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Testigos fieles del evangelio Congreso
Americano Misionero CAM 2 – COMLA 7 (Testimonios) Quisiera hablarles de los mártires de la Iglesia en Guatemala, de los Testigos fieles. Con la libertad que nos ha concedido el Papa Juan Pablo II, no utilizamos la palabra mártir con el rigor canónico, que únicamente el Santo Padre puede sancionar; me refiero indistintamente con el nombre de “mártires” o de “testigos fieles”, a los testimonios que les vengo a ofrecer. Después de algunos años de investigar, y compartir el trabajo de muchas personas y comunidades, de ordenar y discernir, junto con Monseñor Julio Cabrera, que ha acompañado este camino de recuperación de la causa de los mártires, por mandato de la Conferencia Episcopal de Guatemala, les ofrecemos algunos resultados. Les transmitimos lo que hemos recibido, lo que nos contaron y vimos, del don de Dios: el testimonio de los testigos de la fe, herencia y patrimonio de la Iglesia. Hace algunos años era muy difícil hablar de los mártires; era difícil también hablar de las víctimas del enfrentamiento armado interno. La sociedad guatemalteca ha ido asumiendo poco a poco esta realidad. Sin duda el testimonio de la muerte y vida de Monseñor Juan Gerardi, permitió que tantas gargantas atenazadas, pudieran hablar con un poco más de libertad. Este pasado inmediato duro y triste para el pueblo de Guatemala, que generó tantas violencias, tantos odios y persecuciones, cruzó también la vida de la Iglesia. Hace unas cuatro o cinco décadas, la iglesia fue tomando conciencia de que la voluntad de Dios y la construcción de su Reino, pasan por la vida de la gente más pobre, por los preferidos de Jesús. Fue así como la Iglesia unió evangelización, dignidad de la persona y promoción humana, lucha por la justicia, y también, Evangelización y búsqueda de la paz, trabajo por la reconciliación y la conversión, todo esto como momentos importantes de la construcción de la comunidad cristiana. Creció la fe, crecieron los proyectos que permitían mejorar las condiciones de vida de la gente; creció la educación, se organizaron las cooperativas, creció la participación... En muchos lugares, este esfuerzo se afianzó con el impulso de la Acción Católica, en otros, con la formación de catequistas, Delegados de la Palabra de Dios, y animadores de la fe. Pero también esto trajo problemas a la Iglesia: Muchos sacerdotes empezaron a ser perseguidos, hasta los Obispos fueron acusados y tildados de comunistas y subversivos. El ambiente se tornó especialmente difícil para los catequistas, las comunidades cristianas, los delegados de la Palabra de Dios, los animadores de la fe. Hoy queremos hacer memoria de estos hermanos nuestros que lo arriesgaron todo por el evangelio, por la vida de sus hermanos, por la causa de Jesús. Ellos siguen en camino con nuestras comunidades, son semilla, herencia, promesa. Están ahí... Nuestros catequistas cargaban en su morral la Biblia, la Palabra de Dios, pero la llevaban también en su corazón llevaban la cruz de las contradicciones que significaba sembrar el Evangelio en tantas realidades de muerte. El Padre Guillermo Woods , misionero Maryknoll, de Estados Unidos, fue asesinado por trabajar por los campesinos sin tierra en el norte de Huehuetenango y la región del Ixcán (20 de noviembre de 1976). El Padre Hermógenes López , sacerdote diocesano guatemalteco, fue asesinado en los caminos de San José Pinula; se desvivió por su gente, un hombre pobre, vivió sus últimos años en una parroquia rural en la que se hizo cercano a todos, nadie quedaba fuera de su corazón; defendió a los jóvenes que eran obligados a hacer el servicio militar, y perseguidos, los tiraban en los camiones como costales y se los llevaban. El P. Hermógenes protestó enérgicamente ante las autoridades militares y de gobierno contra tales arbitrariedades que violaban los más elementales derechos y sobre todo el sentido de humanidad. Defendió a los campesinos contra una empresa que quería hacer negocio con las aguas de sus ríos, llevándose el cauce de las mismas para los barrios ricos de la capital. Luchó por la dignidad de la mujer y de los niños. Cinco días antes de su muerte, y después de amenazas reiteradas, pudo reconocer hablando con algunos compañeros sacerdotes: “Si es necesaria la sangre de uno de nosotros para que haya paz en Guatemala, yo estoy dispuesto a derramar la mía” . Dos días antes de su muerte tuvo el atrevimiento, de escribirle una