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Estamos hablando de la presencia y del papel de
la mujer en las misiones pero nadie mejor que las propias misioneras
que han estado trabajando y luchando en tantos países de
misión nos pueden hablar de ello. Hemos querido recoger
por ello, el testimonio de algunas de estas mujeres para que nos
cuenten su experiencia y que labor han realizado.
-TESTIMONIO DE LA HNA MARÍA ISABEL SÁNCHEZ
Misionera española perteneciente a las Hermanas de Nuestra
Señora de la Consolación, que ha estado 9 años
de misionera en Atakpamé, Togo (África), trabajando
principalmente en la promoción de la mujer africana desde
un hospital.
"Hace unos 16 años que descubrí la llamada
de Dios a consagrarme a Él en la familia de Hermanas de
Nuestra Señora de la Consolación. Y puedo decir
que un hermoso descubrimiento fue percibir que "estaba en
misión" desde el mismo momento en que profesé:
estudiando medicina, en el trabajo pastoral con jóvenes,
en el servicio a mis queridos ancianos de la residencia de Santa
Fe, en Granada. Todo ha sido un prólogo, una preparación
lejana, una posibilidad de ver en las personas, en cada persona,
un HERMANO.
Llegaron los votos perpetuos y el final de los estudios, todo
a la vez. "...Atraída por la fuerza del amor de Cristo...
prometo seguirle,... en los ministerios que se me confíen"
Nunca había sentido lo que algunos llaman "vocación
misionera específica". Todo el mundo me parecía
posible, el cercano y el lejano. Y surgió el reto: África.
A la invitación respondí agradecida, insegura y
alegre. Desde entonces mucha vida ha pasado por mi historia personal.
Comienzos difíciles, nueva lengua, nuevas costumbres, nuevas
y enormes pobrezas que golpeaban mi ser, nuevos contrastes, ¡tantas
injusticias inexplicables!- comienzos que fueron iluminándose
con el paso de Dios. Aquí redescubrí el primer y
más importante rasgo de una misionera: una mujer de Dios;
una mujer que saca de la fuente de la Vida, la vida que ha de
dar; una mujer que sabe descansar en Él de tanto sin sentido
y de tanta pobreza y ser re-enviada a esa realidad con nuevas
fuerzas, consolada para consolar y querida para querer, entrando
en la vida de cada persona como de puntillas, pidiendo permiso.
De nuevo experimenté el DON DE DIOS: muchos HERMANOS. Y,
de entre ellos, el gran regalo: "mis mujeres", "mes
femmes", como cariñosamente las llamaba cada mañana
cuando las veía agolparse desordenadamente a la entrada
de la consulta. La distribución de los pequeños
cartones con el número de orden, permitía el primer
saludo y el interés primero por su estado de salud: "ça
va mieux?". Cada día tantas historias para compartir
que se deslizan entre el recuento de los síntomas de miles
de enfermedades (tantas como enfermas). El aprendizaje de algunos
giros de la lengua local, el "evé", me abrió
aún más el horizonte para conocer la realidad femenina
en este ambiente. La mujer, aquella que sabe sufrir en silencio,
que trabaja incansablemente y duro sin recibir una palabra de
ánimo de nadie (es "su" deber), que es marginada
dentro de la familia y culpabilizada ante un problema de esterilidad
( que, "por supuesto", siempre es por su causa). La
mujer, aquella desfavorecida con respecto a la educación
(la tasa de analfabetismo es considerablemente mayor que en los
hombres, la mayoría no pueden expresarse en francés)
y con respecto a la salud. Cuando ya no podían aguantar
más el dolor en casa, tras haber circulado por mil remedios
tradicionales sin mejoría, llegaban al hospital: su vida
pendiente de un hilo que en ocasiones se rompía y en otras,
casi milagrosamente pues ¿quién ha dicho que no
existen los milagros?- recuperaba su esplendor.
¿La experiencia más dura? Ver morir a Afi sin poder
hacer nada, y a tantas otras después de ella, por problemas
que en nuestro mundo se resuelven fácilmente.
¿La experiencia más consoladora? Participar en el
milagro de la VIDA.
¿La experiencia humana más valiosa? La riqueza de
aprender con mis compañeros de trabajo: médicos
enfermeros y auxiliares, cuyas responsabilidades distan mucho
de las categorías que conocemos en nuestros hospitales.
Por ejemplo, un enfermero se enfrenta en muchos casos a la necesidad
de realizar un diagnóstico y de pautar un tratamiento (de
un modo, por cierto, muy competente), y, en muchas zonas rurales,
incluso un auxiliar.
¿La experiencia más fraterna? La vivencia de la
Iglesia local como familia, la participación en los desvelos
de una Iglesia joven, viva, con dificultades. La relación
entre religiosos, verdaderos hermanos, compartiendo nuestros carismas
específicos y caminando todos a una.
¿La experiencia que más me ha marcado? Volver a
mi comunidad al final de la jornada de trabajo y reencontrar a
mis hermanas; el compartir con ellas con mayor o menor expresividad,
pero siempre con delicadeza e interés-, buscando todas
crecer cada día en ese difícil arte que se conquista
en las cosas pequeñas: vivir la caridad fraterna en mi
comunidad.
¿La experiencia más desconcertante? Dios y sus caminos.
Buscar su voluntad a través de senderos serpenteantes,
descubrir que su ritmo y sus caminos distan a veces mucho de los
míos, pero que tomándolos y caminando por ellos
soy feliz.
Ésta es mi pequeña vivencia, en pocas palabras,
tras siete años en África, la mayoría de
ellos en Togo. Habría muchos rostros, muchos nombres concretos,
muchos acontecimientos, muchos pasos de Dios,.. con todos ellos
he entendido que la experiencia más realizadora que me
ha formado como persona, que me sigue modelando, es la de reconocerme
vasija de barro, bien débil y limitada pero a quien se
le ha confiado nada menos que colaborar en la gran empresa de
salvar, dar vida, siguiendo a Jesús.
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