manifestar mi gratitud a
la Congregación para la Evangelización de los Pueblos
y a las Obras Misionales Pontificias- continúa el Mensaje
- que con gran empeño coordinan los esfuerzos realizados
en todo el mundo para apoyar la acción de los que se encuentran
en primera fila en las fronteras de la misión". Desde
hace casi dos siglos en efecto las Obras Misionales Pontificias
piden, trabajan y recogen ofertas para apoyar la misión universal
confiada por Jesucristo a la Iglesia. La Agencia Fides ha dirigido
algunas preguntas al Presidente de las Obras Misionales Pontificias,
al Arzobispo Henryk Hoser,SAC. sobre el sentido y la amplitud de
este compromiso,
Excelencia, las Obras Misionales Pontificias son conocidos
en todo el mundo sobre todo por la gran colecta con ocasión
de la Jornada Misionera Mundial, en el penúltimo domingo
de octubre. ¿Es esta su única misión?
Ciertamente la Jornada Misionera Mundial, de la que este año
celebramos el 8O° aniversario, es el momento de mayor empeño
y visibilidad de las Obras Misionales Pontificias, también
fuera del ambiente estrictamente eclesial: carteles, octavillas,
programas radiofónicos y televisivos, numerosas iniciativas
nacidas del amor y de la creatividad de los animadores misioneros
de todo el mundo empujan, en esta circunstancia, a una movilización
general. Pero para llegar a este resultado, detrás del trabajo
de una jornada, hay todo un gran trabajo de animación espiritual,
de formación misionera, de sensibilización sobre la
realidad de los países de misión, que se realiza a
lo largo de todo el año, a menudo con grandes sacrificios.
Son sobre todo los 110 Directores Nacionales de las Obras Misionales
Pontificias con sus equipos, presentes en todos los continentes,
los que asumen la misión de sensibilizar y formar a los católicos
sobre su deber de ayudar a quienes son enviados a anunciar el Evangelio
de Jesucristo. Y esto también concierne a los países
donde los católicos son una exigua minoría y las jóvenes
Iglesias han sido fundadas por los misioneros en años no
muy lejanos: es por lo tanto una Jornada realmente mundial, universal,
católica.
Como escribe el Santo Padre Benedicto XVI en su Mensaje para la
Jornada Misionera Mundial 2006, "servir al Evangelio no debe
considerarse como una aventura en solitario, sino como un compromiso
compartido de toda comunidad. Junto a los que están en primera
línea en las fronteras de la evangelización —pienso
aquí con gratitud en los misioneros y las misioneras—,
muchos otros, niños, jóvenes y adultos, contribuyen
de diversos modos, con la oración y su cooperación,
a la difusión del reino de Dios en la tierra. Es de desear
que esta participación aumente cada vez más gracias
a la contribución de todos”.
El trabajo pues de las Obras Misionales Pontificias no se reduce
a una Jornada o a alguna iniciativa en el mes de octubre, sino que
es mucho más amplio y diversificado: sus límites son
los del mundo. La colecta de las ofertas para las misiones es tan
sólo una de sus muchas tareas, y sin duda no es la principal,
que continua siendo la animación y la cooperación
espiritual. Como está escrito en los Estatutos, recientemente
actualizados, la cooperación misionera promovida por las
Obras Misionales Pontificias no mira sólo a algunos momentos
puntuales sino a toda la vida personal y comunitaria del cristiano.
Fundamento de esta cooperación es "una profunda e intensa
tarea de animación y formación, indispensable para
que todos los fieles tengan viva conciencia de su responsabilidad
ante el mundo, fomenten en sí mismos un espíritu verdaderamente
católico y dediquen sus energías a la obra de la evangelización"
(Estatutos de las Obras Misionales Pontificias, 21)
¿Qué valor tiene pues la colecta de las ofertas?
Es un acto de fraternidad, de comunión entre Iglesias más
ricas e Iglesias pobres, para sostener la misión de todos
hacia los no cristianos. En todo caso esta corriente de ayudas no
se da en un sentido único, de los Países ricos que
dan a los pobres que reciben: ¡también los pobres dan
desde su pobreza para la misión, y diría, quizás
con mayor generosidad! Las pequeñas sumas de África
o de algunos territorios de América Latina casi parecen insignificantes
si se comparan con las que provienen de Italia o de España,
pero para los africanos son sumas enormes. Y esto sucede en todas
las latitudes: también las Iglesias que hasta hace poco sólo
podían recibir ayudas económicas y en personal misionero,
ahora están implicadas totalmente en el apoyo a otras Iglesias
más jóvenes, privándose no sólo de lo
superfluo sino incluso de lo necesario. Las Iglesias europeas, de
las que un tiempo partían los misioneros en gran número,
están afrontando ahora un período de restricciones
por una multiplicidad de causas. No son pocos los sacerdotes que
provenientes de África, de América Latina, de Asia,
de las naciones que hoy, gracias a la labor de los misioneros ven
sus seminarios llenos, vienen a ejercer su ministerio en Europa.
Otros se dirigen a territorios de misión dentro de su propia
tierra o en otros continentes. El crecimiento de este sentido de
corresponsabilidad misionero en las Iglesias más pobres debería
provocar un aumento de generosidad entre las Iglesias más
antiguas.