carta al Presidente de la República, en la que le agradecía algunas cosas, pero también le pedía por el bien del pueblo, que suprimiera el ejército porque no cumplía con la misión de cuidar con la vida de los ciudadanos, al contrario. Fue asesinado el 30 de junio de 1978, en camino, cuando regresaba de visitar a algunos enfermos de su parroquia. La memoria recuerda en el mismo año la masacre de Panzós, donde más de 110 campesinos fueron asesinados, en pocos minutos. Años después, el 31 de enero de 1980 en la Embajada de España, murieron 39 personas. Ejemplos trágicos de la violencia irracional, que la iglesia siempre denunció. Los Informes REMHI (“Guatemala Nunca Más”, 1998), y Guatemala Memoria del Silencio (1999), recogen entre sus páginas, la descripción de más de 400 masacres que se perpetraron durante los años del enfrentamiento armado interno. Muchos de los nombres de estas víctimas de la violencia, están grabadas en las columnas del atrio de la Catedral Metropolitana, que hoy podrán visitar. En la Iglesia de San Juan Cotzal (Quiché) fue colocada una gran cruz, y a su alrededor las más de 400 víctimas solo de ese municipio. En esta realidad, muchos agentes de pastoral, obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y sobre todo laicos, se jugaron la vida, casi sin hablar, por mantener la llama encendida de la presencia de la Iglesia en las regiones más apartadas del país. Muchos de ellos quedaron vivos y siguen trabajando por el Reino de Dios. Algunos están sentados en medio de Ustedes... Años de salvaje represión amparados en la ideología de la seguridad nacional fomentaron el terror y la impunidad. Víctimas de esta política fueron los Padres Conrado de la Cruz (filipino) y Walter Voordeckers (belga) en Escuintla, - mayo de 1980-, el primero secuestrado, y el segundo asesinado, ambos de la Congregación del Inmaculado Corazón de María. Les siguieron los Misioneros del Sagrado Corazón en Quiché (1980): El Padre José María Gran fue asesinado en camino, cuando regresaba de una gira misionera, a su lado murió también con él el fidelísimo sacristán Domingo del Barrio Batz , fueron asesinados por la espalda, cuando pasaron frente a un batallón de soldados apostado a la orilla del camino (4 junio de 1980). Un mes después, fue asesinado el buen Padre Faustino Villanueva , en su mismo despacho parroquial de Joyabaj, Quiché; eran hombres que vivían la realidad dura y difícil de la gente; se arriesgaron a caminar a su lado. Por ese entonces en Quiché se había dado orden de acabar con todos los sacerdotes y misioneros. El mismo Obispo, Juan Gerardi, fue amenazado y sufrió las consecuencias. El Padre Juan Alonso fue asesinado en plena persecución; fue un hombre siempre en camino. Misionero en Asia y también en Guatemala: en El Petén y Quiché; quería ir allí donde no llegan los vehículos, ni hay caminos asfaltados, ni siquiera de terracería. Secuestrado, torturado, fue asesinado el 15 de febrero de 1981, en Quiché. Era su lema la frase de San Pablo: «¡Ay de mi si no predico el Evangelio!». Regresó a Quiché en unas condiciones sumamente difíciles de violencia y persecución; en una carta a su familia, reconocía: «Tengo el presentimiento de que corro peligro. No quiero en modo alguno que me maten, pero tampoco estoy dispuesto, por miedo, a rehuir mi presencia entre estas gentes. Una vez más pienso ahora: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”». La actitud asumida contra los catequistas fue terrible, aún más salvaje. En muchas comunidades se identificaba al catequista con un comunista y subversivo. Muchos de ellos debieron huir para salvar su vida y la de su familia. Los que quedaron optaron por esconder todo objeto religioso que los delatara como catequistas. Se enterraban las Biblias, los libros de canto, las cartillas de salud; se guardaban las imágenes... Se cerraron oratorios e iglesias. A mediados del año 1980, en la Diócesis de Quiché los agentes de pastoral, después de tanta persecución, represión y muerte, decidieron salir de la Diócesis, fue la tremenda decisión que tuvo que tomar Monseñor Juan Gerardi... Prácticamente todos lugares de la Diócesis de Quiché, casas parroquiales e iglesias, fueron tomadas por el ejército y convertidas en bodegas y lugares de pertrechos de guerra; una de éstas fue el convento y la iglesia de Chajul, que hasta a los santos se los vistió con traje militar. Rosalío Benito , en la comunidad de La Puerta, Chinique, catequista ya anciano, fue asesinado con muchos