| PAPEL
Y DIGNIDAD DE LA MUJER SEGÚN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA |
La Iglesia siempre ha defendido y apoyado el papel y la dignidad
de la mujer en la Iglesia y en la sociedad. Son numerosos los
documentos que hace referencia a este punto. Pero ha sido principalmente
el Santo Padre, Juan Pablo II, quien más ha tratado sobre
este tema a lo largo de todo su Pontificado.
Entresacamos algunos texto de documentos escritos por el Santo
Padre en los que habla especialmente de la mujer, sobre su misión
y aporte específico en el mundo, sobre su dignidad y vocación,
valores y características propias y la importancia de su
labor.
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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
VITA CONSECRATA
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA Y SU MISIÓN
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
Acción de gracias por la vida consagrada
2.... Todos somos conscientes de la riqueza que para la comunidad
eclesial constituye el don de la vida consagrada en la variedad
de sus carismas y de sus instituciones. Juntos damos gracias a
Dios por las Órdenes e Institutos religiosos dedicados
a la contemplación o a las obras de apostolado, por las
Sociedades de vida apostólica, por los Institutos seculares
y por otros grupos de consagrados, como también por todos
aquellos que, en el secreto de su corazón, se entregan
a Dios con una especial consagración.
El Sínodo ha podido comprobar la difusión universal
de la vida consagrada, presente en las Iglesias de todas las partes
de la tierra. La vida consagrada anima y acompaña el desarrollo
de la evangelización en las diversas regiones del mundo,
donde no sólo se acogen con gratitud los Institutos procedentes
del exterior, sino que se constituyen otros nuevos, con gran variedad
de formas y de expresiones.
De este modo, si en algunas regiones de la tierra los Institutos
de vida consagrada parece que atraviesan un momento de dificultad,
en otras prosperan con sorprendente vigor, mostrando que la opción
de total entrega a Dios en Cristo no es incompatible con la cultura
y la historia de cada pueblo...
La dignidad y el papel de la mujer consagrada
57. La Iglesia revela plenamente su multiforme riqueza espiritual
cuando, superada toda discriminación, acoge como una auténtica
bendición los dones derramados por Dios tanto en los hombres
como en las mujeres, estimándolos en su igual dignidad.
Las mujeres consagradas están llamadas a ser de una manera
muy especial, y a través de su dedicación vivida
con plenitud y con alegría, un signo de la ternura de Dios
hacia el género humano y un testimonio singular del misterio
de la Iglesia, la cual es virgen, esposa y madre. Esta misión
se ha dejado ver en el Sínodo, en el cual varias de ellas
han participado y en el que han tenido ocasión de hacer
oír su voz, por todos escuchada y apreciada. Gracias a
sus aportaciones han surgido algunas indicaciones útiles
para la vida de la Iglesia y para su misión evangelizadora.
Ciertamente no es posible desconocer lo fundado de muchas de las
reivindicaciones que se refieren a la posición de la mujer
en los diversos ámbitos sociales y eclesiales. Es obligado
reconocer igualmente que la nueva conciencia femenina ayuda también
a los hombres a revisar sus esquemas mentales, su manera de autocomprenderse,
de situarse en la historia e interpretarla, y de organizar la
vida social, política, económica, religiosa y eclesial.
La Iglesia, que ha recibido de Cristo un mensaje de liberación,
tiene la misión de difundirlo proféticamente, promoviendo
una mentalidad y una conducta conformes a las intenciones del
Señor. En este contexto la mujer consagrada, a partir de
su experiencia de Iglesia y de mujer en la Iglesia, puede contribuir
a eliminar ciertas visiones unilaterales, que no se ajustan al
pleno reconocimiento de su dignidad, de su aportación específica
a la vida y a la acción pastoral y misionera de la Iglesia.
Por ello es legítimo que la mujer consagrada aspire a ver
reconocida más claramente su identidad, su capacidad, su
misión y su responsabilidad, tanto en la conciencia eclesial
como en la vida cotidiana.
También el futuro de la nueva evangelización, como
de las otras formas de acción misionera, es impensable
sin una renovada aportación de las mujeres, especialmente
de las mujeres consagradas.
Nuevas perspectivas de presencia y de acción
58. Urge por tanto dar algunos pasos concretos, comenzando por
abrir espacios de participación a las mujeres en diversos
sectores y a todos los niveles, incluidos aquellos procesos en
que se elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos que
las conciernen más directamente.
Es necesario también que la formación de las mujeres
consagradas, no menos que la de los hombres, sea adecuada a las
nuevas urgencias, y prevea el tiempo suficiente y las oportunidades
institucionales necesarias para una educación sistemática,
que abarque todos los campos, desde el aspecto teológico-pastoral
hasta el profesional. La formación pastoral y catequética,
siempre importante, adquiere un interés especial de cara
a la nueva evangelización, que exige también de
las mujeres nuevas formas de participación.
Se puede pensar que una formación más profunda,
a la vez que ayudará a la mujer consagrada a comprender
mejor los propios dones, será un estímulo para la
necesaria reciprocidad en el seno de la Iglesia. Se espera mucho
del genio de la mujer también en el campo de la reflexión
teológica, cultural y espiritual, no sólo en lo
que se refiere a lo específico de la vida consagrada femenina,
sino también en la inteligencia de la fe en todas sus manifestaciones.
A este respecto, ¡cuánto debe la historia de la espiritualidad
a santas como Teresa de Jesús y Catalina de Siena, las
dos primeras mujeres honradas con el título de Doctoras
de la Iglesia, y a tantas otras místicas, que han sabido
sondear el misterio de Dios y analizar su acción en el
creyente! La Iglesia confía mucho en las mujeres consagradas,
de las que espera una aportación original para promover
la doctrina y las costumbres de la vida familiar y social, especialmente
en lo que se refiere a la dignidad de la mujer y al respeto de
la vida humana. De hecho, "las mujeres tienen un campo de
pensamiento y de acción singular y sin duda determinante:
les corresponde ser promotoras de un "nuevo feminismo"
que, sin caer en la tentación de seguir modelos "machistas",
sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino
en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando
por la superación de toda forma de discriminación,
de violencia y de explotación"
Hay motivos para esperar que un reconocimiento más hondo
de la misión de la mujer provocará cada vez más
en la vida consagrada femenina una mayor conciencia del propio
papel, y una creciente dedicación a la causa del Reino
de Dios. Esto podrá traducirse en numerosas actividades,
como el compromiso por la evangelización, la misión
educativa, la participación en la formación de los
futuros sacerdotes y de las personas consagradas, la animación
de las comunidades cristianas, el acompañamiento espiritual
y la promoción de los bienes fundamentales de la vida y
de la paz. Reitero de nuevo a las mujeres consagradas y a su extraordinaria
capacidad de entrega, la admiración y el reconocimiento
de toda la Iglesia, que las sostiene para que vivan en plenitud
y con alegría su vocación, y se sientan interpeladas
por la insigne tarea de ayudar a formar la mujer de hoy .
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