Tiempo atrás para sustentar los países de
misión tan sólo existía la Jornada Misionera
Mundial, hoy por el contrario, proliferan las iniciativas a lo largo
de todo el año…
Debido al desarrollo de los medios de comunicación, en los
últimos tiempos ha crecido la atención y la sensibilidad
hacia millones de personas que viven en los territorios en que la
Iglesia está presente desde hace siglos y que hasta hace
poco tiempo sólo eran conocidos gracias a las narraciones
de los misioneros. Han nacido numerosas iniciativas, hermanamientos,
adopciones, visitas, contactos a través de Internet…
con las Iglesias de los territorios de misión. El peligro
que quizá no se advierte, es que las Iglesias que consiguen
establecer estos contactos con otras Iglesias más ricas pueden
gozar de ayudas consistentes y continuadas, mientras que las Iglesias
y las misiones que tienen dificultades por su situación geográfica,
por problemas logísticos o de otro tipo, o quizás
sólo porque son menos atrevidos, corren el peligro de no
tener ninguna ayuda aún cuando quizá se encuentran
en condiciones de mayor dificultad. Por ello, las Obras Misionales
Pontificias por medio del Fondo Universal de Solidaridad, quieren
asegurar precisamente la equidad en la distribución de las
ayudas a todos los que tengan necesidad. Es como el río del
cual todos pueden sacar el agua para beber, pero debe ser alimentado
por los mil arroyos que llegan hasta el, de otro modo se seca.
¿Cómo se recogen las ayudas para las misiones
y cuáles son los criterios para su distribución posterior?
Las colectas de la Jornada Misionera Mundial, las ofertas y los
legados de bienhechores individuales, junto con las contribuciones
que viene de iniciativas particulares de animación misionera,
son enviadas por los Directores Nacionales de las Obras Misionales
Pontificias de cada una de las naciones a los Secretariados generales
y constituyen un Fondo Común, el Fondo Universal de Solidaridad.
Durante la Asamblea General Anual de las Obras Misionales Pontificias,
habitualmente en el mes de mayo, todos los Directores nacionales,
bajo la guía del Presidente y de los Secretarios generales
de las cuatro Obras, toman en consideración las peticiones
de ayuda recibidas de todo el mundo a los Secretariados internacionales
para la construcción de iglesias, capillas o locales para
la pastoral, para el apoyo y formación de seminaristas y
catequistas, para iniciativas de educación y promoción
dirigidas a la infancia. La Asamblea, según la disponibilidad
económica y según criterios de equidad y justicia,
decide la asignación de los subsidios.
¿Consiguen las Obras Misionales Pontificias responder
a todas las peticiones de ayuda que llegan?
Las peticiones de un apoyo económico llegan por miles cada
año, desde todo el mundo, y por desgracia, el Fondo Universal
de Solidaridad no es tan amplio como para permitirnos responder
positivamente a todas. En los últimos tiempos además,
estamos asistiendo a una disminución de las ofertas ya que
la gente se muestra más propensa a ayudar en iniciativas
que conciernen al desarrollo material. También muchos buenos
católicos consideran justo ayudar de modo más consistente
a asociaciones, entes o grupos que se dedican al desarrollo material,
y por ello, cada vez hay menos ayudas para sustentar el desarrollo
espiritual. Si se quiere realizar un proyecto agrícola es
fácil encontrar las financiaciones, pero para construir una
iglesia, un seminario, imprimir catecismos o libros litúrgicos
en las lenguas locales, no se encuentra ayudas tan fácilmente.
Lo que ha dicho recientemente el Santo Padre Benedicto XVI en Munich,
el 10 de septiembre pasado, se puede aplicar fácilmente a
todos los Países llamados desarrollados. El Papa dijo que
cuando recibe en el Vaticano a los Obispos, estos siempre hablan
con gratitud de la generosidad de los católicos alemanes.
Sin embargo algún Obispo africano le ha confiado al Papa:
"Si presento en Alemania planeas sociales, encuentro inmediatamente
las puertas abiertas. Pero si vengo con un proyecto de evangelización,
encuentro bastantes reservas". Y el Santo Padre ha comentado:
"Obviamente existe en algunos la idea de que se deben promover
con la máxima urgencia los proyectos sociales, mientras que
las cosas que conciernen a Dios o a la fe católica son cosas
más bien particulares y menos prioritarias. Sin embargo la
experiencia de esos Obispos es precisamente que la evangelización
debe tener la precedencia, que el Dios de Jesucristo debe ser conocido,
creído y amado, debe convertir los corazones, para que también
las cosas sociales puedan progresar".
¿Cuál es pues la primera tarea del misionero?
Es urgente asumir la conciencia de que nuestro primer deber es llevar
el Evangelio de Jesucristo, y por medio del mensaje del Evangelio
enraizado en la mente y en el corazón, se podrá construir
una sociedad reconciliada, basada en los principios de la igualdad,
justicia, solidaridad… La principal riqueza que poseemos es
Jesucristo, y es esta riqueza la que debemos compartir con quienes
todavía no la han conocido. Las riquezas materiales, las
estructuras técnicas, las instrumentaciones más modernas,
en ciertas situaciones no evangelizadas, más que un don pueden
convertirse en un incentivo que lleva a la contienda por el poder,
a la violencia, o al acomodarse en situaciones de bienestar. Tan
sólo llevando a Jesucristo en su plenitud y grandeza se prepara
el terreno para el desarrollo y la auténtica promoción
humana que tendrán así fundamentos sólidos
y duraderos. "Ser misioneros es atender, como el buen Samaritano,
las necesidades de todos, especialmente de los más pobres
y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo
no busca su propio interés, sino únicamente la gloria
del Padre y el bien del prójimo. Aquí reside el secreto
de la fecundidad apostólica de la acción misionera,
que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se
difunde hasta los extremos confines del mundo". (Benedicto
XVI, Mensaje para la Jornada Misionera Mundial 2006) (Agencia Fides
21/10/2006) |