compañeros más; en Zacualpa un niño adolescente, Juan Barrera Méndez , que trabajaba con su padre catequista, fue igualmente asesinado, por ser también él catequista. Después de la muerte del P. José María Gran Cirera, la iglesia de Chajul fue encomendada al sacristán mayor, Tomás Ramírez Caba ; hombre sencillo y lleno de fe. Tenía el encargo de abrir y cerrar las puertas de la iglesia; abría todos los días la iglesia al salir el sol, y la cerraba cuando oscurecía, acompañaba a las pocas personas que llegaban en sus oraciones, y cuidaba de que nada se perdiera. Fue amenazado que se fuera, que aquello ya no servía a la Iglesia; y respondió que él no hacía mal a nadie, que abría y cerraba la iglesia como se lo mandaron los padres, porque a él le encomendaron cuidar la iglesia, y eso es lo único que hago. Hasta su esposa le rogó, porque lo iban a matar. Al fin, un día los soldados, cansados de su persistencia en cuidar la iglesia, lo fusilaron, y no permitieron de que se hiciera vela, fue sencillamente enterrado, bajo amenaza a sus familiares. Años después, fueron exhumados sus restos, y llevados a la iglesia, donde él quería estar, allí sigue hoy cuidando su iglesia, junto a los restos del P. José María Gran y los de Domingo del Barrio Batz. En Petén, Manuel de Jesús Tzalán Coj , fue un catequista comprometido con la vida y el anuncio del Evangelio en su comunidad; fue asesinado mientras celebraba la Palabra de Dios, en Saclik, San Luis, Petén (20 sept 1986). Longinos Valenzuela González , catequista de la Aldea Nueva Libertad, La Libertad, El Petén, fue asesinado en su propia casa, después de haber sido amenazado (28 febrero 1981). Leo el testimonio del Obispo, Monseñor Jorge Mario Avila, que estaba por entonces en Petén. Dice que llegaron con él los Catequistas de la aldea, y le dijeron que estaban amenazados, ¿qué podían hacer por ellos? El Obispo les contestó afligido, que dadas las condiciones, no podía hacer nada, y que una amenaza a muerte, era más bien una sentencia de muerte. Que los dispensaba de la catequesis, y se quedaran con sus familias, que no tengan cargo de conciencia. Se reunieron los catequistas, y luego de reflexionar, Longinos en nombre de los demás le contestó: “Usted, Monseñor, cuando yo recibí el ministerio de la catequesis de sus manos, entre otras cosas, dijo: «Queridos catequistas: Ustedes saben que al recibir este ministerio corren un riesgo, van a correr un riesgo por el Evangelio, hasta puede ser de persecución... Y a pesar de que Usted nos habló de las exigencias y la responsabilidad del compromiso, aceptamos ser Catequistas. Y desde entonces tenemos esa disposición de correr el riesgo por Cristo»” .
Domingo Cahuec Sic , en Chichupac, Rabinal, Baja Verapaz fue también asesinado por ser catequista, por servir a su comunidad, era un verdadero laico comprometido (8 de enero de 1982); fue primero amenazado por la guerrilla, pues no aceptó colaborar con ellos; posteriormente por el ejército. A María Mejía , miembro de la organización de mujeres, también la asesinaron, en Sacapulas, Quiché, por hacer valer los derechos de las mujeres a partir de su fe. Verónica García , fiel colaboradora de la iglesia en Izabal, joven que quería entrar en la vida religiosa, fue secuestrada, y posteriormente asesinada: la arrastraron amarrada detrás de un vehículo, hasta que le dieron muerte, deshaciendo su cuerpo. En la Diócesis de San Marcos, los catequistas Desiderio Robledo Gálvez, Guillermo Ortíz González, Felipe Miranda y sus compañeros, Carlos Vidal González, Rubén Escalante, Ismael Roblero, Napoleón Bámaca, Gonzalo Zacarías, y otros más, también dieron su vida por el Evangelio, como servidores de la comunidad cristiana, que querían hacer del amor y la preocupación por sus hermanos la ley de vida de sus comunidades. Daniel Ruiz , gran catequista del Vicariato de Izabal, como tantos compañeros catequistas y delegados de la Palabra, tenía una profunda fe en Dios, y también gran valentía en su predicación; murieron muchos de ellos, predicando la palabra de Dios y defendiendo los derechos de sus hermanos, sobre todo el de la tierra. Muchos de ellos fueron secuestrados, torturados, y luego amarrados y arrojados a lo profundo del lago Izabal o en el cauce del Río Dulce. Lugares sagrados, marcados por la sangre de tantos testigos de la fe. En el Centro de Campo de Dios, en Santo Tomás de Castilla, hay un monumento donde constan, al menos, 25 nombres de estos laicos catequistas, junto al P. Tulio Maruzzo, franciscano. En Santiago Atitlán, fue brutalmente asesinado el párroco del pueblo, el P. Francis Stanley Rother , misionero llegado de Estados Unidos (4 de agosto de 1981); el P. Carlos Gálvez Galindo, sacerdote guatemalteco, y párroco de Tecpán, fue asesinado el 14 de mayo de 1981. Mientras, familias enteras eran exterminadas por permanecer fieles a la Palabra de Dios. En una aldea de Quiché, los campesinos se vieron obligados a colocar junto al altar una disposición militar, que daba las órdenes sobre cuándo y en qué momento debía permanecer abierto el oratorio cada semana. En Chicamán, el catequista Nicolás Tum Castro , fue asesinado cuando le descubrieron que entre las tortillas que llevaba a su vez dentro de un costal de maíz llevado con el mecapal (correa que se fija en la frente) iban disimuladas las Hostias de la Santa eucaristía, para que los miembros de su comunidad, en la celebración de la Palabra de Dios, nadie se quedara sin participar de la Comunión con el Señor. Tenía que recorrer kilómetros por senderos entre la montaña, para llegar a su comunidad. Murió pidiendo perdón a su esposa y a sus hijos, y rogándoles que no fueron a tener en cuenta aquello, que perdonaba a quienes lo habían hecho. En la ciudad capital, fue secuestrado el P. Carlos Pérez Alonso , sacerdote jesuita, dinámico, buen pastor. Nunca supimos dónde quedaron sus restos. Del convento de las Hermanas Bethlemitas de Esquipulas fue secuestrada la Hermana Victoria de la Roca ; nunca se supo dónde quedó. Y en medio de esta persecución, muchas veces ni los mismos Obispos tenían un lugar seguro para poder reunirse; cuando denunciaban tanto atropello, la respuesta era un nuevo asesinato; en Morales, Izabal, fue asesinado el buen fraile franciscano, Tulio Maruzzo , hombre que acompañaba pastoralmente a la gente en la realidad de cada día. En Huehuetenango, el Hermano Santiago Miller , lasayista, y los animadores de la fe y catequistas: Francisco Juan Mateo, Andrés José Primero, Francisco Andrés, Laureano Díaz Montejo. Añadamos a todo esto el sufrimiento de las personas que fueron en algún momento secuestradas, amenazadas, y que debieron abandonar el país por la represión. El Padre franciscano Augusto Ramírez Monasterio , párroco de San Francisco el Grande en la ciudad de Antigua, fue también amenazado por ayudar a jóvenes que se acogieron a la amnistía decretada por el gobierno, posteriormente secuestrado, y abandonado descalzo y casi sin ropa en las inmediaciones del puente del incienso; allí lo ametrallaron... Este año celebramos los 20 años (7 noviembre de 1983). Y así murieron después otros, como Julio Quevedo, trabajador de Cáritas, el Hermano Moisés Cisneros, el P. Alfonso Stessel, la Hermana Barbara Ford y al fin, también Monseñor Gerardi , que luego de tantos años de persecución, lograron cortarle el paso y quitarlo de en medio. Él como pastor encabeza la lista de estos mártires, que algún día la Iglesia de Guatemala, desea sean introducida su causa de canonización. Sin duda, que todos Ustedes han oído hablar de Monseñor Juan José Gerardi Conedera ; obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Guatemala, pero antes Obispo de La Verapaz, y luego de Quiché. También a él, y ya firmados los acuerdos de paz, de los largos 36 años de enfrentamiento armado, se le pidió el testimonio de su vida. Fue salvajemente asesinado el 26 de abril de 1998; fue hombre justo, sacerdote y Obispo dedicado a su pueblo; defendió el derecho de los más pobres, promovió el camino de la verdad para llegar a la reconciliación, promovió los derechos humanos, quería una iglesia fraterna en medio de un mundo que sufre la injusticia. El juicio para esclarecer las responsabilidades no ha terminado. Hermanas y hermanos: Los caminos de Guatemala están todos ellos marcados con el testimonio de los mártires. Podemos establecer un itinerario de los mártires, de los testigos fieles, de los testigos de la fe. Ellos nos presentan la ternura del Evangelio, vivido en camino, sin más defensa que la Palabra de Dios en la mano, y un corazón lleno de esperanza, todos ellos creyeron en Dios, siguieron a Jesús, fueron portadores del don del Espíritu a sus hermanos. Ellos nos muestran parte de ese camino que la Iglesia ha tenido que recorrer para ser fiel al Evangelio y a la vida de los más necesitados. Son como semillas que van germinando. Su muerte nos recuerda la muerte de Jesús, la muerte de los apóstoles, la muerte de los cristianos de los primeros siglos. Son lugares teológicos, referencias de fe y caridad, que mantienen viva la esperanza, en momentos en los que el actuar de los sistemas siguen haciendo víctimas, también hoy como ayer. Ellos nos proponen un itinerario de fe, como camino de una Iglesia que se hace más samaritana, servidora del Reino de Dios entre los desheredados, que es el estilo del Hermano Pedro de San José Betancur, el estilo que nos propone Jesús en las Bienaventuranzas. A la luz del testimonio de los mártires, la Iglesia debe seguir siendo la humilde servidora del Reino de Dios. No son todos, hemos nombrado unos pocos. En la lista que la Conferencia Episcopal de Guatemala mandó en el año 2003 a Roma con ocasión de la celebración de la jornada de los Testigos Fieles con ocasión del Gran Jubileo, en la lista iban 103 nombres. Al darles a conocer este itinerario de persecución y muerte, también hacemos un reconocimiento de gratitud a Dios, Padre misericordioso, por este don, concedido a tantos hermanos nuestros, laicos, catequistas, delegados de la Palabra, de confesar la fe hasta derramar su sangre. En ellos se hizo fecundo el Evangelio, y su camino nos propone también hoy un itinerario misionero para la Iglesia, un estilo de vida, siempre actual, porque nos recuerda el mismo itinerario de Jesús y sus apóstoles. En esta ocasión, les entregaremos un primer libro que contiene las biografías de algunos de éstos hermanos nuestros, testigos fieles. Ciertamente, la impunidad ha impedido que hoy podamos contar también con el testimonio de vida y de muerte de muchos hermanos más, que hicieron de la Palabra de Dios, su proyecto de vida. Este libro lleva por título: TESTIGOS FIELES DEL EVANGELIO. También se ha elaborado un “video”, en el que pueden ver plasmadas biografías en imágenes, lleva por título: LA BIBLIA ENTERRADA. Su memoria nos acompaña; cada día la juntamos al sacrificio eucarístico en el que hacemos Memoria del Testigo Fiel.: Jesús. Como podemos leer en el libro del Apocalipsis : “Cuando el Cordero rompió el quinto sello, vi debajo del altar, con vida, a los que habían sido asesinados por haber proclamado el mensaje de Dios y haber dado testimonio de su fe” (6, 9). Sabemos que también en sus mismas iglesias, en sus países, tienen ejemplos como éste, que hoy colocamos aquí ante nosotros, presididos por la fiel figura de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Fue el Papa Juan Pablo II, el que nos ha animado a dejar por escrito las actas de estos hermanos nuestros que dieron su vida como Jesús, en medio de esta Iglesia que peregrina entre las luchas y sombras del mundo. El Papa Juan Pablo II ha mimado y tratado con gestos de particular afecto a nuestra iglesia guatemalteca. Gesto que reclamará siempre nuestra gratitud. De la carta del Papa Juan Pablo II al Episcopado guatemalteco: «No puedo dejar de recordar que entre las víctimas de la violencia y del odio se encuentran innumerables evangelizadores de la Cruz y de su mensaje de caridad: sacerdotes, religiosos y religiosas y, sobre todo, ministros de la Palabra. Cuando la historia más reciente de su Iglesia sea presentada a las generaciones futuras ¿será posible dar a conocer en sus páginas la larga lista de nombres de tantos catequistas, generosos sembradores de la Palabra de Dios, que en el cumplimiento de su misión cayeron víctimas del odio fratricida? Me inclino con reverencia ante el sacrificio de estos humildes y valientes trabajadores de la viña del Señor, en sus ciudades y, sobre todo, en sus pueblos, a los cuales ha sido dado no sólo creer en el Evangelio y proclamarlo, sino que han llegado incluso a derramar su sangre en el servicio a la Palabra de vida. Al renovar mi viva participación en el sufrimiento de sus comunidades cristianas, privadas de tantos catequistas válidos y con el consuelo que nace de la certeza de que la semilla de su testimonio cruento no será inútil, les invito a continuar con esperanza, queridos Hermanos en el episcopado, su labor de formación de otros ministros de la Palabra, para que en tiempo no lejano la Iglesia en ese País pueda contar de nuevo con numerosos y fieles mensajeros del Evangelio de la Paz». (Vaticano, 2 de diciembre de 1984, El mismo Papa Juan Pablo II, ha propuesto a la Iglesia guatemalteca, hacer un proceso de discernimiento, para que en ciertos casos, pueda ser abierto también el proceso de canonización de algunos de estos hermanos nuestros. H. Santiago Otero Diez, |
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